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Me quiere, no me quiere - Privado/Pasado [Kodama & Iulio]

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Me quiere, no me quiere - Privado/Pasado [Kodama & Iulio]

Mensaje por Iulio el Miér 20 Jun 2018 - 17:48

-Que es peligroso, dice -refunfuñé, dándole una patada a la piedra que se interponía en mi camino hacia la libertad. Frente a mí se extendía una vasta y colorida extensión repleta de vegetación de lo menos común, o al menos eso creía yo. Nunca me había interesado por las plantas ni nada que estuviese relacionado con ellas, pero creía estar seguro de que mis ojos nunca habían visto ejemplares como aquellos.

Metí las manos en los bolsillos con un movimiento seco. Si tan peligroso era el lugar, ¿a qué demonios venía la idea de lanzar el ancla y desembarcar? Vale que el motor del "Monkey D. Garp" había hecho algunos sonidos extraños, pero seguro que podían haber forzado un poco la maquinaria para atracar en una isla más civilizada -cosa que, por otro lado, no era demasiado difícil-.

No, estaba seguro de que el capitán Kensington me había dicho aquello para tratar de amedrentarme, para asegurarse de que no me escaqueara de las labores que me había encomendado. Pues iba listo, porque no pensaba ir en busca de... ¿cuántas cosas nos había ordenado recoger de la isla? Ni lo sabía ni me interesaba, como demostraba el hecho de que mi mente hubiera desconectado tras oír las palabras "vuestro deber será".

No sería yo quien se patease semejante bosque habiendo varias decenas de marines en las cercanías; debía ahorrar fuerzas para cuando fuesen necesarias de verdad. No obstante, tampoco podía permanecer a la vista y presumir de mi escaso o nulo afán de trabajo. En consecuencia, mi única opción viable era matar el tiempo en algún lugar escondido y, viendo la naturaleza de la selva en la que me estaba introduciendo, debía haber muchos rincones que cumpliesen ese requisito.

No pude evitar sentir que me introducía de pleno en la paleta de un pintor, pues a mi alrededor se sucedían vegetales de todos los colores imaginables. Estos tenían diferentes tamaños, habiendo flores que con facilidad duplicaban mi altura y árboles de corteza dura que me llegaban por la cintura. Peculiar, de eso no cabía duda, aunque no era lo más insólito que se podía encontrar a lo largo y ancho de los mares.

Caminé sin rumbo fijo, dirigiéndome en línea recta la mayor parte del tiempo y modificando la trayectoria cuando me venía en gana. No abandonaríamos la isla hasta unos días después, por lo que mi margen de maniobra era más que suficiente. Me detuve cuando identifiqué el que sería mi refugio.

Una enorme flor de pétalos extremadamente gruesos inclinaba su capullo, quedando en posición horizontal e incitándome a que me acomodase en su interior. Desprendía un olor dulzón que no llegaba a resultar empalagoso, hecho que animaba aún más a otorgarle la categoría de cama o tumbona. «Adjudicado. ¿Qué es lo peor que puede pasar?», me dije, tanteando uno de los pétalos. Estos eran tan mullidos como hacía pensar su aspecto, y el tacto era casi tan agradable como el color celeste que los caracterizaba.

No me lo pensé, de modo que di un pequeño salto y me acomodé sobre él. Era curioso cómo, pese a lo frágil que aparentaba ser su tallo, era capaz de aguantar mi peso sin problemas. Sonreí, siendo consciente de que había encontrado mi lugar de reposo hasta que la operación "perder el tiempo" concluyese.

Me dejé caer hacia atrás, poniéndome cómodo y preparándome para descansar tras una larga jornada de trabajo. Sin embargo, cuando me di cuenta de que algo no iba bien ya era demasiado tarde. Los pétalos se cerraron por su extremo distal, aprisionando mis tobillos con fuerza. Forcejeé para liberarme, pero todos mis intentos fueron inútiles. Por si no fuera suficiente, el cautivador olor que había percibido anteriormente desapareció para dar lugar a un tufo nauseabundo. Los pétalos celestes adquirieron de repente un intenso color naranja, y el tallo de la planta se irguió hasta colocarse en posición vertical.

