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El Hotel [Moderado 3]

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Mensaje por Katharina von Steinhell Mar 30 Mar 2021 - 19:22

Un hombre amable y feliz te ha llevado hasta Horror Island en un barco que ha estado a nada de hundirse en más de una ocasión, pero el viejo siempre ha confiado en la suerte. Ahora mismo te encuentras en el muelle, el cual consiste en una pequeña plataforma de madera con algunas tablas a medio caer. Frente a ti se alzan las imponentes paredes de un gran acantilado, además de unas escalinatas talladas en él que parecen eternas. Considerando el cielo nublado y las pocas horas de luz, si fuera tú subiría lo más rápido posible.

Hace no mucho recibiste una carta de parte del Cipher Pol, una carta bien sellada y con el emblema de la institución. Domingo Fernández, entre palabras aduladoras, te invitó a participar de una prueba de iniciación para gente especial como tú. Recuerdas bien el contenido del mensaje: debes dirigirte al hotel de la montaña y reunirte con Domingo. También puedes deducir que habrá otra gente, después de todo, no eres la única persona especial del mundo, ¿verdad? Ya conocerás a tus compañeros, seguro que son encantadores.

Volviendo al paisaje, un frío viento sopla con fuerza desde la garganta del acantilado (donde está la escalera), penetrándote hasta los huesos y echándote hacia atrás. Aquí el clima es un poco… violento, ¿no? La primera gota de lluvia cae en tu nariz. Si miras hacia el cielo, te darás cuenta de que las nubes grises están peligrosamente cerca. Por otra parte, cuando hayas decidido subir… Bueno, te darás cuenta de que son las escaleras más largas de tu vida. Por mucho que avances lo único que ves son peldaños y más peldaños, pero te animo a continuar, después de todo, tú quieres pasar la prueba de iniciación, ¿a que sí?

Puedes aprovechar este gran camino para contarme un poco de ti, de tus expectativas y, por qué no, de lo que más deseas.


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Mensaje por Maze Mar 30 Mar 2021 - 23:50

El día que Hoshina, la madre de Maze y jefa de laboratorio de esa pequeña parte del departamento de investigación del gobierno; que tanto había temido acababa de llegar. La mujer era consciente de que no podría atrasarlo eternamente, pero esperaba tener más tiempo para… ¿Para qué? ¿Intentar huir con su hija tras entregársela al gobierno a cambio de salvar su vida? La idea había rondado más de una vez a la mujer por su cabeza. El precio a pagar por Utau fue alto, tanto para la adolescente como para su madre, pero justo al fin y al cabo. Así que apretando los labios, a esta madre preocupada a quien no le había temblado la mano para mandar a otros niños del proyecto a una muerte casi segura, le tocaba tragarse sus quejas e ideas desquiciadas y aceptar la orden que acababa de llegarles: «M.A.Z.E.» El experimento número uno, sería enviado a una misión de prueba para decidir si estaba lista para servir al gobierno mundial como parte del CP, comenzando así la segunda fase del programa.

La orden fue emitida al laboratorio, pero los datos para la misión le fueron entregados en mano a la chica por un hombre trajeado, en su propio cuarto. Aunque quizás llamarlo cuarto fuera demasiado. Las habitaciones de los niños que vivían en ese laboratorio no eran lo que uno consideraría intimas, la verdad. Gruesas paredes de cristal reforzado, con perforaciones circulares de no más de cinco centímetros de diámetro para que entrara el aire. Los cuartos contaban de base con una cama, un escritorio y algún mueble para guardar la ropa. Claro que los niños no podían simplemente apagarse y encenderse, así que se les permitía formar una personalidad, ofreciéndoles modos de entretenimiento que pudieran ser útiles en su desarrollo como agentes leales de soporte. En el caso de Utau, lo que se encontraba en la habitación era una suerte de instrumentos de percusión no muy grandes: Una Kalimba, con la que había estado practicando cuando llamaron a la puerta —por decirlo de alguna forma— y que ahora reposaba sobre su cama; una caja de ritmos, y un tambor de forma circular y sonido suave, acomodado en su estantería. También tenía una estantería, sí. Llena de libros, con algún adorno minimalista. Y en el escritorio sus útiles. Aunque lo que más llamaba la atención era lo organizado que se encontraba el lugar.

