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[Diario Jojo]  Ambición [Listo para corregir I] Empty [Diario Jojo] Ambición [Listo para corregir I] {Miér 12 Oct 2022 - 17:14}

Jojo vomitó. Cualquiera de los allí presentes podría haber achacado aquello a la paliza que se daba día a día, o a la que le habían dado, a su estricta dieta, al desagradable olor de los criminales o a la tensión propia de ver tu vida puesta en peligro de manera constante. Pero Jojo sabia la verdad. Le repugnaba en lo que se había convertido.


Escena I  Presentación

Jojo casi nunca ganaba los combates de entrenamiento. La mayoría de las veces, de hecho, siquiera hería a sus compañeros. Aquello le había vuelto el adversario perfecto para sus rivales, y el objetivo para los más cobardes -y, o sádicos- que sabían que podían darlo todo de sí sin temor a una represalia. El mudo prefería este particular desdén a otros, y los rumores asociados de lo inútil que era apena le hacían mella comparado con otros que había tenido la desgracia de oír y la intención de desmentir.

Iba por la mitad de su copioso pero repetitivo almuerzo dietético, al que pocos agentes se apuntaban y ninguno disfrutaba, cuando el impulsivo muchacho se plantó delante suya señalándole con dramatismo. No debía tener más de veinte años. Era de cuerpo nervudo y entrenado y rostro apasionado, parecía uno de esos devotos a la lucha de pelo corto y bandana que, en un universo paralelo, hubiera acabado fácilmente como pirata o mercenario. De hecho, parecía uno de tantos muchachos que, más que probablemente, intentaban tangar al gobierno para hacerse con las técnicas secretas del cuerpo antes de empezar sus verdaderas y desvergonzadas aventuras por el mundo.

El chico empezó a gritar a los cuatro vientos en medio del comedor cómo él, un simple novato, pretendía ir venciendo a los diferentes agentes de mayor rango para forjarse allí un nombre, y que como escalafón más bajo entre los más expertos iniciados, él había tenido la bondad de escogerle, debiéndose considerado afortunado de convertirse en el primer escalón a subir en su grandiosa escalera hacia el éxito y la fama.


El mudo siguió comiendo, prácticamente ignorando la fanfarria que proclamaba el jovenzuelo pelopincho autodeterminado como “Kai el superguerrero”. Simplemente se le quedó mirando como quien miraba una pared pintada secarse, masticando mientras atendía a los muchos asuntos de su propio fuero interno a la vez que contemplaba la obra de teatro que empezaba a formarse a su alrededor. El chico, o eso le pareció a Jojo, era bastante popular dentro de su promoción, tal como denostaban los personajes secundarios que le rodeaban para ensalzar la composición de su figura en el mural vivo.

—¡Vamos, combatamos! —exigió bajando su dedo que apuntaba hacia los cielos hasta su rival.

Con tranquilidad Jojo se limpió los labios apenas manchados con la servilleta, dejó los palillos a un lado y echó un vistazo a la agenda que reposaba al lado de su bandeja. Pasando los dedos por las hojas hasta llegar al horario, puso una pausa al rebosante entusiasmo de Kai, que quedó casi paralizado a la espera de una respuesta acorde a la suya. Al encontrar un hueco lo golpeó con el dedo y lo enseñó a la marabunta.

—¡A las siete! ¡Allí nos vemos! ¡Será grandioso! —chilló, alzando su puño al cielo y poniendo el pie sobre la mesa. Su muñeca fue agarrada reclamando que mirase bien, sin dejarse llevar—. ¿¡Qué?! ¿¡Cómo que del jueves que viene?!


Aquello le rompía todos los planes.


Escena 2 Ojos que no ven...

Aunque dentro de su promoción Johans no destacaba en absoluto, lo que le había deprimido bastante después de pasar los exámenes de acceso, había tenido la buena fortuna de poder conocer a Kai. Como otros muchos le admiraba, y, curiosamente, no le envidiaba en absoluto. Simplemente se contentaba con estar a su sombra, observando la radiante luz que manaba y le empujaba día a día a intentar ser más fuerte.

Claro que no todos podían ser superguerreros, y aunque eso lo tenía bastante claro, toda figura de importancia era merecedora de un escudero y escriba. Por ello, así como para no importunar a su popular compañero que intentaba ahogar su despecho y frustración con los lujos de la paga de un CP y los dormitorios mixtos, decidió que debía espiar al mudo que sería su contendiente.

Prácticamente Jojo se pasaba todos los días entrenando, durmiendo, comiendo y leyendo, a veces realizando múltiples tareas al mismo tiempo. De hecho, cada vez que se salía de aquella agobiante rutina con alguna ayuda en la enfermería, la limpieza, o simplemente en las cocinas, seguía pareciéndole que las tareas las realizaba de una manera arto particular. Aquello también ocurría con los combates que realizaba, pero lo cierto era que Johans no podía concretar qué era lo que no terminaba de encajar.

Al principio pensó que podría haber sido que no realizaba ningún sonido, o más bien ninguna palabra o bufido, propios de cualquier hablante; pero pronto desechó aquella. Tampoco parecía especialmente concentrado, pues, aunque estuviese en sus asuntos siempre parecía tener tiempo para acercarse a otros agentes para explicarles, o más bien enseñarles, qué estaban haciendo mal o qué podían hacer mejor.

En una de aquellas tortuosas tardes hasta el jueves en la que su vigilancia se había convertido en obsesión por aquel secreto ignoto, a Johan se le planteó una terrible oportunidad que no dudó en tomar.

—Yo podría suplirle—se ofreció, sin darse cuenta, apareciendo de entre las sombras de las gradas.


Porque si uno de los agentes había decidido de última hora reservar sus fuerzas para salir de misión mañana, el amable diablo no parecía dispuesto a obligarle cumplir su contrato.

—¡Ea, pues listo! Adiós —selló el agente, librado de aquello, saliendo escopetado de allí.

La amable sonrisa del demonio pareció desaparecer por un momento, y aquello, como las prisas del fortachón de amplias patillas, le pareció de lo más inusual al iniciado. Aunque se había acostumbrado a vigilarle desde lejos, la atmósfera que le trasmitía la escena ahora que formaba parte del elenco era muy diferente. Había una seriedad asfixiante, una certeza de profesionalidad y peligro enmascaradas por aquella tonta sonrisa. Intentó zafarse de aquella sensación, estirando tal y como había comenzado a hacerlo el mudo. Deseó que todo aquello fueran tan solo locas imaginaciones suyas. Y así fueron.

El combate empezó tras la ridícula comprobación con ambos pulgares levantados de que ambos estaban listos. Luego se desarrolló como tantos otros que había contemplado desde fuera, en los que el supuestamente más experto agente se limitaba inicialmente a responder a los movimientos de su adversario con una torpeza casi temeraria, recibiendo casi todos los golpes de una manera que hubiera resultado preocupante de no ser por las cómicas reacciones más propias de un muñeco vapuleado. Por un momento Johan se sintió desinhibido, despreocupado incluso, gozando de lo que parecía un regalo de entrenamiento eventualmente salpicado de alguna que otra respuesta por parte de su rival que esquivaba al límite, o que no parecían tener consecuencia -llegando apenas como caricias o algún que otro molesto golpe de dedo- y que mantenían su atención y divertimento.

Era un divertido juego.

Al cabo de un rato, sin embargo, algo comenzó a olerle a chamusquina. El secreto que ocultaba Jojo estaba delante justo de sus narices, y aunque el velo de todo aquello hacía de espesa bruma, de vez en cuando podía ver la silueta de un concepto que no era capaz de definir del todo. Por un momento a Johans le dio la sensación de que su enemigo no estaba viéndole, aunque le mirara. Aquello, pensó separándose tras aquel mal presentimiento, era completamente absurdo.

—¿Estás bien? —preguntó, la voz entrecortada por el esfuerzo.

La sensación se desvaneció. Le pareció como que los ojos de su adversario recuperaron un cierto brillo que había perdido en algún momento mucho antes de su pregunta. Moviendo los hombros para comprobar sus articulaciones y reposicionando sus pies, Jojo asintió. Y Johan no perdió un momento. No se sintió particularmente orgulloso de la decisión de aquella trampa no premeditada, pero si quería ver de qué era capaz su adversario para reportárselo a Kai, debía saber la verdad que se le escondía. Esta vez el puño impactó directo en su barbilla.

Pero no le dolió.

Escena 3. Enfermería

No hacía falta saber lengua de signos para saber que a Jojo le estaban echando la bronca del siglo. De vez en cuando Doña Marmite se le escapaba alguna palabra como "idiota" y "zopenco", y la verdad es que, aunque Johans había intentado involucrarse al principio de discusión para decir que no era para tanto, que perder el conocimiento era un riesgo de lo más asumible en un combate, no le había quedado otra que callarse. Le había estado haciendo mil pruebas que consideraba cuanto menos estúpidas, y le había mandado a descansar en observación en la camilla en la que se había visto obligado a desvestirse y llevar únicamente aquel ridículo y liviano pijama de un azul antiséptico.

—Como sigas así, algún día vas a matar a alguien—le reprochó.

Entonces le contestó algo, algo que hizo que la rechoncha doctora apretase los labios y alzara un dedo en busca de discusión.

Pero alguien entró corriendo por la puerta, casi arrancándola.

—¿¡Johaaan!?

¡Su amigo había venido a verle! ¡Preocupado por él había ido corriendo, dejando a las muchachas atrás sin preocuparle en lo más absoluto ir solo con unos pantalones viejos! ¡Qué afortunado era de que valorase tanto, tantísimo, su amistad! Y no tardó apenas un segundo en llegar hasta su camilla y comenzar a zarandearle, exigiéndole a gritos saber por qué se había puesto a pelear. ¡Ah, qué buen amigo! Pero estaba comenzando a pasarse con la fuerza de su agarre. Le hacía daño...
—Kai me...

Pero no pudo decir nada más. No cuando lo tenía tan de cerca con los dientes apretados con tanta o más fuerza con la que le agarraba sus brazos. Con esos ojos de loco.
—¡Ese combate era mío!


Era la primera vez que Johans veía a Kai de esa manera. No parecía él. Se había convertido en una especie de monstruo. Simplemente se congeló, presa de un pánico frío y afilado. Tenía la certeza de que iba a morir, y sin embargo todo le parecía tan irreal... Debía ser una pesadilla. Esa era la única explicación.

Al momento la mujerona se acercó para poner las cosas claras, y poniendo grito al cielo exigió orden en aquel rincón donde ella era la ley. Pero esquivando la mujerona como si se tratase de una piedra en el camino, Kai se envalentonó encarando a Jojo.
—¡Tú! ¡¿Cómo te atreves a pelear antes con este que conmigo?! ¡Ah, iba a ser bueno contigo, pero eso se acabó! ¡Voy a estar muy pendiente de ti, y cuando tengas un momento libre en esa apretada agenda tuya vamos a pelear! —La rabia que le inundaba le hizo apenas consciente de sus palabras, pero incluso a través de aquella bruma roja pudo ver... que no le veía—. ¿¡Te estás enterando?!

Fue a agarrarle el brazo, dispuesto a zarandearle, pero su mano se deslizó sobre el chándal cuando el mudo dio apenas medio paso atrás. Apenas quiso revolverse para pegarle, más que para volver a agarrarle, un par de dedos duros como pinzas de hierro le tiraron de la oreja.

—¡Maldito novato! ¡Cómo te atreves a comportarte así en MÍ CLÍNICA!

Escena 4. Todo acto tiene su consecuencia.

A causa de su temporal pérdida del juicio, Kai fue destinado a limpiar las letrinas durante toda la semana; un trabajo que hizo mal y a desgana, quejándose todo el tiempo de lo por debajo que estaba de sus habilidades y que todo aquello simplemente había sido una trampa por parte de un mudo cabrón.  A Jojo también se le aplicó un castigo, obligándosele a realizar los trabajos no pagados y poco gratificantes que ya en su amplia mayoría realizaba. Johan, desgraciadamente, fue el que cayó más en desgracia de todos.

Se había quedado solo.

Ninguno de sus antiguos compañeros quería tener nada que ver con él. Había perdido al que había considerado su mejor amigo, su aspiración y su mesías. Y allí, solo en un mundo donde la competición era tan brutal como en una cárcel, sabía que no duraría mucho. No sería la primera vez que algún agente perecía en una misión como una baja casual que no era, para nada, casual. ¿Cuándo les adjudicarían la suya? ¿Con quién le pondrían?

