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Mensaje por Cheshire Miér 17 Mar 2021 - 16:55

El sol pronto comenzaría a ponerse en el horizonte, y el frío y la noche empañarían próximamente la ciudad. Ante sus ojos se extendían las calles de la ciudad, imponentes y espeluznantes a su vez. Había comprobado que el comercio en el lugar estaba lo suficientemente extendido como para que hubiese gente rondando las calles prácticamente durante todo el día, y esa había sido otra de las razones por las que no se había decidido a entrar hasta el momento. La primera de ellas era, sin duda, que acabaría perdiéndose entre tanta calle, y no sabía si conseguiría salir de allí. Sería una pena que no pudiese volver al bosque, puesto que la zona que había encontrado para pasar los siguientes días -una pequeña cabaña abandonada- resultaba acogedora y un lugar agradable donde quedarse. En cualquier otro momento, intentaría permanecer más bien oculta, evitando todo tipo de posibles encontronazos, pero lo cierto era que se moría de hambre.

Tenía dinero, pero la mayoría de monedas que llevaba encima estaban designadas para el futuro barco que, estaba segura, conseguiría algún día. Sí, llevaba casi dos años haciendo lo mismo, ahorrando sin saber bien cuánto tiempo más tardaría en cumplir sus objetivos, pero no podía hacer otra cosa. Y ya se había acostumbrado a ese estilo de vida, aunque no lo pareciese. Así que, si quería comer algo, definitivamente no sería con su dinero. «Necesito encontrar una oportunidad antes de que se haga de noche» pensó, mientras comenzaba a andar hacia el interior de la Ciudad Celeste, la más grande de las tres ciudades que había en aquella isla. Por lo que podía ver a su alrededor, se trataba de una zona bastante más lujosa de lo que se esperaba, lo que hacía posible que por allí hubiese alguien adinerado -y, con suerte, algo distraído- al que robar. Al menos, esperaba que ese fuera el caso. No le apetecía demasiado comenzar sus aventuras en aquella ciudad siendo perseguida -otra vez- por las autoridades de la isla.

Tomando un rumbo incorrecto, como siempre hacía sin querer, llegó hasta una pequeña plaza abarrotada por gente que parecía estar regresando a sus hogares. Muchos de ellos se detenían momentáneamente a hablar con vecinos y conocidos, pero para ella todos eran indiferentes. No podía distraerse pensando en ellos, ni en los movimientos que hacían, pues su objetivo estaba delante de sus narices. Precisamente en los momentos en los que no prestaban tanta atención eran más vulnerables, y por ello no pudo evitar sonreír ligeramente. Pasando desapercibida, tal y como había aprendido años atrás, emprendió su misión. No es que robar a la gente le gustase, pero su necesidad de sobrevivir le llevaba a hacer todo lo posible por hacerlo, incluso aunque para ello tuviese que hacer cosas horribles. En realidad, siendo la futura reina de los piratas, ¿quién recordaría ese tipo de crímenes en un futuro?

Pasó cerca de una mujer que justo acababa de detenerse a hablar con otra, y, manteniendo la respiración tranquila y el pulso como siempre, no dudó un segundo en sacar el pequeño alambre que siempre utilizaba desde el interior de su guante izquierdo. Conforme pasaba, aprovechándose de la ventaja que le ofrecía el ondear de su capa, introdujo el alambre en el abultado bolsillo que llevaba la mujer en la falda. Apenas hizo falta un pequeño tirón, y consiguió sacar la bolsita a la que le había echado el ojo. Sin comprobar el contenido -pues eso solo le habría delatado- continuó caminando, fundiéndose entre la multitud sin que esta llegase a tocarle. Para cuando pudiese darse cuenta de la desaparición de su bolsa, seguramente ya estaría lejos.

No tardó en encontrar su siguiente objetivo: un hombre trajeado, pudiente a primera vista. Podía ver su cabello claro, y estaba perfectamente de espaldas, garantizándole acceso a sus bolsillos. Tal vez fuese la adrenalina del primer robo, pero esa vez Asheris lucía algo más ansiosa. Tal y como había hecho con la mujer, se tomó su tiempo en pasar de espaldas a aquel hombre, alzando el alambre en dirección al bolsillo trasero como quien no quiere la cosa. Aunque mantenía una sonrisa en su rostro, parecía concentrada en lo que intentaba hacer. Y no era para menos.
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Mensaje por Yarmin Prince Miér 17 Mar 2021 - 19:26

- Ciudad Celeste siempre ha sido un lugar interesante, ¿sabes? -pregunté-. Incluso antes de que Eris llegase al poder lo era; antes incluso de que el Gobierno Mundial empezase a tomar su parte del pastel en Johota, esta maravillosa ciudad ya había erigido dos portentosas murallas para que todos los hombres de bien estuviesen a salvo de los miserables.

Hacía un rato que le hablaba desde el suelo. Me encontraba sentado contra la puerta del dormitorio, cabeza apoyada justo debajo del pomo y una sonrisa de oreja a oreja. Ella también sonreía, tumbada en la cama, tendiéndome una mano para que la acompañase. La primera vez la había besado, pero la comodidad de mi postura era tan delicada y la perspectiva de su pecho boca arriba tan hermosa que no hice amago de moverme siquiera. ¿Para qué? Ella iba a estar esperando cuando decidiera levantarme, y si me llegase a ir seguiría allí, estirando el brazo hacia mí con la esperanza de que, al volver, esa vez sí la tomara.

- El mundo no dista tanto de esta ciudad, aunque a veces parezca mucho más heterogéneo. -Una carcajada queda y proseguí-: Un pequeño centro de poder donde los poderosos viven, y como primera muralla la montaña más alta; un anillo interior en el que se acomodan todos los que alguna vez han rozado el poder con los dedos, cariñosamente exprimidos por los privilegiados hasta que sus cuerpos indignos son utilizados a modo de segunda muralla, y... Más allá de cualquier muro, sin esperanza de escalarlo jamás, lejos de que su voz se oiga y más lejos aún de que a alguien le importe, el grueso de la población mundial; una caterva de marginados, ciegos de esperanzas vanas y sueños que no saben que están rotos antes siquiera de atreverse a imaginarlos. Tal vez por eso aceptaste venir aquí.

La risa de la mujer era contagiosa. En cuanto la vi supe que era la adecuada, pero no quise decirlo en voz alta. Con ella había atravesado la primera muralla, y más tarde la segunda. Un par de comentarios acertados a los guardias, la complicidad con uno de ellos y una broma de mal gusto que nunca me había hecho gracia habían sido suficiente para ganar la confianza de algunos guardias que velaban las entradas al círculo interior. Juntos compartimos una velada mágica, una magia que todavía podía ver en sus ojos azules, redondos y casi perfectos. Para ella, difícilmente habría un momento mejor.

Los tiré al suelo y dejé que rodasen por la habitación mientras me erguía. Las comisuras de sus labios aún sangraban, pero las cuencas estaban perfectamente limpias; también vacías.

- Cuando algo parece demasiado bonito para ser cierto, hay una alta probabilidad de que no lo sea. -Di un paso adelante, con cuidado de no pisar las manchas-. Las estrellas más brillantes no solo queman con más furia, también se extinguen más deprisa. Pero ya es tarde para arrepentirse, ¿verdad? Hay que alegrarse porque sucedió, y dejarlo ir con una sonrisa. Al menos uno de los dos lo hará.

Me limpié la cara antes de vestirme. Mi traje no se manchaba, pero mi piel sí. Tampoco resultaba particularmente apropiado salir a la calle con los dientes ensangrentados.

Me aseé a conciencia y, tras vestirme, salí a la calle. Los portales de la ciudad magna eran casi tan majestuosos como las propias fachadas, y las calles casi tan amplias como plazuelas. La gente poseía un porte elegante y la desagradable expresión de superioridad propia de la aristocracia. En realidad probablemente habría sido más satisfactorio pasar el rato con alguna de esas personas, pero también más llamativo. Y ya era suficientemente llamativo lo que estaba a punto de suceder.

Caminé hasta la plaza más cercana, una pequeña y cuca con parterre central. Allí parado, en medio de una marea de gente que iba y venía, resultaba casi invisible para la mayoría. Casi daba gusto que no prestasen atención, y llevé ambas manos a los bolsillos de mi pantalón. Respiré hondo, saboreando el momento. Mentalmente visualizaba los números a medida que contaba.

Uno, dos, tres... Accioné el detonador.

La explosión resonó en toda la plaza y el humo ennegreció el cielo. Yo me di la vuelta para ver qué había pasado, con el terror dibujado en el rostro mientras mis ojos se iban abriendo como platos.

- Dios santo... -mascullé. Era hermoso.


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Mensaje por Cheshire Miér 17 Mar 2021 - 19:58

Nunca pensó que tuviese buena suerte. A lo largo de su vida se había topado con más problemas de los que podía contar, y muchos de ellos se los atribuía a la madre fortuna, de alguna forma enfadada con su comportamiento. Aquel día era otro de los muchos que le hacían recapacitar sobre eso, sobre cada una de las veces que estuvo a punto de conseguir algo -lo que fuese- de interés y acababa por ver cómo desaparecía ante sus ojos, como si nunca hubiese estado siquiera. Incluso aunque llegó a pensar que todo iba bien, que no había problema alguno con lo que ocurría a su alrededor, todo se volvió a torcer. La pequeña bolsita que había robado pesaba todavía en uno de los pequeños bolsillitos que llevaba dentro de la capa, causándole cierto alivio, pero esa tranquilidad pronto se convirtió en desesperación.

Acababa de aproximarse hacia su nuevo objetivo, deteniéndose a apenas un par de metros de distancia para terminar de calcular exactamente cuántos pasos necesitaba. En realidad, sabía bien cómo hacer ese tipo de cosas, y pese a los nervios, en realidad suponía que no saldría del todo mal. Cuán equivocada estaba.

Conforme terminó de decidir sus movimientos, emprendió el camino, intentando aparentar tranquilidad de cara al público. Una buena sonrisa podía ahorrarle todo tipo de problemas, sobre todo en una ciudad que, por lo que había visto, se basaba en apariencias. Apenas quedaban un par de pasos hasta su objetivo, confiaba en sí misma para conseguirlo, y, aunque algo nerviosa, no había duda en sus ojos. Y entonces explotó.

