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Gordos, cyborgs y nieve de la buena [Pasado - Privado]

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Mensaje por Roland von Klauswitz el Miér 25 Nov 2020 - 14:31

Roland se detuvo y se apoyó en el cristal de aquella guardería. Se dejó caer hasta encontrar el suelo con el culo, demasiado cansado como para molestarse en apartar un poco la nieve de debajo. Su respiración fatigada sonaba como los rebuznos de un animal enorme y herido. Tiró de petaca y encontró con desagrado que estaba vacía. No le extrañaba. Su atroz dolor de cabeza era buena prueba del abuso al que sometió anoche a ese perro apaleado que era su hígado.

-Como odio correr por las mañanas -gruñó.

En realidad odiaba correr a cualquier hora, pero más aún si encima tenía que madrugar. Ya no era tan joven. Después de una noche de desfase necesitaba unas dieciocho horas de sueño y otras dos en el cagadero para volver a estar en forma. El ejercicio no era bueno para la resaca.

Varios gritos llamaron su atención. Se giró y vio a los niños. Varias profesoras los apartaban de la ventana en la que el corpachón del cazador se apoyaba. Su peluda y sudorosa espalda desnuda había dejado un grueso surco de pegajoso sudor que enturbiaba la imagen de los críos escandalizados. Se levantó, provocando más exclamaciones cuando contemplaron sus viejos calzoncillos. Roland admitía que estaban un poco sucios, pero tampoco iba a perder el tiempo buscando otros nuevos. Mientras sujetaran lo que tenían que sujetar aún valían.

No era la primera vez que  salía medio desnudo a la calle. Su atuendo de esa mañana -botas, calzoncillos, bandana y funda de pistola- satisfaría a una monja en comparación con otras situaciones en las que se había visto metido. Claro que esas veces se iba a su casa tranquilamente, sabedor de que nadie se metería con el temible Mazazo, el terror de Ártica. Allí, en ese peñasco de nombre impronunciable, no era nadie. Y esos putos soldados corrían un huevo.

Su Den Den Mushi sonó. Se lo sacó del paquete, harto del zumbido. El bicho tenía mala cara, pero tampoco había tenido tiempo de guardárselo en otro sitio antes de salir por patas del castillo. La voz de Kelly le taladró el cráneo desde el otro lado del caracol.

-Roland, puto gordo, ¿qué has hecho?

-No grites, joder. Tengo resaca.

-A la mierda tu resaca. ¿Por qué te buscan los malditos soldados? Hemos tenido que sacar el barco del puerto para que no lo abordaran.

-¿Que habéis...? ¿Y el puesto de helados, eh?

Siempre que llegaba a un sitio nuevo Roland desplegaba a sus heladeros para intentar sacar algo de pasta. Aunque no vendía mucho. Por alguna razón, a la gente del norte no les gustaban los helados.

-Eres idiota. ¡Casi nos matan! ¿Dónde coño estás?

-Yo qué sé. Lleve a esa tipa de anoche a su casa, en el culo del mundo. Ni zorra de dónde estoy. Y encima no encuentro a Rudolf. -Eso era lo peor. Su primera reacción había sido ir a buscar su moto para ajustarles las cuentas a sus perseguidores, pero no tenía ni idea de dónde la había dejado-. Voy a cargarme a alguien hoy, ya lo verás.

-¿No te lo cargaste anoche y por eso van a por ti?

-Sí. Osea, no. Me cargué a alguien, pero era un don nadie. Un soldado hasta se rió. Nah, toda esta mierda es por la jamelga de anoche.

-No me jodas. Roland, ¿qué has hecho?

-¡Me follé a la princesa, ¿vale?! ¿No puede un hombre apuntar alto?

-Tu puta madre... ¡Tú no apuntas alto ni al mear! ¿Y ahora te buscas líos con la zarevna?

-¿Con quién?

-¡La princesa, joder, que aquí se llama así!

-Ah. Pues si fue ella la que se me tiró a la bragueta. Menuda guarra.

-Capullo.

-Zorra.

-Te van a dar caza como a un perro, ¿lo sabes?

-Eso se creen. Aún tengo a Lulú. En cuanto encuentre con qué cargarla iré a explicarles un par de cosas y a recuperar mi moto. Y mis pantalones. Nadie jode a Roland von Klauswitz.

-Excepto las princesas, por lo visto.
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Mensaje por Samvel Legacy el Jue 26 Nov 2020 - 18:40

Se estaba empezando a cansar del mar del norte. La gente poco sociable y los vientos gélidos tenían un pase, pero un pobre cyborg como él lo tenía difícil para ganarse la vida. Había poca demanda de cazarrecompensas, y los pocos trabajos se los acaban quedando los locales. Incluso hubo uno en el que le rechazaron por "tener un cuerpo muy raro". Necesitaba salir de aquella isla cuanto antes, y buscar nuevos parajes donde poder dar todo de sí.

¿Está hablando en serio? —preguntó exaltado al hombre del puerto.

—Me temo que sí, señor Legacy —respondió el hombre. Tenía un rostro de roedor, y su cuerpo era pequeño en comparación con Sam. Casi parecía una ardilla—. Ningún barco zarpará de aquí en al menos varios días. Se declaró la alarma por tormentas, es por precaución. No creo que nadie esté tan loco como para aventurarse a navegar. Nuevamente, lo lamento mucho. Ahora, si me disculpa, ¡siguiente!

El hombre que tenía detrás suyo en la cola le apartó de un empujón, pronunciado varias palabras desconocidas para el rubio. Nunca las había escuchado, pero estaba seguro de que eran insultos. O algo peor.

La visita al puerto no había sido muy fructuosa. Todos los interesados en salir de la isla se habían congregado con la misma intención que Sam, pero ninguno había tenido mejor suerte. Sin embargo, para Sam era peor. El dinero se le estaba acabando, y como no consiguiera más, muy pronto se moriría de hambre. Lo poco que le quedaba lo había ahorrado para cambiar el aceite de su cuerpo, que ya iba siendo hora. Continuó su camino sin rumbo fijo, deambulando por las calles sin saber muy bien qué hacer.

¿Qué es esto? —se preguntó al observa un trozo de tela roja en el suelo.

