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A quien algo quiere, algo le cuesta. [Jojo 1] [remodelasiones, peticiones] Empty A quien algo quiere, algo le cuesta. [Jojo 1] [remodelasiones, peticiones] {Sáb 4 Jun 2022 - 14:40}

Era una práctica común entre los miembros de la milicia gubernamental el poner a prueba sus habilidades mediante la lucha. También esto constituía un maravilloso pasatiempo, así como una magnífica forma de poner fin a rencillas internas. Lo único que necesitaban los contendientes era un trozo de tierra, normalmente un banco de arena perdido en el mar, y, cómo no, un público que de manera recíproca avivase los ánimos.

Para aquel fortuito día de travesía, oportunamente desviada para pasar por los bancales, habían planeados un puñado de entuertos que prometían, por el talento de sus combatientes, ser la mar de entretenidos. Sin embargo, el que era esperado con más ansias era el debut de un par de reclutas. Aquello prometía aclarar, temporalmente, cual de las facetas del gobierno era más poderosa: La Legión o el Cipher Pol.  Bajo los miembros más débiles de cada cadena de mando recaía aquella tremenda carga, que si bien no era más que un pequeño juego amistoso, suponía un fuerte empujón para la moral general.

Ocultos entre y a la vez separados de la multitud, algo solo posible para ellos, la unidad de verdaderos agentes del gobierno permanecía expectante al inicio de aquella poco prometedora pelea.

—Sigo diciendo que deberíamos haber mandado al robot este—dijo una amarga sombra comiendo patatas.
—Punto uno, no es un robot. Punto dos, no queremos ganar. Pun..
—¿Que no queremos ganar? ¡He apostado mi sueldo del mes!—se quejó un tercero poniendo en evidencia su intento de robo de una papita.
—¡Ey! ¡Cómprate las tuyas, gorrino!

A Matt le resultaban incomprensibles aquellas interacciones tan humanas, pero aquel zumbido de fondo era un costo que podía permitirse con tal de disponer de un buen lugar desde el que observar los combates. Aquello, y estaba seguro de ello, sería una útil experiencia didáctica, o al menos lo sería cuando pudiera analizar peleadores competentes. Decidió pues que hasta entonces enfocaría sus sentidos en aprender de las reacciones del público aquello que para otros era sumamente fácil; ser humano.

Sin embargo, abajo en la pequeña embarcación que acercaba a los contendientes al campo de batalla, había un maestro en aquel arte. Con una amplia y cándida sonrisa, el diablo jugueteaba con sus manos a la espera de que el largo hombre del remo cumpliese su función. Había intentado por todos los medios comunicarse con su futuro rival, pero este no parecía estar por la labor.  El semigigante que desequilibraba cómicamente la barca permanecía de cuclillas y cruzado de brazos con un semblante de pocos amigos. Sabía que si cruzaba miradas con aquel cornudo tendría que partirle la cara allí mismo.

Hacía tan solo una semana que habían sido designados para representar a sus facciones, y aquel breve tiempo había bastado para fraguar un poderoso odio gracias a los rumores que sus propios compañeros le hicieron llegar. Su enemigo era un verdadero monstruo, uno que se escondía tras un disfraz de impoluta cordialidad. Había escuchado barbaridades que hacían los soldados secretos del gobierno, pero lo que había hecho él, hasta para el fiel soldado, no tenía perdón. Cómo podía haber intercambiado la información sobre la posición de sus compañeros por una caja de donuts...


Al desembarcar sobre el bancal de arena los murmullos de la multitud se vieron salpicados de esporádicos y sinceros gritos de ánimo. Ninguno, claro está, a favor del cornudo. De hecho aquí y allá saltaba algún valiente que se atrevía a lanzar algún que otro insulto o mal pronóstico para el agente. Mas pese a recibir aquel descontento, aquellas verbales puñaladas de odio, Jojo no parecía en absoluto afectado. Siguió sonriendo tal y como hacía siempre, por muy oscuro que fuese el mundo.

—Sin armas, ni barbaridades que puedan afectar al público—carraspeó el lánguido barquero convirtiéndose en árbitro—. Recordad que estamos aquí para combates amistosos, no para lesionarnos. El gobierno necesita de todos sus soldados.

—Sí, señor.

