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El despertar de una misión sagrada [WIP] Empty El despertar de una misión sagrada [WIP] {Vie 22 Abr 2022 - 14:33}

Ernest terminó la última flexión de la sesión y se incorporó. Mientras se secaba el sudor del pecho con una toalla miró a su alrededor. Sin duda alguna, las vistas desde el porche de su casa eran sus favoritas.

Se encontraba en lo alto de una pequeña colina. El camino, que partía de su casa, tras un giro esquivando un rosal descendía por la pendiente hasta llegar a la plaza del pueblo, donde se encontraban la iglesia, la taberna y el ayuntamiento.

Cerró los ojos y respiró. El aire cargado de salitre procedente de la playa inundó sus pulmones. Adoraba ese olor. Le recordaba lo sencilla y agradable que era la vida allí. No había grandes intrigas políticas, ni terribles conflictos a los que hacer frente. Sólo el día a día de una humilde aldea de labradores.

—¿Ya has terminado el entrenamiento de hoy? —preguntó una voz a sus espaldas.

—Eso parece, padre —respondió girándose.

Un anciano le sonreía desde la puerta. Sus manos, apoyadas en el dintel de la puerta, mostraban décadas de duro trabajo manual.

—Nunca entenderé por qué no quisiste quedarte con el taller. Hacer muebles no es glamuroso, pero da para comer.

Ernest sonrió y tomando el medallón que colgaba de su cuello respondió:

—No se sirve a los poderes divinos por glamour. Agradezco tus enseñanzas en el oficio, pero mi vocación es otra.

—¡Mírate! Estás todo el día entrenando. ¿Cómo va a ser eso servir a los cielos?

—«Sólo quienes estén dispuestos a defender la fe con sus propias vidas y den ejemplo de ello podrán gozar de la satisfacción de seguir el camino de la rectitud» —declamó Ernest—. Y coincido con esas palabras.

—¿Defenderla de qué? ¿Quién va a venir a este islote a intentar que cambiemos las creencias?

Ernest sonrió para sí mismo mientras se ponía la camisa.

—Los cielos marcan caminos que no siempre nos es posible comprender. No es nuestro papel cuestionar lo que pueda o no ocurrir. Baste con estar preparados para lo que pueda pasar. Como dijo Tadeo en su carta a los gyojin: «mantened siempre los depósitos de agua llenos, pues los lagos pueden secarse» —. Hizo una pausa y continuó—: y, ahora, si me disculpas, debo bajar a la iglesia. Se acerca la hora de las bendiciones y tengo que preparar la ceremonia.

Se despidió dándole un beso en la frente y se alejó camino a la iglesia mientras silbaba una tonadilla.

*****

La Iglesia de los Poderes Celestiales era una rara avis dentro de las religiones. Creían que el cielo estaba habitado por seres superiores que hacían y deshacían en el mundo a su antojo; pero se negaban a darles nombres porque no creían ser dignos de conocerlos. Todos sus dogmas eran deliberadamente vagos en todo lo que tuviera que ver con la naturaleza de dichas divinidades, su número o sus intenciones. Tampoco daban ninguna clase de predicción respecto al más allá, todo cuanto decían era que la voluntad del fallecido debería responder ante los poderes celestiales y que estos determinarían su futuro.

Aldous, el guía espiritual veterano, y Ernest eran conocidos en toda la isla por su generosidad y su amabilidad. Siempre que un vecino necesitaba ayuda, ellos acudían a dársela. Cuando alguien pasaba una mala temporada, sabía que en la iglesia le darían cobijo y comida.

Como todos los días, Ernest se había encargado de sacar brillo al cuenco de bronce que representaba los poderes celestiales durante la ceremonia; mientras tanto, Aldous había estado colocando las sillas. En otras islas, que toda la población de la isla acuda a una ceremonia podía suponer un problema pero en esta sólo significaba que alguno que otro tendría que quedarse de pie.

Un leve quejido hizo que Ernest alzara la mirada.

—No deberías forzarte, que ya estás mayor.

—¿Que ya estoy mayor? Menuda insolencia, jovencito.