Por un segundo, observó a aquel hombre girándose en dirección a la explosión. Fue apenas un momento, ni siquiera pudo percatarse de todas sus facciones, pero lucía igual de sorprendido y aterrado que los demás, y comprendía el motivo que les llevaba a estar así. Toda su concentración se fue al traste, mientras la joven buscaba el origen del problema, dejando atrás la vista de aquel chico trajeado. El ruido había resultado ensordecedor, aunque nada comparado a los gritos del gentío. La sorpresa se adueñó del lugar, y ella sabía perfectamente lo que llegaba después de aquella sorpresa: miedo. El miedo no era algo bueno, podía causar que gente normal y corriente cambiase toda su rutina, sus pasos, sus movimientos, y comenzase a trazar una circulación involuntaria. Había sido testigo de lo que el temor puede causar en los demás, lo había sentido en sus propios huesos, y aunque no era espanto lo que ella misma sentía en aquellos momentos, no podía evitar pensar que el pánico comenzaría pronto, y se vería envuelta en todo el caos.

La humareda comenzó a propagarse por el aire, e irremediablemente recordó lo ocurrido en Mary Geoise. El humo, las cenizas, el fuego avanzando, por un momento aquellas imágenes nublaron su mente y le obligaron a apartarse de su verdadero objetivo, como si nunca hubiese estado planeando aquel robo. Respiró agitadamente unos segundos, y después se obligó a sí misma a recordar la paz, la tranquilidad y la calma. No es que comenzase a pensar en flores y arcoíris, pero comprendía que recordar todo aquello solo haría más difícil la situación. Así que, deteniéndose mientras los demás proseguían con sus caminos, algunos huyendo del lugar, observó pacientemente todo cuanto le rodeaba. Lo primero que buscó fue a aquel hombre, al objetivo que se le había escapado de las manos. Si conseguía llegar a él, con todo el caos que había alrededor, era posible que consiguiese robarle sin siquiera tener que preocuparse por las autoridades locales. Podía resultar fácil, demasiado incluso. Claro que odiaba aprovecharse de la desgracia que suponía algún tipo de explosión -tal vez producto de una fuga, o semejante-, pero había perdido ya muchas oportunidades, y no podía seguir dejando pasar momentos simplemente por sentirse mejor consigo misma. Entre poder comer algo y la tranquilidad de su corazón, sin duda elegía lo primero. Por su supervivencia debía ser así.

Evitando a la marabunta de gente que proseguía con su huida entre el humo, buscó cualquier indicio de aquel hombre trajeado. No era fácil, sin duda, puesto que no había sido el único hombre trajeado que había visto -y menos aún entre esas calles-, pero recordaba cierta perfección entre sus facciones, algo poco habitual entre la gente. «Tendrá que valer con eso» se dijo, mientras avanzaba siguiendo un patrón, trazando una especie de circuito. Aprovechaba los movimientos que la gente hacía, evitando ir en dirección contraria siempre que era posible para evitar que alguien chocase contra ella. Lo último que quería, después de todo lo que había estado viendo, era desconcentrarse nuevamente por algo semejante. La oportunidad que había encontrado no podía ser desperdiciada de esa forma, no cuando todo dependía de ese chico.
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Mensaje por Yarmin Prince Vie 19 Mar 2021 - 18:48

Mucha gente tendía a ignorar a la compleja coreografía de la catástrofe. Desde los instantes iniciales hasta su aciago final, el cómo y el por qué se desdibujaban mientras el qué y el cuándo irrumpían abruptamente, dando lugar a una danza más catártica que rítmica en la que el tempo venía marcado por el terror y la cadencia, si existía, se dictaba en orden de pasos acelerados. Para mí, sin embargo, cada una de las preguntas se iba respondiendo a medida que una emoción un tanto siniestra afloraba desde lo más profundo, una cierta sensación de armonía anacreóntica en cinco actos demasiado fugaces para disfrutarlos si uno no sabía qué estaba observando.

El primero de ellos era el estallido inicial. Se escuchaba el rugido de la explosión y casi al instante cristales rotos, disparados por todas partes. Estaba lejos, así que no podía escuchar el siseo ensordecedor de la deflagración al liberarse, pero su brillo había deslumbrado toda la plaza y, si todo estaba bien calculado, desde cualquier punto de la ciudad se habría visto como un relámpago naranja. Después, llegaba el humo, y en su negror apoteósico las llamas mortecinas relucían a medida que el temblor -desmesurado, pero puntual- se alejaba sin réplica. Ahí comenzaba, en medio del antinatural silencio, el segundo acto: La confirmación. El susto inicial daba paso a la curiosidad ansiosa y el morbo, a ese momento delicado en que cada persona deseaba saber más y ver lo oculto, pero también el pequeño impasse en el que hasta la respiración parecía cortarse. Gente caída al suelo, algunas macetas peligrosamente cercanas a alguna cabeza y, estaba seguro, en algún lugar de la ciudad y la plaza habría más de un cadáver.

Me había asegurado de no dar un solo paso. Ni adelante, ni atrás. Otra gente sí lo hizo, y me costó no sonreír mientras, como si de un chasquido se tratase, el acto tres entró de lleno en escena.

Comenzó con un grito, más de miedo que de dolor, y un par de pasos acelerados. Como si de una segunda bomba se tratase pude escuchar cómo la sensible mecha iba excitando la masa de espectadores, ya moviéndose nerviosos en sus sitios hasta que el horror comenzó a llegar. Si bien tenían sus sospechas, confirmarlas fue liberador para el pánico; y ahí empezaba el cuarto acto.

Eran más pasos, pero también gritos sordos. No tardó en liberarse el primer alarido, ni tampoco los chillidos más agudos. El graznido apático de algunos héroes que buscaban su minuto de gloria organizando -o intentando organizar- una marabunta de gente que ya había cedido a la histeria, batiéndose en estampida solo por retirarse lo antes posible del mayor peligro. Porque sí, en ese momento, los mismos muros que protegían normalmente a las ancianas pudientes y a los empresarios más deshonrosos se habían convertido en una jaula para pájaros; sus pocas puertas, en cuellos de botella.

Respiré profundamente, fingiendo que intentaba mantener una calma mucho más delicada de lo que en realidad era. A mi alrededor la carrera de los cobardes chocaba con la de los héroes, que corrían en dirección contraria para buscar su minuto de gloria; también algún que otro niño pequeño que, en medio del caos, se había separado de sus padres. Tal vez si la exposición no hubiera sido tan elevada me habría planteado llevármelo conmigo a modo de trofeo, pero en esa situación opté por adelantarme un poco hasta sumergirme de lleno en el pequeño parterre central mientras esperaba a que las cosas se calmasen. Al fin y al cabo, poca gente se adentraba en él cuando lo que se buscaba era abandonar el lugar. Más de la que me gustaría, cabe decir, pero poca. Si no contásemos el ruido, casi sería hasta un lugar tranquilo. Un bonito sitio mientras esperaba para hacer la llamada.


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Mensaje por Cheshire Lun 22 Mar 2021 - 11:29

En muchas ocasiones, su altura le otorgaba una ventaja estratégica que le hacía ser capaz de moverse entre las masas pasando desapercibida, pero era todo lo contrario en aquella situación. Su altura no le servía para nada en lo referente a búsquedas. Si además le añadía la marabunta de gente que corría de un lugar a otro, la cosa todavía se complicaba más. Con los nervios a flor de piel, decidió alejarse hasta una pared cercana, donde poder quedarse medianamente refugiada entre el portón y la gente. Le temblaban las manos sin poder evitarlo, y por mucho que intentaba observar entre los pequeños espacios, resultaba difícil fijarse en un camino por el que cruzar. De alguna forma, aquellas personas empezaban a trazar patrones inconexos, diferentes, y cada vez más rápidos e imprecisos. Buscaban alejarse, aunque no comprendía exactamente hacia dónde. Suponía que querían refugiarse en el círculo más interno, pero era obvio que no todos podrían llegar. Aunque tal vez las obviedades no se aplicasen a esos momentos.

Desde aquel portón, elevó la mirada hacia la pared. Había un par de ventanas cercanas, verjas e incluso ladrillos que sobresalían de los demás. Le bastó un segundo para decidir que aquella era la mejor opción si quería encontrar a ese hombre. Por lo menos, desde arriba podría tener una mayor amplitud de visión. Y si no, estaría lo suficientemente elevada como para que nadie pudiese llegar a tocarla. Todo ventajas.

Dando un pequeño salto, se aferró a la primera ventana, no demasiado alta. Los guantes hacían que no resbalase del todo, pero aún así corría el riesgo de caer si se apoyaba mal. Apoyó el pie en el alféizar, rodeando la ventana para quedar de espaldas a la multitud. Si caía, con suerte sería en blando. Por un segundo, miró a su alrededor, pero estaba cerca del suelo, así que solo conseguía ver diversas cabezas yendo de un lugar a otro. Suspirando un poco, posó la mano izquierda algo más arriba, y comenzó el ascenso. Al ver un balcón cercano, se deslizó entre la propia pared, algún que otro ladrillo suelto y el mismo, aterrizando sobre este. No había necesidad de seguir subiendo, así que evitó seguir esforzándose en hacerlo. Mientras se masajeaba la muñeca izquierda, algo dolorida por la presión ejercida al trepar, se dedicó a buscar al hombre entre el gentío.

No tardó en distinguirlo, aunque no como ella había previsto. Incluso se sorprendió al verle, puesto que le resultaba difícil creer que pudiese ocurrir algo así. Contrario a los demás, el hombre permanecía justo en el centro de uno de los parterres. Todos los demás rodeaban la zona y seguían sumergiéndose de lleno para llegar a una zona segura, pero él no. Impasible, esperaba, como si todo fuese ajeno a su presencia. Verle así le heló la sangre, sin comprender bien por qué.

Incluso aunque la muñeca aún le producía cierta tirantez, se apoyó en la barandilla del balcón, se preguntó si debería bajar. Si bien había subido para procurarse una especie de defensa natural contra lo demás, no quería permanecer en alto, no quería arriesgarse a ser vista. Empezaba a arrepentirse de haber comenzado a seguirle. Por norma general, entendía a quién iba a robar, o por lo menos se sentía segura al hacerlo, pero era diferente con ese hombre trajeado. Habiéndole observado en mitad de todo, llegó a sentirse como la presa en lugar del cazador, y es que hacía tiempo que había dejado de tener el control de la situación, o incluso de sí misma.