Cruzó por su cabeza alguna que otra vez el volverse a acercar al paria que era Jojo, pues con el séquito de Kai no tardó en volver a encarrilar los rumores en su contra con mucha más crueldad, pero algo en él, algo irracional y sincero, se lo impedía. De no haber sido por Jojo, pensaba con amarga crueldad, no estaría en su terrible situación.

Pero, aunque evadirle era fácil habiendo conocido sus hábitos durante las últimas semanas, algo en él le empujaba a no alejarse demasiado. Una imperiosa curiosidad. Aún no sabía aquel extraño secreto que Jojo guardaba bien a la vista... y aquello era una sensación tan molesta como un picor que no llegaba a rascarse.

Sin ser del todo clara la razón, en medio de una de tantas cenas del último turno, Johan simplemente se le acercó. Se sentó frente suya, de sopetón, sin preocuparle el sonoro golpe de su bandeja contra la mesa. No pudo evitar arrugar la nariz con cierto desagrado al ver la pasta proteica de un color gris ratón en el plato del agente. Comparado con su filetón con salsa de ajo era, si cabía, más desagradable aún.

—¿Qué escondes, Jojo? —exigió saber—. ¿Y por qué no te han llamado ya para una misión?

El mudo masticó pese a que, realmente, aquel puré que deseaba que fuera insípido no lo necesitaba. El cornudo desvió su mirada del plato y vio a través de él. Entonces le miró y sonrió.

Escena 5. Objetivo Cumplido.

Era tiempo de celebración. Era, por fin, el momento de mirar atrás y ver todo lo que había avanzado gracias a sus sacrificios, a su esfuerzo, y a su suerte. Por primera vez alguien se había dado cuenta de todo aquello, y ello le había permitido darse él mismo cuenta de todo lo que había pasado. En el almuerzo siguiente, tendría derecho a saltarse la dieta como justo y medido premio.

Podía parecer una tontería que un insignificante plato de espaguetis con tomate y albóndigas de menú, acompañado con un parmesano que más bien era un polvo saladillo, fuese tomado con tanta reverencia; pero eso es porque la mayoría están acostumbrados al hambre y no a la ausencia de alegría al comer. Porque cuando uno no comía, toda ingesta era ensalzada con hambre, por mala que estuviese, pero cuando uno comía, casi constantemente para permitir el justo y medido crecimiento de los músculos con una dieta tan repetitiva, alquímica y desagradable como Jojo, aquello era el mayor lujo de los lujos. No iba a ser una añoranza en la que pensaba cada vez que comía, ni una idea con la que soñaba, si no una experiencia real que, aunque seguramente le defraudara en comparación con sus fantasías, sería real.

Había vivido demasiado tiempo enfrascado en lo que no era, sino en lo que podía ser. Día tras día midiendo la voluntad de lo que estaba por suceder, desconectándose de sus sentidos para centrarse en la niebla del futuro que vislumbraba desde el presente. Solo descansaba de aquello cuando estaba solo, y solo solía estarlo cuando el entrenamiento físico requería que forzase la voluntad de su espíritu para afrontarlo en peso, fuerza y resistencia. Porque ni siquiera podía descansar cuando realmente tenía que hacerlo, ya que enfocarse activamente en la recuperación de su cuerpo, su mente, y su espíritu, no era realmente descansar.

Había sido tan consciente de su presente y a la vez de su futuro, que aquellos dos meses se le habían hecho años. Pero todo valdría la pena cuando el jueves, dia de pasta, pudiera evadirse de la pesada monotonía que le requería toda su atención. Pero hasta que llegara ese preciso y precioso momento, Jojo siquiera podía permitirse el soñar con él. No cuando tenía que continuar con todo aquello, aunque fuera un poco más.

El trozo de servilleta se doblaba y estiraba a su merced, una y otra vez, un ejercicio mucho más práctico -y por supuesto seguro- que cargar más peso del que debiera en el gimnasio. Un ejercicio que podía hacer sin lastimarse -que no sin cansarse-, que podía realizar con cualquier parte de su cuerpo, incluidos los cabellos y los cuernos que con la mismo peso de su voluntad había aprendido a modelar de la misma forma. Aquello, por supuesto, también era más práctico y seguro que otras aproximaciones de modificar su metabolismo interno que le habían asegurado más de una visita a la enfermería y al baño.


Concentrado en su labor, ignoró la primera vez que llamaron a la puerta. A la segunda vez, cuando quedó demostrado que aquello era verdaderamente importante, rodó fuera del camastro y abrió lo justo para dejarse ver. Era Johan, con un brazo de más.
—Hola, Jojo.
Abrió instantes antes de que el pie impactara contra el borde de la puerta. Si hubiera sido otro, un ser sin aprecio por la gente despreciable, Jojo hubiera cerrado rompiendo los dedos de aquel miserable.

—¡Tú! ¡Espero que recuerdes el pacto que tenemos para mañana! ¡Lo prometiste! ¡No puedes escaquearte! —le gritó Kai, agarrando la puerta, abriéndola para entrar sin permiso.

Jojo no había prometido nada. Había hecho un plan en su agenda, una breve nota de la pelea; pelea contra alguien que había negado por hacer un favor. Cargado de un abrumador cansancio, el mudo miró a Johan a los ojos. Había sido un error confiarle lo que iba a pasar, uno más grande de lo que había sido el considerarle un amigo. Pero había sido su error, no el de Johan, y como tal no podía permitirse que las consecuencias de este recayeran sobre otro. Tras unos segundos miró al enfurecido y levantó el pulgar.

—¡Como no! ¡Ya verás! —y sin más arrastró a Johan, como un seguro de aquella promesa.

Se quedó un momento allí, cansado, pensando, y finalmente el mudo anduvo rumbo a la enfermería. Tendría que explicarle a Doña Marmite por qué no podría hacerle el favor. Y no iba a hacerle ninguna gracia.

Escena 6 Recibir golpes. Pasado

Uno tras otro. Casi había perdido la cuenta de cuántos impactos le habían dado en el pecho, en las piernas, en los brazos y en la cara. Lo peor era la cara. El mundo retumbaba y la consciencia se perdía por un momento atroz y terrorífico. El instinto siempre estaba ahí para evitar que te golpearan la cara, y por una muy buena razón. Para cuando recuperó la consciencia estaba en la enfermería.

—Si sigues así te vas a matar—comentó la voz que le pareció difusa entre los narcóticos.

No podía contestarle, aunque tampoco tuviera nada apropiado que decirle. "Quizá un tienes razón", o algo así. Levantó un pulgar.

—¿Tú eres tonto, o qué? —gruñó la enfermera, retorciéndole la oreja.—. No puedes seguir así. No ves que todo dios se mete contigo. Tienes que echarle huevos, y ponerlos en su sitio.

¿Había algo de pena y de rabia en su voz? ¿Quizás de lástima? Bien podría habérselo imaginado con tanto opiáceo. No es que la mujer no tuviera razón, es que algo en él, algo profundo y sincero, le impedía hacer daño a la gente. Demasiado de algo, en este caso empatía, siempre era perjudicial. Pero debía aprender. Debía aprender a hacer daño, porque era para lo que estaba allí. No para recibir golpes. No para alentar a otros a dar lo mejor de sí. No para usar su haki solo como defensa, sino como ataque.

Pero él sabía demasiado bien lo frágil que era el cuerpo humano.

Y cada vez que algo se le pasaba por la cabeza fruto del odio, del cansancio, de la ira y la frustración, una pequeña voz le frenaba.  Una visión del futuro en la que los golpes que no desviaba, o los que no reducía a caricias o convertía en simples e infantiles incordios, llevaban consigo terribles consecuencias. Imperdonables incluso para los agentes más sádicos que no esperaban siquiera a que se levantara, que iban a por las partes blandas, que le agarraban de los cuernos y daban un rodillazo con toda la fuerza, la frustración y el odio del que disponían. Y así estaba.

—He visto lo que haces, he visto como entrenas... He visto como sigues esa horrible dieta de los científicos y todo lo que haces y no haces para ser más fuerte. Pero no podrás serlo si no te atreves. Tienes que ser algo más que un felpudo, un payaso y un cobarde.

Jojo no pudo evitar preguntarse qué iba a ser si no entonces. Aquellas tres palabras resumían bastante bien su esencia, su vida y en parte su actitud. No es que no pretendiera cambiarlas, pero aquellas raíces parecían tan inamovibles y profundas como su propia discapacidad. De hecho, era muy probable que en cierta manera fuesen taras incluso mayores que lo era su mudez. Sin embargo, lejos de entristecerse, sonrió.

—¿De qué te ríes tú? Esto es serio. Podrías haber perdido un ojo, o algo peor.

Lloró. Y en aquel momento, aunque él no lo supiese, fue adoptado. Así había comenzado todo; aunque realmente hubo comenzado algo antes sin que él lo supiese.


Escena 7. La información es poder.

Aunque no lo necesitaba, y de hecho en la mayor parte hacía oídos sordos, a Kai le llegaron por parte de sus muchos seguidores los rumores e historias que había protagonizado su antagonista.

Algunos decían que no dormía, que se llevaba todo el tiempo sin salir de las instalaciones gubernamentales y que realmente era un robot que muy de cuando en cuando se pasaba por los laboratorios secretos del fondo para actualizarse. Otros decían que iba allí para drogarse, dispuesto a sacrificar su alma y su integridad por una mejor fortuna física. Aquello por supuesto, le repugnó, no porque fuera algo que considerase reprochable, sino porque solo los débiles, los que carecían de verdadero potencial, los que simplemente debían ser serviles, habían de recurrir a todo aquello.

Otras historias, o más bien informes, se debían a su estilo de lucha. Le llamaban payaso, mimo y saco de boxeo. Recibía golpes a los que reaccionaba demasiado dramáticamente o ante los que apenas reaccionaba y se movía más bien poco si no era para dar cómicas tortas, cachetadas, pellizcos o metidas de dedos en agujeros ajenos sin permiso alguno, aunque también era aficionado a dar alguna que otra llave de dudosa legalidad y poca vergüenza. De nuevo, cosas a las que los tramposos recurrían en carencia de verdadera fuerza y propósito.

Por último, le llegaron también noticias de que había comenzado un manga, que no se vendía nada mal, sobre peleas y amoríos de cuerpos y formas variadas. Aquello, aunque no consiguió obtener ningún ejemplar, fue lo único que Kai perdonó.

—Quizás después de que todo esto termine le pida que lo dibuje. Él tendrá la mejor vista de mi triunfo, después de todo —se vanaglorió.

El séquito le rio la gracia, impregnados de la confianza que radiaba su líder.

Quizá fue aquello lo que les impulsó a actuar, o quizá fuera una cierta desconfianza que se transformó en odio y desdén hacia el mudo.  Lo más seguro es que simplemente querían reírse un poco antes del gran momento.

Jojo se quedó mirando el cubo de basura a punto de rebosar donde habían tirado la pasta. Habían llegado como la marabunta mucho antes que él. Habían comido, habían repetido, y habían dejado restos en el plato que habían mezclado con sus bebidas antes de desecharlos en el cubo que quedaba delante de él, lleno. Ya no quedaba pasta, y sabía muy bien que una vez se acababa una opción en el comedor, no hacían más. No a menos que llegase un alto rango o algo así.

Se quedó ahí durante un buen rato, bandeja en mano, pensando. No quería comer otra vez la pasta nutritiva. No aceptaba una ensalada como substituto. Ni un guiso de pescado. Quería pasta. Lo único que había querido hacía ya tiempo y que se había permitido se lo habían arrebatado con risas bordes a la vomitiva arcada que aún se hacían eco por el pasillo.

—Te apuesto a que coje de la basura.
—Ag, qué asco. No creo, ¿no?

No sería la primera vez que había tenido que recurrir a ello. ¿Qué más le daba? Lo hiciera o no la gente hablaría; siempre lo había hecho. Aquello era lo que se planteaba, presa de una particular obsesión. No tenía nada que perder.

—¿Lo va a hacer?

¿Lo iba a hacer?

—¡Agente Hush! —le reclamó una voz a su espalda. La voz de un traidor. Se giró para verle con la cabeza gacha, humillado y arrepentido. Y lo que era más importante, ofreciéndole algo mejor que una disculpa—. ¡Permítale invitarle a comer!

Aceptó la disculpa tan rápido como le quitó la bandeja de las manos. Y sin preocuparle que más le tenía deparado el mundo se sentó a comer ofreciendo parte del menú a Johan, el cual lo rehusó. Jojo se sentía feliz y contento, sin ninguna preocupación en el mundo que en aquel instante se había reducido a la mesa y a su plato. Comió tranquilo, saboreando cada bocado, espolvoreando muy de vez en cuando un poco de parmesano y mojando zopones de pan para rebañar con ellos carne y salsa. ¡Pan y pasta! ¡Cuánto los había añorado!