Se acercó rápidamente a recogerlo. Al principio le costó identificar aquel trapo capaz de cubrir su busto entero, pero finalmente dedujo que se trataba de un gorro. Un rojo rojo con bordes blancos, adornado con una granada en la punta de este. «Debe de pertenecer a alguien con una cabeza muy grande. A un cabezudo» concluyó al instante.

Tras buscar con la vista a la persona que se le había caído, descubrió cerca otra prenda de ropa, también grande y roja. La curiosidad le estaba comiendo, preguntándose sobre cómo los ropajes habían acabado desperdigados por la calle. En su cabeza se recrearon miles de situaciones dignas de la imaginación de un infante, a cada cual más inverosímil, aunque en el fondo sabía que ninguna tenía tenía sentido. ¿Por qué una persona de tamaño considerable se quitaría la ropa para hacer natación sincronizada nudista en una isla invernal?

A la par que su mente trabajaba en las divagaciones, su cuerpo siguió el rastro de ropas rojas, usadas y malolientes hasta lo que parecía una moto de tres ruedas. Aquello ya le interesaba más. Parecía un vehículo portentoso, con demasiadas armas, para su gusto, pero de buena fabricación. Estaba convencido de que pertenecía a la misma persona que las vestimenta que había recogido por el camino; era una moto para alguien que medía tres metros y medio, tal vez más. Al lado del vehículo, lanzó la ropa dentro y saltó a su interior, en parte para indagar sobre la persona dueña de todo aquello y en parte para descubrir como funcionaba la moto. Tenía un diseño extraño, sin mencionar el enorme cráneo de ciervo que hacía las veces de manillar. Si conseguía descubrir cómo funcionaba, tal vez pudiera imitarlo en un vehículo propio. Podría resultar útil.

Oh, mierda —dijo tras golpear accidentalmente con la cadera donde no debía.

La moto se aceleró, casi sin explicación, y Sam no pudo hacer más que agarrarse a lo primero que vio y rezar para no chocar con nada. Sujetó el manillar como pudo, maldiciendo el tener brazos tan cortos en aquel momento. Apenas alcanzaba la altura suficiente para ver por dónde iba, y en un momento había adquirido una velocidad endiablada.

¿Es que este chisme no tiene cinturón? —Intentó hacerse con los controles de tamaño desproporcionado mientras controlaba la oleada de pánico que le estaba asolando—. ¿Cómo diantres se para esto?


Última edición por Samvel Legacy el Sáb 28 Nov 2020 - 11:56, editado 1 vez
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Mensaje por Roland von Klauswitz el Vie 27 Nov 2020 - 12:31

Roland deambuló por los callejones en busca de algo que pudiera valerle. Rebuscó entre los cubos de basura, los profundos ventisqueros y la basura que constituían las escasas posesiones de un par de vagabundos locales. No encontró lo que buscaba. Ni tampoco ropa de su talla, ya puestos, y el frío empezaba a molestarle. Incluso Sandy, la bailarina entintada que decoraba el brazo del cazador, tenía los pezones como para escribir su nombre en una pared de ladrillos.

Al final no había llegado a nada con la llamada de Kelly. Lo esperarían en el rompehielos hasta que volviese o se hartaran. Roland no se hacía muchas ilusiones con respecto a que esa chiflada lo esperase mucho. Kelly era su mecánica desde hacía mucho tiempo, y la muy perra estaba colgada. Si se aburría de esperarle se largaría con el Sweet y le tocaría buscarla por ahí. Y no tenía ninguna esperanza de que el resto de sus empleados defendiera sus derechos. Donner era un yonqui y Blitz, un cobarde. No, mejor que se diera prisa.

Echó un buen trago al brick de vino de un tirado al que había espantado de un grito. Estaba aguado y agrio, pero era mejor desayuno que nada. Roland notó el suave toque de la embriaguez llamando a su puerta. Los nativos de ese lugar eran unos putos siesos amargados, pero sabían beber. Fabricaban un repugnante brebaje transparente que hacía que a uno le sangrara el culo con un par de tragos, el culpable de su actual dolor de cabeza. Si echaba mano a un poco de eso seguro que se olvidaba del frío.

Un par de hombrecillos con aspecto de polis se le acercaron desde un extremo de la calle. Llevaban la misma ropa, unos uniformes azules de invierno que quedaban muy bien con las largas porras negras que colgaban de sus cinturas. Roland los ignoró y siguió a lo suyo. Rebuscó entre las posesiones del mendigo al que había echado de allí y por fin tuvo suerte y dio con un saco. Estaba viejo y sucio, y tuvo que vaciarlo de un montón de mierda, pero pero valdría. Sus poderes surtirían efecto sobre él.

Lo primero que sacó fue un puro y un mechero. Luego, algo de ropa. Se puso la camiseta, blanca y varonil, como debía ser, algo usada para mayor comodidad. Para entonces los dos policías ya estaban sobre él. Tenían un acento bastante fuerte, pero les entendió cuando le exigieron algún tipo de documentación. Roland se escupió en la palma de la mano y le soltó a uno de ellos un bofetón tan fuerte que al de al lado le pitarían los oídos. El tipo se quedó tieso antes de caer al suelo. El segundo sacó su porra, pero en ese momento debió darse cuenta realmente de que se enfrentaba a alguien mucho más grande, fuerte y mejor servido ahí abajo que él.

Cuando el poli huyó, Roland pensó que tal vez pudiera convertirse allí también en una leyenda. Pero no se había puesto los pantalones cuando sonó un silbato y aparecieron seis o siete más. Un par de ellos montaban en osos polares y llevaban rifles bastante grandes.

Tal vez tuviera que currárselo un poco más para forjarse una reputación.
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Mensaje por Samvel Legacy el Sáb 28 Nov 2020 - 12:28

«A la derecha, a la derecha, ¡a la derecha!» se dijo mientras cruzaba las nevadas calles de Kieskaya a toda velocidad. Por el momento había conseguido esquivar cuantos obstáculos habían aparecido: carros tirados por caballos, niños jugando despreocupadamente, hombres cargando mobiliario pesado. Hasta llegó esquivar a la ancianita que tardó medio siglo en cruzar la acera con una maniobra digna de los mejores exhibicionistas, aunque fue gracias a un golpe de suerte más que maestría al volante.