Aquel familiar sonido que le trajo amargos recuerdos de su temporada en la escuela hizo bajar la vista por primera vez al semigigante. Los trazos sobre la pequeña pizarra mostraron también la conformidad del mudo. Frunciendo el ceño y volviendo la vista al frente, Jordan solo se extrañó un poco de la curiosa manera que tenía su adversario de comunicarse. "Cosas de Cp", pensó, juzgando aquello como alguna manía o medida de precaución para que su voz no quedase registrada.

—Si en algún momento queréis rendiros solo tenéis que decirlo—murmuró el cadavérico rumbo al centro del elongado pseudoislote—. Por lo demás todo está permitido. ¿Alguna duda?

El agente comenzó a escribir frenéticamente en su pizarra.
—¿Cuando termina el combate?
—Magnífica pregunta, soldado. Cuando uno de los dos se rinda o cuando yo considere que es suficiente. O si alguno de los dos cae inconsciente o no puede seguir luchando.

[¿Cómo hago para decir que me rindo?]. Expuso Jojo en tiza. Tras una mirada de soslayo, el árbitro clavó su remo en la arena y comenzó a caminar de vuelta al bote.
—Eso marca vuestras mitades. No comencéis hasta que de la señal desde el bote —gruñó dándose la vuelta sin dignarse a contestar la pregunta escrita.

Aunque la comisura de sus labios comenzó a torcerse en sentido contrario, el diablo no permitió que la situación le desanimase. Aquello, simplemente, solo significaba que no podía rendirse aunque quisiera, que tendría que dar todo de sí sin ponerse ningún tipo de excusa. ¡Una maravillosa oportunidad para demostrar mi valía!, reconoció en su fuego interno que apenas zozobró con la obvia desventaja en la que se encontraba con respecto al grandullón. Aunque grandullón era quedarse corto.

Lebron Jordan era un mamotreto de cuatro metros de alto y casi tres de ancho que apenas cabía en su uniforme añil. Abultado a partes iguales por grasa y músculo,el recién reclutado tenía un potencial físico casi tan deslumbrante como su calva. De mofletes de mollete y labios gruesos. muchas veces había sido confundido con un gyojin, mas su aversión al agua dejaba bien claro que no estaba mezclado con ellos. De andares torpes y patizambos, había siempre confiado en su fuerza y resistencia para zanjar todo entuerto. "Eventualmente todos se cansan", era su filosofía, pues nada le costaba dejarse golpear para preparar una torta bien dada con la mano abierta en el momento oportuno. Aquello solía bastar para derrotar a los tontos que se ponían demasiado chulos con él. Aquello, por supuesto, bastaría para ganar al papanatas que tenía enfrente.

Midiendo apenas dos metros y tan fino como un cordel, la comparativa de sus siluetas demostraba que Jojo sería un irrisorio adversario. No quedaba allí ningún parecido bíblico, solo la decepción de un resultado más que evidente. Todo apuntaba a que el combate  se acabaría pronto.


Al llegar al bote, el árbitro hizo sonar su silbato... pero ninguno se movió. Ambos estaban esperando a que su rival atacase. La paciencia del moreno, después de la del público, fue la primera en agotarse.

—¡Toma! —gruñó, dando un amplio manotazo con su brazo tan largo y ancho como un tronco.

Jojo cayó y el público vitoreó al semigigante. Pero el negro no se dio por satisfecho, no cuando no hubo notado la reconfortante sensación del golpe. Perdiendo los segundos justos para maldecirle adelantó la pierna con la intención de darle un pisotón. Jojo, ridículamente, hizo la croqueta, alejándose.

—¡Eh, vuelve aquí! —riñó furioso.

El mudo aún se estaba recuperando del golpe. No contra la gran mano, no, sino contra el inmenso planeta. Aunque había conseguido esquivar aquel ataque moldeándose a su trayectoria como una hoja de papel, el viento resultante del ataque le había hecho dar un traspiés en la arena que le había hecho darse de bruces al suelo. Solo al llegar a la seguridad de la firme arena húmeda se atrevió a levantarse para hacer frente de nuevo a su adversario.

Pero delante suya solo quedaba el mar.

Aquello constituía su tercer error.