—¿Estás listo para el combate?  Kai no te va a dar tregua. No tendrá compasión.
El mudo movió la mano delante de la cara, quitándole importancia a un asunto que, desde luego, la tenía.
—¿Por qué no te tomas esto en serio? No. ¿Por qué no te tomas nada en serio?
El diablo dejó de masticar por un instante, y luego, recuperando su aire bonachón, ladeó la cabeza como un confuso cachorrillo.
—A eso justo me refiero. ¿No entiendes que Kai va a ir con todo lo que tiene? Como sigas jugando, te matará.

El artista suspiró. Siguió comiendo, pero entretanto escribió aquello que no era fácil, ni mucho menos cómodo, explicar con mímica sin renunciar a disfrutar de su plato. Luego con un diestro giro mostró la hoja señalándole dónde debía de comenzar a leer.

—"No voy a jugar".

Pero los ojos de su acompañante fueron algo más arriba tras leer aquella corta frase. Trazos de una conversación previa. Jojo cerró la libreta.

Escena 8. El momento.

Los más fans que llevaban desde bien temprano cogiendo asiento en la sala de entrenamiento vieron sus sueños destrozados al conocer la noticia. Los rumores del combate habían llegado a altas esferas del complejo, y este había sido relocalizado en unas instalaciones anexas. Por supuesto, la noticia fue recibida por Kai con asombro y celebración, pues aquello significaba que el público que tendría sería justo el que buscaba y el que seguro merecía. Su leyenda comenzaba ya con trompetas de triunfo.

Usaba su traje hecho a medida, de una sombra de negro diseñada especialmente para él que casi brillaba tanto como su espíritu guerrero. A juego, claro está, con sus mocasines endurecidos, como mandaba el protocolo, y una corbata de un rojo burdeos de seda importada a la que no le importaría pronto mancharse de sangre. Engominado, con sus gafas de sol de marca y su rutina de skin-care para aquel día, iba echo un absoluto pincel. La presentación era clave. ¿El colofón? El sombrero de su padre. Algo desgastado, sí, pero lleno de la personalidad de los diseños de época que, aunque no habían variado mucho, habían perdido su alma. Quizá era un paralelismo apropiado para el Gobierno, escindida de su milicia de las menudeces de la Marina que se había visto sustituida por la gloriosa Legión.

Con paso firme y decidido abandonó su cuarto con el tiempo calculado para llegar ni tarde ni temprano, sino justo a tiempo. Un paseo lleno de vítores y deseos de buena fortuna entre los que se deslizó como la estrella que era, intercambiando breves autógrafos y caricias para sus fans más afortunados; pero que era tan solo un aperitivo para la gloria que le esperaba. Eventualmente, claro. Aquel discapacitado que seguramente había entrado por un innecesario cupo de inclusividad no podía considerarse siquiera digno de ser un escalón, pero el primer paso comenzaba con él, saltando el minúsculo obstáculo que representaba. Era, en corto, un inmundo charco que no debía tocar sus impolutas botas, pero que debía saltar.

Tras pasar el control de seguridad, el camino por las asépticas instalaciones de investigación se le hizo silencioso. A izquierda y derecha se enfilaban pasillos repletos de salas herméticamente cerradas, denotadas con simples números, donde las mentes del gobierno realizaban sus pruebas y experimentos que, eventualmente, podrían producir algo de tanta utilidad o belleza como el tejido de su traje. Al fin y al cabo esas tareas, como cualquier otra que estaba por debajo de él, seguían necesitando de gente que las cumpliese. Como pieza principal, como personaje digno de ser mentado en el elenco, había aprendido a tolerar la presencia y el trabajo de los burdos peones...

Bum. Plas, crack.

La puerta se abrió de pronto, y de no haber sido por su agilidad, le hubiera dado de lleno. Detrás de esta un caos de cristales rotos, carne y sangre. Con una mueca de ira y desprecio, pues casi le habían echado a perder todo el trabajo del día, Kai usó su geppou para saltar aquel vergonzoso destrozo. Encima, esos papanatas sin talento tenían la desfachatez de fracasar.



Examen

En la sala de monitorización se habían reunido una pequeña multitud. Trajes y batas de laboratorio se disputaban los asientos que iban cediendo a otros de mayor rango burocrático en un formal vals salpicado de cortas charlas, hipótesis sobre el resultado del combate e intercambios de tarjetas. Enmedio de todo aquello, Johan se sentía perdido, torpe y, bueno, absurdo.

Porque que él estuviera allí era absurdo. No era nadie.  No destacaba. Simplemente era el último mono que se había visto envuelto en una trama mucho más grande que él. Escondido en la esquina, tras haber recibido alguna mirada severa cuya amenaza quedaba poco velada al no tener tarjeta propia, se dedicó a evaluar el menú frío que estaba a disposición de los invitados. Eran casi tan variados como el elenco, dispares de forma y sabor, aunque maquetados dentro de las mismas bandejas de color plata.
—Mucho tiempo sin verle, ¿cómo está? —le dijo el hombre de grandes patillas con un tono cordial y medido.
—Bien. Bien. Gracias. ¿Y usted? —le contestó, recordando no quien era, pues eso no lo sabía, sino de qué le sonaba. Era el muchacho cuya marcha le había permitido enfrentarse a Jojo.
—Algo fuera de sitio—bromeó—, gracias por dejarme ocupar su lugar en el combate.

Los ojos del fornido trajeado se abrieron un poco al recordar por fin de dónde le sonaba aquel curioso personajillo apartado. Una sensación de tranquilidad le inundó entonces sabiendo que no estaba delante de alguna importante figura de la empinada pirámide gubernamental. Sonrió.
—No pienses eso. Si estás aquí es por alguna buena razón. Que la sepas o no, no importa mucho. —Y descargó una mano amable sobre su hombro—. Soy Bonemeat, de la división de choque.
—Agente 78-D —dijo como acto reflejo, algo avergonzado.
—Ah sí, la buena etapa de la identificación numérica —dijo, entre el sueño y la añoranza—. Disfrútala, cuando te den una designación la llevarás siempre contigo. Mira al pobre de Hush, que se la pusieron por mudo sin pensar. O la mía, que suena a mastuerzo sin luces.
Lo que, dado su tipito de adicto al gimnasio, su pelo medio rapado y el tatuaje que le asomaba por el cuello y se le escondía en la patilla  le iba bastante al pelo.
—Tenía entendido que uno designaba su propia denominación, señor.
—Señor no, por favor. Suficiente tengo con esta monserga por la parte de arriba como para que también me venga por la de abajo. Llámame "Tío"—dijo, sin revelar si aquello iba con o sin mayúsculas—. En teoría uno pone lo que quiere, pero ya sabes como son las cosas dentro del sistema con tanto papeleo y tanto supervisor. Lo que pones es una sugerencia, y luego constatan registros, informes... y al final un mono delante de una máquina de escribir pone lo que le da la real gana.

Que no ocultara sus críticas, o más bien que las hiciera tan a la ligera, hizo que Johan se preocupase. O bien era alguien tremendamente importante que podía hacerlas a la ligera, o un bastardo inconsciente. Ambas opciones eran tremendamente peligrosas... Pero sin riesgo no había beneficio.

—¿Qué estamos haciendo aquí, se...—sintió el peso de su mirada— Tío?
—Pues está claro, tío, hemos venido a ver el combate.
—Sí... Pero...
—¿Hmm?
—¿Por qué hay tanta gente aquí?

—¿Por qué crees tú?

Sintió un característico escalofrío. Notó que aquello era una prueba. Una para él. Por eso él estaba allí al menos. Entrecerró los ojos, rumiando un pensamiento que ya había estado dándole vueltas a la cabeza desde el primer incómodo momento en el que le habían escoltado hasta allí. Dentro de la sala había dieciocho personas, diecinueve contándole a él, y conociendo el sistema, seguro que había una que no podía ver. ¿Un supervisor? No. Un examinador. Su examinador. Uno que estaba más que atento a aquella pregunta que aún tenía que contestar, y rápido.

Allí no parecía haber un patrón claro de por qué se habían reunido. Todos los que estaban allí parecían tener cierta experiencia, pero en campos totalmente distintos los unos de los otros. Sí, había un puñado de científicos por aquí y otro puñado de agentes de campo por allá, pero las disciplinas de cada uno no se tocaban. De hecho, podía palparse cierto desprecio, o cierta competencia, entre unos y otros. Desde luego no parecía una reunión obligada, pues casi todos parecían tener allí depositado un interés verídico. ¿Pero qué les había reunido allí? Algunos le sonaban, vagamente, y otros los había reconocido por rumores sobre sus particulares aspectos o manierismos.

¿Estaban allí para ver a Kai, el superguerrero, a sabiendas de lo que había sido su pariente? No habría dudado de ello ni por un segundo, si no le hubiera conocido de verdad después de aquel día. No.
—¿Y bien?
—Están aquí por Hush.

¿Era por Jojo? ¿Los rumores y su rango eran una tapadera? ¿Era quizás un monstruo en traje digno de pertenecer al verdadero servicio secreto tras el servicio secreto?

—Sí, pero ¿por qué?—dijo con una sonrisa.
Justifica tu respuesta, agente.
Johan se sintió atrapado. La respuesta estaba delante de él, pero como el secreto del mudo, permanecía oculto a plena vista. Fue entonces cuando miró hacia su interior.
—Somos sus amigos.
—Bingo.
Todas las personas allí presentes habían sido ayudadas por el mudo. Un favor aquí, otro allí, sin esperar nada más a cambio que el saber que lo que hacía era bueno para alguien. Sin dobles intenciones. Sin máscaras. Sin puñaladas traperas ni aspiraciones ocultas. Una verdad que iba de frente, llena de bondad, de curiosidad y de esperanza. Una luz en el mundo.
—¡Ya llega! —dijo una voz animada.

El combate

El terreno donde se iba a tener lugar su gloriosa victoria era el idóneo. Una sala cubica de al menos cuarenta metros de largo, de cemento gris, sin más imperfecciones que la leve silueta de las enormes baldosas que delimitaban una cuadrícula perfecta. Sin trampas. Sin escenarios. Sin nada que interrumpiese el flujo del combate desarmado.

Su terreno perfecto. El terreno de los que habían nacido para combatir de frente. Sin necesidad de subterfugio, de armas, ni nada que empañase su talento.

—Me alegra que estés aquí, agente Hush. No esperaba menos—No tras haberle expuesto amablemente las consecuencias de tomar el camino de los cobardes—. Aunque la verdad es que me esperaba mínimo que llevaras traje... Ya se ve quién lleva las de ganar en estilo.

Ambos agentes, el que llevaba un impoluto traje a juego con gorro y zapatos y el que llevaba un conjunto de chándal e iba descalzo, esperaban tras el umbral de la puerta mecánica recién abierta. El último hizo un gesto cortés, invitándole a pasar delante.

—No sabes lo frustrante que es que no puedas hablar. O quizás si lo sepas—dijo al paso, todo lleno de odio, esperando que aquello pusiese al patán de sonrisa boba en marcha.

Le dedicó una mirada de soslayo, pero solo encontró allí la frustrante mueca tonta de un payaso con ambos pulgares levantados.
—¡Tómate esto en serio, idiota!
— ( ͡° ͜ʖ ͡°)
—¡Ya basta!

Dos halos de luz determinaron dos zonas enfrentadas.
—El combate empezará dos minutos después de que ambos contendientes estén en sus zonas designadas. Buena suerte.

Mascullando maldiciones, Kai ocupó el límite de su área. Tras girarse vio al mudo a su lado, dentro de su área.
—¿Qué puñetas haces aquí? Ve a tu sitio para que podamos empezar.
Entonces encontró una mano extendida. Una mano amable. Una mano que le hizo fruncir el ceño para después golpearla con desprecio.
—Deja de perder ya el tiempo, payaso.

Kai comenzaba a arrepentirse de todo aquello. Una victoria solo era satisfactoria si el antagonista era lo suficientemente digno. Jojo le había dejado claro, muy claro, que no lo era. ¡Qué ganas tenía ya de ganar, librando a la tierra de aquel insecto! Además, no habían dicho nada de normas, lo que le daba carta blanca para excusarse si provocaba que de manera fortuita se abriera una plaza en el cuerpo que pudiera ocupar alguien más digno.