Sin embargo, el problema seguía estando ahí. No sabía cómo había arrancado el vehículo, y tampoco sabía como detenerlo. De haber tenido algo de tiempo, incluso unos segundos, podría haber indagado lo suficiente para descubrir como apagar el motor. Pero en aquellas circunstancias le resultaba imposible. No podía desviar la mirada ni un segundo de la calle o si no se convertiría en un trozo de chatarra inservible junto a la moto. Hasta el momento había logrado escapar de una muerte inminente por colisión gracias a sus reflejos y entendimiento de mecánica, pero hasta él sabía que eso no podía durar para siempre.

Continuó corriendo por las calles como si fuera un fugitivo perseguido por la ley. El retumbar del motor en funcionamiento delataba su llegada, logrando hacer que las personas pudieran esquivarle antes de alcanzarlas. Aquello resultaba un alivio; no había atropellado a nadie, así que su conciencia estaba tranquila. Tampoco había causado daños colaterales más allá de la dichosa contaminación acústica. ¿Por qué alguien retocaría el tubo de escape para que hiciera tanto ruido? A cada segundo se reafirmaba su idea de que se había subido a la moto del tipo equivocado. Bueno, al menos había hecho un favor a la ciudad recogiendo su ropa del suelo. Si llegaba a conocer a aquel hombre de tamaño considerable, le enseñaría lo que eran las lavadoras. Eso si conseguía escapar vivo de aquella trampa mortal con ruedas.

Su carrera no se detenía, y el joven cyborg presentía que su fin estaba cada vez más próximo. Finalmente alcanzó una calle con una situación realmente curiosa: una pequeña parte de la milicia local estaba haciendo frente a un hombre grande, semidesnudo y con muy mala pinta. No había que ser un genio para deducir de quién se trataba, pero Sam estaba demasiado ocupado evitando a los inmensos osos polares que del ejército de Kieskaya.

¡CUIDADOOOOO! —gritó al gigantón contra el que parecía que se iba a estampar.
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Mensaje por Roland von Klauswitz el Mar 1 Dic 2020 - 17:59

Dejó los pantalones a un lado. Uno de los policías montados se le acercó hablando con ese acento tan cerrado que resultaba incomprensible. Algo sobre que quién era, qué hacía allí y blablabla. Había oído suficientes discursos de maderos pasados de rosca como para hacerse una idea de lo que quería decir. Al final eran todos iguales. Solo querían demostrar que podían dominarle, y se cabreaban cuando veían que no sería así.

Por instinto, echó mano de Lulú, pero recordó que no estaba cargada. La noche anterior había vaciado el cargador, repartiendo las balas entre el cráneo de un tipejo y unas latas puestas sobre un alfeizar para vacilar delante de la princesa. La tía se había quedado alucinada ante su habilidad reventando cosas en pedazos. Incluso borracho como iba no había fallado más que dos disparos. Dos de cuatro, pero era un buen promedio. No obstante, eso significaba que iba escaso de munición. Para compensarlo, cuando el poli le apuntó con su rifle Roland lo agarró y tiró de él. El hombre cayó sobre la nieve, lo cual provocó una reacción en cadena. El resto de la unidad respondió cargando contra él, porras en mano, y el oso sobre el que el caído montaba se alzó sobre sus dos patas.

-Me he comido conejos más gordos y peludos que tú, mierdecilla -le gruñó al oso. Si es que eso se podía llamar así. Los osos polares de Ártica eran mucho más grandes. Este ni siquiera tenía púas coriáceas en el lomo.

Le pegó una coz al poli que se levantaba y luego sacudió al oso en la cara con la culata del pistolón. El animal lanzó un zarpazo que rasgó la camiseta recién puesta de Roland, regándola con algo de sangre. El cazador repitió su ataque, esta vez hacia abajo y con más mala baba. Luego pateo al oso, que era más pequeño que él, y lo lanzó contra los que venían detrás.

El primer poli que se le acercó a pie recibió un rodillazo que le saltó todos los dientes. Abandonaron su boca como diminutas cagarrutas ensangrentadas que se perdieron sobre la nieve. El siguiente se lo pensó durante un segundo, tiempo suficiente para ser agarrado y lanzado por los aires hasta atravesar una ventana. Y el segundo oso... Al segundo oso lo atropelló Rudolf.

Reconoció el familiar ronroneo salvaje de la Black Rodolfus bastante antes de verla. Pensó que quizás su vieja amiga había acudido a su rescate, aunque ese conmovedor pensamiento duró solo el tiempo que tardó en ver a un desconocido, un futuro hombre muerto, subido sobre ella. ¡Le habían robado la moto! ¡Un sarnoso hijo de puta se había atrevido a intentar manejar a su único amor! Roland se lo habría echado en cara, pero después del oso fue él. La moto los embistió a ambos y continuó su camino.

-Puto ladrón...

Roland extrajo un tercer regalo del saco. El reconfortante peso del bazooka sobre su hombro le arrancó una sonrisa. Destrozó el envoltorio de un manotazo y apuntó sin cuidado. Rudolf sobreviviría, pero el mamonazo que la profanaba, no, así que no se lo pensó antes de apretar el gatillo para volar en pedacitos a ese mangante.
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Mensaje por Samvel Legacy el Miér 2 Dic 2020 - 20:28

«Maldición, maldición, MALDICIÓN» pensó mientras intentaba esquivar a la policía regional con aquel vehículo.

¡Perdón! —gritó cuando atropelló a un hombre.

Lo cierto es que había perdido el control de la situación, aunque sería más exacto decir que en ningún momento lo había tenido. La única cosa que podía consolarle era pensar que el propietario de la moto se parecía más a un criminal que los criminales que él mismo había atrapado, por lo que si le atropellaba no sentiría mucha lástima.

Cuando vio como el grandullón se acomodó un bazooka en el hombro cuando antes se encontraba desnudo, Sam sintió la congoja en los conductos de refrigeración, decidiendo abandonar el barco antes de hundirse con él, no sin antes activar un mecanismo de forma accidental, otra vez. Antes de tocar el suelo pudo observar como unos cohetes se activaban propulsando el vehículo a una velocidad aún mayor de la que había llevado, directo contra su propietario. Y también fue antes de tocar el suelo cuando observó como el misil del bazooka colisionaba creando una explosión que le lanzó volando. Afortunadamente para él, un oso polar amortiguó su caída.