- ¡Eh, baja de ahí! - Una voz le sacó de su atonía, y dejó de observar en aquella dirección para mirar hacia la parte posterior, en la calle. Allí, un par de guardias permanecían atenta hacia su posición, mientras otros tantos empezaban a llenar el lugar. Algunos se dedicaban a ayudar a la gente, en un intento por dejar ver que el gobierno les ayudaba. Cheshire parpadeó, miró hacia ambos lados y después volvió a mirar a los guardias-. ¡Baja, no te lo vamos a repetir!

La idea de enfrentarse nuevamente a los guardias de una ciudad no le hacía demasiada ilusión. Seguramente le harían preguntas, y tendría que eludirlas o arriesgarse a ser encerrada, todo opciones malas. Si lo miraba de esa forma, tenía la oportunidad perfecta para evitarles, aunque eso llegase a ser un problema mayor a largo plazo. Como casi siempre que tomaba una decisión estando en una situación parecida, dejó que su instinto tomase la delantera a sus pensamientos, y trazó un amago, como si estuviese a punto de emprender camino abajo. Respiró hondo, y supo que el pequeño tirón que sentía sobre el ligamento radial sería mucho mayor próximamente. Giró todo su cuerpo, flexionando las piernas para darse un mayor apoyo, y saltó a otro balcón, dejándose llevar en dirección contraria a los guardias. Si querían cogerle, tendrían que pasar por la muchedumbre.

- ¡Disparad! - Entre los gritos y la ansiedad que ya había en el escenario no tardaron en escucharse los ruidos sordos de las pistolas al disparar, llenando cada rincón de terror, el pánico extendiéndose nuevamente por los ciudadanos, que no conseguían librarse de aquel sentimiento de pavor. Ella notaba las balas impactar en zonas cercanas, en las paredes y las ventajas que conformaban aquellos edificios, y como no veía exactamente desde dónde disparaban, le resultaba difícil no pensar que, en cualquier momento podría llegar un impacto sobre su cuerpo. Con los nervios a flor de piel, el corazón latiéndole a mil por hora y el miedo asomando cada vez más, prosiguió aquella carrera por librarse de ellos, corriendo entre los balcones y cada alféizar para huir. «Corre» se repetía. Y no dudaba en hacerlo.
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Mensaje por Yarmin Prince Vie 26 Mar 2021 - 0:35

En medio de la sinfonía coral de caos y chillidos horrorizados era casi un descanso permanecer levemente alejado. Como un director ausente solo me esmeraba en no perturbar el compás variante que se balanceaba entre lo dulce y lo histriónico. Sin embargo, la melodía que llegaba a mis oídos no tardó en verse interrumpida por algo que no habría esperado ver en una situación como aquella. Bueno, en realidad una parte de la escena era coherente, pero la situación en sí misma resultaba aberrante desde un punto de vista moral ligeramente estricto. Y no es que yo fuese un defensor de la moral clásica, pero sí me gustaba actuar con cierta inteligencia.

Resignado, me encogí de hombros y abandoné la tranquilidad de mi retiro para acercarme a uno de los bordes de la plaza. A ratos tenía que esquivar a un loco o dos, a veces a familias enteras, que corrían de un lado a otro en busca de una salida que no parecía querer aceptarlos. Los muros eran una jaula, pero había un selecto grupo de gente que, tal vez por su carisma o sentido del deber, uno habría supuesto que intentaría poner orden. Mi esperanza en un principio era que se viesen superados por la situación y cayesen aplastados por la marabunta, pero ni en el más absurdo de mis sueños me habría atrevido a suponer que dispararían contra una niña por intentar escalar un balcón. No pude evitar suspirar con cierta desazón.

- ¿Dónde han quedado los buenos modales? -pregunté, poniendo la mano sobre el hombro de quien parecía liderar el escuadrón.

La descarga no se hizo esperar mucho. Apreté la mano contra su hombro. El dolor fue indecible, haciéndolo retorcerse en el suelo casi al instante. El resto apuntó sus armas contra mí, pero se toparon con una identificación que seguramente no esperaban ver. Agente 037, Yarmin Prince, del Cipher Pol 8. En realidad en la placa no añadía mi recién estrenado rango como director, pero sí el lema de mi administración como Director Operativo "E pluribus unum". Creo que no habría sido ni siquiera necesario sacarla, pero siempre resultaba más cómodo a la hora de justificar cierto grado de violencia contra agentes de la ley.

- Esto no es el Nuevo Mundo, el Cipher Pol 8 no tiene autoridad aquí.

- Me sorprende que sepas lo que es el Cipher Pol 8 -contesté, con una sonrisa más envenenada que mis propias palabras-. Aunque más me sorprende que conozcas el significado de la palabra "autoridad". -Antes de que pudiese protestar le puse un dedo en los labios, silenciándolo-. Pero ya que lo sabes, mientras estoy aquí en acto de servicio YO soy la autoridad, y si no queréis acabar fregando letrinas en la comisaría más morroñosa de ciudad Índigo más os vale comenzar a aseguraros de que podéis evacuar a todo el mundo de la mejor forma posible. ¿Me he explicado bien?

En realidad el Cipher Pol no tenía autoridad como tal, pero mis palabras sonaban demasiado poderosas como para hacer oídos sordos frente a ellas. En un santiamén se cuadraron y marcharon desfilando como pingüinos. Me ahorré la patada al tipo del suelo y corriendo por la pared traté de llegar hasta el balcón en el que se había escondido la pequeña ratera que correteaba por la plaza antes de la explosión, pero ella ya había huido. Subí al tejado y, desde allí, opté por caminar tranquilamente hasta que la viese. No me urgía en absoluto y, realmente, ella no podía huir de la ciudad. Tarde o temprano iba a encontrarla.


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Mensaje por Cheshire Vie 26 Mar 2021 - 1:22

Los disparos continuaron mientras la joven seguía deslizándose entre las diversas zonas, aprovechando cada pequeño eslabón del que sostenerse. Resultaba difícil concentrarse, y los nervios amenazaban con hacerle caer en cualquier momento. Bastaba un pequeño desliz, un movimiento imprudente para que todo acabase, y apenas podía pensar de forma efectiva. Tragó saliva, sintiendo cómo algo de sudor comenzaba a acumularse sobre su rostro a causa de la inquietud. En un momento dado, la muñeca le dio un fuerte tirón, que se convirtió rápidamente en un pinchazo de dolor, y se vio obligada a detenerse sobre uno de los balcones circundantes. Palpándosela, se dio cuenta de que toda la mano le temblaba, no solo por el esfuerzo, y fue ahí cuando sintió todo el miedo acumularse en su pecho. Con la respiración agitada, se giró en dirección a la amenaza.

Pero cuando les miró, se quedó completamente confusa.

Desde la distancia pudo ver que se habían detenido. Los disparos habían cesado, y donde antes estaba aquel guardia dirigiendo a los demás, ahora únicamente había un hombre. La distancia no le permitía ver qué había ocurrido exactamente, pero si había conseguido librarse de ser atacada y perseguida, entonces merecía la pena. Tragó saliva, fijándose en el resto de guardias alrededor, y se relajó en cuanto comprendió que se dedicaban a evacuar a los civiles. Viendo que no había nada que le retuviese, hizo un esfuerzo para que su muñeca dejase de temblar, y subió al tejado, trepando con cuidado. Desde allí podía caminar sin necesidad de forzar más su mano, y tenía una mayor visión de cuanto acontecía. Rebuscó algún callejón cercano donde poder quedarse sin ser vista, lo suficientemente ajeno de la parte central como para que no hubiese gente, y en cuanto encontró una callejuela, corrió hasta allí.

Deslizándose por los tejados, no tardó mucho en encontrar una zona por la que poder bajar. Desde allí únicamente necesitaba girar un par de veces y conseguiría alejarse lo suficiente del centro. Dio un par de saltos, y comenzó a descender de lo alto, perdiendo de vista finalmente a todo el gentío. La calma y la paz se hicieron presentes en cuanto se alejó de la muchedumbre, algo que, sin duda, le alegró, y terminó de dar un brinco hasta el suelo. Las plantas de sus pies se resintieron un poco, pero por suerte por fin consiguió algo de tranquilidad para pensar. Había escapado de una situación difícil, pero no sabía exactamente cuánto tiempo tendría para tomar una decisión.

Lo que sabía era que necesitaba salir de esa ciudad, pero los muros y las pocas entradas y salidas resultaban un incordio. Estaba segura de que ahora todo estaría mucho más vigilado, se controlaría a cada persona que intentase moverse entre los muros, y no había mucha forma de movilizarse alrededor sin llamar la atención una vez más. Echó a andar, dispuesta a llegar, por lo menos, hasta la muralla. Desde allí quizá consiguiese vislumbrar una forma de salir, aunque eso significase tener que escalar la fortificación. Pasando alrededor de los barrios, se dio cuenta de todo lo que la gente había dejado a su paso, sin siquiera pensar que quizá tardasen en volver. Era un buen momento para cualquier ladrón que quisiese aprovecharse, y así lo hizo. Desde luego, era una oportunidad que no podía dejar pasar así sin más.

Caminó entre diversas casas, buscando cualquiera que hubiese dejado una puerta abierta. Cualquiera valía, pues no le importaba si se trataba de una casa grande o pequeña, tampoco si en ella vivía alguien rico, pobre, mayor, menor... Al final del día, la gente no era tan valiosa como su supervivencia, y con los años había perdido un poco el sentimiento de culpabilidad. Como de costumbre, acabó perdiéndose entre las calles, sin tener ni idea de la zona por la que continuar, hasta que llegó a una especie de pequeña plaza. Podía ver las murallas a lo lejos, pero sin saber muy bien cómo, lucían incluso más lejanas que antes. Suspirando, se acercó hasta otra de las puertas, y aunque no tenía demasiadas esperanzas puestas en ella, ésta se abrió.

Y no dudó un segundo en entrar, con una sonrisa inconmensurable en el rostro.
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Mensaje por Yarmin Prince Sáb 27 Mar 2021 - 18:12

A veces para disfrutar las cosas uno debía alejarse de ellas. Si bien ser el silente director de una orquesta apoteósica como aquella resultaba apasionante, también era enajenador. Demasiados estímulos entre rostros aterrados y sonido de pasos acelerarse cada vez más. Golpes, caídas, sangre derramándose accidentalmente y el aroma a carne calcinada y gas que dejaba la explosión se propagaba por todas partes, dejando un olor acre a goma quemada. Resultaba curioso cómo al arder pesaban más los sintéticos de la ropa que el cuerpo, haciendo que pronto todo gozase de un uniforme regusto a polución.