—Voy a ir pidiendo limosna pa' lo que me queda del mes—exhaló el agente buscando entre su attrezo el disfraz de mendigo ciego.

—Nos va a dejar en mal lugar—añadió relamiendo el de la bolsa abierta.
—Está aprendiendo—reveló el de ojos de halcón.
—Debería haber aprendido en la academia. Para eso está.
—No.—El serio tono hizo que su comilón compañero no abriese la siguiente bolsa—. Lo que digo es que está aprendiendo.

Lo había mandado lejos. Había rebotado un par de veces contra la superficie del agua y se había quedado flotando. Alzando sus puños entrelazados hacia el cielo, Jordan aceptó los vítores y se regocijó de su victoria.  Lleno de orgullo y con un andar cantarino empezó su camino de vuelta al bote. No tardó mucho en darse cuenta de que el combate, realmente, no había llegado a su fin. Fueron muchos los que le advirtieron que se diera la vuelta, conocedores de primera mano de lo ruines que eran sus hermanos con traje. Para cuando los gritos de advertencia superaron las celebraciones ya era demasiado tarde.

Con un mal presentimiento Jordan se giró dando un barrido con su brazo, mas allí no había nadie. No, Jojo estaba estirándose a más de diez metros de distancia, su chaqueta y sus zapatos tirados en la arena. En su rostro no había rastro alguno de la cándida sonrisa que siempre portaba, sino una recia decisión. El calentamiento había terminado.

—¿Ya ha terminado tu baño?—se mofó el gigante, reculando con toda su torpeza para volver a darle la cara—. Menos mal....

No obtuvo respuesta; no podía haberla... Aquella era su maldición. Pero las palabras no era la única forma que tenía Jojo de transmitir su mensaje. Sus actos hablarían por él. Siempre lo habían hecho. Tomando la postura básica de kickboxing con una parsimoniosa calma, Jojo le sostuvo la mirada a su rival. El brillo de sus ojos se distinguía muy bien de la salada humedad que aún le empapaba. Mas lejos de tomar aquello como lo que era, el gigantón solo encontró allí algo de lo que reírse. Si el muy idiota quería volver a volar, con mucho gusto Jordan le daría otro empujoncito.


Decidiéndose a golpear con el  brazo contrario con el que le había golpeado con anterioridad, el moreno pretendía que esta vez la posibilidad de caer al mar fuera menor; aunque sabía que con su descomunal fuerza el resultado sería practicamente el mismo. Confiado por la cercanía y torpeza de aquel individuo, la ancha y  ansiosa sonrisa de secreto sadismo brilló aún más allá del momento. Luego llegó la confusión.

Su mano no había golpeado nada. Jojo había reducido aún más la distancia entre ellos,  prácticamente pegándose a él, recibiéndolo  a la altura del codo que quedaba ahora doblado., un movimiento ilógico que le dejaba a la merced de cerrar su brazo, aplastándole bajo su fuerza y peso.

El rostro de dos de los verdaderos agentes se descompuso en una mirada de agrio escalofrío; el otro simplemente quedó mirándolos sin entender lo que desde allí no podían realmente ver. Dedujo, pues aquello era lo único que podía deducir, que pronto perdería su única posibilidad de recuperar su dinero.

—Joder...—replicaron los tres al unísono.

Luego llegó el grito de dolor. Una cacofonía de llantos y chillidos de espantos al contemplar la herida y sus espantosas consecuencias. El perpetrador justo se había escabullido, aprovechando la porción de brazo lánguido y muerto, retomando la posición y la distancia para enfrentar a un enemigo que había perdido todo su honor de soldado.

Aunque claro, si a uno le dislocan el codo  y le hacen un agujero en el mismo que sangra más de lo que nada suyo había sangrado en su vida, tampoco podía culpársele de tener aquella reacción. A quién sí podía culpársele de continuar con su silencio era al árbitro que, aún expectante, parecía que no consideraba aquello una lesión grave, tal y como no había considerado el brutal golpe que había hecho volar al mudo. Estaba allí, en su barquita, jugueteando con el remo entre sus manos como si en su vida no quedara preocupación alguna.

¿Acaso no era su deber acabar con todo aquello? Aquella cuestión que ya había pasado por la mente de Jojo mientras flotaba y que ahora volvía de nuevo a ocupar su cráneo ,una vez hubo puesta su teoría a prueba, -aunque no de la forma que lo había planeado inicialmente- le distrajo.

