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(Presente) El Tiempo y las Mareas - Privado: con S. Gatsby Fitzgerald

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Mensaje por Sebastian Gregory el Lun 19 Oct 2020 - 2:30

No recuerdo quién dijo que el tiempo y la marea no esperaban por nadie, pero algo era seguro: esa persona tenía toda la razón al decirlo. El tiempo pasa muy rápido, y antes de que te des cuenta todo ha acabado, las horas se van volando como una bandada de palomas con dirección al alba, y en todas ellas varios de los años de tu vida se terminaban esfumando sin darte cuenta de lo que dejaban atrás. Seis años lejos del inicio, seis años en los que había dejado atrás (o al menos eso quise creer) todo lo que me ligaba a mi pasado, a todo lo que había sido y lo que iba a ser en los años venideros. Pero el pasado nunca te abandona, siempre está allí, más cuando las deudas han quedado sin saldar, se vuelven como tu sombra, siempre está allí detrás o frente tuyo, sin darte ni una sola posibilidad de huir. Te giras, te escondes, te apartas, tratas de ir a otro sitio, huyes y corres hasta quedar totalmente exhausto, hasta que tu mente te dice a gritos que pares, que no vale la pena, te giras creyendo que lo dejaste atrás, pero seguirá allí, allí estará...y jamás podrás librarte de su sombra.
Había sido una mañana cuando había tomado la resolución de ir a la Isla Organ, el lugar donde había nacido (más concretamente era oriundo de Orange Town) cuando en un momento, mientras revisaba viejos efectos personales que habían recuperado del bote donde me encontraba, encontré un relicario simple de bronce donde había una pequeña foto, en ella se mostraba a una mujer joven y bella sosteniendo entre sus brazos a un bebé de pocas semanas. También había en una cartera otra foto en la que se mostraba a la misma mujer sosteniendo al mismo bebé en un ángulo distinto, la joven estaba ahora sentada y a su lado habían otros dos niños, uno sonreía a la cámara mientras el otro miraba desde detrás del sillón tratando de sonreír.
El último de ellos era yo, el niño que sonreía y el bebé eran mi hermano Frederic y mi hermana Camille, por lógica me di cuenta de que aquella mujer hermosa que sonreía satisfecha y feliz de sus hijos no era otra que mi madre, el ver aquellas imágenes me hizo sentir bastante extraño, hacía bastante tiempo que no sabía nada de ella, tanto tiempo que era demasiado, tanto tiempo que no llegué a recordarla hasta ahora. Visto aquello fue que tomé la decisión ya mentada de ir a la Isla Organ, luego de pedir un permiso de ausencia a mis superiores para estar fuera unas semanas.
Pedí prestado un barco a unos pescadores, quiénes me dieron un aventón para llegar a la isla y, luego de un viaje que no voy a dedicarme a detallar de manera irrelevante, llegamos a nuestro destino, los pescadores se decidieron ir, pero me aclararon que regresarían en un par de días a la isla y se ofrecieron nuevamente a recogerme, luego de negociar el cómo les recompensaría por su ayuda y tras decirme las señas para ir a Orange Town, me encaminé hacia el pueblo despidiéndome de los que me habían ayudado.
A pesar de no haber sufrido retraso, al llegar al lugar ya estaba cerca de las doce del día, lo que se vio, apenas al llegar al lugar, en la enorme actividad que se podía notar por allí en las calles, la gente iba de un lado a otro y parecían estar ocupados en muchas cosas. Tenderos, vendedores, lavanderas, herreros, carpinteros, niños jugando...no había un solo ser en aquel lugar que no estuviera moviéndose o haciendo algo, ante el panorama me imaginaba a mi mismo, caminando en mitad de la calle, con un sable al cinto y mirando de un lado para otro con cada paso, sin aparentar tener un rumbo fijo en su andar. En parte era cierto, sabía por qué estaba allí, pero no sabía hacia donde tenía que ir.
Tras andar un momento fue que fui consciente de lo cansado que estaba, aunque llevaba buena parte de mi vida en el mar y estaba acostumbrado a estar en barcos, no había fuerza en todo el mundo que pudiera contener los efectos que su estancia prolongada le hacían a mi cuerpo y se hacían notorias al estar en tierra firme. Fue por ello que decidí finalmente buscar un sitio donde reposar, finalmente lo encontré en una silla que parecía convenientemente desocupada, en la cual no dudé en sentarme pesadamente a causa del cansancio. Miré a los alrededores, a mi lado había una mesa y más allá habían otras mesas que estaban ocupadas por gente que parecía conversar animadamente, al girar la vista habían más mesas ocupadas por las más variopintas de las personas, al ver sobre mi hombro pude ver el cartel que anunciaba que aquel sitio era una cafetería, una vidriera desde donde se veían más mesas ocupadas y una jovencita que se acercaba con la carta en la mano, un vestido con falda escocesa de vestimenta y una sonrisa en su rostro.
-Buenos días, joven señor. Bienvenido al Orange Corner ¿Desea tomar algo? - Preguntó alegre la muchacha mientras intentaba tenderme la carta.
Observé el trozo de cartón y luego me fijé en el rostro de la chica, antes de meter la mano en el bolsillo.
-Sólo quiero un café negro bien cargado. - Le dije mientras sacaba una pitillera del bolsillo y la abría.
La muchacha se quedó un momento en silencio antes de hablar.
-¿Es todo lo que va a pedir, señor? - Me preguntó claramente confundida, quizá contrariada.
-Es lo único que ahora me hace falta, señorita. Gracias - Le solté mientras seleccionaba un cigarrillo y me lo llevaba a la boca y alzaba la vista para ver el rostro confundido de la chica.
-Bueno, como desee. En un rato se lo traigo - dijo con una reverencia antes de girarse e irse adentro.
Busqué en el bolsillo interno de la gabardina una caja de fósforos, saque uno y lo usé para encender el cigarrillo, apagando y echando el palillo por ahí antes de darle una calada, soltando el humo por la boca hacia el aire.
Sebastian Gregory
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