Estar en el centro de eso estaba bien, pero los árboles no me habían dejado ver el bosque. Desde las alturas la reverberación descarnada se volvió una ordenada corriente. Seguía apestando, claro, pero los gritos que llegaban desde los lados hacía unos instantes ahora se fundían en un canto encandilador, como el murmullo de un río al bifurcarse entre tantas y tantas corrientes de salida. Dejé de sentirme el director para verme hecho un arquitecto. Todavía con la chiquilla que escapaba en mente, la busqué con la mirada mientras sacaba el den den mushi. Era hora de la llamada; también de hablar con la chica que por un segundo había estado a punto de hurtar mi cartera. Bueno, lo que era lógico que ella pensase que se trataba de mi cartera.

- Cuenta atrás desde cinco. Inicia... Ya -insté a Neil, un jovencito muy aplicado como analista y mi desde hacía algún tiempo mano derecha en el cuerpo.

Neil era delgaducho, apocado y físicamente débil. No era demasiado ágil ni se le daba bien el trabajo de campo, pero había demostrado un desempeño como apoyo remoto mejor del que el mismísimo Arcturus había podido dar. Más importante que eso, Neil no tenía ninguna clase de escrúpulo ni contención. Si debía hacer algo simplemente lo hacía, por brutal que fuese, sin siquiera cuestionárselo.

- Te menos cinco. Sur y norte, confirmación.

- Sur y norte.

Aceptó la confirmación y colgamos mientras mis ojos seguían la trayectoria de la chiquilla. Al principio logró evadirme, pero cometió el feliz error de ascender hasta los tejados. No aceleré demasiado, pero sí hice el cálculo de hacia dónde parecía estar moviéndose. Era algo caótico, como si realmente no supiese hacia dónde iba, pero realmente no me importaba demasiado. Yo solo hacía la cuenta atrás en mi mente al tiempo que, alejado -o intentando mantenerme lejos- de su vista me acercaba poco a poco. A menor distancia, menos margen, y finalmente bajé a las aceras mientras ella abría una puerta.

Sonreí. Seguramente la persona en el interior de esa casa se había dado tanta prisa que ni de cerrar se había acordado, pero ahí estábamos entonces los dos con los papeles invertidos. Ahora yo tras ella, y ella ante mí, tranquila y confiada. ¿Tal vez debería yo...? No, qué va.

- Creo que se te ha caído esto -le dije, tendiéndole mi billetera.

Entonces, una segunda explosión llegó.


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Mensaje por Cheshire Dom 28 Mar 2021 - 13:25

Después de tanto movimiento estaba cansada. No acostumbraba a tener que dar tantos saltos, ni tampoco a correr de esa forma, por lo que suponía que, en algún momento, acabaría sintiendo agujetas. Sobre todo en las piernas. De alguna forma, había pasado de la tranquilidad de un robo a ser perseguida -y disparada- por las autoridades, y luego otra vez a la tranquilidad... Sí, por lo menos podía sacar algo bueno de todo aquello. Y eso, sin duda, era la casa en la que se encontraba. No es que fuese extremadamente lujosa, pero, si algo le había enseñado la vida, era a no desperdiciar una buena oportunidad. Por norma general allí vivía una familia, una que seguramente tuviese comida en la despensa, y quizá algún lugar en el que meter ahorros. De alguna forma, podía considerar aquello una especie de tesoro, un botín que reclamar, aunque no fuese de forma tan increíble. Estaba segura de que los piratas no entraban así como así a robar en casas ajenas, y también sabía que disfrutaría mucho más de un combate naval, pero... bueno, esa era su vida por el momento.

Avanzó por la estancia, comprobando los muebles a su alrededor. En la mayoría de ellos había cosas inútiles, o que no podría vender en ningún sitio, pues su valor era prácticamente nulo. Incluso teniendo una vajilla completa, sabía que no le darían demasiado. Pero, aunque no estaba encontrando gran cosa para vender, sí que encontró algo que llevarse a la boca. Pan y cecina, nada del otro mundo, pero para ella resultaba todo un manjar. Llevaba meses sin comer bien, y, aunque se sentía mal por aprovecharse de la familia que había huido del lugar por la explosión, en realidad sabía que necesitaba comer algo; Tenían alguna que otra fruta por la cocina, y también algo más de pan y embutido, por lo que no dudó un segundo en coger algunas piezas de comida, guardándolas en aquella pequeña bolsita que llevaba consigo. Con eso, podría comer durante días sin tener que preocuparse por robar, y eso significaba alejarse por fin de esa ciudad caótica.

Todo parecía ir bien, demasiado para lo que acostumbraba a ver. Y quizá por eso mismo acabó distrayéndose lo suficiente como para no preocuparse por su entorno. ¿Quién podría estar rebuscando el mismo sitio? Todo el mundo estaba ocupado evacuando, no esperaba que nadie pudiese estar haciendo lo mismo que ella. Pero cuando escuchó su voz, supo que se equivocaba. Tomándose un momento, llevó su mano libre a la empuñadura de su katana, y, mientras se giraba hacia él, desenvainó la hoja. Todo lo demás sucedió muy rápido.

Lo primero en lo que pudo fijarse fue en aquel hombre, uniformado, perfectamente trajeado. Parecía que todo a su alrededor fuese completamente irrelevante, aunque no estaba segura de si eso era por él, o por su inmaculado aspecto. Sí, tal vez todo se volvía inútil a su alrededor porque él lucía perfecto. Al mirarle, se dio cuenta al instante de que se trataba de aquel hombre de la placa. Y no solo eso, sino que al mirarle el rostro, pudo distinguirle perfectamente. Se habría dado cuenta en cualquier lugar, en cualquier momento. Era esa expresión, ese semblante que había visto al querer robarle. Nada más darse cuenta, estuvo a punto de echar a correr.

Pero entonces, entre esos segundos en los que consiguió examinarle, observar a su alrededor, todo volvió a colapsar. Escuchó no una, sino dos explosiones al unísono, una a cada extremo. Estaban tan coordinadas que, de haberlas escuchado desde un único flanco, hubiese creído que se trataba de una única explosión. Pero no era así. Eran dos, no lo suficientemente lejos de donde se encontraban como para no sentir miedo. Casi al instante, comenzó a sentirse agobiada en aquella casa. Si antes había servido como un lugar en el que guarecerse, ahora resultaba una especie de jaula. Una contención, o incluso una trampa, pues no veía la forma de huir de allí con facilidad. De una forma que no comprendía, entre las explosiones, y ese hombre, se había quedado completamente encerrada.

- ¿Quién...? ¿Quién eres? - Preguntó, y no pudo evitar fijarse en que su mano, aquella que sostenía la katana, le temblaba ligeramente. Terminó de guardar la bolsa, y empuñó con las dos manos su espada, procurando que su nerviosismo no se viese demasiado expuesto. Sentía la imperiosa necesidad de salir de allí, de huir, de alejarse por completo de la ciudad. Tres explosiones en un margen tan pequeño no podían ser casualidad. Y ante la sonrisa de aquel hombre, habiéndose convertido en una presa, solamente podía querer huir. Un instinto básico.
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Mensaje por Yarmin Prince Dom 28 Mar 2021 - 14:57

- ¿Quién? -repetí yo, fingiendo sorpresa ante su pregunta-. ¿Seguro que esa es tu pregunta?

En realidad se trataba de la duda más lógica que podía surgir en alguien. "Quién es ese hombre que sabía de mis intenciones" o "quién es ese hombre que me ha acorralado en una casa" resultaban pensamientos que seguramente yo mismo habría tenido, pero probablemente por mi cabeza estarían corriendo toda clase de preguntas desde "por qué lo hace" hasta "de dónde puede haber salido". Sin duda, además, me habría planteado cuál podría ser su punto débil y, más fríamente, cómo salir de esa situación. Sin embargo ella parecía particularmente nerviosa hasta el punto de que la espada que intentaba empuñar temblaba levemente a pesar de sujetarla con ambas manos. No era lo único. Su voz vibraba de manera imperceptible; podía tratar de mantenerla, pero se notaba el miedo en ella. Aunque, en realidad, eso resultaba obvio.

Sin embargo, por obvio que algo pareciese, odiaba pasarlo por alto.

- Yo tengo otra para ti, a cambio. -Observé el entorno. Era una vivienda normal, de gente acomodada. Se notaba el lujo en algunas partes, pero podía ver el moho detrás de las cortinas. Nobleza pobre, probablemente casa heredada... No pude evitar sonreír, recordando la vieja mansión de Water Seven-. ¿Qué pasaría si cierro la puerta?

No esperé a que respondiese, tan solo la cerré de un taconazo. Resonó en toda la habitación y, mientras el animal acorralado reaccionaba, yo busqué un sillón de cuero pulcramente cuidado, pero desgastado tras años de uso constante. Olía a humo y a tabaco, como si durante mucho tiempo alguien hubiese fumado sobre él. No tenía ninguna quemadura, pero sí marcas de codo en el reposabrazos, lo que hacía evidente su función principal como rinconcito de lectura. A decir verdad, no resultaba particularmente cómodo.

Le hice un gesto para que me acompañase. También crucé mi pierna izquierda sobre la derecha, procurando que el triángulo entre pies y rodillas fuese de unos cuarenta y cinco grados -neutro, ni dominante ni sumiso-. Durante esos instantes no dejé de observarla, tampoco de calibrar cada una de sus reacciones. Para hacerse carterista era necesario tener un pulso excepcional, un valor -o al menos cierto coraje- fuera de lo común y discreción. Mucha discreción. Era la clase de cualidades que cabría esperar de un agente de campo; además, estaba en la edad perfecta para comenzar su instrucción. Solo necesitaba comprobar que poseyera el tesón y la sangre fría necesarias.