Entretanto el combate empezaba, Jojo decidió estirar. Al principio lo hizo como cualquier buen hijo de vecino, pero luego sus movimientos se volvieron más cómicos y denigrantes. En el aire se agitaba, como un gusano, sin reparo ni miramientos por la extraña danza del vientre cuyas ondas empezaban en este y terminaban en cada extremo de su anatomía. Cada extremo, hasta los que debían ser imposibles y los que eran vergonzosos.

—Se puede ser más puto ridículo...—gruñó Kai, tapándose los ojos y apretándoselos en frustración.

—El combate comenzará en un minuto. —dijo la voz del altavoz.

Suspiró. Qué largo se le estaba haciendo todo aquello. Ajustándose el sombrero, Kai comenzó a tomar su posición. Ambos pies en el suelo, el izquierdo retrasado, espalda gacha, brazos pegados al cuerpo como si fuera a tomar impulso en una carrera. Acabaría con aquello de un solo golpe.

Jojo, en cambio, se mantuvo de pie, con las rodillas ligeramente flexionadas, todo él algo laxo. Si tenía intención por combatir, no lo aparentaba.

—El combate comenzará en treinta segundos.

La tensión detrás de los monitores era palpable.
—¿Sabes qué es lo más importante para un guerrero? —preguntó Bonemeat a su compañero, atento a los muchos ángulos que les ofrecían las pantallas.
—¿Las piernas?
—No. Los ojos...

Esperaríais que tras aquello se apagasen las luces, ¿verdad? Hubiera sido un giro curioso. Pero no fue así. No. Quizá entonces Jojo hubiera tenido alguna oportunidad para esquivar el golpe, pero el mudo se lo llevó de lleno.

En un simple parpadeo, Kai había ocupado el hueco donde antes estaba Jojo, y este volaba a gran velocidad hacia el fondo de la sala. El guerrero consideró seguirlo para continuar con un combo, pero algo había pasado en el breve instante del golpe que le había dejado confuso. Su puñetazo, ese que había dado con toda la potencia de su fuerte hombro, con el impulso de un geppou que más bien hacía de rankyaku que había dejado el corte a su espalda y la dureza de un bigan había reverberado de una manera muy extraña. No lo había esquivado, de eso estaba seguro, pero aunque le había dado de lleno algo andaba mal. La experiencia más cercana que se le ocurría es que había sido como si llevase un guante de boxeo.


Abrió y cerró la mano mientras el cuerpo de su enemigo chocaba contra el suelo y rebotaba dando vueltas como una piedra lanzada a un río. Normalmente, que Kai usara aquella técnica le provocaba ciertos daños, pero lo que había hecho aquel medicucho le había eximido de todo daño.
—Supongo que he de darte las gracias. Pero supongo también que no lo has hecho solo por altruismo, ¿no? —dijo bien alto, con su instinto en guardia.

Jojo no era lo que parecía ser. Quizá el combate tendría algo de gracia, después de todo.

Dentro de la sala de monitorización empezaron las discusiones en voz baja. Aquí y allá se lanzaban quejas y teorías, algunos reían y otros mascullaban insultos. Johan frunció el ceño ante todo aquel caos.
—No lo has visto.
—No.
—Y por eso lo más importante son los ojos. O cualquier sentido realmente. El primer paso antes de entender algo es percibirlo, ser consciente de su existencia.

Jojo acabó levantándose, sacudiéndose un polvo imaginario del cuerpo no como un hombre, sino como un perro. Le dolía el torso, pero había conseguido reducir la potencia de aquel increíble enormemente. Entre la energía que había negado por su propia dureza, curtida con el abismal sufrimiento que había padecido a manos de otros, y las significantes aportaciones de su tekkai y kami-e colaborando, por no hablar de la más que cauta decisión de dejarse llevar para convertir parte del golpe en movimiento, habían transformado aquello de una muerte segura a una simple molestia. Estaba algo asombrado, dicho sea de paso, porque de no haber tenido tan claro su objetivo qué iba a hacer, probablemente no habría tenido tiempo para prepararse.

—¡Supongo que he de darte las gracias! ¡Eres un pelele perfecto para golpear! —gritó Kai, con fuerza e ímpetu.

Sabía que, aunque hubiera conseguido recibir su golpe, eso solo significaba que podía lucirse aún más. Pero si su adversario no tenía la capacidad de devolverlo, la resolución del combate seguía estando tan clara como al principio.

Repitámoslo otra vez. Y otra vez. Así, hasta ver cuanto aguanta.

Comenzó andando para luego lanzarse a la carrera, y llegada la distancia se produjo otro parpadeo. Pero esta vez Jojo no voló.

Un par de metros más adelante de donde se había levantado el cornudo, ambos contendientes habían chocado. Pero no de una manera convencional. No de una manera que se esperara nadie. En la sala de monitorización alguien se rió a carcajadas. Agarrado como un cariñoso koala, el mudo se había encaramado a Kai que estaba aún con el puño extendido, confuso y furioso a partes iguales. Con la cabeza clavada en su pectoral izquierdo, restregada en una cariñosa carantoña, el diablo tenía los brazos bien apretujaditos contra los sobacos de su contrincante y las piernas rodeándole por la cintura.

—¡¿Qué puñetas haces!?—gritó el superguerrero, aún más molesto cuando las posaderas del que se le había entrelazado parecían ceñirse contra su anatomía—. ¡Suelta, joder!

Aunque podía cargar con el peso de los dos sin problemas, el cambio continuo del centro de gravedad que hacía al retorcerse le obligaba a dar torpes zancadas a un lado y a otro para no caerse. Aquello, además, le impedía dar con toda la fuerza que quería con los puños, vistos obligados además por la posición a martillear torpemente como un gorila. No solo no estaba llegando a ninguna parte, si no que se estaba humillando. Y de no haber sido por el cuerno apretado contra su garganta, le hubiera dado un bocado.

Viendo que tampoco podía llegar a estos con su rival haciéndole cambiar su peso y limitando sus movimientos, Kai tomó una decisión. Si no podía caminar, ni mucho menos correr, tendría que volar.

—¡Geppou!—dijo, presa de un mal hábito.

Tres metros. Diez. Quince. Veinte. En el aire su adversario no le desequilibraba. Era dueño de sí, y por lo tanto de él también. Jojo aflojó su presa, liberando las piernas., pero Kai no iba a dejarle irse tan de rositas. Agarró sus brazos y apretó su barbilla contra su cornamenta, cortándose.
—Oh no. Demasiado tarde.

Giraron. Y una vez el suelo estuvo sobre sus cabezas y el sombrero comenzó a caer, Kai volvió a impulsarse.

El choque de los cuerpos endurecidos hizo titilar la imagen de los monitores.

—Y se acabó—juzgó Bonemeat.

Levantándose del suelo, el ganador contempló a su rival, carente de aliento y casi de consciencia. Siquiera había podido gritar. Entonces se puso a su lado, reincorporándolo para iniciar un masaje cardíaco y cervical. Incluso con el tekkai, la ostia había sido tan grande que había entrado en colapso. Pero con las atenciones, Kai no tardó en recuperarse. A tiempo justo para darle un puñetazo en la cara.

El grupo de médicos salió a paso rápido, avisados por el zumbido de sus den-den.

—El equipo médico va para allá. Se detiene el combate. —dijo la voz mecánica.

—No. ¡No, no y no! —se quejó Kai, levantándose—. ¡Estoy bien! ¡Puedo seguir! ¡Este combate no ha terminado!

Apretando los puños contempló al desgraciado que había jugado sucio. Bien se merecía estar ahí tirado, agarrándose la nariz rota que sangraba profusamente. El muy imbécil había parasitado su fuerza, dando un geppou justo antes del impacto para hacerles girar y cambiar así lo que habría sido un final glorioso. Se levantó, impulsado como un resorte por el enfado, pero el dolor no le dejó dar un solo paso.

—Esto no va a acabar así. —sentenció, dolorido y dolido.

Tardó un par de largos minutos en volver a sentarse al lado de la impresión de su cuerpo grabada en el cemento.  Ya comenzaba a trazar su plan de venganza. Primero mandaría a sus secuaces a destrozar su cuarto, luego se encargaría de su imagen pública, y luego llevaría a cabo otro combate una vez se recuperase de las palpitaciones que le recorrían el cuello hasta los pies. Tan solo era cuestión de tiempo.

Jojo se recolocó la nariz, y rompiendo unos trozos del bolsillo de su chándal se obstruyó la hemorragia. Se le quedó mirando, con una mueca de preocupación muy clara pese a la sonrisa que se antojaba en sus ojos. Intentó acercársele, con diminutos pasos cómicos, pero el orgullo del guerrero hizo que, en vez de dejarle hacer, y en vez de responderle mal, le tirara un trozo de la losa rota. Prácticamente se deshizo contra su frente, llenándole el pelo de un polvillo gris. Jojo tosió, en un vis cómico.

—Mudo de mierda...

Pero a Jojo no le importaban los insultos. Se quedó mirando a su paciente y a la puerta con una calmada expectación que, poco a poco, fue convirtiéndose en una preocupación tangible. Al cabo de unos minutos se levantó y anduvo hacia la puerta oculta en la pared que quedaba lisa.

—¡Eso! ¡Tú huye! —gritó Kai, tirándole con impotencia otra piedra.

Al cabo de quince largos minutos abrieron la puerta.


Última edición por Hush el Lun 17 Oct 2022 - 20:50, editado 5 veces
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[Diario Jojo]  Ambición [Listo para corregir I] Empty Re: [Diario Jojo] Ambición [Listo para corregir I] {Miér 12 Oct 2022 - 17:14}

Érase una vez, una misión:

Había leído los informes una y otra vez. Los había estudiado al dedillo. Conocía a los monstruos y sus pecados. Allí no había hombres, sino bestias. No debía contenerse. No debía jugar dando caricias y bofetones, ni dando amables presas de cariñosos abrazos, tampoco debía meter los dedos rechupeteados en la nariz oídos y ajeno, y nada de eso de dar un traspiés como el se caía, ni poner suaves zancadas o interceptar puñetazos con la cara, los glúteos o una suave palma, ni ninguna de esas tantas tonterías que hacía como placebo. Debía golpear, cortar, cercenar, aplastar, y matar sin dar una sola oportunidad. Debía ser no solo todo lo preciso que ya era, sino también lo cruel que no.

Nada de aguantarse. Nada de tener miramiento por la vida ajena. Nada. Esos seres no se la merecían.

No habiendo matado, violado y saqueado. No habiendo causado tanto mal en el mundo. Ello debía quedarle claro desde el primer momento. No había excusa ni redención. Ni castigo, se dijo, pues a diferencia de tantos que estaban deseosos de aplicar una justicia equivalente en dolor puro él solo deseaba que todo aquello acabase de verdad.

Jojo simplemente actuó. Trasladó todo lo que había entrenado a la realidad. Todas las horas que había estado estudiando la anatomía ajena, los movimientos, los manerismos y las almas. Todas las horas que había estado recibiendo golpes cuya en cuya retribución había una réplica que se obligaba a limitar. Todas las horas en las que había estado afilando su cuerpo y su voluntad y sus límites. Todas las horas que había estado aprendiendo de sí mismo, de otros, de lo que habían dejado para los demás y de lo que reservaban incluso a sí mismos.

Pero nada de lo que había preparado evitó cómo se sentía una vez todo hubo acabado.

Todos muertos. Daños colaterales por doquier. Sus manos rotas.Gente inocente a la que la "salvación" que les había llegado no había estado exenta de costes. La isla se habría librado de la banda de corsarios que tenían como dueño, pero el yugo les vendría ahora en forma de burofax.

—Toma—le dijo su tío, tendiéndole la petaca.

Le ignoró. Contempló desde aquel tejado destrozado las llamas que comenzaban a extinguirse en la isla. Pequeños soles que precedían al verdadero que se alzaba por el horizonte y comenzaba a perfilar las numerosas granjas y los campos llenos de algodón a medio recoger. De no haber querido trampear la economía con demasiado descaro, el gobierno siquiera se hubiera involucrado.

—Bebe un poco al menos. Te vendrá bien.
Jojo cogió con los cabellos la petaca que le golpeaba insistentemente el brazo y se enjuagó la boca. Luego escupió al vacío.
—Qué manera de desperdiciar un buen whis...
Y luego arrojó la petaca
—¡Eh, mi petaca!

Con los dedos doblados, las señas no hubieran estado tan claras si no se la hubiera dicho ya tantas otras veces.
"Deberías dejar de beber"
—Me debes una petaca...
Y levantándole como buenamente podía pese a sus heridas, se encaminaron hacia uno de los equipos médicos.


