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[Pasado Privado Aoi - Miko] Cuando dos inocentes se juntan, ¿qué puede salir mal?

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Mensaje por Azumane Aoi Mar 26 Ene 2021 - 19:33

Aoi llevaba en la Marina varios meses pero, para ser honestos, seguía sin saber muy bien cómo funcionaba exactamente. La lógica de su organización escapaba al entendimiento de la joven, por mucho que se hubiese esforzado por aprenderse la jerarquía para saber quién era más importante que quién.

Las brigadas parecían no respetar las jerarquías tan estrictamente como le habían insistido en la Academia, y los cadetes recién graduados parecían ser una suerte de recaderos comodines, de los que todos parecían aprovecharse hasta que tuviesen brigada definitiva. O quizá eso solo le pasaba a ella. La cuestión era que se había graduado, técnicamente, después de un... curioso entrenamiento intensivo en la G-5, pero todavía no tenía ninguna brigada a la que pertenecer, porque tanto ella como sus compañeros de campamento habían adquirido fama de problemáticos, y nadie se peleaba por incluirlos en sus filas, precisamente.

Así que la artista marcial llevaba días rondando sin rumbo concreto por Marineford, haciendo poco más que los recados que nadie quería hacer, porque siempre estaba libre. "Cadete, tráeme esto", "Cadete, ve a tal sitio a hacer aquello, tú que tienes tiempo", "Cadete, nos hace falta un voluntario para tal cosa", bla, bla, bla.
Tampoco es como si la muchacha fuese a quejarse, ya que se adaptaba con bastante facilidad a cualquier situación con la que se encontrase, y se había hecho a la idea de que aquella iba a ser su vida hasta que algún iluminado decidiese invitarla a su brigada. Pero le habría gustado tener más oportunidades como aquella en la que se encontraba, de salir del cuartel y hacer algo útil como marine, en lugar de pasarse el día corriendo de aquí para allá haciéndole los recados a los Capitanes.
Y por eso se sentía especialmente ilusionada mientras veía en el horizonte aparecer la isla de Pucci ante sus ojos, porque por fin podía demostrar de qué estaba hecha, ¡por fin podía hacer un trabajo de marine de verdad! O eso había creído ella.

—Patrullar, observar y reportar la situación —le repetía el Oficial de turno—. Recuerda, no te metas en problemas a menos que no te quede más remedio. Tu misión consiste, sencillamente, en patrullar las calles de la capital y ver si pasa algo raro. Luego volverás al cuartel, y nos darás tu informe sobre la situación. ¿Ha quedado claro?

—¡Clarísimo como el agua, mi teniente! —exclamó ella, haciendo el saludo militar.

—Solo quiero asegurarme de que te ha quedado bien claro. Observar, no actuar. Observar —repitió el teniente, con clara desconfianza. Aoi asintió vigorosamente con la cabeza, antes de despedirse y poner rumbo a Pucci por sus propios medios.

Porque, claro, no iban a ocupar un barco en llevarla allí sola. Al parecer desconfiaban de algún tipo de problema que no le habían especificado, pero para el que parecían no poder contar con la ayuda de marines externos al cuartel de Marineford. Quizá algún marine era sospechoso de traición, o quizá simplemente les gustaba andarse con cuidado. Aoi solo sabía que su misión consistía en observar la situación vestida de paisano. Lo cual, para ser honestos, sonaba un poco aburrido.
El lado positivo era que podía pasear por una ciudad que no conocía, y que pasaría unas horitas fuera del cuartel. Con suerte, no habría nada que reportar y la tarde se le pasaría enseguida...

La artista marcial llegó a Pucci a bordo del tren de las doce en punto, y encontró con poca dificultad la salida de la estación. Se estiró sin reparo bajo la cálida luz del sol de mediodía y echó un vistazo a su alrededor, topándose con un escenario urbano repleto de gente apresurada, el murmullo de los viandantes y el delicioso olor a comida recién preparada. Pucci era conocida por estar repleta hasta arriba de restaurantes de calidad, después de todo. Cuando su madre le había regalado el pase vitalicio para el tren marino, aquel era el primer lugar que había pensado en visitar. Aunque no había tenido la oportunidad de hacerlo hasta entonces.