- Mi nombre no es particularmente relevante en esta situación -comenté, de forma casual, dejando la cartera sobre el brazo del sillón. Había suficiente dinero en su interior para vivir un mes a todo tren, cortesía del buen Gobierno Mundial para la operación-, pero si realmente lo consideras oportuno, puedo dártelo: Me llamo Yarmin Prince, y soy agente del Cipher Pol. Probablemente la persona más peligrosa que conozcas en este mar... Y con la que más a salvo estarás en esta isla, me temo. Verás, mi trabajo consiste en rastrear y neutralizar amenazas en el Nuevo Mundo. Sin embargo, por alguna razón hemos sabido que una tripulación de gigantes del Nuevo Mundo planea atacar Ciudad Celeste. -Que yo hubiese alentado ese ataque resultaba irrelevante. Que alguien lo supiese, innecesario-. Y esto se debe a que alguien les ha robado un objeto tan valioso que tu joven imaginación no puede ni siquiera soñar con visualizar.

Nada de lo que decía justificaba las explosiones, pero lo cierto era que no tenían nada que ver. Johota era famosa por poseer una de las redes más extendidas del mercado negro en todo el North Blue, lo que la convertía en un lugar frecuentado por soldados de la Armada Revolucionaria y, de propina, hacía la competencia a mis sanos negocios en Hallstat. El ataque de los gigantes sería solo la excusa de cara al público y la Armada la justificación al Gobierno. En realidad, las explosiones buscaban el caos y anular la posible evacuación de cualquier persona en el interior. Si alguien conseguía saltar los muros, agentes al otro lado iniciarían la persecución; si nadie lograba salir, tras un poco de destrucción los agentes podrían frenar milagrosamente a la tripulación pirata. Doble victoria.

- Por otro lado -dije, con cierta suspicacia-, se supone que deberías estar siguiendo las instrucciones de evacuación. Sin embargo, me han resultado llamativas tus habilidades; podrías ser útil a la Agencia, con un poco de entrenamiento.


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Mensaje por Cheshire Dom 28 Mar 2021 - 21:17

La primera interacción le resultó francamente escalofriante. Pese al aspecto que tenía, el hombre no parecía un simple noble, e incluso sus actos parecían coincidir con ese pensamiento. Por lo que le había parecido, él simplemente intentaba jugar con ella, llevarla hasta el límite. Lo había hecho al arrinconarla en aquella casa, lo hacía al permanecer impasible ante la puerta. No sabía por qué, pero era esa calma que demostraba lo que más le aterraba de la situación en sí. Por norma general, podía entender a quienes trataban de hacerle daño: otros ladrones, policías, criminales... no era la primera vez que se topaba con gente así, pero él... era completamente diferente a todos los demás. Estando acostumbrada a huir, su instinto primario intentaba por todos los medios ver un lugar desde el que poder huir. Las ventanas estaban lo suficientemente cerca como para que él pudiese correr y sujetarla, y por mucho que hiciese un amago de ir hacia ellas para luego cambiar de dirección, le bastaban un par de pasos para volver a la puerta. Era una situación difícil.

Continuó hablando, incluso sin presentarse. No esperó que lo hiciera de buenas a primeras, pero había pensado que le serviría para ganar tiempo. En cambio, él decidió por su cuenta. La puerta, iba a cerrar la puerta. Y si lo hacía, ¿qué haría ella? «Cortarla» pensó, y mientras él la cerraba de una patada, ella sostuvo en alto la katana. La firmeza sobre el movimiento y el sobresalto del cierre repentino fueron sustituidos al instante por determinación y firmeza. Y es que, estando completamente atrapada, lo único que le quedaba era seguir sobreviviendo, como siempre. En cierto modo, incluso estaba preparada para luchar.

Pero una vez más aquel hombre resultó completamente impredecible.

Siguió con la mirada la figura trajeada, curiosa de ver cómo continuaba aquello, aunque con cierto miedo aún recorriéndole el cuerpo. Por un momento, pensó que querría acercarse, localizarse de otra forma para atacar, pero se movió hasta un sofá, dejándose caer sobre este como si fuese suyo. Le hizo un gesto, que ella no interpretó mal, pero que le resultó extraño. Aún así, se aproximó lo suficiente, permaneciendo cerca de una de las ventanas. Si le había dejado moverse era por algo, y normalmente tendía a pensar lo peor de cada uno. No dejó de apuntarle con el filo de Mangetsu, y aprovechó su posición para fijarse en cualquier punto por el que atravesar la ventana en caso de necesidad.

Conforme más hablaba, más tiempo le daba para prepararse en caso de comenzar una pelea o semejante. Sin embargo, aunque había sido ella quien había preguntado por su nombre, se arrepintió nada más escuchó su procedencia. El Cipher Pol era, sin duda alguna, lo peor que podría haberse encontrado en un momento así. Por algún extraño motivo, no dejaba de cruzarse en su camino -o ellos en el suyo-. Había ocurrido en Mary Geoise, muchos de ellos velaban por su seguridad y la de su familia, actuando en consideración a cualquier tipo de problema. Y también había ocurrido en Isla Honoba, cuando se llevaron a Mara. Para Cheshire no había nada más aterrador que dicha organización, capaces de hacer desaparecer a una persona por completo. Si de verdad formaba parte del gobierno mundial, le convenía alejarse cuanto antes de su presencia. Al menos, antes de que averiguase algo más sobre ella.

- ¿Por qué ibas a ayudarme? Solo soy una ladrona, al fin y al cabo-. Mencionó, notando su corazón latir a mil por hora. «Esto no está bien, busca algo, cualquier cosa...» se dijo, en un intento por prestar más atención a su entorno, algo necesario para poder huir. Aunque no sabía si creer cada una de sus palabras, lo cierto era que comenzaba a cobrar sentido en su cabeza. Por qué resultaba completamente diferente a todo lo demás. Por qué seguía asustándole incluso estando sentado.- ¿Por qué me cuentas todo esto? Si de verdad eres del Cipher Pol, estoy segura de que no tendrás problema en actuar por tu cuenta. ¿Qué es lo que quieres de mí?.- Algo valioso, eso había dicho. Más que cualquier otra cosa que pudiese imaginar... Ni siquiera podía pensar en un objeto que pudiese valer tanto, o ser tan extraordinario. ¿Qué podría hacer que un agente dejase todo para detener a ese grupo de gigantes?

Dejó que el tiempo pasase, fingiendo pensar en la oferta. Lo cierto era que daba igual cuánto pudiese llegar a ofrecer, o cuánto creyese él que ella podía hacer, en realidad estaba segura de que no podría hacer nada contra una banda de gigantes. Ese tipo de cosas estaban mucho más allá de su nivel actual, y lo sabía. Por otro lado, seguía sin comprender por qué le contaba su misión, o al menos los detalles de esta. ¿Quizá creía que explicándole lo del objeto accedería? Tal vez simplemente pensaba que algo de dinero podría comprar sus habilidades. No era así para nada. Pero sus palabras le hacían pensar que valoraba esas habilidades que tenía, fueran cuales fuesen. ¿Trepar era útil? Claro que resultaba de ayuda muchas veces, pero no como para enfrentarse a los gigantes. A lo mejor solo necesitaba que se infiltrase y robase aquel objeto, pero eso significaba enfrentarse a la posibilidad de ser pillada in fraganti.

- ¿Agencia? -. Preguntó, frunciendo suavemente el ceño. Si se refería al gobierno mundial, entonces el hombre estaba mucho más equivocado de lo que ella pensaba. No iba a vender sus habilidades, por vagas que fuesen, a una organización semejante, por mucho miedo que le diese negarse directamente. Veía la situación bastante negra en cuanto a resultados se refería, actuase como actuase. Cada vez aquella cuerda que llevaba alrededor del cuello apretaba más y más, y no sabía bien cómo había llegado a meterse allí. Solo quedaba esperar y tomar una decisión.
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Mensaje por Yarmin Prince Lun 29 Mar 2021 - 1:19

A veces un animal acorralado reaccionaba de formas inesperadas. Era lógico, cualquiera en una situación desesperada podría llegar a límites que normalmente no contemplaría. Sin embargo, había otras situaciones, menos comunes, en las que los animales aceptaban su destino con la deportividad inherente a la condición animal. Habían perdido, y daba igual lo que hiciesen nada cambiaría eso. Podían morir ambos o solo uno de ellos, pero en última instancia la muerte de ambos era peor para la naturaleza. En otros casos, los más particulares, se establecía una jerarquía lógica entre ambos contendientes. Una demostración de supremacía aseguraba a uno mientras el otro se veía como apenas el peón de un ajedrez macabro. La puerta cerrada, las ventanas casi al alcance, y el depredador sentado invitándola a acompañarlo... La confusión. También, la erótica de la caza.

- Mi trabajo, en última instancia, es proteger a los ciudadanos del Gobierno Mundial -expliqué, gesticulando con las manos con cierta parsimonia-. Johota está afiliada a este, por lo que hasta una simple ladrona es aquí mi responsabilidad. Y aunque no seas de aquí... Mundial hace referencia a que abarca el mundo, por lo que en un sentido amplio no creo que nadie me acuse de traición por defender a una tierna y adorable adolescente.

Las demás preguntas resultaban ya más interesantes, pero su respuesta era demasiado simple si la limitase a la información que tenía de ella -aunque, tras ese tiempo observándola, había podido percatarme de cosas-. "Nada" no era la clase de cosa que pudiese decir a la ligera, mucho menos una realidad cercana, siquiera mínimamente, a la realidad. En realidad nadie hacía nada altruistamente, mucho menos yo. El porqué de haberla seguido respondía al más puro aburrimiento, tal vez algo de curiosidad, pero aun con esas quería obtener de ella un rato de diversión así como un posible beneficio. Aunque por la repulsión que parecía producirle la Agencia, el beneficio estaba completamente descartado.

Siempre quedaba la diversión.

Con la tranquilidad característica del buitre aparté ligeramente la solapa de mi chaqueta, dejando mi arma completamente visible por un momento, pero sacando del bolsillo interior una baraja de cartas en su lugar. Barajarlas era sencillo; contar las cartas, un juego de niños. Había pequeños arañazos, desperfectos imperceptibles para casi cualquiera, dobleces de usos anteriores y un sinfín de detalles más, pero opté por no hacerles demasiado caso. Al fin y al cabo, ¿qué clase de mago haría trampas?

- Si no bajas tu arma deberé sacar yo la mía. -Era un comentario casual mientras barajaba. En ese momento, barajar era lo más importante-. Estamos a menos de seis metros y tú ya has desenvainado, por lo que en una situación cotidiana y común no llegaría a desenfundar mi pistola, pero dado que te tiemblan las manos seguramente las piernas no estén demasiado mejor, por lo que ganaría unos instantes muy valiosos de enfrentarnos realmente. Aunque seguramente ya lo sabes... Y esperabas que yo no.