-¡Genial! -exclamé, comenzando a proferir improperios de toda índole. La sensación de agobio era indescriptible. Cuanto más luchaba, más me parecía que el vegetal apretaba para no dejarme escapar. De forma instintiva llevé una mano hacia Ámbar, girando la piedra que adornaba el anillo y oyendo cómo se cargaba. No pensaba acabar mis días de un modo tan ridículo. Si tenía que destrozar la planta, no dudaría en hacerlo.
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Re: Me quiere, no me quiere - Privado/Pasado [Kodama & Iulio]

Mensaje por Kodama el Jue 21 Jun 2018 - 18:18

La hiedra púrpura se movía lenta pero constantemente, como un grupo de víboras reptando en busca de comida. El arbusto del que surgían estaba lleno de huesecillos blanquecinos pertenecientes a pequeños animales. Sobre él colgaban las ramas de un imponente árbol que Kodama se vio incapaz de identificar, cargado de hojas que desprendían un aroma embriagador. Tan embriagador que dos de sus hombres ya se habían desmayado.

-¿Cuántas llevamos ya? -preguntó sin dejar de contemplar el mosaico de plantas desconocidas que se extendía ante él.

-Veintidós, almirante.

-¿No eran veintidós hace una hora?

-Lo eran, señor, pero a una le cayó agua y empezó a comerse a las demás. Si no me equivoco nos llevará más tiempo del previsto, pero llegaremos a tiempo.

Kodama asintió. Cass, su asistente, era de lo más eficiente. Iba a todos lados con esa libretita en la que una serie de números y listas resumían el mundo entero. Era el único motivo por el que el Roble no se había vuelto loco durante los primeros días en su nuevo puesto. Se la habían asignado para explicarle detalladamente las responsabilidades que conllevaba el almirantazgo, y buena falta le hacía. Para Kodama, ser almirante no significaba más que un número mayor de gente llamándole "señor", y Cass tenía el dudoso honor de guiarle.

Por el momento, había tomado tan solo unas pocas decisiones. Por ejemplo, llevaba traje, un dos piezas verde claro y con rayas oscuras confeccionado a medida y con zapatos a juego. Su segunda decisión fue no llevar esa molesta chaqueta, y no fue hasta que Cass le insistió muy respetuosa pero insistentemente en la necesidad de llevarla, que consintió en ponérsela. Su tercera medida como almirante... Bueno, ésa les había llevado hasta el Archipiélago Boin.

Los marines se extendían por toda la isla cargados con cajas de cristal y toda la precaución que podían reunir. Al fin y al cabo, se les había explicado muy cuidadosamente la importancia de no dañar planta alguna durante la expedición. El problema estaba en que nadie les había explicado a las plantas que no atacasen a los pobres soldados.

-Señor, está usted seguro... -empezó Cass. Kodama la miró, y ella señaló hacia su raíces, hundidas en el suelo como era natural-. La vegetación de este lugar es bastante agresiva. No sería raro que fuese por cosas como el agua o el terreno. ¿No cree usted que...?

-No tengo ni idea de qué hablas -fue la respuesta del árbol.

De vez en cuando se paseaba por la zona de recolección para comprobar cómo iba todo. Tenía que asegurarse de no perder a ningún marine con la misma intensidad con la que tenía que asegurarse de que nadie se llevase nada más que semillas sin germinar. No toleraría que se arrancase una planta o una flor. Lo cierto es que resultaba más difícil de lo que había esperado mantener el orden. La flora de Boin era, cuanto menos, poco acogedora, y la mayoría contaba con peligrosos mecanismos defensivos que ponían en aprietos a sus hombres. Kodama los vigilaba con su mantra, amplificado enormemente gracias a la alta concentración de árboles, pero no podían evitarse los accidentes.

En ese momento se estaba dirigiendo hacia el aura de un marine que se había separado del resto. Como él no lo necesitaba, no se le había ocurrido que pudiese haber ido a buscar algo parecido a un retrete, así que acudió para comprobar que todo iba bien. La misión que les había llevado allí era de lo más importante, pero no pensaba aceptar ninguna baja.

La situación resultó no ser para tanto: una flor de lo más curiosa había engullido a un hombre. Nada fuera de lo normal.

-¿No deberíamos intervenir, señor? -preguntó Cass.

-¿Qué? Oh, sí, claro -Se aclaró a garganta y dijo en voz bien alta-: ¡Escucha, muchacho, no hagas daño a la flor! -Y luego esperó a ver cómo el marine salía de ahí, sin dejar de pensar en el noble objetivo de su crucial misión.