Aquello constituyó su cuarto y último error.

Jordan convirtió su pánico en rabia y cargó contra su agresor no con la intención de derrotarlo, sino de matarlo. Una justa venganza por el que tan recientemente se había convertido desde siempre en su brazo preferido.  Placando con toda su abismal masa dispuesta a aplastar a aquel insecto, el soldado se convirtió en un muro de carne que el mudo ya no tenía tiempo de sortear.  Y no lo hizo.

Saltando hacia delante y pateando con ambas piernas el esternón de su enemigo, Jojo tomó el impulso suficiente para alejarse antes de que el semigigante sucumbiera ante el ímpetu de su ira y la traicionera arena. De hecho aquello fue suficiente incluso como para sortear el ansioso brazo que no tardó en extenderse queriendo alcanzar a su presa.  La caída del mórbido peso pesado de Jordan retumbó por encima de los gritos del decepcionado público.

El semigigante se quedó allí, tumbado sobre la arena, escuchando el tamborileo de su sangre tanto en sus oídos como en su brazo. Un compás acelerado salpicado por los abucheos, insultos, risas y amenazas de los que recientemente se habían convertido en sus compañeros. Ahora no inspiraba miedo, ni camaradería, ni fuerza. Todo por culpa de ese estúpido hombre cabra que no tenía derecho alguno a pertenecer al gobierno.

Jojo no cometería el mismo error que antes. De cuclillas, tras haberse deslizado por la arena para frenar su impulso, quedó atento a su enemigo mientras volvía lenta y prudentemente a recuperar su posición. Vio su puño cerrarse sobre la arena, atravesando la superficie sin esfuerzo dejando tras de sí la estela de sus rechonchos dedos. Le vio alzarse apoyándose sobre el puño, sacudiendo la arena de su cara para desvelar un serio gesto de resolución. Le vio apoyar su rodilla contra el suelo y erguirse, todo lo alto que era, con su brazo herido colgando, apelmazada su manga entera de sangre y arena. Le vio alzar su gargantuesco puño con odio hacia el cielo.

Aunque el silbato resonó en todo el islote, muy por encima de los gritos, la decisión ya había sido tomada.  Nada podía detener la voluntad de matarle impregnada en su brazo, ni la falta de sangre ni el rokushiki de su enemigo. El despertar de una voluntad era un momento magnífico, uno que valía la pena el mantener todo aquel teatro de los combates.

           
      *********************



Tras el evento de desastrosas palizas toda la Legión se apresuró a ponerse las pilas. Tenían que ser más rápidos, más fuertes, más duros y mejores. Todo por el acérrimo odio de demostrarle a esos trajeados que, pese a los resultados, no iban a darse por vencidos. La próxima vez les ganarían, de corrido, y no solo eso, sino que les humillarían.

En las instalaciones reservadas para los agentes, Jojo siguió entrenando. Con las costillas rotas aún soldándose, sin embargo, tuvo que rebajar la intensidad de sus entrenamientos, lo que le obligó a cambiar de estrategia. Aunque no tenía la costumbre de entrenar solo, por razones de seguridad, sí que solía hacerlo en solitario. Mas tras aquel aciago día se había convertido, sin quererlo y a la fuerza, en el amuleto de suerte de su cargante superior.

Abanicándose con el fajo de billetes -como había cogido la costumbre desde hace unas semanas-  el agente de finos y grises labios de rata contempló con cansancio las distintos y cortos movimientos que realizaba Jojo. Siempre apuntaba las repeticiones que hacía al fallo, para la quiniela, aunque lo cierto es que tal suerte le estaba dando aquel muchacho que prácticamente apuntaba todo lo que iba haciendo.

—Y treinta y siete. ¡Vamos, cabrito, que aún quedan seis números que rellenar!

Tras soltar las pesas con cuidado en el suelo, el mudo evaluó sus músculos primero con sus manos y luego cuidadosamente frente al espejo.

—Qué tirria me dais los musculitos, todo el día mirándoos...—escupió con desprecio el CP maestro del disfraz—. Hay cosas muchísimo más importantes que el físico.