—Recuerda no enseñarle a nadie esta carta, ni siquiera a tu madre. Saber guardar la información es parte imprescindible de tu trabajo —advirtió el hombre.

—Sí, señor —contestó ella con un tono neutro, relajado. Era una persona tranquila al fin y al cabo… Salvo cuando no.

—Bien. Te recogerán en un par de días. Prepara las cosas que necesites para el viaje.

La chica así lo hizo tras leer la carta varias veces. El lugar al que se dirigían era una isla llamada Horror Island, donde se vería envuelta con otras personas «especiales», al igual que ella. Al leer esa palabra no pudo evitar que una arruga se dibujara en su pálida piel. Bien, no podía negar que era peculiar, su simple apariencia lo era. Algo de lo que se pudo percatar aún más estando en el barco. Su camarote contaba con un baño propio, con espejo. Lo cierto es que tener uno de esos tan a mano le despertó un cierto complejo. Se miraba al lavarse la cara, las manos tras usar el excusado… Tras ducharse, y no podía evitar fijarse en sus llamativos ojos, toquetear sus cuernos o hacer muecas frente al espejo estirando sus labios con los dedos para poder fijarse en sus afilados dientes. Sí, especial podía ser una muy buena palabra. Dejó escapar un suspiro. No es que le molestara, nunca la habían tratado como un bicho raro ni nada por el estilo —entre los niños del proyecto, claro—, pero la diferencia se notaba. Tendría que acostumbrarse a ello, lo mismo no era tan anormal como pensaba.

No queriendo pasarse el día en el cuarto tampoco, la muchacha aprovechó el tiempo fuera por primera vez en catorce años para notar la brisa marina, observar el vaivén de las olas y llevarse algún susto cuando el barco se sacudía de más. Era una suerte —como decía el capitán— que no supiera que tan cerca habían estado de hundirse en más de una ocasión, bajo la creencia de estar en buenas y expertas manos.

Es así como semanas después de esa primera visita se encontraba en la «Isla de los horrores». Aprovechando la travesía también para dialogar, había conseguido preguntar alguna que otra cosa sobre la isla al caballero que capitaneaba el barco. Y por su apariencia una vez pisó puerto y pudo notar las primeras tablas de madera chirriando… Llegó a la conclusión de que si daba miedo debía ser por su apariencia sucia, lúgubre y descuidada. Oh, y por la maraña de nubes oscuras que tapaban el escaso sol que le quedaba al día.

«Si no oliera a tormenta podría intentar subir por aire». Pensó, recordando el entrenamiento del Geppou. Aún no era oficialmente una iniciada, pero la habían estado preparando toda su vida para ello… Claro que depender del Rokushiki desde el principio no iba a demostrar su determinación y capacidades personales. Así que se armó de valor para atravesar las tablas que servían de puerto, buscando con la mirada las líneas que dibujaban los puntos de apoyo de las tablas y saltando las que estaban más sueltas o incluso podridas y llegó al acantilado. Si el agua golpeaba y volvía resbaladiza o no la piedra, sería algo que descubriría una vez empezara a caminar. Por el momento su mayor miedo era agotarse a medio camino. Eran muchas escaleras.

—Bueno, al menos no me han sacado más sangre en la última semana. Debería haberme bajado la anemia —se animó a sí misma mientras empezaba a subir. Teniendo que apretar el ritmo al notar la primera gota caer sobre su nariz. Y aun así le llevaría un tiempo subir.

Para cuando llegase a la cumbre, a las faldas del hotel, la lluvia sería torrencial seguramente, y ella estaría empapada, jadeando y al borde de resfriarse de no entrar rápido en calor. El Hotel sería una sombra seguramente, con los últimos rayos de luz desaparecidos por completo. Esperemos que haya buena iluminación al menos.
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Mensaje por Katharina von Steinhell Lun 5 Abr 2021 - 1:37

El viento sopla con fuerza de vez en cuando, te has comido un par de caídas por su culpa, pero seguro que acabas acostumbrándote. ¿Cuánto llevas caminando? ¿Unos treinta minutos, tal vez? La única seguridad que tienes es que las escaleras son eternas, no importa cuanto subas, parece que siempre te recibirá un nuevo peldaño. Sudor, pulso acelerado, piernas agotadas… Bueno, no todo es malo. No ha aparecido ningún puma salvaje para darte la bienvenida, ¿o sí?