"Aiss, me va a quedar un jardín estupendo".
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Re: Me quiere, no me quiere - Privado/Pasado [Kodama & Iulio]

Mensaje por Iulio el Sáb 23 Jun 2018 - 19:47

Me detuve para coger un poco de aire, aunque enseguida me arrepentí. Con la agitación y el forcejeo casi había llegado a olvidar el olor que imperaba en el interior de la flor, pero con la pausa éste volvió a inundar mis fosas nasales. Tuve que reprimir una arcada; lo último que quería era combatir contra una planta sumergido en mi propio vómito. Era asqueroso, lo sabía, pero debía hacer algo mientras esperaba a que Ámbar estuviese listo.

Entonces, como si el anillo fuese capaz de escuchar mis pensamientos, un chasquido me indicó que estaba listo para abrirme una puerta de salida. Sonreí, cerrando el puño antes de abrir la boca por última vez en el interior del vegetal -al menos eso esperaba-:

-Te vas a cagar, desgraciada -dije, apretando los dientes y preparándome para lanzar el puñetazo.

-¡Escucha, muchacho, no hagas daño a la flor! -exclamó entonces una voz demasiado familiar.

No pude evitar reconocerla, y no podía hacer otra cosa más que obedecer las órdenes del almirante. A fin de cuentas era por deseo suyo que estábamos allí. No tenía ni idea de por qué quería que recogiésemos tantas plantas, aunque tampoco sabía si alguien se había molestado en explicárselo a los tripulantes del "Monkey D. Garp".

Tal vez lo hubieran hecho. De hecho, era probable, y seguramente hubiese sido el propio capitán Kensington tras indicarnos qué debíamos hacer. Suspiré, dejando de agitar mis piernas y volviendo a colocar la piedra de Ámbar en posición neutra. No habría liberación, al menos una que implicase acabar con aquella maldita cosa. ¿Qué podía hacer?

Me tomé unos segundos para reflexionar sobre mi situación. La planta no parecía tener interés en masticarme, digerirme, ni nada por el estilo. Simplemente me mantenía prisionero, pero ¿con qué fin? A saber. No obstante, al escuchar la voz del almirante habían vuelto a mí unos pensamientos que ya habían rondado mi mente con anterioridad. Me resultaba extremadamente rara la actitud del capitán, que parecía mostrar un respeto que en pocas ocasiones le había visto. No era que no obedeciese las órdenes por norma general, pero solía ser diferente. Era difícil de explicar.

Fuera como fuere, según lo que sabía, había sido ascendido tras todo lo acontecido en Gray Rock. Yo ni siquiera había llegado a ver al famoso árbol de la Marina en acción durante el conflicto, pero lo que contaban sobre él no dejaba dudas acerca de lo merecido de su ascenso.

«¿Y ahora cómo salgo yo de aquí?», me pregunté tras volver a la realidad, agitando en una única ocasión el pie derecho. Por primera vez desde que casi fuese engullido por la flor, me tomé unos instantes pare ver qué me rodeaba. Frente a mí había unos filamentos dorados, los cuales parecían brillar con luz propia mientras se extendían con firmeza hacia mí. Apenas unos centímetros los separaban de mi rostro y, en un acto casi inconsciente, extendí mi mano derecha para tocarlos.

En cuanto lo hice la planta comenzó a agitarse, hasta que, unos instantes después, se movió con violencia y me lanzó hacia un árbol cercano. ¿Me acaba de estornudar, la muy desgraciada? Eso parecía, pero no podía tomar represalias con el almirante allí. Mi cuerpo se descompuso en un sinfín de esferas de luz, que no tardaron en reagruparse en el lugar de origen para dar lugar a mi cuerpo. ¿Había un modo más ridículo de presentarse ante un almirante? Lo dudaba. Por otro lado, ¿cómo demonios se podía explicar que hubiese sido capaz de mantenerme atrapado?

Me levanté lo más rápido que pude, observando el tronco contra el que me debía haber estrellado. Unos pequeños rombos de color oscuro se habían clavado en su corteza. ¿Serían las semillas de la planta? Tal vez. Cogí una para analizarla por pura curiosidad, olvidando por un momento que me encontraba en presencia de dos superiores. Cuando recapacité y me di cuenta de la situación en la que me encontraba, me volví hacia el almirante y me cuadré tal como hacía ante el capitán Kensington. En la mano que no había alzado, cerrada, llevaba cinco de las afiladas cosas que habían salido de la planta.
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