¿Estás loco? —le dijo al gordo peliblanco como un profesor reprendiendo a un alumno—. No puedes disparar esas armas en lugares públicos, alguien podría haber salido herido. De no haber sido por el oso polar, yo podría haber convertido en chatarra. Relájate y hablemos las cosas dialogando pacíficamente —dijo mientras movía las manos de arriba abajo, tratando de calmarlo a través del lenguaje corporal—. Oye, siento lo de la moto, fue un accidente, pero no deberías haber dejado la ropa tirada por el suelo...

De repente unas campanas empezaron a sonar. Producían un sonido tan estridente que era difícil incluso hablar con cualquier persona que se pudiera tener al lado, y Sam giró la cabeza, buscando la procedencia del sonido. Finalmente se fijó en un pequeño altavoz colocado en lo alto de un poste.

—¡Atención ciudadanos, estamos siendo atacados! ¡Mantened la calma y permaneced en los hogares! ¡No es un simulacro, repito, no es un simulacro! ¡No salgáis a la calle bajo ningún concepto! —se escuchaba entre campanadas.

La cara de Sam se había convertido en un cuadro. Parecía que el ataque no había alcanzado aún la zona en la que se encontraban, pero aquel aviso no anunciaba nada bueno. Miró a los policías a su alrededor, esperando alguna reacción como cuerpo militar de la isla, pero todos ellos se encontraban como Sam.

¿Por qué os quedáis quietos? ¿No vais a hacer nada?

Uno de ellos se encogió de hombros, mientras los otros se quedaron callados.

—Creo que la taberna de Álex está abierta —dijo finalmente uno.

—Pues si vamos a morir mejor que sea tomando un buen vodka —dijo otro, el que se encogió de hombros.

Los hombres se marcharon, abandonando al cazador y despreocupándose del ataque a su isla natal. Aquella panda de inútiles estaban actuando sin sentido para Sam, pero no podía hacer nada para detenerlos. Y lo peor es que le habían dejado solo con el loco de las explosiones.

Esto... yo me voy a ver qué ocurre en la isla, por si puedo ayudar y tal —le dijo—. Así que adiós. Lamento lo de la moto. —Aunque en su cara se reflejaba más alegría que pena, debido a que podía alejarse de aquel hombre.

Lo único bueno que podía esperar de todo aquello era que tal vez pudiera recibir alguna recompensa, preferiblemente monetaria, si ayudaba a los habitantes de Kieskaya. Solo esperaba no acabar muerto.
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Mensaje por Roland von Klauswitz el Vie 4 Dic 2020 - 20:49

Premio. El motorista ladrón salió por los aires, en parte por el disparo y en parte porque no era lo bastante hombre como para montar a Rudolf a plena potencia. Esa nena era mucha hembra como para dejarse domar por cualquiera. Roland confiaba en que no hubiese sufrido daños por haber embestido un edificio después de descabalgar al mangante. En fin, las cosas de una en una.

Por desgracia, el extraño tipejo sobrevivió a la explosión. Y encima tuvo el descaro de ir a darle largas a él. ¡A él! ¡Si era a quien había robado!

-Esperad ahí, zorras, ahora vengo por vosotras -les dijo a los policías, que mantuvieron una prudencial distancia del arma de Roland. El cazador, en cambio, se acercó a su víctima, calculando el tamaño del tarro donde cabrían sus cenizas. Apuntó con el bazooka a su cabeza-. Ya puedes meterte tu charla por donde te quepa, guapito.

Apretó el gatillo.

Un segundo después, la cara de ese tipo seguía pegada a su cabeza, así que supo que algo había salido mal. ¿Solo un disparo? ¿Tanto tiempo buscando un saco y solo le daba un disparo? Pero si había sido bueno, ¿no? Cargarse a alguien la otra noche no tendría que significar nada. Putos poderes. Funcionaban siempre como querían.

-Bueno, ya te mataré de otra forma -dijo, tirando el arma y tronándose los dedos.

La alarma sonó en ese instante. ¿Tanto rollo montaba porque había disparado un poco en la calle? Maricas. Ah, no, que estaban atacando la isla. Eso le importaba un huevo. Volvió a sus asuntos, lanzando un zarpazo a ese capullo en miniatura con cara de hojalata, pero ya se estaba largando. ¡Y los polis también! Todo el mundo le dejaba tirado sin darle pelea cuando ya estaba encendido. Vaya siesos. Era como dejarle empalmado sin rematar la faena.

Roland se fue detrás del ladrón. A lo mejor si lo agarraba por el hombro y lo estampaba contra una pared aprendía a no darle la espalda a un abusón.
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Mensaje por Samvel Legacy el Mar 8 Dic 2020 - 20:05

La cabeza de Sam dio vueltas cuando salió despedido contra la pared más cercana. Su vista se nubló ligeramente, y pasaron varios segundos hasta que reconoció al hombre que le agarró del hombro para estamparlo contra el edificio. El gigantón se alzaba enfrente suyo, energúmeno, desaliñado y farfullando groserías.

Sam se puso en pie como pudo. Notó que una de sus piernas no funcionaba correctamente. ¿Qué tan bruto podía ser ese hombre? Tampoco le sorprendía, al fin y al cabo era el mismo que intentó convertirle en chatarra disparando un misil contra su cara. ¿Cuantos millones valdría su cabeza? No recordaba haberlo visto en ninguno de sus carteles de recompensa, pero estaba seguro de que, si lo entregaba a la justicia, sacaría un buen pellizco.

A pesar de todo, las preocupaciones de Sam eran otras. Sí, tenía un criminal enfrente suyo, y uno que le había dado motivos para abrirle la cabeza a puñetazos, pero la integridad de las personas de aquella isla eran más importantes, sobretodo tras ver la poca efectividad de los hombres que debían de proteger el lugar. En aquellos momentos, la seguridad de las personas era más importante que su propio bolsillo, por muy vacío que estuviera.

Vale, tío, cálmate —dijo alzando las manos con un gesto apaciguador—. Vamos a hablar.