Escuchas un rugido, dudas entre el viento y alguna bestia que se esconde en algún lugar, pero continúas subiendo. Ya te habrás dado cuenta, pero a medida que te aproximas a la cima puedes ver que hay bosque tanto a tu derecha como a tu izquierda. Grandes pinos que se sujetan al terreno inclinado. ¿Qué puede haber ahí? Imagino que no te interesa echar un vistazo, ¿verdad? Tú sigues subiendo, subiendo y subiendo, de vez en cuando te paras a descansar como toda persona con sentido común, y entonces continúas. Es como si ahora vivieras por las escaleras.

De pronto, escuchas un susurro y un escalofrío recorre tu espalda, subiendo rápidamente desde abajo y haciéndote tiritar. Miras hacia todos lados solo para comprobar que ha sido tu imaginación jugándote una mala pasada. Ya puedes suspirar aliviada, aunque luego me comentas qué te parecen las muñecas colgadas en una rama. Se mueven según el viento, pero en todo momento tienes la impresión de que te observan. Cuando las pasas y, solo si te das vuelta, las muñecas habrán girado las cabezas. Llámalo sexto sentido o lo que tú quieras, pero sientes una presencia acechándote desde las sombras.

Y como suponías, ha comenzado a llover. La visibilidad baja de golpe y los peldaños de pronto se han vuelto peligrosos: están húmedos, ¿sabes? Un mal pasado y quién sabe cuánto vayas a rodar. La buena noticia es que has llegado al final de la escalera; ya te echarás al suelo a descansar y agradecer que no haya aparecido un zombi come-chicas-con-cuerno. En cualquier caso, todavía no encuentras el hotel. Si te fijas verás un letrero que dice «EL HOTEL» con una clara indicación: tienes que atravesar el sendero. Te da mala espina porque hay un bosque no bonito como el anterior, sino que está seco y ya te preguntarás por qué si es que tanto llueve.

Escuchas un graznido y, sin siquiera darte cuenta, un cuervo algo más pequeño que un especimen común se posa sobre tu hombro. Te mira como si pudiera entender lo que quieres decir.

—¡Hotel! ¡Hotel! ¡Hotel Kififi-fi! —canta el cuervo.

¿Y bien? Imagino que te emociona mucho tener que atravesar este bosque de noche. O igual no lo tienes que atravesar todo, quién sabe. ¿Qué harás? Nada te impide montar un campamento en el bosque bonito, pero ¿sabrás hacerlo? Ya me contarás.


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Mensaje por Maze Lun 19 Abr 2021 - 0:17

La situación parece ir de mal en peor según los minutos van pasando. ¿Sabía Maze que empezaba desde mal puerto? Según caminaba intentaba hacer memoria de las palabras compartidas por el hombre que se hacía llamar capitán. ¿Qué le había dicho sobre la isla? No había preguntado nada sobre el hotel, porque no quería arriesgarse a que eso contara como una falta en su prueba, pero sí que esperaba tener alguna noción para no verse sorprendida en lo desconocido.

Así, paso a paso hacía por recordar los días desde que recibió la carta. Pero no solo eso, también su entrenamiento. Las escaleras eran cada vez más largas y lo cierto era que el viento y los tropiezos mermaban su avance. Tal vez hubiera sido mejor idea avanzar directamente por el aire a base de pisotones, pero no podía acudir en cualquier momento a eso.

—No pasa nada, esto no es para tanto… —se decía a sí misma—. Solo concéntrate… Eso… La barandilla… —Murmuraba, según su mano se apretaba con fuerza al tuvo de metal oxidado y sucio que se mantenía sujeto a la roca sabe dios como. Ya llevaba unas tres caídas tontas, no quería más. Además de que se sentía ridícula como futura agente del gobierno teniendo traspié tras traspié. Apretando los dientes y abrochando mejor el chubasquero que vestía sobre sus ropas, de modo que la cremallera se cerrara a la altura del cuello, la pelirrosa siguió avanzando con más cautela, deteniéndose solo cuando un perturbador sonido se escuchó escaleras abajo, ascendiendo hacia ella. Su cuerpo entero se tensó y pasó de centrarse en mantener el equilibro a afinar sus sentidos, dispuesta a saltar hacia arriba de ser necesario para usar su Geppou. No pasó nada. De todos modos, intentó centrarse en su concentración como en sus entrenamientos, ver si percibía más movimientos extraños o solo era su imaginación jugando una mala pasada otra vez… Y fue entonces cuando las vio.

