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Mensaje por Allan E. Moorlane Lun 19 Oct 2020 - 5:17

¿Qué es lo que define a un hombre? ¿Qué es lo que lo transforma de un niño a un adulto? Tal vez algunos piensen y digan sin dudar o pestañear ni un segundo que es la edad, pero la verdad es que es simplemente la voluntad de dejar atrás los rastros de la niñez para transformarse en un ser maduro, una tarea que puede sonar fácil, pero cuya ejecución (para muchas personas) resultaba tan complicada que terminaba en un aparente imposible, a pesar de ser algo que cualquiera debería de hacer en cualquier momento de su vida, dejar atrás al niño para enfrentarse y convertirse en el hombre. Mis pasos, en aquella tarde nublada, me llevaban era hacia esa dirección, tenía en mente dejar atrás todo para reconstruirme y mejorar. Por lo que las historias contaban, Shimotsuki era el lugar idóneo para ese fin.
Aunque estaba allí era por escala, simplemente habíamos desembarcado para reparar una avería en el barco y poder continuar nuestro camino, sin embargo me había decidido a internarme en la isla luego de escuchar algunas historias sobre el dojo que estaba en el corazón de aquella villa, afirmando que sólo iría a investigar y saber un poco sobre ello, pero en realidad tenía la intención de que me tomaran como alumno y discípulo, que me ayudaran a mejorar mi técnica con la espada para ser mejor a lo que era. Varias veces fui advertido de que no iba a ser una empresa fácil, que no iba a ser una travesía corta y que no estaría excenta de dificultades en aquel terreno escarpado, por lo cual me pertreché y me hice con todas las provisiones que me fueron posible cargar, que fueran tan vitales y necesarias como el viaje lo exigiera.
Era de todo menos placentero, el terreno escarpado e irregular, el tiempo que hacía en aquella época del año y lo poco habitado que estaba la isla hacían una tortura un viaje que ya de por si se advertía complicado, pero sin embargo seguí adelante con el dojo en mente y la idea de ser tomado como alumno allí, en aquel entonces, que era unos cinco años más joven, aquella empresa no podía resultar un simple capricho, sino una verdadera resolución, yo desde siempre había sido una persona terca y en esa ocasión no hacía más que hacer gala de esa tozudez. Llegaría al final, sin importar el coste.
En esa tarde estaba nublado, había bajado una ténue neblina que lentamente se había volviendo cada vez más y más espesa a medida que avanzaba el tiempo, las nubes y el sol se habían vuelto imposibles de ver, por lo que ahora me resultaba inútil saber qué hora era e incluso me sería imposible decir en este momento que hora era en ese entonces. Me detuve un momento agotado, había llevado un largo trecho a pie durante un par de días, mis compañeros seguramente ya se habían ido al hartarse de esperarme, o seguramente se habían quedado esperando a mi regreso pacientemente. No me importaba, de cualquier manera encontraría una manera de hacerme a la mar y reencontrarme con ellos, lo único que deseaba era no ser acusado de deserción.
Me senté a un lado del camino y me detuve a descansar, mi cara estaba perlada de un sudor frío que intenté secarme con el dorso de la gabardina, antes de echar mano a las provisiones, tomé un poco de pan y de queso con el cual comí un poco antes de volver a pensar volver al camino. Fue de repente, mientras terminaba de comer, cuando de pronto escuché un ruido cerca, que pareció ser de la maleza moviéndose con el viento, sólo que en ese momento no estaba haciendo brisa, me levanté del suelo con sumo cuidado y puse la mano en la empuñadura, atento a cualquier otro sonido por ahí.
-¿Hay alguien por ahí? - Pregunté en voz alta mientras trataba de mirar más allá, aunque la neblina estaba lo suficientemente espesa y mi visión era lo bastante mala para que me resultara imposible - si viene en paz solo avise, no me hagas desenfundar
Allan E. Moorlane
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