El combate, parte II.


El equipo médico se fue tras asesorar la gravedad de sus heridas. La hemorragia de Jojo había cesado, y aunque había perdido algo de sangre simplemente necesitaba descansar. Kai tenía unas cuantas costillas rotas, una espantosa suerte de no haberse provocado una lesión medular y el alma tranquila. Tranquila pese haber ignorado el accidente al que habían tenido que atender, obligando a parar el combate, y del cual, más que probablemente, podrían haber salvado la vida del muerto si se hubiera tomado la molestia de preocuparse siquiera en avisar.

Ni siquiera se molestó en pensar una excusa. Simplemente se refugió en el vacío burocrático de que tenía por tener que llegar al combate, que era su cometido, y que allí no tenía ni jurisdicción ni permiso para entrar en una sala. No lo hizo siquiera con arrepentimiento, solo como si todo aquello fuese una molestia que, encima de todo, le había hecho detener su enfrentamiento.

Jojo estaba pálido.

—Entonces, ¿se reanudará el combate?—preguntó Kai, esperanzado.
—Sí. En breve os darán aviso—comentó el hombre de bata blanca enmascarando como podía su desprecio.
—¿Lo has oído, mudito? Será mejor que te prepares. Tus trucos no volverán a servirte.

Jojo solo hizo una pregunta, escribiendo con la sangre aún pastosa de los tapones sobre el cemento.
"¿Quién?"
—Eloisa Cremembert. Física experimental.




Jojo, pese a la ruina que era su cuerpo, saltó como un muelle.  Moviendo las manos como un molino espástico, se acercó a la muchacha con cara de preocupación.
—¿Qué? ¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó, entre asustada y ofendida.

Tras una absurda sesión de mímica en la que la muchacha, por inteligente que fuese, demostraba muy pocas luces en el juego, Jojo sacó la libreta para explicarle que como hiciera eso, se iba a romper.
—Pero yo te he visto haciendo ese ejercicio. ¿Por qué vas a poder hacerlo tú y yo no? —preguntó, desafiante.

Y el mudo se encontró con las manos en las caderas y una mueca de madre.Ella se echó a reír.
—Pero venga, explícamelo. —dijo, invitándole a sentarse a su lado con dos palmaditas.

Y desde ahí empezó una larga explicación con dibujos y formas de cómo los agentes podían hacer uso del Semei Kikkan para entrenar sus cuerpos de manera extrema. Cómo ello conllevaba el uso de partes del cuerpo aisladas de forma específica, y cómo debía ser el entrenamiento progresivo para evitar cualquier posible lesión. No podía pretender empezar con el mismo peso que él, que eran apenas cinco kilos, no si quería hacerlo bien.

—Pero si eso no es nada. Yo soy una chica fuerte. Tengo hasta unos pedales bajo la mesa para hacer ejercicio mientras trabajo.

Continuaron largo y tendido, dibujando y trazando ángulos de palanca para justificar uno por un lado y otro por otro, quién llevaba razón. Ciencia y experiencia se entremezclaban en un brebaje que apestaba a algo más allá incluso de la amistad. Había... química.


Y aquella reacción sirvió de catalizador a Jojo para conocer gente que nunca hubiera podido conocer.

La noticia que acababa de recibir le sacudió.

Como médico y como persona sabía muy bien que la permanencia de la gente era temporal y frágil. Cualquiera podía irse en cualquier momento, y por ello gustaba de disfrutar de su presencia tanto y en tan grata medida como le fuera posible. Siempre estaba ahí para ayudar, para hablar, para simplemente... estar. Porque cuando se iban ya no había remedio. Sin embargo, parte de él, como cualquier humano, seguía tomando como natural la permanencia de sus seres queridos como algo estable y casi eterno. Después de todo seguía siendo humano.

—El combate se reanudará en dos minutos una vez que ambos contendientes estén en sus zonas designadas. Buena suerte. —dijo la voz una vez las puertas se cerraron y los halos volvieron.

Jojo con el triste deambular de un hombre perdido, se encaminó a su zona. Kai, con decisión y suspicacia, anduvo paralelo a él, observándole con una fiera mueca de desafío. Mueca que se afiló con sorna.
—¿Estás llorando? ¿Por qué? —preguntó, extrañado. Aunque la respuesta no tardó mucho en llegar a su despreciable cráneo solo lleno de ambición—. Ya veo. Bueno, no te lamentes, así se abre una nueva plaza para alguien más competente. Pronto serán dos.

Jojo sintió la sangre reseca sobre su rostro. Le picaba. Se rascó. Contempló la fría luz día de los focos expertamente expuestos que desterraban de allí toda sombra. Pese a las lágrimas sentía cómo se le secaban los ojos. Parpadeó. Escuchó los latidos de su corazón roto, fuertes y hondos como los de un gran tambor. Le dolía. Respiró.

—El combate comenzará en un minuto—dijo la voz, mecánica y fría.

Se puso a rememorar todo lo que había hecho para llegar hasta allí. Pensó con divertimento sobre todo lo que había acontecido para que los millones de probabilidades coincidieran en aquel exacto momento que le tocaba vivir.  Desde la formación de las estrellas eones atrás hasta el descaro de un pez por saltar a la tierra. La formación y caída de imperios. Los nacimientos y las muertes. Las guerras y los momentos de paz. La oscuridad y la luz. Todo lo que había ganado y había perdido. Seguía vivo.

—El combate comenzará en treinta segundos.

De ello debía dar gracias cada instante.
—¿Por qué sonríes, imbécil?



En la sala de monitorización, la emergencia y consecuente pausa fue aprovechada para el tentempié. Pocas cosas había más interesantes que comentar lo acontecido, salvo lo que estaba por acontecer. Pululando entre las conversaciones con curiosidad, Johan volvió al cabo de unos minutos con el agente Bonemeat, que justo acababa de excusarse para ir a por otro bocadito a la larga mesa.

—¿De qué conoces a Hush, Tío? —preguntó Johan, lamentándose del terrible sabor del canapé que se había metido en la boca.
—Pues verás—dijo, oteando la variedad que aún no había probado—, lo creas o no Hush es un experto en akumas y haki. Combinación extrañamente bastante inusual, la verdad. Y fui a pedirle ayuda para... bueno, una misión.
Las frutas de belcebú no le eran extrañas a Johan. O, mejor dicho, sabía que no eran tan de leyenda como muchos creían. Sin embargo, aquel otro concepto le resultaba tan extraño como una rebuscada referencia bibliográfica. Una que investigaría más tarde.
—Entiendo—dijo, asintiendo, plenamente consciente del secreto ligado a todo trabajo para el gobierno—. Y, cómo no—porque así era Jojo—, te ayudó.
—Y me asustó...—reveló, su voz vuelta un preocupado susurro.
—¿Hush? ¿Nuestro Hush? —casi había olvidado lo que él también había experimentado.
Bonemeat se había quedado quieto, con la mano extendida, presa de su recuerdo. Luego se forzó a continuar, cogiendo un surtidito en su plato desechable echando a un lado aquella desagradable sensación.
—Hush. Verás, el conocimiento es poder. El poder, fuerza. Sentí el mismo terror que debió sentir el primer hombre que contempló el potencial de la pólvora antes siquiera de ver los destrozos. O cualquier científico de los que están aquí con sus mumbo-jumbos científicos antes de que se descontrolen.

—¿Pero qué hizo?



Tras un par de días de burocracia, el permiso para el traslado del agente Bonemeat fue aprobado. En aquellas condiciones, ello era más fácil que trasladar a Jojo en su estado a otras instalaciones de aparentemente mayor importancia y secreto. Con una sonrisa, bombones y unos cuadernos bajo el brazo, el grandullón entró en la enfermería con la sumisión que le habían dicho que debía demostrar ante Doña Marmite. El pago en chocolate, unos piropillos y las recomendaciones escritas le valieron para visitar al enfermo en su habitación.

Llamó a la puerta, pero tras un momento de espera se golpeó la frente al recordar que no podía darle paso.
—Disculpe, soy el agente Bonemeat, ¿puedo pasar? —preguntó abriendo un poco, luego asomando la cabeza para recibir una respuesta.


Con los brazos escayolados, Jojo estaba dibujando con los pies recostado sobre la cama de su habitación. Habitación que era un caos de papeles, tinta y materiales de dibujo. El rostro amable debajo de aquellos cuernos le hizo sentir como en casa, y aquella sensación le produjo un escalofrío. Con un corto y cordial movimiento y una sonisa ancha, casi pudo oír al mudo decir "Entra, entra. Perdona por el desorden".


—Buenos días, agente Hush. Espero que se encuentre mejor. Soy el agente Bonemeat, deberían haberle avisado de que vendría...—continuó, sintiéndose algo incómodo ante el curioso desorden. Se encontró de pronto buscando con los pies huecos entre las obras y el material allí tirado, avanzando hacia la cama—. Me comunicaron que le gusta dibujar y le he traído unos cuadernos. No me informaron de que se había roto las manos.

Jojo asintió, sonriendo, y con la larga pierna extendida expuso la planta para recibir los regalos. Tras un momento de confusión, Bonemeat los puso ahí y vio cómo el muchacho se contorsionaba para colocarlos en su mesilla de noche, donde se acumulaban otros tantos.

—¿Necesita ayuda para... limpiar?
El mudo negó tímidamente, consciente ahora de la vergüenza de primera impresión que estaba dando.  Saliendo de la cama se puso a recoger, echando a patadas las cosas a un lado para hacer hueco.

—Espera, que te ayudo.

No hizo nada por detenerle. Al cabo de unos quince minutos estaba todo más o menos en su sitio, porque realmente no había sitio propio para todo en una habitación de hospital.  Con menos desorden, que no más orden, ambos se sintieron mejor. Pidiendo permiso el fornido ocupó la silla del escritorio a rebosar con lo que habían colocado. Una vez allí, con Jojo sentado en la cama como un nativo de Skypeia, le expuso su problema.

De manera pensativa, el demonio se balanceó de izquierda a derecha. Aquella no era una cuestión fácil. Las logias nunca lo eran. Pese a todo, el brillo en sus ojos, y su sutil parada como metrónomo, denotó que había llegado a algo.
—Se te ha ocurrido algo, ¿no?
Jojo negó con premura. Había otras formas. Volvió a mecerse.
—Vamos, dímela. No hay malas ideas.

Pero sí que las había. Existían en este mundo ideas atroces. Se vio obligado a dibujarla, explicándola con una huidiza amargura. Pero una cosa era la teoría, y otra la práctica. Además, ¿cómo iba a practicar aquello? Masa de pizza, croquetas, pasta...


—Me puso a entrenar con papel higiénico.
—No lo entiendo. ¿Cómo va a entrenar alguien con papel higiénico? ¿Se lo ata a la cintura y se pone a correr haciendo que este vuele?
—Da igual —dijo, zafándose de aquella conversación—. Ya te lo contará él si le preguntas. Es en parte un método secreto.

De nuevo otra verdad que se le escapaba y tenía justo delante. Al menos había conseguido un nombre, o más bien una palabra, y sabía que ese "Haki" seguro tenía que ver con lo que había visto, pero no comprendido, en Jojo.

—El combate se reanudará en treinta segundos.
Kai tomó la posición con la que había iniciado. Lo repetiría, pero esta vez algo más lento, para asegurarse de que su enemigo no podía aferrarle con una presa. Jojo le imitó, como un vulgar espejo.

—¿Crees que puedes vencer a mi puño con el tuyo?—rió, relamiéndose los dientes.

Al final aquello iba a ser verdaderamente divertido. La resistencia siempre lo era.

Chocaron.

Levanta el puño. Cierralo. No, así no. Si metes el pulgar dentro de los dedos, puedes romperte el tendón. Por fuera. Bien. Apriétalo y tócalo. ¿Está duro? Claro. Es un puño. ¿Pero qué forma el puño? ¿Qué va a golpear? Son los nudillos los que hacen contacto, seguida de las falanges que están convenientemente apoyadas en la mano. Ahora, presiona un poco tu puño con la otra mano, como si la golpeases. Si lo haces en los nudillos, no pasa nada, aunque si lo hicieseis con mucha fuerza podrías correr el riesgo de torcerte la muñeca. La muñeca, pues, forma parte del puño. Es necesaria para su fuerza tanto o más como lo es el brazo. Es algo que se entrena, e incluso se refuerza. Ahora con dos simples dedos y el puño cerrado, empuja el otro extremo de tu puño. ¿Qué otro extremo, dices? El de tus dedos. Ahí donde la primera falange se articula con la segunda. El índice y corazón son bastante estables gracias al pulgar, pero el anular y el meñique ceden con mucha más facilidad. Las manos humanas, en realidad, no están hechas para golpear. Es por ello que necesitamos técnica para aprender a golpear correctamente.