Aunque lo negara, Aldous era un hombre de avanzada edad. Aun así, se encontraba en una envidiable buena forma. En sus entrenamientos era habitual que se impusiera sobre Ernest con facilidad. Pero cuando no estaban entrenando, su actitud era la de un afable anciano encorvado, por el peso de la edad, sobre un bastón.

—Si me he quejado es porque me he clavado una astilla —añadió.

—Cuando entrenamos no consigo ni hacerte un moratón y ahora vas y te clavas una astilla. Eres de lo que no hay.

—No hagas esas comparaciones. En los entrenamientos, la inspiración divina1 evita que puedas hacerme nada. Pero los cielos no van a molestarse en evitar que me clave una astilla —respondió riendo.




1Lo que conocen como inspiración divina es lo que en otros lugares se conoce como haki. Consideran que el cielo los inspira y protege con sus poderes divinos.
Ernest Youbi
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El despertar de una misión sagrada [WIP] Empty Re: El despertar de una misión sagrada [WIP] {Sáb 23 Abr 2022 - 0:03}

Recogió el cuenco de bronce con solemnidad y una vez lo dejó a buen recaudo miró a Aldous.

—Oye, viejales, voy a pasarme por casa del señor Wells a hacerle la comida; como sabes, anda con la cadera regular y necesita ayuda. ¿Te vienes?

—Como sigas con lo de la edad voy a endurecerte el entrenamiento —respondió Aldous con fingido enfado—. Quince años de entrenamientos y aún no eres capaz de hacer fluir la inspiración divina correctamente —. Tras una pausa, añadió burlón—: Empiezo a pensar que los cielos me han mandado a un inútil.

Ernest rió mientras se frotaba la nuca con una mano. Lo cierto era que la inspiración divina se le estaba resistiendo más de lo que esperaba. A veces lograba concentrarse lo suficiente como para preveer el movimiento que iba a realizar su oponente, pero era más que probable que lo lograra más por la intuición de ver dicho movimiento telegrafiado en las expresiones corporales que en el propio uso de dicho poder. Desde luego, lo que no le salía ni por asomo era lograr que su cuerpo se endureciera volviéndose, así, más resistente.

—¡Oye! ¡Hago lo que puedo! Pero es que me dijiste que hay que concentrarse mucho y tener un objetivo claro y justo; y no creo yo que pegarte sea un objetivo claro o justo.

—Siempre con excusas —le espetó el anciano—. Esta tarde, lo vemos en el entrenamiento. ¿Quieres una causa justa? Vale. Pues hasta que no logres esquivarme con éxito diez veces seguidas, no terminará el entrenamiento. Y ya sabes que hasta que no termine, no hay cena.

—¿Sólo diez veces? No voy a tener ni que avisar en casa para que me guarden la cena. Podré sentarme a la mesa con todos.

*****

Metió en un pequeño saco unas patatas, algunas zanahorias, varias cebollas y un buen pedazo de zancarrón2, se lo echó al hombro y salió por la puerta trasera de la iglesia. Esta puerta daba a un jardín que el propio Aldous cuidaba con mucho esmero. Aprovechó que el camino le llevaba por ahí y, con mucho cuidado, recogió algunas hojas de albahaca.

Alejándose de la zona pasó por delante de unos críos que, entre gritos y carcajadas, se dedicaban a salpicarse con el agua de un charco que se había formado con la lluvia de esa noche.

—Tened cuidado. Que podéis coger frío y enfermar —les dijo al pasar por su lado.

—¡Buh! Eres un aburrido —le espetó uno de ellos.

—Podrías quedarte a jugar con nosotros —añadió otro.

—No puedo —les respondió con una sonrisa— tengo que ir a casa del señor Wells. Pero si seguís aquí cuando vuelva, igual me quedo.

La casa del señor Wells se encontraba en la otra punta de la isla. Lo que significaba que estaba a diez minutos del centro del pueblo. Aunque en aquella isla tenían la costumbre de dejar las puertas abiertas y entrar los unos en las casas de los otros sin pedirse permiso, Aldous consideraba que no estaba de más anunciar su llegada. Por eso, tras tocar la campana que hacía las veces de timbre abrió la puerta y entró sin esperar a recibir contestación.

—Buenas tardes, señor Wells. ¿Qué tal ha pasado la mañana?