—Bueno... Patrullar y pasar desapercibida... Desapercibida... —se dijo a sí misma, echando a caminar entre la marabunta de gente y perdiéndose entre la multitud sin destino marcado, y llamando la atención de todo con el que se cruzaba por su vestimenta extraña y la ausencia de zapatos en sus pies.
Totalmente desapercibida.
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Mensaje por Miko Miér 27 Ene 2021 - 13:48

Un día más, el barco de la albina había conseguido surcar los extraños y problemáticos mares del paraíso, adentrándose aún más en lo desconocido. Y un día más, no había tenido ocasión para aclarar las cosas con Ayden ni verle. El chico últimamente debía estar terriblemente ajetreado, y es que sus conversaciones más largas apenas duraban quince minutos. De hecho, la más larga que habían podido mantener fue por la preocupación de este sobre el tema de la isla pirata. Había sido una suerte, según él, que hubiera salido ilesa. Por un momento, hasta le había dado ilusiones con que se vieran en la siguiente isla de su recorrido ahora que tenía un Loge Pose, su pequeña recompensa por una buena acción que, sin embargo, le había dejado un sabor amargo en la boca.

Había ayudado a la facción de los piratas, arrastrada por un revolucionario del que no sabía nada cuando ella solo buscaba una manera de poder abandonar la isla. Todo por haber querido ayudar a unos desconocidos del South Blue. Al menos la ayuda fue solo para que supieran como arreglar las filtraciones de agua salada. «Ayudar a quien lo necesita cuando ocurre un desastre nunca está mal». Se repetía mientras apretaba entre sus manos el timón.

Como fuera y dejando ese suceso atrás, ahora era algo más consciente del peligro que podrían suponer sus acciones y decisiones para sí misma y para Kike, el niño que había decidido acompañarla. Por eso mismo, prefirió no hacer una pausa muy notoria en Karakuri, la isla tecnológica que había de paso entre Bloothe y su próxima parada, Pucci. En esta, sin embargo, sí esperaba poder aprender algo más del mundo y sobre cocina. Cosas que llegaron a sus oídos de liebre durante esta semana de transito que se quedaron barrados en la isla nevada a causa de la ventisca. Por suerte, la tecnología había llevado consigo la información asequible desde el cuarto compartido que les tocó rentar a ella y su acompañante y, de lo que había encontrado había dos cosas que le llamaban: La cocina, como ya hemos comentado, traía consigo la oportunidad de probar y aprender recetas nuevas. ¡Incluso podía mejorarlas! O adaptarlas a su paladar vegano para que siguieran teniendo las mismas propiedades que la original, como había hecho con su receta especial de Botxy, un plato típico de su hogar. Cambiar ingredientes para conseguir resultados similares en textura o sabor pero que fueran más asequibles en vez de centrarse solo en ingredientes excéntricos, ese era su objetivo culinario para poder ayudar a la gente que tuviera dificultades para conseguir recursos.  Por otro lado, había escuchado hablar de un tan «Umi Resha». Al parecer, se trataba de un vehículo con ruedas automatizado que viajaba sobre vías por encima de la superficie marina, conectando islas, pero solo las del gobierno mundial tenían esos accesos… Y solo se daba en la Grand Line. También era casi imposible comprar un boleto, al menos para ella. Eso no quitaba que quisiera por lo menos ver cómo era, y como salía de la estación, aunque fuera desde lejos.

Y es hacia la estación marina que se dirigían sus pies ahora, andando mientras enganchaba del brazo a su acompañante para no perderse entre la multitud. Los dos eran bajitos, así que aquello supondría un problema para encontrarse después. Ataviada por un pantalón ceñido de color negro y una camiseta blanca, con deportivas para andar cómoda, llevaba el pelo recogido en una coleta alta y sus ojos ocultos tras unas gafas de sol, una de las peculiaridades que había comprado a lo largo de sus viajes. La «máscara de heroína» la guardaba en el bolsillo de la chaqueta que cubría sus hombros, desabrochada.  Habían dejado el barco amarrado en el puerto escasas horas atrás.
Cuando llegaron, un tirón más fuerte de su parte, arrastró al pobre chaval de cabellos rubios, desequilibrándole y obligándole a acelerar el paso a trompicones. El tren estaba entrando ya en la ciudad, dejando a su paso una estela de espuma marina.

—Mira, Kike, mira. ¡Es el tren! ¡Es enorme! —Sus ojos relucían como los de una niña pequeña mientras señalaba el enorme vehículo que empezaba a decelerar hasta frenar donde su vista ya no alcanzaba a verlo.
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Mensaje por Azumane Aoi Lun 8 Feb 2021 - 18:42

Aoi sabía que tenía que pasar desapercibida, pero nadie había comprobado por ella qué atuendo se iba a poner, y aquello había sido un fallo por parte de la Marina. La muchacha ya solía llamar la atención por sus ojos rasgados de color gris y sus rasgos endémicos de Ba Sing Se, por no mencionar su extremadamente larga cabellera enredada, pero además tenía la mala costumbre de ir descalza a menos que la obligasen a ponerse zapatos —como hacía la Marina—, y todo en conjunto la convertía en un foco de atención pasase por donde pasase.