Casi lo mismo puede ser aplicado a cada parte del cuerpo si se tiene el conocimiento y se piensa un poco.


Ambos contendientes habían cruzado trayectorias. Se habían interceptado. Pero Jojo se había agachado de más.  Ambos se giraron rápidamente. Kai se miró los dedos completamente destrozados con un súbito pavor... Tardó un simple instante en recordar quién era, y supo que hasta con una en la espalda podía ganarle.

Volvió a acometerle, esta vez con una patada que Jojo apenas pudo detener pese a adelantarse y recibirla con ambos brazos. Mas esta vez, en lugar de salir despedido, Jojo apenas se movió medio metro, su mano envuelta en sangre. Su mano izquierda. El certero dolor de su rodilla hizo que Kai perdiera el equilibrio cayendo al suelo. La tenía vuelta, medio arrancada. Gritó.

Jojo se alejó y se tambaleó. Incluso tan duro como era y el haberlo parado, aquello había sido cuanto menos arriesgado. El golpe le había mareado, y allá que vomitó la poca mucosa que aún quedaba en su estómago. Podía notar como el moratón de su costado comenzaba a extenderse, fruto de al menos dos costillas rotas. También le dolía la mano que, endurecida, había actuado como un cruel garfio vilmente introducido en la corva.

Mientras recuperaba las fuerzas que le había arrancado el golpe, la mente de Jojo llegó a un claro diagnóstico. Incluso si llegaba a aprender los entresijos del Semei Kikkan a un nivel superior al suyo, sería muy difícil que aquellos ataques no le dejaran secuelas. Pero se lo merecía, ¿no? Al menos eso había decidido antes de contemplar las horribles consecuencias.

Su alma demandaba sangre. Su mente, clara y concisa, sabía que lo que tenía delante era puro mal. Sin embargo, aunque aquello fuera verdad... Algo no estaba bien. No solo consigo mismo, ni con el psicópata sin corazón que tenía delante...

Cuando Kai se sentó en el suelo, intentando reincorporarse para seguir luchando, Jojo sintió la imperiosa necesidad de continuar. De ir a por sus talones, pisándolos para hacerlos añicos. De patearle la cadera para luxársela, subiendo después a las lumbares, rompiéndola una a una subiendo poco a poco para que la súbita pérdida de sensibilidad y movimiento incrustara en su alma un terror absoluto. Deseó pinzar su carne, extendiendo su propia voluntad sobre la de aquel monstruo para arrancarla como a bocados con la misma facilidad que había aprendido a romper el papel higiénico en trozos bien lejos de las secciones delimitadas. Ansió golpear los nervios que le recorrían las axilas, dislocarle los codos y la mandíbula. Quería verle sufrir y suplicar por una clemencia que no obtendría de él.

No hasta que decidiera golpearle la sien, propagando el golpe directamente a su cerebro electrocutado por el dolor. O hasta que introdujese un dedo pistola en el canal que le ofrecía su nariz y oídos. O hasta que introdujese la mano por el hueco bajo su caja torácica, golpeando suavemente el corazón para rompérselo. Eso sería lo más poético.

Y entretanto haría uso de sus conocimientos médicos para asegurarse de que seguía consciente. De que vivía aquel momento que alargaría todo cuanto le fuera posible. Aunque supiese que estaba mal.

Pero no tan mal como lo que había hecho él. Como... lo que estaban haciendo otros. Como lo que estaba viendo en el horizonte de sucesos.

Jojo se vio a si mismo dar un paso hacia delante. Siempre hacía lo mismo. A veces directo, otras rondando por la derecha, otras a la izquierda. En alguno casi saltaba, como un diablillo cruel y feliz. Allí siempre estaba Johan, gritando de frente la mayoría, otras encogiéndose sobre sí mismo, casi ninguna pidiendo ayuda.

A medida que su inacción tomaba forma, los fantasmas del futuro iban desapareciendo. Estaba cansado. No exhausto. No como para negarse aquella merecida satisfacción. Aquel simple y cruel contento. Aquella pasta sobre el cubo de la basura, algo sucia, pero aprovechable.

No había nadie allí para detenerle.

El rankyaku le dio de lleno en el pecho, hundiéndosele en su piel y haciéndole sangrar.

—¡Eso te pasa por confiarte! —gritó el caído, que aún tenía una pierna y un brazo sanos.

Aun quería luchar.

Jojo se quedó quieto, admirando el dolor como una dulce penitencia. Su sonrisa, la que inconscientemente era cruel y lobuna, se endulzó. Fue consciente de todo. Se dejó caer hacia atrás.

—El combate ha terminado. El ganador es el Agente A-701.

En la sala de monitorización se empezó a liar la de ciento y madre. Algunos gritaban exigiendo justicia, otros llamaban a la calma. El resultado del combate tan rápidamente decidido había decepcionado a todos, de una manera u otra. Pocos se mantuvieron en silencio, y aún menos abandonaron la sala sin quejarse de alguna manera. Muchos se echaban la culpa los unos a los otros, que a saber qué consejos le habían dado al mudo, y otros lo atribuían a la naturaleza del agente, culpando a quien demonios le hubiera vuelto así por genes o crianza.

Johan no pudo quedarse en silencio.
—Hijo de puta...—dijo, asombrado y feliz.

—¿Sabes qué ha pasado? —inquirió Bonemeat, curioso.
El novato no podía saber hasta dónde llegaba la farsa del mamotreto. Era incapaz de verla, por mucho que la intuyese.
—Ni idea —dijo, sin mentir.
El agente de "choque" entrecerró los ojos.

En la oscura sala de control, el comentarista se reclinó en el asiento. El experimento había fallado... Aprendería de ello, como de cada fallo, pero lamentaba que las consecuencias  no se limitarían solo a eso.
—Odio hacer horas extra.


Epílogo

En la sala de experimentación 312 Jojo continuó golpeando. Los láseres marcaban los distintos puntos del saco de entrenamiento, apareciendo y desapareciendo a distintos intervalos forzándole a adaptarse a la silueta de su adversario holográfico. La sensación de golpear el gel era similar a la carne humana, pero los shigan que se clavaban en la elástica superficie a prueba de balas no ofrecían una simulación real. No había sangre, ni sonido, ni calor.

Siguió golpeando, cambiando de postura, invirtiéndola, saltando aquí y allá en un extraño y aparentemente patoso juego de pies que estaba cuidadosamente medido. Cada uno de aquellos ataques cargado con el poder de su voluntad.

Entonces se detuvo y retrocedió, y el pringue sangró de aquel corte en la superficie.

—¡Joder! ¡¿Otra vez?! ¿Tú sabes lo caros que son estos equipos?! —chilló Aloisa por las comunicaciones, su grito amplificado por el micrófono.

El mudo se tiró al suelo, los brazos en gesto suplicante. Arrastrándose pidiendo piedad a aquella voz sin rostro, dando vueltas y trompicones como el gusano arrepentido que era.

—¡Eso, laméntate! ¡Tenemos un presupuesto limitado, ¿sabes?!—se quejó, pero no fue capaz de ocultar del todo su tierna risilla.

Después de aquello, y de una ducha obligada tras un apestoso abrazo, se fueron a la cafetería a tomar unos dulces. Aunque no eran capaces de pasar mucho tiempo juntos, lo poco que podían lo aprovechaban. A sabiendas de la temporalidad de todo, y de que acabada su misión pronto volvería a ser un agente errante, Jojo se arriesgó. Porque sin riesgo no había beneficio. En la pequeña y corta sobremesa le hizo entrega del papel.

—¿Más sugerencias? —preguntó, sacando sus gafas para leer—. Qué manía tienes con decirle a la gente cómo tiene que hacer las cosas...—se burló, con aquella risilla.

Pero esta murió. Murió con la misma rapidez que la semilla que podría haber germinado por recibir demasiada atención.  Por no dejarla simplemente estar un tiempo, y regarla con demasiada insistencia. En su rostro pálido y pecoso se esbozó una pequeña mueca de... bueno, de cuidada pena. Un pequeño lamento.
—Lo siento, pero no me gusta mezclar relaciones personales con mi trabajo... ¿Lo entiendes, no?

Jojo asintió y movió la mano delante suya, encogiéndose de hombros, quitándole importancia. Lo entendía. No pasaba nada.
Sin embargos ambos fueron conscientes del cambio. Ahora todo se había vuelto incómodo.

Mirando un reloj imaginario, Jojo se puso en pie con dramatismo. Extendió el puño, que incómodamente chocó. Siempre se despedían y saludaban con un abrazo, pero aquel nuevo gesto, del que inmediatamente se arrepentía, constituyó la nueva dinámica. Al cabo de un rato, ya bien lejos, Jojo aminoró su apresurado y algo ridículo paso, cambiándolo progresivamente por un lento y meditabundo deambular.

Llegó al despacho y entró sin llamar.

El científico era, por encima de todo, práctico, y ello resumía bastante el estilo de su mobiliario. Superficies rectas, funcionales y minimalistas. Un escritorio ordenado a la perfección, con solo una pantalla en el centro, y enmarcando aquel cuadro que le tapaba el rostro había otro, una puerta que daba a la sala de monitorización para separar ambas áreas formalmente. Era un hombre modesto, rozando ya los setenta años, tan anodino y falto de singularidades físicas que en su día había servido como modelo de catálogo para los agentes. De hecho, aún llevaba los trajes de aquella época; pues no había razon para cambiarlos.

—Siento lo de la chica—dijo sin quitar la vista de la pantalla. Una simple pero útil formalidad.

Había tardado en venir a verle. Había estimado que llegaría, lo menos, tres días antes. También había estimado posibles represalias y sus métodos de contención. Pero Jojo era un hombre extraño, difícil, y por ende interesante de estudiar. Por mucho que pretendiese ajustar los parámetros, el intervalo de confianza de las variables alrededor de aquel sujeto era asombrosamente laxo. Dejó de evaluar los datos de otro proyecto y dedicó un mayor porcentaje de su atención a digerir la cuestión que se le ofrecía delante. ¿Qué hacía él allí?

—El informe del experimento sobre la inducción del despertar del haki del rey ya ha sido enviado. Pero como segundo autor —Y cobaya— puedes revisarlo y añadirle tus comentarios. Lo añadiremos como un anexo cuando lleguen la respuesta de los editores.

Despachado el asunto de su colaboración, que era lo último que debían tratar, volvió a escribir, pero el mudo no se movió de allí. Tras terminar la sección que estaba perfilando, el burócrata empujó levemente su silla a un lado para mirarle por fin a la cara.

—Sabes que no voy a disculparme, así que supongo que has venido a pedirme algo más que el acceso a los videos. Si pretendes extorsionarme por las irregularidades de mi proceder, creo que ya sabes cómo acabará todo. Sin embargo, puedo concederte ciertos méritos por las molestias. ¿Quieres vacaciones? ¿Un traslado? ¿Más paga? ¿O quizás una ampliación en tu seguro de vida para tu familia? —añadió, implícita la velada de que quién controlaba el sistema era capaz de tanto lo bueno como lo malo—. Tu dirás.

No había burla, ni sorna en aquella voz. Solo, quizás, cierta impaciencia por volver a sus asuntos. Jojo le contestó.
—¿Disculpa?
Rara vez necesitaba que le repitiesen algo. Aquello, más que por la brecha del lenguaje, había sido lanzada como una confirmación. Quería estar seguro de que su cuerpo, la realidad con la que interpretaba el mundo, no le fallaba. Jojo lo repitió.

Muy lentamente, con la mirada fija en aquella anomalía, el científico volvió a su lugar.
—De acuerdo.

Zanjado aquello, el cornudo accedió a la sala de monitorización. Tenía mucho que ver, y aún más que aprender.


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[Diario Jojo]  Ambición [Listo para corregir I] Empty Re: [Diario Jojo] Ambición [Listo para corregir I] {Miér 12 Oct 2022 - 17:15}

En un principio, a Jojo le pareció que el concepto de "técnica" era algo sumamente curioso. Aquello era ponerle una nueva etiqueta a un movimiento, reduciéndolo no más que a un nombre rimbombante como "Puñetazo destructor", "Dedo pistola" o "Paseo aéreo". La nueva denominación, tan importante como el movimiento en sí, debía pues ajustarse no solo a la verdad que representaba, sino a la inspiración original de su autor o usuario. Aquella tarea, sin duda alguna, era la que le pareció más complicada.