A pesar de sus palabras, estaba claro que el grandullón no era dado al diálogo. Sam se había dado cuenta de ello tras recibir semejante golpe. No era solo su pierna, sino que sentía dolor incluso en partes en las que no debía de sentirlo. Probablemente tuviera los nervios heridos. Aquello podía no terminar nada bien. Con cuidado, lentamente y sin que se percatara el hombretón, bajó una de sus manos hasta sacar la porra eléctrica. No pensaba atacar, no de momento, pero si veía que el barbablanca hacía caso omiso a las palabras tendría que reaccionar.

Mira, ya me he disculpado por lo de la moto, y si quieres puedo pagar los desperfectos ocasionados en cuanto consiga algo de dinero, pero no me puedo detener aquí. Quiero proteger a las personas de esta isla, aunque quizás sea algo que no puedas comprender. Sintiéndolo mucho, tenemos que dejar la conversación aquí.

Se dio media vuelta y continuó por su camino, no sin comprobar si el hombre le seguía. Si veía el menor indicio de un ataque, no dudaría en activar los propulsores de sus pies para realizar salto con el que alcanzar su cara y golpearlo con el arma. Con suerte le dejaría el cerebro frito el tiempo suficiente para desaparecer de su vista.
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Mensaje por Roland von Klauswitz el Miér 9 Dic 2020 - 18:09

Roland se puso por fin los pantalones una vez hubo empotrado a esa piltrafa contra un muro. Había pensado rematar la faena lanzándole una meada de esas con el chorro concentrado, pero tenía la vejiga vacía. Pues él se lo perdía. Ya se le ocurría alguna otra perrería que hacerle. Primero le vaciaría la cartera a base de bien.

Ahora que el ladrón se estaba por fin quietecito podía ver bien que su cuerpo era un tanto inusual. Su ojo experto le dijo que era buena parte maquinaría implantada de forma bastante poco sutil. Aunque delicada, eso sí. Acostumbrado a tratar con barcos y motores, rara vez veía equipo tan detalladamente logrado. Casi podría sentirse un poco apenado por cargárselo. Casi.

-Te gusta mucho hablar, culo brillante. Dame lo que lleves encima y a lo mejor te vas solo con el susto. -Y la pierna descompuesta, pero bueno, aún podía darse con un canto en los dientes que le quedaban-. Seguro que siendo medio chatarra tienes una buena bolsa, ¿eh? Esos bracitos de muñeca no deben ser baratos.

El ciborg no le hizo caso. Trató de marcharse sin su permiso, lo cual a Roland le parecía una falta de respeto. Tal vez otro meneo contra una casa lo espabilase un poco y le hiciera ver que no tenían nada que hablar. Sin embargo resultó que la putita robótica sabía arañar. Se apartó antes de que pudiera engancharlo y le enchufó con una porra eléctrica en toda la cara.

Roland retrocedió. La nariz le hormigueaba y le picaba como un demonio. Notaba la cara hinchada y dolorida, una riada de saliva y mocos acuosos corriendo papada abajo. Era casi como si le hubieran rociado con uno de esos espráis antiviolación. Otra vez.

-Ahora sí que vas a ver.

Se limpió con la manga y se abalanzó sobre el medio-robot, pero antes de poder hacerle nada algo lo embistió y lo lanzó volando decenas de metros. Atravesó un cristal y uno o dos muros antes de detenerse en el interior de una tienda de muebles. Al lado de la masa amoratada y machacada que tenía por panza estaba el proyectil que le había mandado hasta allí, una bala de acero con la forma de una viga.

El sonido de un bombardeo le acompañó durante el largo minuto que le llevó levantarse entre gruñidos, maldiciones y algún pedo fugado. Sí que se estaba montando una buena. La potencia de la lejana artillería hacía temblar hasta la grasa de Roland. Más les valía a esos colgados follaosos que no arañaran a Rudolf con tanto petardazo. Iría a comprobarlo... en un momentito, en cuanto recuperar un poco el aliento. Puto robot...
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Mensaje por Samvel Legacy el Jue 10 Dic 2020 - 19:43

La sorpresa de Sam resultó más que evidente. En parte porque el grandullón barbudo había soportado un golpe directo en la cara de su porra eléctrica, y en parte por lo que sucedió a continuación. Por lo general la gente solía sufrir espasmos al recibir un golpe como aquel, y Sam no sabía si se debía a su tamaño a una excepcional resistencia, pero apenas le había causado efecto. Se encontraba desenfundando su pistola cuando, de pronto, salió despedido hacia un lateral, perdiéndolo de vista.

Cuando por la megafonía habían dicho que estaban atacando la isla, lo decían en serio. Un par de calles más allá podían vislumbrarse explosiones, y la vibración bajo los pies del cyborg le reveló que usaban artillería pesada. El porqué alguien querría atacar aquel lugar tan extraño escapaba de su comprensión, pero tenía claro que debía ponerle fin. O al menos ayudar en lo que pudiera. Corrió rápidamente hacia el lugar del que provenía el ruido. Multitud de personas huían despavoridas en dirección contraria, mientras, detrás de ellas, un equipo de hombres lanzaban explosivos sin ton ni son.

¿Pero qué diantres...? —se preguntó cuando escuchó una explosión muy cerca suya. Se protegió la cara con los brazos y se alejó; las explosiones provocaban metralla al destruir las casas y el suelo.

Más allá, un par de niños gritaban, aterrorizados. Sus padres no parecían estar cerca, y no se habían percatado del peligro inminente que corrían. Los escombros de una casa cercana estaban a punto de caer sobre ellos. Sam enfundó su arma, activó los propulsores de sus pies y se lanzó raudo hacia ellos. Consiguió sujetarlos y apartarlos de la zona de impacto antes de que los escombros los aplastaran.

—¡Mis hijos! —gritó una persona que corría hacia ellos—. ¡Muchas gracias por salvarlos!

No las de, señora. Ponga a sus hijos a salvo, ¡ya! —ordenó Sam, preocupado por su seguridad.

Tras observar que no habían más personas en un peligro inminente, buscó con la mirada al bombardeador más cercano. Haciendo un último uso de los propulsores, se lanzó contra él, empujándolo al suelo. Le pisó el pecho con la pierna buena y sacó la pistola, con la que apuntó a su cabeza.

¡Eh, atención a todos! —gritó, buscando que los atacantes le mirasen—. Si no detenéis este ataque, mato a vuestro compañero.