Como había intuido que en Pucci hacía buen tiempo, se había cambiado el uniforme de marine o, más bien, el chándal de entrenamiento que ella usaba por uniforme, por un vestido blanco y azul de corte tradicional, procedente de su isla de nacimiento, con dos grandes aberturas a los lados de la falda que le ofrecían libertad de movimiento en caso de que tuviese que pelear, y se había sujetado el enmarañado cabello castaño con un palito decorativo, en un moño mal hecho. Llevaba todas sus pertenencias en una mochila a sus espaldas. La novata meneó los deditos de los pies al sentir la fresca brisa marina acariciando su piel, y se hizo paso a través de la gente hasta salir de la estación, para luego echar un vistazo rápido a la ciudad donde se encontraba y comenzar a planear.
Los escasos segundos que estuvo quieta, con los brazos en jarra, examinando el lugar, un montón de miradas se clavaron en su pelo, su vestimenta, sus pies descalzos y sus rasgos exóticos. Pero Aoi no se dio cuenta.

"Si tengo que pasar desapercibida... ¿puedo beber? Ah, una cerveza fresquita en una terraza de alguno de esos locales, qué bien sentaría...", pensó la joven marine, desviándose de su misión antes de haberla empezado siquiera.

El intenso aroma de algo delicioso se coló por sus fosas nasales entonces, y la atrajo hacia la entrada de un restaurante justo frente a la estación, que tenía la puerta abierta de par en par debido al clima de aquel día y probablemente atraía clientes con aquella exitosa estrategia. Aoi pegó la cara al cristal de la ventana para examinar el interior del local y ver los platos de los comensales.
Sus tripas empezaron a rugir entonces, instándola a entrar y pedir algo, pero la muchacha estaba en un dilema moral.

Si Pucci era conocida por sus restaurantes, y ella solo podía estar allí durante aquel día, al menos hasta que le permitiesen tomarse algún día de descanso y decidiese regresar, tenía que escoger bien los sitios donde iba a comer, merendar y cenar. Tenía claro que iba a llenarse hasta no poder más, pero hasta su estómago tenía un límite, por desgracia, y no le iba a permitir probar todos los platos de todos los restaurantes de la isla. Además, tenía que patrullar las calles y todo eso, lo que le quitaba tiempo para comer.

Así que se quedó allí plantada, delante de la ventana del restaurante, donde los clientes ahora la observaban con rostro extrañado. Se dio cuenta de que seguía con la cara pegada al cristal, así que se apartó con una risa nerviosa, y se cruzó de brazos frente al local, con rostro reflexivo, sus tripas aún resonando sonoramente y exigiéndole comida. Se decidió a mirar el menú que tenían en la entrada y se puso a leer los platos, pero no entendió ninguno de ellos.

—Disculpe, señorita —la apeló alguien entonces. Se trataba de una camarera, que acaba de salir del local, quizá alertada por los clientes—. ¿La puedo ayudar en algo?

—Ah. No. Bueno, no lo sé —respondió Aoi—. Tengo hambre, pero...

—La política de nuestro restaurante nos impide ofrecer las sobras a los vagabundos. Pero quizá tenga usted más suerte en el restaurante al final de la calle —le indicó la camarera, con una amplia sonrisa en el rostro, señalándole el otro restaurante y básicamente invitándola a marcharse. La novata se sintió profundamente ofendida por aquella asunción y se alejó del restaurante, dándole la espalda a la camarera, pero sin alejarse demasiado de la estación.

—Bueno, al menos tengo claro que ahí no voy a comer. Qué maleducados —masculló para sí.

¿Cómo se atrevían a tomarla por una vagabunda que pedía sobras? ¡Tenía dinero! ¡Había cobrado! ¡Era marine! Pero la juzgaban,¿y por qué? ¿Por su pelo despeinado? ¿Sus pies descalzos? ¡Ni siquiera estaba sucia!
Aoi se miró los pies, que ahora contaban con una fina capa de polvo sobre ellos.
Bueno, quizá un poco sucia sí que estaba, pero siempre podía limpiarse los pies antes de entrar.
Quizá su aspecto filtraría las opciones por ella, y le pondría más fácil escoger el sitio donde comer.
Pero, por ahora, Aoi se quedó frente a la estación, enfurruñada y cruzada de brazos ante la ofensa recibida, con sus tripas todavía pidiéndole comida de vez en cuando.
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Mensaje por Miko Jue 18 Feb 2021 - 21:45

Al llegar, el tren entró haciendo sonar su estridente sirena, levantando la superficie del agua en una especie de ola que salpicó en tubo a uno y otro lado del monstruo de metal. Era enorme, mucho más grande que cualquier barco que hubiera podido observar… Una pena no haber sido capaz de ver aquello en persona. Aunque, pensandolo por otro lado, era una suerte no hacerlo. Su ropa y toda ella, así como su compañero que… Acababa de perder entre la multitud. La albina se dio de bruces con la asuencia del menor cuando pretendía hablarle, maravillada, de la impresión que aquel tren marino le había causado.