El mudo se limitó a sacarse la libretita del bolsillo del pantalón corto y escribir. Mas no le mostró nada a su compañero, que estaba esperando por una respuesta, lo que desde luego le hizo enfadar.

—Si vas a escribir algo en tu libretitilla sobre mí lo menos que podrías hacer es decírmelo a la cara.—Jojo le miró con sarcasmo—. Bueno, enseñármelo.

—"No"—gesticuló marcadamente el mudo sin emitir sonido, levantándose para ir a comer.


—A ver si lo adivino, tus rodajitas de piña antes de ducharte, descansar pintando o algo y luego comer... Eres tan predecible.

Pero aquel día, dos semanas después del evento,  tenía su reunión. Una a la que el cara-rata no podía ni debía asistir. Tras casi un año volvería a ver a su tío Lucy, cuyos cuervos y buitres ya le habrían informado de todo lo que había pasado. Lo que se había visto y lo que no.

Porque incluso aunque la realidad que se les había presentado era la de un prometedor y talentoso muchacho en sus filas, pocos habían sido conscientes de los sacrificios diarios que había tenido que hacer. Y donde todos habían visto simplemente la flexión de unos músculos, la ejecución de los movimientos, pocos supieron apreciar la preparación, la constancia y la crítica a la que tuvo que someterse el mudo.

—Estoy orgulloso de ti, Jojo.

Aquello era lo unico que quería oírle decir.

"Nadie le niega a un jardinero disfrutar de contemplar sus flores, ni a un pintor de su obra, pero muchos son los que critican al que contempla la silueta que ha esculpido con su propio esfuerzo a base de cuidadas dietas, estudiados ejercicios y voluntad pura".

Tras haber terminado de escribir el párrafo inspirado por el agrio comentario del agente, Jojo miró alrededor. La sala de interrogatorios era, sin duda alguna, un lugar extraño para su reunión. Inapropiado incluso. Cuando el miembro de la unidad de ojos de halcón entró por la puerta acompañado por una frágil mujer rubia y no por su tío, el muchacho sintió una punzada de terror.

—Siéntate—mandó el agente al mando, y Jojo acató habiéndose dado cuenta de que se había levantado—. Luego veras a tu tío, pero primero tenemos que hacerte algunas preguntas. Esta es la señorita Mayo, y hará de intérprete.
—Es Nessa, señor.
—Mayo,Nesa; qué más da eso mientras haga su trabajo.Primera pregunta: ¿Es usted humano, Agente Hush?
Jojo asintió, y tras aquello se hizo un largo silencio.
—¿Y bien? Haga su trabajo, señorita.
—Eh... Ha dicho que sí, Falcon.

Entonces la golpeó. Le propinó una colleja tan fuerte que hizo que su frente impactara contra la mesa y gimiera de dolor. La chica levantó poco a poco la cabeza,  mientras un hilillo de sangre le recorría el rostro.
—Siento haber tardado, señor.
—Sentirlo no significa nada. Ahora, siguiente pregunta: ¿Quién te enseñó el Rokushiki?

Lo que había sido primero terror para luego ser rebajado a miedo se convirtió en una seria quietud marcada por la sospecha.
—El gobierno.—tradució la muchacha con premura.
—¿Quién del gobierno? ¿Tu tío?
—No... La... institución. En la academia y viendo como otros lo entrenaban.
—Ya, ya... claro—desdeñó Falcon—. ¿Por qué fuiste por una herida de "gravedad" en tu combate?

Jojo desvió la mirada levemente. ¿Por vergüenza? En parte. Gesticuló.
—Dice que... no vio otro modo. Quería ir a patear el... hígado de su enemigo, pero atacó con el otro brazo.
—Siempre hay otro modo—declaró impasible—. Aquello fue premeditado; estudiado incluso. Casi seccionas el tendón de Jordan al completo. Tendrá suerte si puede volver a estirar el brazo.

El mudo apretó las manos antes de volver a "hablar".
—¡No me vengas con que no detuvieron el combate! —rugió Falcon, golpeando la mesa con ambas palmas.
Sobresaltados, los de bajo rango bajaron la mirada.

—¡¿Quién te ha estado enseñando el Rokushiki, agente Hush?!—chilló agudo cual rapaz, irguiéndose— ¿¡Quién te reveló el verdadero propósito de los combates?!