Lógicamente no pensaba cumplir su amenaza, pero nadie tenía que saberlo. Tan solo esperaba que sus palabras bastasen para detener aquel conflicto, aunque después de observar momentáneamente los rostros de los hombres, lo dudaba mucho.
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Mensaje por Roland von Klauswitz el Sáb 12 Dic 2020 - 14:54

A Roland no podía importarle menos que una panda de capullos estuviera atacando a la otra panda de capullos que mandaba allí. Veía soldaditos correr de acá para allá y no podía más que preguntarse qué era eso que se le clavaba en el culo. Ah, sí, un trozo de cristal. Genial. Se lo arrancó y lo tiró por ahí mientras iba en busca de Rudolf. Suerte que era fácil. Solo tenía que seguir el rastro de cosas rotas que había dejado él mismo al salir volando. No se olvidó de cargar a Lulú de camino.

No le gustó lo que encontró al llegar.

Un grupo de soldados del palacio rodeaban su vehículo. Eran los mismos que esa mañana le habían perseguido y obligado a huir desnudo. Y todo por haberse trajinado a su princesita. Eran unos plastas. ¿No podían aceptar que él debía ser el primer hombre de verdad que esa santurrona no tan santa veía? Normal que se hubiese puesto así. Entre la confusión propia de un ligero de licor blanco y el líquido de un termómetro, Roland la recordaba tan caliente que podría haberse planchado las bragas con el calor de entre sus piernas. Si hubiese llevado. Decirle eso al rey, o zar o como fuese, no había ayudado mucho a calmar las cosas.

-Encontradlo -ordenó un tipejo con un bigote tan largo que lo llevaba atado en la nuca-. Si no lo hacemos será el final de este reino.

Un poco dramático, pero le complació. A Roland le gustaba sentirse importante. El cazador estaba en la bocacalle, fuera del edificio donde la moto se había empotrado. O mejor dicho, donde ese abrelatas la había empotrado. No se le había olvidado que le debía una.

Los soldados, lógicamente, se fijaron en él enseguida. Roland se lanzó a embestirlos, aplastando a un par contra la pared destrozada. El del bigote desenvainó un sable tan delgado y frágil que Roland no pudo contener la risa. Se había hecho tatuajes con agujas más gordas. Sin embargo, el soldado la manejó tan velozmente que la perdió de vista. Cuando quiso darse cuenta ya la tenía clavada en el ojo.

-¡Ahh! ¡Maldito cabrón! ¡Te aplastaré!

Desenfundó el pistolón y empezó a pegar tiros a diestro y siniestro. Voló ventanas, muebles y alguna cabeza, pero no la que buscaba reventar. El tipejo era tan esquivo como una puta sin bichos. Le agujereó el hombro a un soldado, y de su espalda salió el bigotón. Su espada se coló en la boca de Roland, topó contra uno de sus dientes de oro y lo agrietó. A punto estuvo de arrancárselo. Lo siguiente que supo fue que volaba. ¿Cómo coño lo había mandado a volar con esa espadita de nena? Algo raro había ahí. Alguien tan delgado no podía ser tan fuerte.

La pelea amplió su rango de acción cuando Roland recurrió a las granadas. Las calles colindantes se vieron envueltas en el fregado, pero como ya estaban en plena batalla campal nadie pareció darse cuenta. Roland vio de reojo a ese mariconazo con cara metálica, pero no tenía tiempo para darle su merecido. Lo que sí hizo fue placar a uno de los hombres armados que le rodeaba. No para ayudarle, si no para apartarse del camino del bigotón, cuya fina espada ya le había demostrado que era peligrosa.

Roland se mantuvo en su sitio en la siguiente acometida. El bigotón esquivó su disparo y fue a cortarle, pero el cazador respondió con un golpe de su panza que lo lanzó por los aires. Eso le dio un respiro. Ahora necesitaba una oportunidad de llegar hasta Rudolf para hacerlo papilla con su armamento. El ladrón le dio una idea. Le pegó un tiro al tipo que mantenía amenazado en el suelo para cogerlo a él como su propio rehén. O como escudo humano, según le hiciese falta. Al fin y al cabo, los pringaos hacían lo que los fuertes de verdad querían.
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Mensaje por Samvel Legacy el Mar 5 Ene 2021 - 19:04

La bala voló enfrente suyo, incontenible, directa a la cabeza del hombre al que había apresado. Siguió con los ojos la dirección de la que provenía, esperando encontrar a un enemigo capaz de arrebatar la vida de un compañero que se había convertido en un estorbo, cuando se encontró con la fría mirada del gigantesco hombre de la moto.

No sabía en qué estaba pensando. Tal vez hubiera recapacitado; era posible que hubiera decidido ayudar a las pobres gentes de aquella isla, a pesar de usar métodos que el cyborg no aprobaba. Sam, con toda su buena fe, se acercó a aquel hombre, dándole una segunda oportunidad a pesar de sus anteriores roces.

Oye, gracias por la ayuda, pero... —se detuvo instantáneamente cuando sintió como le levantaba en peso.

Tardó unos pocos segundos en comprender qué había pasado. Al verse agarrado por el voluminoso brazo del grandullón, se sintió como un juguete en manos de un niño grande. Intentó liberarse del agarre, pero le resultó imposible. Enfrente suyo, los hombres enemigos, que le usaban como blanco. Sam no los culpaba; acababa de amenazar a un compañero suyo. Era normal que quisieran aprovechar que el barbudo de sonrisa amarillenta lo estaba usando de escudo humano para acribillarle a balazos, pero no por ello le gustaba. Se protegió la cara con los brazos, intentando evitar que ninguna bala le atravesara el cráneo. El resto de disparos rebotaban tras golpear sus partes metálicas, no sin dejar muescas y rasguños.

Oye, tú, señor criminal, bájame, por favor. ¡Están a punto de matarnos!

Tras insistir inútilmente, entendió que el motero de manos grasientas no le estaba dando más opciones. Extendió el brazo libre hacia atrás. Por suerte, su nuevo "amigo" resultaba ser un hombre de considerable tamaño, y no le costaría mucho alcanzar su objetivo. Activó el lanzallamas de su brazo, enviando un chorro de fuego a propulsión hacia el cuerpo de aquel hombre, sin saber exactamente a qué parte de su cuerpo alcanzaría. Esperaba que, de esta forma, el hombre abriera su mano liberándole, para acto seguido poder tomar al fin la ofensiva.

