Yo no he sido [Pasado - Ichizake y Hamlet]

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Mensaje por Ichizake el Mar 3 Dic 2019 - 18:51

Todo el mundo en el North Blue sabía que las fiestas en casa de los Rainsworth eran las mejores. Las luces doradas de un millar de velas y lámparas de aceite que desechaban la electricidad en favor de un ambiente romántico y esplendoroso; la música, dulces notas cinceladas a partir del aire por los habilidosos dedos de los intérpretes; la comida, sorprendentes manjares preparados con tanta delicadeza como destreza por algunos de los chefs más reputados de los mares del norte; los suaves licores que embriagaban con sutileza y rompían las cadenas del raciocinio... Todo conspiraba para crear una atmósfera acogedora, elegante y desinhibida que marcaba una noche inolvidable.

Fuera, el crudo invierno norteño arreciaba. La nieve caía con furia sobre los jardines cubiertos de escarcha y abultados montículos de nieve marcaban, al igual que fríos túmulos, el lugar donde descansaban las figuras talladas en los arbustos. Una hilera de antorchas enmarcaba el camino que discurría desde las puertas de hierro forjado hasta la mansión en sí misma. Apenas unos pocos sirvientes lo recorrían todavía envueltos en abrigos.

Dentro, en el cálido refugio tras los muros del edificio, jóvenes nobles y herederos se codeaban en una amalgama de títulos que abarcaba casi la totalidad de los mares del norte. Cuánta sangre azul reunida en un mismo lugar... Tanta, que bien podría haber inundado aquel espléndido salón en caso de ser derramada.

Los invitados recibieron con un aplauso generalizado a su anfitrión cuando bajó del piso de arriba después de cambiarse de ropa. Oswald Leopold Rainsworth, ataviado con sus mejores galas, descendía por las escaleras con un paso deliberadamente lento, deslizando su mano enguantada en seda blanca por el pasamanos de caoba labrada. Sus zapatos, con un ligero tacón, amplificaban el sonido de sus pasos. Oswald cogió una copa que le tendía un camarero al pie de la escalera. El vino tinto que contenía era tan rojo como la tela carmesí que se entreveía a través de las cuchilladas de su jubón abullonado.

Todas las miradas sobre él en un silencio expectante. Su rostro empolvado era el foco de la atención de las damas; sus perfectos rizos blancos, de la envidia de los hombres. El joven anfitrión se tomó su tiempo. Aquel era un público delicado, y la situación se alejaba de lo común. Eligió las palabras con cuidado, sabedor de que las autoridades estaban al caer para interrumpir la fiesta con sus blancos uniformes y sus inquietantes y afiladas armas. Había dado orden a los sirvientes de que le avisasen para que él mismo pudiese recibir a los marines en persona.

Confiaba en no decepcionar mucho a sus invitados, pero era algo que no podía evitar. Esas cosas pasaban, no eran algo realmente excepcional. Aun así, resultaban un engorro.

Nada arruinaba más una fiesta que un asesinato.
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Mensaje por Hamlet el Miér 4 Dic 2019 - 6:06

Wyrm no tuvo que pensárselo demasiado para deducir que el cadáver, o, mejor dicho, la persona que había fenecido dejando atrás su cuerpo inerte, había sido asesinada. La postura en la que el muerto había caído y el lugar en el que se hallaba dentro de la sala resultaban determinantes para descartar cualquier tipo de causa natural. Todavía no había examinado el cuerpo hinchado y cetrino de aquel pobre gentilhombre en busca de heridas o marcas de forcejeo, puesto que tal tarea no podía realizarse con la flor y nata de la nobleza de la isla amontonándose junto a la puerta.

El sargento, que ya se había retirado la peluca perdiendo así parte de su disfraz, suspiró con aire cansado, mientras extraía con delicadeza las lentillas de sus ojos. El aroma a flores primaverales de la sala había quedado ahogado por el hedor que estaba empezando a desprender el muerto, que también parecía ensombrecer la estancia. Una imagen de pesadilla para aquella noche, en la que muchos esperarían que lo más siniestro fuera algún patricio demasiado bebido.