Por si eso fuera poco, las personas empezaron a aremolinarse, como si dos corrientes opuestas hubietan aumentado en velocidad y se hubieran chocado. Solo que mucho más ruidosas. La gente iba y venía en cumulos tan grandes y compactos que era imposible no chocarse con alguien. Y que ella estuviera parada en medio de la turba no ayudaba, claro. Más de una persona le había llamado la atención a base de gritos y algún codazo que pudo predecir por poco, evitando comerselo. Cuando se alejaban, lo hacían farfullando improperios. Si no fuera por lo apresurado de todo eso, la albina se hubiera tomado un momento para replicar que esas no eran formas para hablar con nadie. Pero el llegar a coger el viaje de tren o ir a comer, o a buscar alojamiento era más importarte que tratar con una desconocida.

La liebre no tuvo más remedio que acabar escabullendose entre la multitud a una zona más apartada de aquella travesía y esperar a que el lugar se despejara para intentar buscar de nuvo a Kike. ¿Estaría bien? ¿Habría salido malparado de aquel atropello? En esos momentos lamentaba no haber comprado un DDM para él también. Sería más fácil encontrarle si ambos tuvieran uno y pudiesen llamarse. «Espero que no le haya pasado nada». Se dijo tras esos quince intensos minutos que parecieron una pesadilla fugaz e inexistente en cuanto el tren volvió a partir, quedando una cantidad más diluida de pesonas por las calles, que caminaban a paso normal, cada quien siguiendo con su vida.

—Supongo que en estas cosas se nota un poco lo de “chica de pueblo” que me dijeron en Bloothe… —Dejó escapar una leve risita, rascandose la nuca—. En fin, no importa. Ahora tocará buscarle y, a unas malas sabe como volver al puerto, así que… ¿Le dejé parte de mi dinero? Sí, estoy segura. Espero que esté bien… —Según iba musitando sus preocupaciones en voz alta, empezó a intentar olisquear el aire, en vano. Ya lo suponía con su nariz normal, pero con la de su Akuma —mucho más fina y sensible— se volvía aún más complejo. «Demasiados olores», pensó, frunciendo sutilmente el ceño. Ahora fueron sus orejas las que cambiaron. Empezaba a volverse más cómodo el usar sus poderes tras haber visto a tanta gente haciendo lo mismo sin ton ni son con los suyos propios. Sin discreción y miedo. Aunque sabía que Abigail lo consideraba un poder maldito también… Pero mientras sirviera para ayudar a otras personas estaría bien.

Con esa idea en la cabeza, empezó a poner —literalmente— la oreja, buscando con su oído y sus ojos rubíes a su compañero. También podía intentar buscar su «voz», o lo haría si hubiera avanzado más allá de preveer un peligro inminente un instante antes de chocarse de frente. Así se pasó las siguiente media hora, acabando por sentarse en las escaleras de la estanción, cansada.
Sus codos se apoyaron en sus piernas para poder usar sus manos de reposacabeza, suspirando pesadamente. No había conseguido nada.

—A lo mejor se ha ido al barco porque no podía verme… —murmuró para sí misma, justo antes de que un rugido llamara su atención. Conocía ese sonido, pero no había salido de su estómago. Estaba segura de ello. Levantando la cabeza, empezó a buscar a los lados, dando con una chica sentada no muy lejos de donde ella, de apariencia peculiar, también cabizbaja. —¿Uh? —Ni corta ni perezosa, Miko se levantó para cortar la distancia entre ambas. ¿No le había dicho Ayden que no era buena idea hacer esas cosas? Sí que lo había hecho, sí. Pero ni tras tantas experiencias como llevaba aprendía.

—Disculpa… ¿Estás bien? Parece que podrías necesitar una mano o… Bueno, comer algo. ¿Te gustaría que fueramos a algún sitio a comer juntas? Pasar mucho tiempo con el estómago vacío puede ser malo. ¡Ah, cierto! —Se dio cuenta en ese momento—. No me he presentado, me llamo Miko. ¿Y tú?
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