El grupo de hombres se volvía cada vez más numeroso, y las escasas fuerzas locales apenas podían hacer frente contra el armamento superior de los atacantes. Sam no sabía por qué atacaban la isla de aquella manera, ni siquiera sabía si estaba en el lado de los buenos o los malos, pero no podía ver morir a tantas personas, muchas de ellas inocentes, sin hacer nada.

En el caso de haberse librado de la manaza de aquel criminal, sujetaría su arma con presteza, usando ambas manos, apoyaría una rodilla en la firme tierra, y se pondría a disparar contra los atacantes, buscando acertar siempre en zonas no vitales pero que los incapacitaran, como rodillas, hombros o costados.

Solo esperaba que el cabezón supiera comportarse en aquella situación, y supiera cuál era la prioridad de aquel momento.

Eh, Barbablanca —dijo, llamándolo—. Ayúdanos a detener esta locura y arreglaremos cuentas después, ¿te parece?

Seguramente fuera la peor idea que hubiera tenido nunca. Solo había que ver la actitud irascible, caprichosa, violenta y egoísta del hombre, pero quizás aquella furia desbocada pudiera ayudarle a tomar la ventaja en aquella situación. Se estaba quedando sin opciones.
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Mensaje por Roland von Klauswitz el Miér 6 Ene 2021 - 14:30

Su rehén-escudo-no-humano resultó ser un poco rebelde. No hacía más que protestar e intentar escaparse. Era un puto coñazo. Por suerte, Roland lo tenía bien sujeto, y eso detuvo al espadachín del bigote. En ese momento no pensaba en otra cosa que no fuese acabar con él. Ni siquiera se había planteado por qué tantos tipos armados estaban apuntando a su rehén hasta hacía un segundo. En realidad le importaba un huevo más allá de que ahora le apuntaban a él.

-Has cabreado a un montón de gente, abrelatas. ¡Deja de moverte, coño!

Por fin se estuvo quieto y Roland pudo darse cuenta de su precaria situación. Por un lado, la guardia encabezada por el súper bigotón; por otro, una tropa armada hasta los dientes con evidentes malas intenciones. Y encima estaba tuerto. La sangre y los gelatinosos restos de su ojo agujereado dejaron su barba echa un cromo, tan roja como blanca. Le iba a costar un montón de dulces poder curar eso. Y odiaba los putos dulces.

-Vale, a ver. Tú, capullo, ven aquí y...

De repente algo estalló en llamas. ¡Él! El puto robot le estaba escupiendo fuego por algún sitio. Su barba, que tras tantos años de mancharse con aceite, grasa y productos peligrosos se había vuelto bastante inflamable, prendió enseguida, igual que su camiseta. El susto fue lo peor. Lo demás no era nada que un buen revolcón por la nieve no pudiese solucionar. Se puso en pie aún desorientado, con la camisa ennegrecida, quemaduras en el brazo y el cuello y un olor a pelo quemado que le recordaba a cuando probó a hacerse una putilla robótica.

Lo primero que hizo fue alzar a Lulú contra el cacharro que le había quemado. Un rehén con la media cabeza que le iba a quedar tras el tiro no valdría mucho, pero Mazazo no se había hecho famoso perdonando ataques como aquel. Sin embargo, el petardazo no llegó. La espada del viejo guardia le cercenó el índice que ya apretaba el gatillo, y antes de darse cuenta Roland ya había soltado el arma por instinto. Respondió con un puñetazo que el vejete esquivó, y luego ambos se vieron envueltos en la lluvia de plomo que los misteriosos atacantes descargaron sobre todo el mundo.

¿Por qué tenía que haber tantos tocapelotas en esa puta isla? Su único consuelo era que aquellos palurdos también disparaban contra el bigotes y contra el robot-ladrón-pirómano-futuro-hombre-muerto. Seguro que no aguantaban tanto como él. Su corpachón engulló varios de los disparos, que acabaron derribánbolo, pero pudo cubrirse creando de la nada una enorme galleta navideña.

Vaya día estaba teniendo. Cada vez que sacaba su polla a pasear le pasaban cosas así, aunque normalmente podía zanjarlas más fácilmente y sin derramar tanta sangre. Tanta sangre suya. Estaba realmente enfadado. Y cuando Roland se enfadaba, pasaba cosas.

El cielo se oscureció. Negras nubes se arrebujaron en las alturas, gruesas y esponjosas como muslos de gorda. La nieve dio paso al granizo, una lluvia de bolas de hielo del tamaño de naranjas. Recogió su pistola y le quitó la nieve. El caos se había apoderado de aquella zona, y más que iba a haber. Alzó el pistolón y disparó a través de la galleta. La bala desgajó un trozo considerable y arrancó la cabeza de algún pobre diablo al otro lado. La furia de Lulú se sumó a la del cielo, dando cuenta de los pistoleros, de un lado o de otro, que trataban de guarecerse de la repentina granizada. El propio Roland notaba los impactos del hielo, pero no era tan enclenque como para no aguantar algo así. En Ártica había lluvia ligeras que hacían más daño.

Cuando se acabó la munición, encontró al robot con su ojo sano, aunque ni rastro del viejo. Sangrando por una docena de sitios, con un ojo menos y un dedo arrancado, se aproximó a él. Ya no sonreía. Sus negras botas dejaban huellas rojas y sucias en la nieve, mientras que las calaveras que las adornaban observaban a aquel trasto humanoide como un funesto presagio.

-Ya podemos arreglar cuentas -le dijo.

Abrió el saco y tiro a coger a aquel mamarracho para meterlo dentro.
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Mensaje por Samvel Legacy el Vie 8 Ene 2021 - 0:21

Y ahí estaba el grandullón otra vez, apuntándole con otra de sus armas. Sam levantó ambos brazos, intentando protegerse a sabiendas de que, a esa distancia, le sería imposible esquivar el disparo.

Sí, lo había quemado, y comprendía que aquello podía disgustarle. Pero seguía vivo, y ambos seguían siendo acribillados por el mismo enemigo. ¿Es que no veía que la mejor opción era cooperar para sobrevivir en vez de matarse entre ellos? Había gente muy tozuda en el mundo.