Dejé una carta en el brazo libre, boca abajo. Sobre ella tecleé tres veces porque la magia se tenía que transmitir de alguna forma. En ese caso particular, un leve brillo de fuegos artificiales salió de mi dedo.

- ¿Quieres elegir una carta? Solo di una, y estoy seguro de que será esta. -La magia estaba ahí, solo faltaba que la muchacha la llamase-. Sobre por qué te cuento todo esto... Bueno, podría estar distrayéndote mientras alguien viene a detenerte, aunque los dos sabemos que probablemente me bastaría yo. También podría sospechar que eres una infiltrada de los piratas, dado que no actúas como el resto de la turba, y estar midiéndote el tipo. O podría creer que, aunque tú no lo sepas, puedes ayudar a un bien mayor para la humanidad. Tal vez no hoy, porque tus habilidades distan de ser sobrehumanas, pero quizá en un tiempo. ¿Seguro que no quieres sentarte?

Dejé una segunda carta encima de la primera y se las enseñé. Ambas.

Pero ninguna de ellas era aún su carta.


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Mensaje por Cheshire Lun 29 Mar 2021 - 3:08

Protección. Eso le estaba ofreciendo, incluso después de acorralarle en un hogar vacío. Incluso después de hacer semejante presión que incluso consiguió hacerle temblar. Le resultaba bastante irónico, pero no dijo nada, y permaneció escuchando lo que tenía que decir. Era la primera persona en mucho tiempo que se ofrecía a ayudarle de esa forma, y precisamente por ello no podía evitar tener dudas al respecto. Desde su experiencia, nadie hacía las cosas gratis, y mucho menos alguien del gobierno mundial. Ante aquella declaración de protección, sonrió ampliamente de forma irónica. No es que pretendiese ser descortés con él, simplemente le resultaba muy difícil confiar en los demás después de todo lo que había vivido. Simples palabrerías no conseguirían perder esa corazonada que sentía con respecto a él y cuanto le rodeaba.

- Puede ser, pero tiendo a no confiar en quienes me siguen a través de los callejones.- Ni siquiera trató de fingir que no le incomodaba aquello, sabía que no era necesario. Él parecía perfectamente consciente del miedo que podía llegar a provocar, y también de cuanto ella sentía. Por si fuera poco, aquella organización resultaba cuanto menos sospechosa, igual que su comportamiento.- Nadie me dice que no vayas a atacarme en cuanto me de la vuelta.

Dejó que unos segundos pasasen, mientras él acercaba la mano hasta su chaqueta. Durante un segundo, al ver su arma, afianzó la posición que tenía junto a su espada. Al sentirse acorralada, en una situación desesperada, sabía que podría llegar a golpear de ser necesario, incluso aunque la violencia no fuese su elección la mayoría de las veces. Pero no deslizó su arma, sino que eligió una baraja de cartas. ¿Pretendía ponerse a jugar en un momento así? No tardó mucho en ponerse a barajar, así que intuyó que algo pretendía con dichas cartas. Aunque aún no sabía bien el qué.

Su análisis con respecto a la situación en la que se encontraban era bueno. Mucho más de lo esperado, a decir verdad. Había prestado atención al entorno entonces, y también a su forma de sujetar la espada. Tenía razón: nunca esperó que pudiese fijarse en los detalles así de rápido. Pero tampoco esperaba que alguien como él estuviese en la isla, y mucho menos que le propusiese una especie de plan. Ah, y lo que sí que no se esperaba era verle jugando con unas cartas. Achinó los ojos, atendiendo a cuanto hacía, preparada por si tenía que saltar. En cierto modo, sabía que sus movimientos no podrían igualar los de alguien entrenado durante años, y, aunque no parecía extremadamente diestro físicamente, el gobierno seguramente le habría entrenado. Sabiéndolo, tomó una decisión que quizás lamentase después: envainó nuevamente a Mangetsu. El brillo plateado cesó, y la tranquilidad que sentía al tener la espada entre sus manos se fue con el fulgor. Solo esperaba no arrepentirse de esa decisión.

- Rey de Diamantes-. Dijo, sin necesidad de pensar demasiado. Se aproximó a uno de los sillones cercanos al que él estaba empleando, manteniendo una distancia suficiente como para poder moverse en caso de que él se abalanzase contra ella en cualquier momento. Que hablase de detenciones le parecía algo absurdo, puesto que nadie tendría la necesidad de atrapar a una ratera como ella. Fácilmente podrían hacerle pagar por lo hecho, sin mucho más. A no ser... no, ni él ni su organización podían saberlo.- ¿Qué te hace pensar que no soy una pirata? No estoy diciendo que mi pasión sea infiltrarme para ayudar a unos gigantes, pero...- Encogió los hombros, mirándole fijamente, con tranquilidad en su rostro. Había disimulado una pequeña sonrisa, pero aún tenía algo de calma en el rostro. En cuanto le ofreció sentarse nuevamente, se dejó caer sobre el reposabrazos del sillón, prestando atención todavía a cuanto él hacía.- No creo que nuestros conceptos de ayuda a la humanidad sean los mismos. Pero aprendí a escuchar a los demás. Así que te escucho, Yarmin Prince.- Al menos, le escucharía por el momento. Dentro de lo malo, no había causado mayores problemas, y se había mantenido distanciado de ella. Algo que no podía ignorar, por mucho que quisiese creer que se trataba de un hombre malo y odioso al que evitar.
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Mensaje por Yarmin Prince Sáb 3 Abr 2021 - 3:40

- Técnicamente, ha sido por los tejados -apunté, como si ese pequeño detalle lo cambiase todo-. Cosa que de hecho debería hacer que yo no confiase en ti, porque... ¿Tú te fiarías de una carterista que escapa por los balcones en medio del caos? Porque seguramente ambos coincidiremos en que despides un ligero tufo a sospechosa.

Una vez mostradas volví a barajar las dos cartas en el mazo, dejando que se perdiesen en él. No tenía ni idea realmente de cuáles eran, tampoco había mirado. Lo cierto era que me importaba más bien poco, porque la carta de la muchacha ya estaba en donde debía, esperando a ser nombrada. La muchacha, por su parte, estaba donde la quería, sucumbiendo a un imperceptible pero constante escrutinio. Tenía muchas sospechas acerca de ella, de su comportamiento y sus rasgos más fundamentales. El juego de cartas era en realidad solo una distracción mientras el verdadero truco sucedía: En una situación tan confusa, sin poder ejercer una gestión de sus emociones que la dejara fuera de mi alcance, era un libro abierto del que poco a poco iba extrayendo información. No resultaba particularmente sencillo, pero tampoco era lo más complicado que uno podría esperar.

- Por otro lado he estado lo bastante cerca de ti como para abrazarte, así que tal vez debas confiar en que, como mínimo, aún no deseo hacerte daño.

Dejé la baraja en paz, manteniéndola en mi mano. Cada cierto tiempo tocaba con el dedo corazón la superior, mirando hacia ella sin mucho interés, simplemente relajado. Mi sonrisa distendida y mi postura, si bien correcta, cada vez más hundida en los cojines del sillón, mostraban una actitud tranquila. Sí, en medio de una invasión y tras tres explosiones devastadoras, me mantenía tranquilo. Era lo que tenía controlar la situación, al fin y al cabo. Aunque era algo que de un momento cambiaría, si no cuando ella se molestase, cuando recibiese la señal para salir al encuentro de los gigantes.

Aun así me di el lujo de reír. No fue una carcajada sonora, o una reacción histriónica, pero yo ya era consciente de que esa chica era una pirata. Bueno, tal vez no una pirata, pero sí de esa clase de gente que, sin muchos visos de salir al mar, ahorraban como hormiguita en busca de un pequeño barco que les permitiese salir al mar y morir de una vez. No era una perspectiva muy halagüeña, razón por la que normalmente todo pirata cambiaba sus sueños por un plato de comida caliente y una cama en la que dormir. Así había sido el caso de muchos agentes antes que ella y así seguiría siendo. Aunque ella parecía algo distinta a los demás. Eso, o me estaba ablandando.

Qué va.

- Rey de diamantes, pues. -Levanté la primera carta. Era el As de diamantes-. Casi.

Saqué una nueva carta, mostrando el rey de corazones. Con fingida preocupación comencé a sacar cartas hasta que solo una quedaba en el montoncito original. La volteé muy lentamente, descubriendo a la reina de diamantes con cierto horror. Como parte del espectáculo me la llevé al oído, fingiendo escuchar una revelación vital, y la miré frunciendo el ceño.

- Ayudar a la humanidad es un concepto muy amplio -cambié de tema por un instante, volviendo a barajar como si nada hubiese pasado. Ya era mala suerte que el rey se hubiese perdido justo en ese momento-. Sin embargo, cuando esta acción se determina en base a defender una ciudad del ataque de los gigantes, creo que los dos coincidiremos en un análisis, ¿no? -Sería lógico pensarlo, al fin y al cabo. Muy torcida tenía que ser su moral para negarlo-. Por cierto... ¿Qué es eso sobre lo que estás sentada?

Cuando se levantase vería la carta: Rey de diamantes, gallardo y altanero, esperando a que ella me lo devolviese.

- Nunca vienen mal un par de manos extra, más en momentos tan delicados como este. ¿No te parece?


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Mensaje por Cheshire Sáb 10 Abr 2021 - 3:56

Tenía un punto, eso no podía negarlo. Claro que ella no se fiaría de alguien que corriese por los tejados o los balcones, pero es que en general ella no se fiaba de absolutamente nadie desde hacía ya mucho tiempo. Y menos aún de otros carteristas. Pero el caso no era ese, no tenía nada que ver con la situación en la que estaban. El peligroso era él, miembro del Cipher Pol y un acosador cuyas intenciones no estaban claras, no ella. No podía creer que le llamase sospechosa cuando él había llegado por detrás como si se tratase de lo más normal del mundo, pero no le sorprendía siendo un miembro del gobierno mundial. Siempre se les había dado bien hacer ese tipo de cosas. Mediante una calma hueca e intranquila, juntó las manos buscando algo de paz antes de hablar, como si no estuviese segura de poder mantenerse serena ante él. Y es que así era. Explosiones, el gobierno... no estaba siendo el mejor día de su vida y era normal permanecer inquieta.