El muchacho extendió un dedo hacia la libreta que habia dejado sobre la mesa. Una garra curva, tan afilada como tensa, pareja a la sombría expresión de su rostro.
—¡Oh, ¿quieres escribir?! ¡Entonces supongo que no necesitamos más a esta!

Y dicho aquello le dió un revés a Nessa con todas sus ganas, siendo tal el golpe que no solo la arrojó de la silla, sino que la hizo chocar contra la pared. Al volver la mirada que su sadismo le habia obligado a torcer hacia su presa, Falcon encontró en Jojo la respuesta que había estado buscando. Su mano negra, cargada de voluntad, arañaba la superficie de la mesa. Pero no lo hacía con rabia, ira, odio ni ninguna emoción propia del despertar. En el rostro del mudo solo había una pequeña sonrisa, entre divertida, soez y orgullosa. El sonido de su uña reforzada arañando la mesa de metal en conjunto con su antinatural expresión hizo que el agente se sintiera... en peligro. Había venido buscando que aquel prometedor pupilo despertara su haki de la armadura, tal como se esperaba con los combates, sin embargo parecía haber encontrado algo mucho más allá.

"ꓤOꓕϽ∀ ⅂∀ꟽ"

La luz detrás del falso espejo se encendió revelando a la pareja de agentes. Lucy, el tío de Jojo, el demonio de la agencia, no podía aguantarse de pié. Carcajada tras carcajada daba espasmódicos saltitos aguantándose las tripas mientras un feliz llanto le bajaba por el rostro al contemplar el agriado y arrugado rostro del que fue el árbitro.

—Creo que ya es suficiente—dijo el enjuto cadáver, permanentemente interrumpido por la risa de su amigo—. ¡Ya vale Lucifer!
—Ay dios, que me muero... La cara que se te ha quedado
—¡Siempre tengo la misma cara!


Media hora tras aquello todo eran sonrisas y celebraciones. Un pequeño cátering de canapés y vinos traídos de los confines del gobierno había sido servido para alegrar la jornada a los agentes que, tras un duro trabajo, habían conseguido sus objetivos. Allí no había lugar para más pruebas, salvo, claro está, quien tenía la capacidad de aguantar el bebercio o quién era capaz de contar el chiste más malo. Un breve remanso en las ajetreadas vidas de los que habían sacrificado sus realidades en pos de servir al gobierno, aunque quienes verdaderamente representaban aquel precepto podían contarse con los dedos de una mano.

Finalmente, tras las orgullosas presentaciones al resto de miembros y equipos, finalmente Jojo pudo quedarse a solas con su tío. Harto de que le llevara de aquí para allá, el mudo puso una mano en el hombro del gran diablo y señaló la puerta de la sala de reuniones.

—Vamos, Jojo, ¿ya te quieres ir?. Se que es difícil, pero debes aprender a ser más sociable, forjar buenas relacciones también es parte de tu trabajo...—comentó, brevemente distraído por el pasar de una bandeja de la que robó un tentempié.—. Uuuh, tienes que probar esto.

El muchacho giró la mano sobre su muñeca para darle a entender que ya luego tendrían tiempo. En aquel instante queria hablar con él, antes de que desapareciese -como tenía la mala costumbre de hacer- al llamarle alguien de la institución para requerirle de usar sus habilidades en otra parte del mundo. Tras la insistencia, y más que nada por su serio rostro, Jojo consiguió sacar a su tío para hablar en privado.

"¿Como están?"

Ahí estaba. Había llegado el momento. La pregunta que su querido tío, aquel que le había conseguido traer a un mundo que mantenía en secreto al resto de la familia, había querido evitar desde el primer momento. Podía mentirle, podría hacerlo muy fácilmente, pero se había prometido a sí mismo hacía muchos años que jamás iba a hacerlo... No, no a Jojo, no al único de toda su familia al que podía contarle la verdad.

—Están bien—reveló dejándose caer brevemente sobre la pared del pasillo—. Tú sabes, como siempre. Las cosas de la familia.
Jojo volvió a intervenir.