Y allí aguardó, como un pelele, esperando recibir un disparo que nunca llegó. Se apartó los brazos que cubrían su rostro con cierta indecisión, sin saber a ciencia cierta si se traba de una jugarreta. ¿Por qué había detenido su ataque? Esperanzado, pensó que al final había recapacitado sobre sus actos para finalmente aliarse y poder anular las fuerzas enemigas.

Sin embargo, se dio cuenta de que había detenido su ataque únicamente porque le estaban atacando. Un hombre de espeso bigote no dejaba de atosigarle con cortes rápidos. Incluso le había cercenado un dedo. No podía sentir que sentía pena, pero tampoco creía que fuera la mejor forma de seguir con aquello. El espectáculo en toda la calle se había convertido en ráfagas de violencia imparables. Habían llegado a un punto en el que detener la batalla resultaba prácticamente imposible.

Sam empezó a sentirse decaído, casi atemorizado. No quería que más personas inocentes murieran, pero tampoco sabía qué más podía hacer. Y encima estaba aquel barbudo motorista que no dejaba de entrometerse y empeorar el panorama general. ¿Era mucho pedir un poco de paz de tranquilidad? Pues parecía que sí, porque una lluvia de balas empezó a caer sobre Sam, quién no tenía lugares donde guarecerse.

Las primeras balas se encontraron con sus implantes robóticos, siendo disparadas en múltiples direcciones, pero poco a poco los tiradores comenzaron a afinar la puntería. Una bala le rozó la sien, haciendo que un reguero de sangre comenzara a descender por su rostro, y tras muchos disparos su pierna izquierda dejó de funcionar, cayendo al suelo. Usando un brazo para protegerse de las balas que volaban raudas hacia él, estiró el otro hacia un soldado caído que tenía cerca, usando su cuerpo para cubrirse. Aquella último recurso le dio un respiro, gracias al cuál pudo analizar la situación.

No pasó mucho tiempo hasta que notó como el clima cambiaba de forma radical. De pronto, empezó a caer granizo, pedruscos de hielo del tamaño de un puño. Una de las bolas de hielo cayó sobre su cabeza, abriendo una brecha por la que no paraba de sangra, pero se mantuvo consciente. En otras circunstancias hubiera usado el cuerpo del soldado caído en combate para protegerse de la lluvia helada, pero si lo hacía se tragaría de pleno una lluvia muy distinta. No le quedó más remedio que resistir la caída del granizo sintiendo cada golpe sobre su espalda y dando las gracias de tener un cuerpo metálico.

Y entonces todo se detuvo. Ya no escuchaba más disparos ni explosiones, y el mal tiempo había ido y venido como un amante de una sola noche. Al fin encontró la paz que tanto ansiaba, pero también descubrió que su cuerpo estaba hecho pedazos. Estaba abollado, agujereado, soltando sangre y aceite a partes iguales y en algunas zonas saltaban chispas eléctricas. Era un milagro que aún pudiera moverse.

Pero aquello no dudó mucho tiempo. El hombretón se acercó a él, tan herido como solo podía estarlo una persona que acababa de superar una guerra, y sin dudar ni un instante le arrastró al interior de un enorme saco. Sam, con las pocas fuerzas que le quedaban, no se molestó en defenderse. Confiaba en que aquel hombre tuviera un pequeño corazón muy, muy en el fondo, y que ahora que todo parecía haberse detenido pudieran hablar.

Oye —dijo con voz rasposa desde el interior del saco—, ¿fuiste tú el del granizo? Eres de esos con extraños poderes producto de las frutas del diablo, ¿no? —Sam se echó a reír—. Sabía que en el fondo eras un buen tipo; has detenido la batalla. Y encima eres fuerte. Gracias.

Sam, sin esperar a la respuesta del hombre, continuó hablando.

Pero, ¿sabes qué? Creo que te falta un poco de autocontrol. No, no, no te lo tomes a mal. Le puede pasar al mejor de los hombres. Lo que quiero decir es que te vendría bien alguien que te ayudara a usar tus habilidades para hacer el bien, una pequeña conciencia, ¿qué me dices?
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Mensaje por Roland von Klauswitz el Vie 22 Ene 2021 - 13:19

Anda que decir que a Roland le costaba controlarse... Había que ser un puto loco para afirmar eso. Era un insulto... seguramente. Lo cierto era que no estaba muy seguro, pero, ante la duda, mejor tomárselo como una ofensa. No existía nadie con más autocontrol que Roland von Klauswitz. Se lo demostraría a esa chatarra cuando lo desmontara.

Fue con el saco y su peculiar carga hasta la casa donde había dejado empotrada a Rudolf. Resollaba cuando alcanzó su moto, y sus fueras casi le abandonaron cuando vio los daños. No iba a ir muy lejos, por desgracia, al menos no si no caminaba, y eso le apetecía más bien poco.

-Todo esto es culpa tuya -le dijo al saco-. Ya podría estar lejos de este moridero.

Dejó caer la bolsa con rudeza sobre la encimera de la cocina, una de las pocas habitaciones de la casa que parecía mínimamente entera. Recargó a Lulú y la apretó contra la tela. Disparó, pero solo para aturdir a esa cosa de dentro. El saco era irrompible mientras la magia navideña lo protegiera.

Lo volcó para que el robot cayera sobre la encimera. Quería que se quedase quietecito mientras lo desmontaba, y así se lo hizo saber. Metió la mano en el saco y extrajo una caja de herramientas bien surtida.

-Voy a necesitar piezas nuevas para la moto. No me toques las pelotas y a lo mejor conservas las tuyas.

Puro autocontrol.

Roland se mareó mientras sacaba el primer destornillador. Bien visto, había perdido bastante sangre con tanta acción. Tendría que hacerse un apaño. O peor... Se obligó a crear dulces. Se frotó las manos y una riada de caramelos y turrones cayeron sobre el fregadero. Mientras comía, totalmente a desgana, protestaba.

-Puta princesa. Una guarra se baja las bragas y me cae la de dios encima. Verán cuando arregle a Rudolf. Voy a freírlos a todos. -Engulló un mazapán del tamaño de un bebé y se hartó-. Venga, al tajo. ¿Qué trozo de cara prefieres: el derecho o el izquierdo?
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