- Aunque haya sido para seguirme, tú también te estabas escabullendo. Entiendo que las mismas normas morales no se nos aplican igual a ti y a mí, pero esa es la realidad-. Presionó un poco más sus manos, y continuó mirándole directamente a los ojos. Temía que, si dejaba de hacer contacto visual con él y con su cuerpo, pudiese llegar hasta ella con facilidad. Él continuaba jugando con las cartas, como si no hubiese habido explosiones hacía apenas unos minutos, y como si no estuviese haciendo nada del otro mundo.- Aún-. Remarcó ella, y aunque instintivamente sintió ganas de llevar sus manos a sus espadas, las dejó quietas en su sitio. Por mucho que no quisiese hacerle daño todavía, no sabía en qué momento eso dejaría de ser así, y no quería estar a su alcance cuando aquello pasase, ni tampoco forzar la situación. Por el momento dejaría que la situación avanzase. Era preferible a conseguir más enemigos en una ciudad ya infestada de ellos.

No pasaron muchos segundos hasta que él mencionó la misma carta que había elegido. Con cierto interés, se inclinó en el asiento, como si estuviese a punto de ver un verdadero truco de magia sucediendo. No es que creyese que algo sorprendente fuese a pasar, pero esas cosas continuaban interesándole. Al final, cuando le dio la vuelta a la carta resultó no ser la suya. Tal y como creía, un truco semejante no podría ser por mucho que él estuviese intentando que así fuera. Cada pequeño gesto que trazaba resultaba más y más llamativo, tal vez por la presencia que el hombre marcaba a su alrededor, aunque no estaba segura. Encantada por aquellos mínimos movimientos, tuvo que hacer un esfuerzo por volver a atender a la conversación en la que estaban.

«Tiene razón» se dijo a sí misma. Eran las personas dentro de la ciudad las que correrían peligro si los gigantes no eran detenidos. Serían vidas inocentes las que se perderían entre el fuego, las llamas y los escombros. Podía no confiar en él, pero si lo que había dicho hasta el momento era cierto... Si todo era cierto, entonces no podría volver a mirarse un espejo si les dejase solos. Si había ganado la fuerza suficiente para luchar, si había decidido salir al mar para librar a todo el mundo de ese tipo de desolación... Simplemente no podría quedarse quieta y mirar cómo las cosas suceden. Y ella lo sabía bien. Presionando los dedos a ambos lados del agarre, supo que estaba en una posición muy delicada para sí misma. Que si resultaba ser todo una trampa acabaría por perder, y que si definitivamente no era una trampa y huía, entonces también perdería. Fuera cual fuese la opción que tomase estaba verdaderamente jodida.

Pero nuevamente la voz de Yarmin se hizo presente entre sus pensamientos, desviándola de las incógnitas que trataba de resolver por su cuenta. Enarcó una ceja en cuanto mencionó nuevamente la carta, y no supo si le estaba tomando el pelo o si se trataba de algo real. Viendo que no cambiaba de opinión ni se reía, se levantó con cuidado, colocando entre él y ella una mano, como si ese simple acto pudiese resultar una barrera inquebrantable. Cuando estuvo de pie, desvió la mirada hacia el asiento, y al instante abrió los ojos como platos. El Rey de Diamantes, en todo su esplendor.

- ¿Cómo has...? -. Por un momento, pareció dudar. Era imposible que se hubiese acercado a dejarla ahí... ¿no? No podía haberlo hecho sin que se diese cuenta, no creía que alguien pudiese ser tan rápido. Además, había estado prestándole atención en todo momento, y si había conseguido atenderle en cada segundo, resultaba completamente irrealizable. Justo en ese momento, la palabra "magia" cobró sentido en su cabeza, como si fuese una bombilla iluminándose. No creía en esas cosas, pero los trucos existían en el mundo en el que vivía. No solo los trucos, también otras tantas cosas increíbles que para ella eran inexplicables, pero que formaban parte de cuanto les rodeaba. ¿Y si la magia también existía? Si así era, había todavía más peligro en aquella habitación para ella, pues no conocía nada sobre el tema. Y eso hacía a aquel hombre, tal y como había dicho, la persona más peligrosa de la isla.- Eres mago de verdad-. Dijo, todavía intentando tranquilizarse. Cogió la carta para asegurarse, incrédula, pero la textura de la carta bajo sus guantes resultó ser la de una carta.

Tragando saliva, se inclinó un momento hacia la mesa, dejando al Rey de Diamantes sobre la superficie. Era su intención alejarse cuanto antes de dicha carta, por si acaso. No quería arriesgarse más. En sus manos estaba la posibilidad de ayudar a familias inocentes. No le importaba que la gente le llamase ladrona, ratera y cosas peores, pero prefería sentir en su conciencia que estaba ayudando a algo más que a sí misma, por lo que no había demasiada duda en todo aquello.

- Si te ayudo...- Dijo, todavía permaneciendo de pie, observando a Yarmin desde su posición.- Quiero que me prometas que podré irme de la isla sin problemas...- Ni siquiera ella sabía dónde se estaba metiendo, pero necesitaba ganar cierta ventaja a la hora de actuar, y no parecer uno de esos perros del gobierno. No dejaría que le utilizasen así sin más-. Y no va a ser gratis, Yarmin. Arriesgar mi vida por hacer vuestro trabajo tiene un precio-. Mencionó con un tono de voz serio, incluso aunque continuaba inquieta por la situación-. Me deberás un favor.- Con cierto orgullo por haber conseguido decirlo, sonrió para sí misma.- Esas son mis condiciones.- Por lo demás, quedaba ver exactamente el tipo de ayuda que aquel agente necesitaba, y por qué debía ser ella quien lo hiciese.
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Mensaje por Yarmin Prince Sáb 8 Mayo 2021 - 23:42

El truco era relativamente sencillo: Si bien podría haber lanzado la carta mientras la distraía, eso no me habría permitido dejarla bajo ella. Tal vez era esa la razón de que le hubiese perturbado tanto que su elección estuviese ahora entre sus manos. Aunque duró poco, dado que apresuradamente se deshizo de ella dejándola sobre la mesa que nos separaba, había sido suficiente como para que aceptase la premisa a la que estaba intentando introducirla: Era mago. Ilusionista, en realidad, una persona de dedos hábiles y mente inquieta... Un diablillo juguetón, en realidad. Porque no se trataba de un truco de magia; eso habría sido muy sencillo; se trataba pura y llanamente de jugar con su cabeza. Y eso había hecho.

Su perfil estaba claro; desde los breves momentos antes de la explosión hasta sus reacciones tras ello y el cómo se había desenvuelto en los breves momentos que habíamos pasado juntos habían contado lo bastante sobre ella como para saber que dentro de su corazón se cruzaban, de alguna forma, riqueza y poder. Las sospechas que había despertado preferí descartarlas, pero aun así el rey de diamantes era el que mejor representaba ambas cosas, ya que, al fin y al cabo, ¿qué tenía más poder que un rey? Por otro lado, pocas cosas poseían más valor que un diamante. Tal vez ella no lo buscase, pero formaban parte de ella en una serie de tics casi imperceptibles que compartía con alguna gente que pude ver en una u otra ocasión. Algunos de ellos, incluso, me debían favores.

Pero ninguna jugada era segura. Dejar la carta en el sofá había sido fácil, teniendo en cuenta que gozaba de su atención completa y no iba, probablemente, a reparar en ella. Forzar su elección... Un truco barato. Sabía cuál podría elegir en un estado alterado, pero asegurarlo implicaba darle una serie de pistas inconscientes: Mi propio nombre, una reina de corazones y un as de diamantes. Solo había una cosa que mereciese el corazón de una reina, la devoción de un príncipe y portar las mayores joyas: Un rey. Al final había sido todo una apuesta un poco intrincada, claro, ¿pero qué era la vida sin un toque de emoción?

- Podría arrestarte ahora. -Chasqueé los dedos y unas esposas aparecieron en mi mano. Mi tono era neutro, como si no te importase en lo más mínimo-. Como tú has dicho podrías ser una pirata y, desde luego, eres una ladrona. ¿Entiendes que te encuentras en una posición muy delicada, jovencita?

No debía ser mucho más de cinco o seis años más joven que yo, pero siempre balanceaba hacia el lado más favorable una relación de poder. Hacerle sentir indefensa, superada e inexperta. No directamente, claro; no de una forma que la hiciera sentirse insultada, solo haciéndola ver pequeña, insignificante... Que se encontrase entre la espada y la pared.

- Pero está bien -concedí-. Yo te estoy pidiendo ayuda a ti, y es justo que tú puedas obtener ayuda recíproca cuando la necesites a cambio. Cabe la posibilidad de que haya perdido un papel con mi número de den den mushi apuntado en alguna parte. -Recogí el rey. Bajo él un papel perfectamente doblado formando una corona de siete puntas. Si alguien me hubiese visto mientras doblaba las cien que tenía preparadas para estos casos seguramente se habría reído de mí, pero hacían ver cada detalle como planificado; el demonio vivía en los detalles-. Por ahora, tenemos trabajo.

Me levanté y guardé la baraja. Me aproximé hasta la puerta, abriéndola para que la muchacha pasase delante de mí. Estuve sujetándola durante todo el tiempo que ella necesitase para decidirse a salir, y cuando eso pasase, cerraría detrás de ambos. Si no salía... Bueno, algo ingeniaría.


Última edición por Yarmin Prince el Dom 30 Mayo 2021 - 16:21, editado 1 vez


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Mensaje por Cheshire Lun 10 Mayo 2021 - 14:09

Aunque la amenaza no estaba implícita en sus ojos cuando habló de un arresto, ella sabía que no lo decía por decir. No le parecía ese tipo de persona después de la pequeña charla que habían tenido, y tampoco creía que fuese a darse por vencido con algo semejante tan rápido. Tenía razón: estaba entre la espada y la pared y si seguía por semejante camino acabaría por ser atravesada por el filo. Debía ir con cuidado si quería salir de aquella casa y, más importante aún, de la cárcel llamada isla en la que se encontraba. Si lo hacía bien... No, no había lugar para probabilidades. Necesitaba hacerlo bien. Su aventura y su libertad dependían de ello. Las esposas en manos de Yarmin le hacían sentir todavía más incómoda, y no pudo evitar juntar ambas manos nuevamente, acariciando con la contraria sus muñecas, como si todavía pudiese sentir el metal rasgando su piel. Frente a él parecía un libro abierto, y era ilógica la forma en que parecía estar ganándole en todo momento; Permaneció en silencio, dudosa de que añadir cualquier otra cosa en aquella situación pudiese darle todavía más ventajas a la hora de negociar. Y para su sorpresa, él cedió.