—Claro. No se esperaron que fuera yo quien lo llevara,  eso sí—añadió algo melancólico. El muchacho le interrumpió con gestos—. No, no, sin problemas. El dinero les vendrá muy bien. Pedro no estaba, pero Matilda había venido de visita con los niños y casi se enfadó conmigo... Es demasiado buena chica para él, la verdad. Mateo y Santiago están intentando hacer que tu padre se jubile, pero a ese hombre no hay quien lo aleje del mar, ya sabes. A Simón le va bien en el bar, dice que este verano será su año y se echará por fin novia; una que le dure. Tomás hace su vida cantando y tocando en bares, pero ya sabes que la cosa esta chunga. Está feliz y va trayendo algo de dinero a casa de los trabajillos, pero ya sabes, es joven. Y María... Bueno, está en esa edad. Dice que quiere irse de casa, y trajo un novio que no les gustó nada a tus padres, lo que, bueno, no es difícil.

El muchacho, que aunque era hombre seguía siendo muchacho, sonrió con añoranza.

—No me pareció correcto decirles lo de la casa en ese plan. A la próxima vez que vayas ya se lo dices tú, entretanto no me importa que coja algo de polvo. Si hubiera dicho algo aquello se hubiera convertido en una rencilla, María queriéndose ir, tu madre echándome la bronca por darle una salida a una niña inmadura... Iba a decirle algo a Tomás para que la cogiese él, pero al final me callé la boca.

Jojo le puso una mano en el hombro a su tío dándole su más sinera aprobación. Había hecho bien. Además, pese a que era su casa prefería encargarse él de aquel asunto por si, como seguro pasaría, aquello le ganaba algún problema con la familia. Tras unas cuantas preguntas cuanto menos banales sobre el barrio y algún que otro vecino, finalmente se dio por satisfecho y volvió a la fiesta para intentar cumplir su misión de interacción social como buen agente.

Lucy dejó que se adelantara, observándolo desde la distancia cómo intentaba desenvolverse por sí mismo. El orgullo que sentía por el muchacho al que nadie había querido se entremezclaba con la pena y la rabia. Solo los pequeños habían preguntado por él. Ellos dos y Matilda. Del resto ni uno. En el momento que Dalila supo que el dinero iba para la boda, tuvo muy claro que ese mes no podría enviarles nada. Pero su prima tuvo la indecencia de dejar caer si él, su último familiar al que prácticamente había echado de su vida con su silencio, les ayudaría con algo aquel mes.

¿Y para qué? Hija de la gran puta. ¿Para gastártelo sin decirle nada a tus hijos? ¿Para que el cabrón de tu marido se vaya por ahí a beber? ¿Para usarlo sin saber gestionarlo ni invertirlo mientras a tus hijos no les queda otra que trabajar en lo que pueden? Jojo había tenido la fortuna de salir de allí, y aún así volvía para ayudar a la que siquiera podía considerarse su familia. ¿Cómo alguien como él podía haber salido de allí? Una persona que sacrificaba su bienestar por el de otros, que se esforzaba de verdad para hacer el mundo un lugar mejor.

La copa se quebró en su mano.

—Aish...—suspiró, dejándola sobre un plato vacío, donde terminó de desmoronarse.

Al ver aquello no pudo evitar preguntarse cuanto tardaría él en hacer lo mismo.

Sin la presencia de su tío, eventualmente Jojo quedó aislado del resto de agentes. Los altos rangos conversaban entre ellos, otros bebían, otros simplemente se interrumpían y no tenían paciencia ni ganas de tener que centrar su atención en aquel pobre mimo que tan solo asentía y de vez en cuando hacía un intento por aportar algo que verdaderas voces se encargaban de silenciar con rapidez. Al cabo de un largo rato, Jojo decidió simplemente quedarse sentado, contemplando con interés como otros forjaban sus relaciones.

Soñó despierto cómo debía ser el ser uno de ellos. Inventó historias, motivaciones, trasfondos y ocultas intenciones tras los gestos de los actores de aquel pequeño baile de máscaras en el que había convertido su pequeño mundo. Un teatro en su mente en el que a veces era narrador, otras público, y otras un verdadero protagonista. Contestaciones a conversaciones ya pasadas, con una voz inexistente, que marcaban redobles en los diálogos con más certeza y salero que los del más admirado cómico. Perdido en aquella actuación, externo a ella en todos y cada uno de los sentidos, fue capaz de ver lo que ocurría entre bambalinas.