Todo comenzó con el Jugon. Un heredero del shigan de puño cerrado. Un movimiento simple para una técnica simple con nombre corto y simple.  Su entrenamiento también era sumamente sencillo. Simplemente debió limitarse a dar puñetazos. Darlos una y otra vez poniendo en sus músculos los conocimientos del Semei Kikkan para aplicar la dureza del Tekkai y la velocidad del Soru. Fácil. No pasó apenas tiempo hasta aceptar que la había dominado. El costo de todo aquello fue también mínimo en materiales, pues los agentes en formación dejaban tras de sí un montón de restos agujereados que podía reutilizar bajo bien conocida premisa de que usar un objeto con agujeros para practicar el shigan aumentaba enormemente el riesgo de lesiones dactilares. Él mismo, de origen humilde y propenso a no malgastar lo que podía ser reutilizado, se había roto los dedos allá en su formación cuando se devió hacia uno de los agujeros ya hechos y el resto de su índice siguió hacia delante dejando la primera falange atrás. Una vez se dio por satisfecho al romper la madera y dejar la impresión de su puño en la piedra, Jojo pensó que había dominado lo suficiente el Jugon como para usarlo en aquella misión en la que, como ya sabemos, se rompió las manos.

Tuvo tiempo, y dolor, para reflexionar el porqué de todo aquello. El que "Las manos no están hechas para golpear", nació, fruto en parte de su impotencia y en parte de sus conocimientos médicos y anatómicos, mas no pudo evitar entonces preguntarse ¿por qué?. ¿Por qué entonces se enseñaba el shigan? ¿Por qué funcionaba? ¿Por qué se enseñaba como parte del rokushiki?

Los dibujos de las manos, aún más difíciles de dibujar con los pies, le llevaron a una respuesta bastante obvia cimentada en pilares cuanto menos evidentes.

Extiende tu dedo índice, tal y como harías para hacer el shigan. Verás que se alinea perfectamente con tu brazo. Este eje, acompañado del movimiento, permite que ejerzas la fuerza. De hecho, podría parecer más práctico enseñar el shigan con el dedo corazón,  ya que está este aún más centrado, pero ¿has intentado extender ese dedo solo? La construcción de la mano no te deja. O al menos no lo hace a menos que seas algún tipo de prodigio del piano, o hayas llegado a un mayor control del Semei Kikkan como para extender tus tendones más allá de lo normal. Podrías usar los dos primeros, pero entonces le añadirías problemas al otro pilar. El área. La presión es igual a la fuerza entre el área. A menor área, mayor presión. Con la suficiente presión, todo puede ser perforado. El último apoyo lo constituía la relativa flexibilidad de los dedos, que los permitía deslizarse entre las costillas si se diese el caso, permitiendo a los menos fuertes practicantes del rokushiki seguir matando.

Matando.

Aquella palabra, o más bien aquella idea, reverberó en la mente del mudo. No podía escapar de la verdad, de lo que había hecho. Había matado. Sí, puede que hubiese acabado con seres que no podían ser considerados humanos, pero había matado. Había acabado con la vida de seres retorcidos que, en algún momento, habían tenido el potencial de ser personas. Que, quizás, podrían haber vuelto a serlo en algun punto. No pudo evitar el preguntarse qué haría cuando se enfrentase a gente así. Gente que aún eran personas....

Al gobierno nunca le había interesado ser laxo con los criminales. Eran efectivos, directos y los usaban para dar ejemplo. Ejemplo de lo que pasaba si uno se desviaba del camino de la rectitud y la justicia. ¿Reencauzarles? Eso era un delirio de La Marina, y así les iba. Sin embargo no todo era blanco ni negro, si no de un gris que por desgracia ya no estaba entre la paleta de colores de su uniforme.  Estaba obcecado en que el cambio comenzaría con él, y cuando se viesen los beneficios de su radiante bondad quizás pudiera inspirar a otros para desviarse de la doctrina.

A Jojo no le fue difícil pensar cómo podía ejercer una justicia no letal. Después de todo, era médico -a falta de título- y una persona con una imaginación desbordante. El problema de todo aquello era cómo podría poner en práctica sus conocimientos. No era como si tuviera a su disposición gente con la que practicar, y lo cierto es que no quería arriesgarse a hacerlo, así que tuvo que pensar en alternativas.

La primera fue trabajar con muertos. Desafortunadamente, en parte, el complejo no tenía morgue. Aunque teniendo en cuenta lo que tenía pensado, probablemente le hubieran echado de allí. Ir cogiendo cadáveres de un lado a otro para diseccionarlos a base de golpes era poco ortodoxo, además de un pecado bastante gordo. Además, estaba la cuestión de que un cuerpo humano muerto carecía de la resistencia propia del tejido vivo.

La segunda, sin embargo, tuvo cierto éxito. Siempre se necesitaba personal en las cocinas, y aunque no se necesitase en ciertos momentos, siempre había alguien dispuesto a que le relevasen de su pesado trabajo. Desmembrar los cerdos y vacas , asi como alguna otra extraña bestia marina, previo a su racionamiento tenía sus pros y sus contras. De primeras, el tejido era mucho más duro que el humano, por lo que tuvo que aprender a ser especialmente cuidadoso para dislocar las articulaciones lo justo, no por respeto hacia la carne en sí, sino a la que le hacía de simulacro. Luego, dada la variedad de anatomías ante las que no estaba tan familiarizado pese a sus dibujos y estudios del movimiento, aquel entrenamiento le hizo inspiró para la idea de la "Maldición de la Forma", obligándole a estudiar la carne congelada por el tacto y la fuerza para encontrar la mejor forma de luxarle los huesos de la articulación.

Por supuesto la situación no se perpetuó mucho en el tiempo, pues los cocineros de turno se quejaron cuando accedieron a las piezas, limitando el acceso a las cocinas sin terminar de encontrar al responsable del estropicio realizado en sus preciados ingredientes. Pero tras haber catado el concepto en práctica, Jojo no tardó en aprovechar sus nuevas funciones como limpiador de instalaciones para aprovechar la práctica de la segunda técnica.

Hacer vibrar las manos agarradas a los cepillos demostró ser una forma maravillosa de sacar la mugre. Era un ejercicio tremendamente costoso, pero constituía un paso necesario si quería desarrollar otra técnica. Sin embargo, una vez tuvo la fuerza y resistencia necesarias para limpiar un buen trozo de pasillo, le golpeó la misma problemática. Regularla. Reducir su potencial letalidad. Aquello conllevó más tiempo, y la fortuita ayuda del equipo de investigación en desarrollo de la pasta alimenticia. Teniendo que comer seis veces al día, llevarla en un vaso de batidos fue lo más practico. Y batirla sin romperla, haciéndola chocar contra las paredes del recipiente, lo que supuso el sucedáneo perfecto para el tejido cerebral.

Mas no todo lo que entrenaba Jojo debía ser una aproximación de lo que debía ser. Había cosas que podía poner en práctica, verdadera práctica, o más bien que tenía que. Doña Marmite tenía razón, no podía quedarse quieto recibiendo palizas a la espera de que uno de esos golpes de los agentes más llenos de odio y crueldad le acabasen lesionando -o matando.  Al principio pensó en desarrollar un kempo basado en el kami-e para esquivar a sus adversarios, pero el esquivar constantemente conllevaba demasiada energía y atención. No. Le dio la vuelta al concepto. Usó la relajación de su cuerpo no para esquivar, sino para recibir. Aquello, combinado con su tekkai móvil, se convirtió en una defensa más que aceptable ante las palizas. Aunque siguió necesitando de su recurrir y afinar su mantra para doblarse ante los ataques con más falta de escrúpulos.

Sin embargo un combate, aunque sea de práctica, no puede desarrollarse sin realizar ningún ataque. Jojo optó pues por inofensivos golpes dados prácticamente sin fuerza para afinar su precisión. No quería lesionar a nadie, solo saber que podía llegar a hacerlo si lo requiriese dado el momento. Por supuesto esto implicó el que no ganase casi nunca, siendo derrotado por las palizas ante las que tenía eventualmente que rendirse. Las veces que ganaba generalmente lo hacía por incomodidad de sus adversarios, que no gustaban nada en absoluto de que el mudo les golpease con caricias y pellizcos que tenían más de juego que de verdadera competición.

Todo aquello, aunque resultase trivial, constituía el grueso del entrenamiento destinado a las técnicas. Al menos aquel que tenía lugar en la realidad tangible. Existía, si a eso se le podía llamar existir, una parte imaginaria a todo aquello. Una que perpetuamente acompañaba a los movimientos y los extendía para ir más allá de lo que se atrevía a hacer. Una en la que usaba su conocimiento, su experiencia y su imaginación para trazar las consecuencias de lo que su carne no se atrevía a hacer.

Golpear un nervio era algo fatal. Prohibido. Un pecado con el que solo se atrevía a hacer en lo onírico, acercándose apenas en la realidad con pequeños pellizcos para confirmar la localización que le otorgaba el conocimiento de su credo. Mas no se limitaba a aquello. No solo soñaba con el golpe, sino también con sus consecuencias. Como poco un desmayo, una temporal pérdida de la sensibilidad y fuerza.    Si se pasaba, le pérdida de función, recuperable o no, o la muerte. Una muerte simple, sin crueldad ni sufrimiento, pero una muerte.

El fin de todo.

Jojo recibió el golpe y cayó hacia atrás rodando. Se había agachado en el último momento, viendo la cruel intención de la dama por golpear su hombría con todas sus fuerzas. Arrastrándose hacia atrás en el suelo cómicamente con los pies se alejó de la muchacha que había considerado torpe y amable, pero no cruel, hasta aquel preciso instante. La había visto sonreír, en parte con picardía y en parte con maldad. Para ella, como mujer, aquel acto no era más que un juego sin repercusiones; un golpe como cualquier otro que tenía como añadido el divertimento de verles retorcerse. No conocía el dolor.

—Aw...—bromeó, con una burlesca pena—. ¿Ya estás huyendo? ¿De la pequeñita yo?

Era tan adorable como un gatito. Pequeña, de belleza inocente y curvas ajustadas. Verla coquetear con los blandos de corazón y duros de mollera era como contemplar un cuadro. Había hecho de sus encantos un arte, pero creer que esas eran sus únicas armas hubiera sido un error. Prefería, sin embargo, por vagancia felina, que otros combatiesen sus batallas. El qué hacía entrenando con Jojo era un misterio para todos, más nosotros por la bondad de la narración podemos saberlo. Entrenaba con él no por odio ni un cliché de que no le prestase atención, sino porque la atención y la bondad que le prestaba la destinaba también a otros. No había detrás de sus buenas formas y favores la intención de llevarla al huerto, de ganarse nada más que ayudar a un compañero. Así pues, él era el candidato perfecto para luchar: no iba a ser ni blando ni cruel con ella, aunque sí que fue bobo.

—Vas a pelear en serio ya, ¿o vas a seguir huyendo? —preguntó dejando a su pasmado enemigo levantarse—. He bailado con chicos más grandes que tú —bromeó con aquella connotación que le hacía sentirse nervioso—, creo que puedo aguantar lo que me eches.

Contemplando la inacción del cornudo, la chica se lanzó de nuevo.

No era solo a sus ojos y a los de otros, era la verdad. La agente Dove Love era débil. Lo era al menos en lo que importaba en el campo de batalla. Sus fortalezas estaban en otro sitio, en lo social, en la infiltración, en una mente despierta, pero su cuerpo era blando y suave. Decir que compensaba una cosa con la otra era verdad y mentira a partes iguales, pues una espada sin filo, aunque pueda entrar fácilmente en un ojo, sigue sin cortar.

Jojo paró los puñetazos dados con ganas pero sin disciplina. Luchaba como un niño pequeño. El que hubiera pasado la instrucción era, probablemente, debido a sus encantos. No todo era liarse de tortas en el Gobierno, eran igual o incluso más necesarios los espías, los burócratas y los científicos. Aflojando sus músculos para recibir el impacto sin repercusiones para ambos le fue fácil, mas la jodía le dio un pisotón en el pie descalzo. No le hizo apenas daño por la abismal diferencia de fuerza, pero el mudo no pudo evitar preguntarse si aquello había sido fortuito o planeado.  En respuesta le dio tres caricias y un pellizco en el brazo.

La chica cambió de postura, llevándose las manos a las caderas con el gesto fruncido. Un reproche.
—Pero pégame de verdad, hombre, si no ¿cómo pretendes que aprenda?