El señor Wells era un hombre anciano. Según calculaba Ernest, era probable que hubiera cumplido ya el siglo de edad. Su mujer hacía años que se le había adelantado avanzando al siguiente paso en la existencia mortal, y sus hijos, ya casados y con su propia descendencia de la que ocuparse, se habían mudado a una isla cercana. Por ello, aunque su vida no era solitaria gracias a la vida social que podía desarrollar en el pueblo, siempre agradecía la visita de Ernest. En esta ocasión Ernest también venía a ayudarle con la comida, pero habitualmente el motivo de su visita era jugar al ajedrez.

—Muy buenas tardes. No te preocupes mucho por la comida. Cualquier cosa sencilla estará bien. Centrémonos en lo importante: ¿hoy vas con blancas o con negras?

—No se anda por las ramas, ¿eh?

—Para uno que encuentro que me da juego, no voy a malgastarlo en nimiedades como la comida, ¿no crees?

—Le tengo dicho que no puede aspirar a ganarme si no se alimenta correctamente. El cerebro también tiene que estar nutrido. Si no, ¿cómo va a pensar en jugadas maestras?

Mientras el anciano replicaba algo sobre haber pasado hambre en la guerra y cómo este hambre le había agudizado el ingenio, Ernest se dirigió a la cocina. No era un gran cocinero, pero para poner un cazo con agua a hervir y echar unas cuantas verduras troceadas en su interior tampoco había que ser un genio.

En lo que retiraba el exceso de grasa y los nervios de la pieza de carne que había elegido, exclamó:

—¡Voy con negras!

—¡Muy bien! —Le respondió el anciano desde la sala—. Peón a e4.

Ernest sonrió. El señor Wells siempre hacía aperturas de libro. Tras meditarlo brevemente, decidió que iba a seguirle la apertura de peón de rey propuesta, pero siguiendo la variación Leonardis. Esta era una variación muy interesante porque le permitía hacerse rápidamente con una estructura sólida que en el medio juego le garantizara una presencia firme en el centro. Claro, que todo dependería de cómo le respondía ante esta variación.

—Peón a e5 —replicó.

Siguieron jugando mientras Ernest preparaba la comida. El anciano le tenía en un pedestal porque era capaz de mantener el tipo durante la partida y, habitualmente, vencer aun sin estar viendo el tablero. En esta ocasión no fue diferente. Tras unas jugadas bastante arriesgadas por parte de ambos, Ernest logró situar la reina dentro de las defensas del enroque contrario logrando, así, la victoria.

—No me lo puedo creer, he vuelto a perder —se quejó el señor Wells—. ¿Qué he hecho mal esta vez? Si tenía ya preparada la columna abierta para mandarte mi reina.

Ernest entró en la habitación trayendo una bandeja con dos humeantes cuencos.

—Te has centrado demasiado en lo que estabas haciendo y no te has fijado en lo que estaba haciendo yo —. Dejó la bandeja sobre la mesa y moviendo las fichas añadió—: mira, cuando estábamos en esta situación, hace cuatro movimientos, nuestras fuerzas estaban igualadas. Pero en vez de subir el caballo a f2 para defender al rey, has bajado la reina a e3.

—¿Pero cómo iba a saber yo que el rey necesitaba al caballo?

—Mira bien mis piezas. La reina la tengo en d6 y tengo un alfil en c7. A esto se le suele llamar «montar el tren». Verás que cuando mando la reina a h2, comiéndome tu peón, te hago jaque y no puedes usar al rey para comerme la reina; porque la estoy defendiendo con el alfil. El único movimiento que puedes realizar es mover el rey a f2, pero si tuvieras ahí el caballo, este podría comerse a mi reina. Yo te comería el caballo con el alfil, sí. Bueno, posiblemente. Pero ahí sí podrías responder con el rey.

Wells miró el tablero pensativo.

—Vaya… pues tienes razón. No lo he visto con el tablero delante y tú, mientras, estabas en otra habitación y cocinando.

—Otras veces eres tú el que gana —respondió Ernest riendo.




2Pieza de carne de una res con su hueso, procedente de la parte alta y carnosa de la pata.
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