Entró en escena.

Mesa de altos mandos. Falcon, Nessa y un par de agentes más están comentando lo prometedora que es la muchacha para la organización. Nessa parece distraída, avergonzada incluso, pero se mantiene en su sitio. Jojo entra desde la derecha. No podemos ver lo que sucede bajo la mesa.

[Jojo, en lenguaje de señas, a Falcon] —Creo que es suficiente.
[Agente 1. Mujer en cuarentena, con mofa] —¿Qué pasa,chico, se ha caído Timmy al pozo?
[Agente 2. Hombre, calvo, treinta y tantos] —No seas cruel con el chico. Parece urgente.
[Agente Falcon, hablado] —Nada importante, tranquilos. Seguro que puede encargarse otro.
[Agente Falcon, en señas] —Métete en lo tuyo.

Aprovechando el momento, Nessa se levanta colocándose el vestido.
[Nessa] —Yo me encargo, señor.
[Falcon] —No, quédate, que ya lo haga otro.
[Agente 1, con una sonrisa] — Vamos, Falcon, ¿si no para qué tenemos a estos becarios? Además tenemos cosas importantes de las que hablar...
[Falcon, reticente] —Supongo... Id pues.

Ambos salen de la escena.

---

Aquella ingrata experiencia no le fue desconocida a Jojo. No era la primera vez que al intentar ayudar, o incluso tras hacerlo, se lo echasen en cara. Las frases, o más bien las razones, solían repetirse de cuando en cuando: ¿Quién le había mandado ayudar? ¿Quién se creía por intentar ayudar? ¿Es que acaso no creía que podía haberlo hecho yo solo? ¡Si hubiera necesitado ayuda la hubiera pedido! ¡Imbécil! ¡Estúpido!

Una sonrisa y un lo siento. Esa había sido siempre su respuesta. Durante toda su vida. Un amable felpudo donde todos se limpiaban sus pies llenos de barro y mierda hasta que se quedaban bien a gusto. Un pozo sin fondo donde todos arrojaban la basura sin preocuparse de qué pasaría después. Y aquel lejano después, en ese preciso instante, se convirtió en el ahora.

Jojo podía notar el calor de su aliento. La tenía contra la pared, rehuyendo la desafiante y violenta cercanía de su cuerpo. Su mirada era un brillo de desafío, pena y aceptación. Se perdió allí, en un momento que no existió, arrepintiéndose de un momento que no debía existir, y luego retrocedió con un suspiro.

"Tú...No te ayudabas a ti misma"
—Yo sé lo que me hago, Agente Hush—declaró,su rostro sombrío.

"Eso es lo que dice todo el mundo".

Y con aquel último gesto que le agrió hasta el rostro se dispuso a marcharse.

—Gracias.

El mudo solo exhaló una ráfaga por la nariz.


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Última edición por Hush el Lun 13 Jun 2022 - 23:37, editado 1 vez
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A quien algo quiere, algo le cuesta. [Jojo 1] [remodelasiones, peticiones] Empty Re: A quien algo quiere, algo le cuesta. [Jojo 1] [remodelasiones, peticiones] {Lun 13 Jun 2022 - 23:54}

Buenas, disculpa la tardanza debida a un tonto error por mi parte. Bueno, supongo que no querrás que me extienda con presentaciones pomposas, así que vamos al lío.

La trama fluye bien, desde el torneo amistoso al principio, usando en entrenamiento como transición para el interrogatorio en el que se encuentra con su tío y, por último el final. No hay contradicciones ni saltos ilógicos visibles.

En cuanto a las faltas de ortografía, de vez en cuando te has saltado alguna mayúscula tras un punto, es uno de tus errores más frecuentes junto con los signos de puntuación. Pero por lo demás nada que merezca la pena mencionar.

En cuanto a las peticiones, tengo que decirte que primero tienes que sacarte las mejoras especiales antes de pedir las genuinas, es decir, que estas últimas tengo que denegarlas. Por lo tanto te llevas las mejoras especiales de Fuerza, Fortaleza, Velocidad y Agilidad, gastando un total de 80 doblones. Por otro lado ganas 63 Doblones y 635 Px.
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