- Es justo-. Intentó añadir, aunque en su voz resonó un temblor. En cuanto él recogió la carta y estuvo ligeramente apartado, se aproximó a la mesa para recoger aquella especie de papelito perfectamente doblado. ¿Era magia que hubiese doblado así el papel en un momento semejante? Ya no lo tenía claro, y, tal y como había visto con Yarmin, todo podía ser. No tenía un den den mushi propio, pero no creía que pudiese costarle demasiado robar alguno y hacer la llamada. Eso si se atrevía a hacerlo, puesto que a cada pequeño paso más cerca de él sentía escalofríos.- Intuyo que ya tienes algún plan perfectamente elaborado y pensado, ¿verdad? - Preguntó mientras guardaba aquel papelito entre uno de los bolsillos internos de su capa.

Por el momento tenía otra prueba justo delante: la puerta. Pasarla no era el problema en sí, pero él estaba demasiado cerca, y si cruzaba estarían a pocos centímetros de distancia. Podía pasar cualquier cosa, desde un pequeño contacto a un apresamiento fortuito y que todo cuanto le había dicho fuese una mentira. Había muchas posibilidades, y ninguna parecía ser agradable. Por otro lado, si lo que había contado era cierto, cada minuto que pasase sin empezar con el plan sería perjudicial para la operación. Peor aún, podría haber gente -inocente- en peligro, y no podía cargar con semejante peso en su conciencia. Así que tragó saliva, respiró hondo y avanzó desde su posición -lo más alejada posible como había estado- hasta la puerta, mirando en todo momento a Yarmin. Mientras pasaba, sintió que su corazón latía mucho más rápido que de costumbre, y precisamente por ser capaz de percibir detalles que hasta el momento había ignorado -como el hecho de que toda su ropa estaba impoluta, que olía a pólvora y a un perfume que arrasaba con cualquier otro aroma impuesto sobre él, y que resultaba incluso más imponente al estar tan cerca- trató de cruzar lo más rápido posible hasta que sintió la libertad del callejón.

- Bien, ¿dónde vamos? - Preguntó, girándose hacia él nuevamente, pues odiaba darle la espalda sin saber si de un momento a otro tendría un cuchillo clavado en mitad de la dorsal. Ahora que habían hecho una especie de acuerdo, sin embargo, pretendía seguirle allá donde fuese, esperando averiguar si de verdad podía ser útil a las familias de aquel lugar. También prefería evitar más problemas, así que seguramente seguir a un agente del gobierno sería mucho más tranquilo que ir por su cuenta en mitad de un ataque. O eso esperaba.
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Mensaje por Yarmin Prince Mar 1 Jun 2021 - 21:26

- Bueno... -Sonreí-. Es posible que tenga alguna idea.

No disimulé en absoluto lo ameno que resultaba estar cerca de aquella muchacha. Sentí miedo, esa energía sutil y despiadada que impulsaba a la gente a cometer las más oscuras tropelías. Por miedo yo había cometido mi primer asesinato, el único por causas personales que nunca había perpetrado... O al menos, el único en el que no había un negocio involucrado. Desde entonces Silver, Zaid, Fudge, Arcturus... Si bien había existido cierta erótica de la tortura y cierto placer en matarlos, había sido puramente por el bien del negocio. Incluso, cuando matase a Aki, sería exclusivamente cuestión de negocios.

Cerré la puerta cuando ella salió y me mantuve a una distancia de seguridad, pero la mínima posible dentro de ese espacio que ella había marcado. Tenía ganas de ver qué sucedería al doblar una esquina, momento en el que se tendría que acercar más de lo que ella estimaba razonable, o hubiese que correr y nuestras extremidades cruzasen ese espacio baldío entre la nada y el terror. Era excitante estar cerca de alguien con tanto miedo al contacto físico, y mucho más estimulante saber que ese miedo se proyectaba directamente en mí. Sin embargo, no había ninguna relación sin confianza, y era algo en lo que también debía trabajar.

- En principio el equipo Alpha ya ha retirado el paquete -expliqué-. Esto no es información pública, pero salieron hace cuarenta y ocho horas rumbo a Ennies Lobby; era demasiado valioso como para arriesgarlo. El plan es simple: Saltar, matar y repetir. -Hice una pausa-. Bueno, eso es la base. No son piratas particularmente peligrosos, apenas sumarán doscientos millones entre todos, pero sí son lo bastante peligroso como para si no hacemos nada aniquilen a toda la población antes de que nos demos cuenta. Por suerte los muros pueden contenerlos, pero al mismo tiempo cerrarlas supone un problema para la evacuación. -Me ahorré mencionar que solo quedaba la puerta oeste, que daba al puerto, y que probablemente todos los evacuados de la parte interna irían a dar ahí-. Dado que en principio van a llegar por el oeste entrarán al puerto. Los edificios ahí son pequeños y abigarrados, y las calles estrechas. Si nos adelantamos lo suficiente podremos ocultarnos en alguna terraza para saltar de improviso contra alguno de ellos. Aun así, déjame que te hable un poco de ellos para que entiendas concretamente dónde debemos posicionarnos.

Comencé a explicarle que la tripulación se componía de un total de quince miembros. no eran particularmente poderosos, pero para un humano corriente todo era peligroso. Sus perfiles psicológicos, sus colores favoritos, su mano más hábil... Todos los detalles en los que me había basado para identificar la posición por la que se moverían. Solo hubo uno que catalogué de "anormal". Se trataba del único realmente peligroso de la tripulación, un gigante ancestral de más de cincuenta metros de altura llamado Botes, y aunque le expliqué que podíamos detenerlo, implicaba sumar toda la fuerza efectiva de la que disponíamos, por lo que ella debía encargarse del resto. Eso no era del todo así, pues mis muchachos eran capaces de neutralizar a Botes en un santiamén, pero quería ver de cara a su reclutamiento qué aptitudes tenía. Si moría no me valdría de mucho, al fin y al cabo. Tampoco si era una cobarde.

- ¿Lo has entendido bien? -pregunté-. Recuerda que hay muchas vidas en tus manos.

Si quería hacer que entrase a la Agencia debía asegurarme de que era capaz de lidiar con la presión. Con cualquier tipo de presión. Seguí avanzando y suavicé mi sonrisa. No podía parecer que todo estaba bajo control, porque en realidad había muchas variables que había dejado descontrolarse: Una de ellas, la hora exacta de llegada.


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Mensaje por Cheshire Miér 9 Jun 2021 - 16:35

Aunque había optado por seguir a aquel hombre, no podía evitar sentir algo en la nuca, una especie de cosquilleo que se repetía intermitentemente y que le presionaba a continuar alerta. Suponía que con el tiempo iría desapareciendo, pero conforme más se adentraba entre las calles más entendía que no iba a pasar. Instinto de supervivencia, tal vez. O quizás un simple pensamiento de que en realidad estaba ayudando al gobierno con aquel trabajito. De cualquier forma, ahora que había hecho el trato con él no iba a arrepentirse. Ni siquiera aunque parecía que estuviese caminando en dirección a su propia ejecución. ¿Sentirían eso mismo los piratas detenidos por el gobierno? No quería averiguarlo. Trataba de mantener la distancia entre ambos, aunque de vez en cuando un paso quedaba más corto o aparecía una esquina que no había previsto y necesitaba apresurarse un poco en el camino. Eran esos momentos en los que aguantaba un poco la respiración antes de proseguir, buscando mantener ese espacio seguro entre ambos. Lo necesitaba.

- ¿Paquete? - Preguntó, alzando una ceja. Aunque creía que había atendido a todo lo que él había dicho, no recordaba exactamente la mención de algo semejante. Si se trataba de un lenguaje propio del Cipher Pol tampoco podía saberlo -y mucho menos entenderlo-, pero le interesaba tener cualquier tipo de dato antes de meterse de lleno en la operación. Aunque ya estaba completamente metida hasta el cuello. Había sabido desde un primer momento que tendría que ocuparse de algún que otro cadáver, pero escuchar la palabra "matar" de forma tan frívola era surrealista. No es que ella no hubiese tenido que matar anteriormente a alguien, pero aún se le hacía duro.

Terminó de escuchar la explicación en silencio. Tal vez para alguien como él doscientos millones de recompensa no fuese la gran cosa, pero no estaba acostumbrada a lidiar con gente así de peligrosa. Por otro lado, callejones estrechos no resultaban fáciles de manejar en una situación semejante en la que tendría que ocuparse de varios seguramente. Poco sitio para maniobrar, poco lugar para correr en caso de necesidad... Por lo menos podría intentar crear una especie de estrategia, aprovechando los balcones para posicionarse sobre ellos. Y si era lo suficiente ágil -y esperaba que así fuese-, posiblemente podría ir de uno a otro sin mucho esfuerzo y sin exponerse a demasiados malos tragos. Pero, desde luego, eso eran suposiciones.

Por su parte, el Cipher Pol se encargaría del gigante de cincuenta metros. Y menos mal, porque no creía tener ninguna forma de trepar hasta alguien tan gigante sin utilizar una cuerda lo suficientemente larga y mucha, mucha suerte. Pero eso le dejaba a ella contra unos quince piratas capaces de aplastarle con utilizar únicamente un puño, lo que suponía tener que esforzarse enormemente por no ser pisoteada o estrujada. Aunque tenía autoestima, entendía que, tal y como había pensado, tendría que crear una estrategia antes de abalanzarse a lo loco contra esas personas. Y en realidad lo que más le preocupaba era si sus espadas estarían lo suficientemente afiladas como para perforar la carne de esos gigantes sin mellarse o sin romperse en el proceso.

- Lo he entendido. Me ocuparé de ellos-. Aseguró. ¿Estaba preparada? Dudaba que alguna vez lo estuviese para matar a alguien, pero sí lo estaba para la lucha. No es que supiese al cien por cien que la situación estaría controlada en todo momento y que tendría éxito en la misión, pero tal y como había dicho Yarmin, había muchas vidas de ciudadanos en peligro y no iba a dejar que sufriesen más de lo que ya lo habían hecho entre las explosiones. Mantuvo una expresión seria en su rostro mientras proseguía su camino en dirección al peligro. De haber sido tiempo atrás, jamás hubiese hecho algo semejante.
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