Un solo golpe, uno de verdad, podría matarla. Aquello no era cuestión solo de una diferencia de fuerza, sino de ciencia.

La chica levantó su dedo.
—Vamos. Uno.

Jojo se quedó mirándola a los ojos. A aquellos ojos color miel llenos del brillo de la juventud. Había vivido poco, y demasiado bien. Exhaló, cansado. Asintió y levantó un dedo en respuesta. "Solo uno". Teniendo en cuenta su pasado con las mujeres, podríamos suponer que el cornudo tenía la misoginia arraigada, pero en el bello jardín de su espíritu no había lugar para las raíces de aquella maligna planta. No, no le daría el golpe de verdad tal y como algún zopenco habría hecho. Tampoco falsearía un golpe al completo, pues aunque era caballero lo era para todos sin importar su género. Colocando la mano izquierda sobre el rostro de la muchacha, golpeó su mano con la otra suave pero firmemente para propagar el impacto contra el punto en su mandíbula.

La extrañeza y reproche de la muchacha murió con el brillo de sus ojos. Se volvieron planos, huecos, desprovistos de toda emoción cuando aquella extraña sensación remplazó a todas. Perder el conocimiento es, en si mismo, una experiencia que no puede experimentarse. Es como dormir. Uno sabe qué pasa antes y qué pasa después, pero no entretanto.

Love Dove se revolvió sin saber dónde estaba, su cuello masajeado con cuidado mientras se daba cuenta de que estaba siendo amablemente sostenida para no caer al suelo. Se sintió momentáneamente perdida y aterrada, presa del pánico de ser una presa. No había palabras tranquilizadoras para calmarla, no podía haberlas, solo un toque firme que la sostenía sin agarrarla. Respiraba entrecortada, aún dándose cuenta de dónde estaba y qué había pasado. Tras el pequeño y súbito terror vino la misma paz de saber que estás seguro en tu cama tras una pesadilla. La dejó sentada en el suelo.

—¿Ves?—dijo con una sonrisa reconfortada—. Podía aguantarlo...

Jojo se levantó. Sabía qué iba a pasar. Lo había visto con la misma claridad con la que veía lo que se escondía en los cuerpos de las personas. En este caso, lo había oído.

—¿Podrías enseñármelo? Me vendría muy bien para irme a dormir.

El brillo había vuelto. La sensación no había perdurado lo suficiente. La chica no era consciente de que podría haberla matado. De que podría haber muerto. Vivía y eso era lo único que le importaba. Alguien así, alguien que simplemente quería aprender la técnica para usarla no debía tenerla. El demonio se dio cuenta entonces que algunas tendría que mantenerlas en secreto, pues pocos serían consecuentes con las responsabilidad que acarreaban.


Última edición por Hush el Dom 30 Oct 2022 - 11:40, editado 5 veces
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[Diario Jojo]  Ambición [Listo para corregir I] Empty Re: [Diario Jojo] Ambición [Listo para corregir I] {Lun 17 Oct 2022 - 20:50}

Seccion Jojo y el lenguaje de signos:




Seccion entrenamiento just:



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[Diario Jojo]  Ambición [Listo para corregir I] Empty Re: [Diario Jojo] Ambición [Listo para corregir I] {Jue 27 Oct 2022 - 23:49}

Buenas noches y bienvenido al consultorio del brujo Marujo. Tengo una lectura para ti y viene calentita. ¿Empezamos?

Lo primero que tengo que decir es que ha sido un diario... curioso en cuanto aspecto. La historia llama. Tiene una trama sinceramente interesante y muy llamativa que me enganchó desde primer minuto. Sin embargo, la forma de transmitirla la estropea; es muy difícil seguir la lectura. Hay partes donde te comes sujetos o realizas elipsis innecesarias que hacen seguir el contexto farragoso. Me he estancado varias veces y he tenido que releer muchos párrafos bastantes veces. Y aún así, hay algunos que simplemente no se entienden. Y me da rabia, porque con haber hecho una segunda lectura y corregido los errores, hubiera sido una narración muy disfrutable. Por ejemplo, aún no tengo ni idea de cómo murió la chica con la que Jojo se llevaba bien. E insisto, el diario en sí me ha gustado, pero esto me deja un sabor agridulce.

Sobre los entrenamientos. Ocurren casi todos fuera de escena. Sinceramente, no me siento capacitado para darte casi nada de lo que pides, simple y llanamente porque no lo desarrollas en absoluto. Simplemente dices "pasé mucho tiempo entrenando" y luego demuestras que Jojo puede emplear esas habilidades.

normas escribió:Para obtener cualquier premio ha de rolearse su obtención o entrenamiento de forma coherente. En el caso concreto de los entrenamientos, no se admitirán mejoras o técnicas obtenidas en un único post ni en menciones esporádicas.

Fuente: https://www.onepiece-definitiverol.com/t25543-reglas-de-rol-i-roles-experiencia-y-doblones (pestaña de premios, segundo párrafo)

Dicho esto, paso al desglose de cosas:

- Primer rol para haki del rey: Aceptado. Jojo es muy extraño. No es la clase de persona que esperarías que tuviese haki del rey. No es tan llamativo. Sin embargo, en el diario demuestra que tiene una voluntad férrea y fiera, si bien la muestra solo al lector.
- Mejora especial de precisión: Denegada. No he visto que entrenes tu precisión. Corrígeme si me equivoco.
- Mejora especial de inteligencia: Denegada. Que tu voluntad sea puesta a prueba no aumenta tu inteligencia.
- Mejora especial de astucia: Aceptada (-20 doblones). En general entrenar habilidades mentales es bastante abstracto, pero creo que con todo lo que ha ocurrido se puede justificar que Jojo ha demostrado cierta astucia y capacidad de toma decisiones rápidas.
- Mejora especial de resistencia: Aceptada (-20 doblones). Tras la palizas que le caen constantemente al pobre Jojo, creo que el aumento queda justificado.
- Mejora genuina de fuerza: Aceptada (-50 doblones). No haces más que entrenar constantemente, así que todo correcto.
- Mejora genuina de agilidad: Aceptada (-50 doblones). Lo mismo que arriba.
- Haki de armadura: Lo subes hasta nivel 3 (-60 doblones). No puedes subirlo al 4 dado que eres nivel 35.
- Haki de observación: Lo subes hasta nivel 3 (-40 doblones). Mismas razones.
- Bigan: No explicas qué es esto. Asumo que es el puñetazo de mr. Shonen character gone wrong aka Kai. Sin embargo no es algo que entrenes en ningún momento. Solo dejas caer que lo has usado a la vez que Kai (o eso he entendido). En cualquier caso, denegado.
- Tekkai Bouncy Clown: Denegado. No entrenas esta técnica durante el diario.
- Medic: Dislocate: Denegado. La única mención a esta técnica es cuando dañas la rodilla de Kai. No justificas conocerla en ningún momento.
- Medic: Anesthesia: Denegado. Igual me estoy tirando de la moto, pero creo que esta técnica ni siquiera se menciona ni de manera indirecta en todo el diario. No recuerdo haber visto nada. Lo más parecido podría ser cuando haces una breve mención al final a que estás entrenando con un muñeco de gel, pero no llega ni de lejos para justificarlo. Imagino que quieres justificarlo con esas menciones a cuando realizas golpes contra tus compañeros que nunca finalizas, pero es más de lo mismo. No es suficiente, no has entrenado esto específicamente.
- Medic: Nerve temporal trauma: Denegado. Mismos motivos.
- Medic: Brain Shock: Denegado. Lo mismo.
- True Semei-Kikkan I: Aceptado (-10 doblones).
- True Semei-Kikkan II: Denegado. No puedes entrenar en un diario una técnica y su mejora. Tendrás que entrenar la segunda parte en otro.

Dicho esto, obtienes 123 doblones y gastas 250, para un saldo total de -127. Consigues 1.233 px.
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[Diario Jojo]  Ambición [Listo para corregir I] Empty Re: [Diario Jojo] Ambición [Listo para corregir I] {Vie 28 Oct 2022 - 9:54}

En primer lugar muchas gracias. Pues fijate que lo leí un par de veces, pero entre que soy barroco y el poco de dislexia pues mal supongo para esos párrafos. Me encantaría que me comentases por privado alguna de esos parrafos a ver que tal.

Por lo otro la chica al final NO MUERE que es la que sale al final. Porque es todo trama del señor este burócrata. Murió alguien, si, con alguna explosión (el que ignora Kai) pero al final no resulta ser la chica aunque le dijeran que sí.

ME GUSTARIA EDITAR para AÑADIR los entrenamientos de las médicas, al menos, y el Bouncy Clown al final, de forma más apropiada como entrenamiento puro y duro sin trama. Creía que se entendia al menos este ultimo con el tema de aprender a recibir golpes y tal, pero se ve que no.


Por cierto, has puesto Mejora de ASTUCIA y supongo que es ¿Agudeza?... Por confirmar vamos.


Lo bueno es que para el siguiente diario que tengo pensado pues destinaré secciones de entrenamiento puro para evitar esto.


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[Diario Jojo]  Ambición [Listo para corregir I] Empty Re: [Diario Jojo] Ambición [Listo para corregir I] {Miér 2 Nov 2022 - 11:15}

Bueno, he tenido que poner doble post porque no me deja editar el anterior pero ya en teoría está.

Es muy difícil hacer un entrenamiento para algo que realmente es causa de un conocimiento médico. O al menos es difícil sin ponerse a matar gente como un desgraciado, cosa que no le pega nada a Jojo.
Creo que he justificado suficiente el Bigan, el Bouncy Clown, el Dislocate, el anestesia esta un poco al aire, el nerve temporal trauma no hay forma, el Brain shock si porque es relativamente simple (como golpe en lugar de como versión vibradora, porque realmente no se termina de atrever con un inocente).

Está todo el el ultimo post como añadido, asi no hay nada que re-leer. A ver qué tal, si no pues veré como podre hacerlo en un mini diario solo de entrenamiento.
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[Diario Jojo]  Ambición [Listo para corregir I] Empty Re: [Diario Jojo] Ambición [Listo para corregir I] {Mar 15 Nov 2022 - 12:11}

Efectivamente fue un lapsus, me refería a agudeza. Dicho esto, añadimos a la lista de cosas aceptadas Bigan (-10 doblones), Bouncy Clown (precio en doblones pendiente), Dislocate (-20 doblones), Anesthesia (-50 doblones) y Brain Shock (-20 doblones).

Con la nueva extensión del diario, la experiencia obtenida es de 1.499 puntos y los doblones 149, a los que hay que descontar 350 por las peticiones aceptadas (a falta de saber la categoría de Bouncy Clown). Eso sería todo. Ánimo para tus próximos diarios y no pellizques a mucha gente.
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[Diario Jojo]  Ambición [Listo para corregir I] Empty Re: [Diario Jojo] Ambición [Listo para corregir I] {Mar 15 Nov 2022 - 15:28}

Ole ole y ole. Muchas gracias.
Para ahorrar al que pone las csoas son:

1.499 puntos de exp
y los doblones 149, a los que hay que descontar 350  = -201 doblones.
A lo que hay que añadir el coste de Bouncy clown que no está moderada todavía.

Desgolose Tecnicas obtenidas
Bigan -10doblones
Bouncy Clown (precio en doblones pendiente),
Dislocate (-20 doblones),
Anesthesia (-50 doblones) y
Brain Shock (-20 doblones).

- Primer rol para haki del rey: Aceptado. Jojo es muy extraño. No es la clase de persona que esperarías que tuviese haki del rey. No es tan llamativo. Sin embargo, en el diario demuestra que tiene una voluntad férrea y fiera, si bien la muestra solo al lector.
- Mejora especial de Agudeza: Aceptada (-20 doblones). En general entrenar habilidades mentales es bastante abstracto, pero creo que con todo lo que ha ocurrido se puede justificar que Jojo ha demostrado cierta astucia y capacidad de toma decisiones rápidas.
- Mejora especial de resistencia: Aceptada (-20 doblones). Tras la palizas que le caen constantemente al pobre Jojo, creo que el aumento queda justificado.
- Mejora genuina de fuerza: Aceptada (-50 doblones). No haces más que entrenar constantemente, así que todo correcto.
- Mejora genuina de agilidad: Aceptada (-50 doblones). Lo mismo que arriba.
- Haki de armadura: Lo subes hasta nivel 3 (-60 doblones). No puedes subirlo al 4 dado que eres nivel 35.
- Haki de observación: Lo subes hasta nivel 3 (-40 doblones). Mismas razones.
- True Semei-Kikkan I: Aceptado (-10 doblones).
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