Una, dos, tres… Hasta seis muñecas de trapo colgadas de los árboles por el cuello, siendo mecidas por el viento con poca suavidad. Sus sonrisas cosidas con hilo de lana y sus ojos de botones negros resultaban perturbadores, sobre todo teniendo en cuenta que parecían no dejar de mirarla. Ella también les siguió la mirada por el rabillo del ojo según pasaba. «¿Ves? No ha sido nada. Solo unas muñecas puestas por algún bromista… ¿verdad?», se decía en su fuero interno, cerrando por un momento los ojos. Solo muñecas de trapo, seguro, pero no terminaba de sentirse cómoda. Algo le decía que la estaban observando y no le gustaba la sensación. Es por eso que, en un intento de convencerse de que se lo estaba imaginando todo, Utau giró la cabeza, topándose con la mirada de las muñecas que habían girado solo la cabeza. Y bueno, tal vez no fuera la persona más aplicada en cómo funcionaba el mundo, pero había tenido muñecas de ese tipo y sabía que su fisionomía de piezas de trapo cosidas no daba para realizar esa torsión. Apretó los labios para no soltar un chillido al dar un pequeño brinco del susto. Simplemente no era lógico. No lo era. La chica apretó el ritmo un par de tonos más pálida para subir a la cima del acantilado cuanto antes y no se permitió pensar en nada más hasta que estuviera ahí, calada hasta los huesos, con la respiración atropellada y las piernas tan cansadas que se calló casi de bruces en un charco de barro. Aminoró la caída lo justo para queda de rodillas, con el culo apoyado en sus piernas de forma que no quedaría en un estado tan lamentable su ropa.

—Vale, lo de antes… ha sido muy raro. ¿A lo mejor alguien ha hecho unas cámaras de vigilancia con forma espeluznante para probar mi valentía también? Una o varias cámaras ocultas y ruidos hechos por máquinas no son improbables… Y explicaría que el capitán no me haya dicho nada —razonó. Ese era uno de sus puntos fuertes al menos, el razonamiento lógico.

Habiendo calmado sus pensamientos y recuperado el aliento, la noche casi se cernía sobre ella y la visibilidad era aún peor. El supuesto Hotel que estaba a lo alto de la colina era… inexistente. En su lugar solo había un cartel que indicaba que debía adentrarse más en ese bosque, que por alguna razón pasaba del verde de las hojas perenes a un montón de árboles raquíticos y sin hojas cuya vida parecía haber sido extraída hasta dejarlos completamente secos. Si no fuera porque llovía a mares le preocuparía que estos provocaran un incendio. Desde luego, esa isla estaba llena de cosas sorprendentes. Pero la sorpresa parecía no ser buena.

—Tengo que ponerme en marcha otra vez —murmuró, justo antes de que un pájaro de plumaje negro se posara sobre su hombro, empezando a graznar la palabra hotel. Tras un pequeño sobresalto, la chica dejó escapar una leve carcajada—. Sí, sí, hotel. Es ahí a donde voy —dijo, como si el animal pudiera entenderla, acercando su mano despacio a la cabecita del animal para intentar acariciarla sobre el plumaje—. Es increíble que puedas volar con esta lluvia. ¿No tienes las plumas demasiado mojadas?... —Empezó a cuestionar. Un pájaro parlante era lo último que iba a acongojarla. De hecho, le parecía muy bonito—. Oye, yo me llamo Maze, ¿tú?... Ah, espera, voy a sacar una linterna. Con tan poca luz no puedo verte bien, ni ver nada —siguió hablando con el animal según se quitaba la mochila y cogía una linterna y una toalla con la que limpiarse la cara—.  Mejor… Oye, has dicho algo sobre el hotel, ¿sabes dónde está? ¿Quieres acompañarme? Puedes venir dentro de mi mochila, así no te mojaras. —Hablaba con el cuervo como si fuera una persona con su mismo coeficiente, señalando la mochila. La verdad es que solo con tener compañía se sentiría más segura para adentrarse al bosque oscuro, armada con su linterna. Todo el mundo sabe que es la mejor forma de espantar a los monstruos, ¿no?

Fuera como fuese, una vez el cuervo decidiera acompañarla o se fuera espantado, a ella no le quedaba más remedio que continuar su camino todo lo que pudiera. No se había preparado para tener que acampar.
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