Pasándose las manos por el torso para alisar las arrugas de su blanco chaqué, provocadas por el minuto en el que había estado arrodillado junto a los restos mortales, el marine se dispuso a salir de la habitación y responder ante los invitados. Carraspeó secamente. No se le daba bien hablar en público.

Con un movimiento brusco, abrió de par en par las puertas de la habitación, cerrándolas detrás de sí con presteza. No resultaba adecuado que ninguno de los asistentes a la fiesta observase al difunto. Eso podía condicionar la veracidad de sus testimonios. No se demoró en recorrer con la mirada la flamante multitud. Allí se hallaban, boquiabiertos y cuchicheando con los ojos muy abiertos, tratando de ocultar el horror tras sus formas y sus modales.

-Aún no procederemos al levantamiento del cuerpo -inició, con voz grave-. Necesita analizarse con más profundidad. El forense vendrá pronto y nos ayudará a esclarecer la auténtica causa de la muerte del señor...

-Lewis -completó uno de los invitados, un orondo burgués que frisaba la cincuentena.

-El señor Lewis, en efecto. Bien, creo que debo presentarme. Soy el sargento Wyrm, de la Marina, y a partir de este momento todos los presentes sois sospechosos de llevar a cabo el crimen. Nadie saldrá de la casa.

Tal declaración provocó un rumor indignado que poco tardó en volverse un ruidoso escándalo que se apoderó de la sala. Barones, condes, marqueses y duques se mostraron airados de distintas maneras, y más de uno emprendió el paso en dirección al marine, buscando, coléricos, una respuesta más adecuada a su estatus. Pero para Wyrm, la Justicia no entendía de títulos. Valía más una multitud iracunda que un homicida suelto.

-¡Glenn! -bramó Wyrm, intimidando a aquellos que tuvieron la osadía de acercarse para protestar-. Manda a tus hombres a las puertas. Y pídele la lista de invitados al servicio. ¡Orson! Vela el cuerpo.

El sargento entonces encaró al gentío, al que regresaban los cortesanos tras haber visto fallida su ridícula bravata. Bajo la tenue luz que emitían los cirios desde aquellos ornamentados candelabros, Wyrm podía vislumbrar como el pavor, la ira y el desagrado se había apoderado de algunos de los rostros. Ignoró el gesto por completo.

-Trasládense, señorías, al salón. Iré llamando de uno en uno a cada uno de los invitados. Lo siento por nuestro anfitrión, porque... Será una larga velada.


***Horas antes***


Aunque entre las filas de su flota estuviesen algunos de los marines más díscolos, vagos y caóticos de toda la Marina, Wyrm apreció el hecho de que los Justice Riders también tuvieran días de oficina. Los había echado de menos, después de aquellos terribles últimos meses. Aun siendo anodino el trabajo que le esperaba, apreciaba el tiempo que tendría para reflexionar sobre distintos aspectos de su vida.

Siendo una flota tan itinerante como lo era, no tenían una base de operaciones fija. En su lugar, atracaban en uno de los cuarteles más cercanos y el Vicealmirante Kasai, en virtud de su rango, pedía la cesión temporal de algunos despachos en los que pudieran llevar a cabo sus tareas.

En esta ocasión, le había tocado compartir oficina con Cornelius y Aoi, y aunque ciertamente se trataba de una compañía sosegada y poco alborotadora -podía escuchar el ruido que provocaba Zor-El a un par de oficinas de distancia-, los ronquidos le distraían cada cierto tiempo. No dudaba del moreno, pero la novata no estaba demostrando las mejores cualidades en su corta estadía en la flota. Un día más, el alcohol había pasado factura a sus energías.

Los peligros en el escritorio eran escasos. Los filos no danzaban a su alrededor, silbando cerca de su nuca. En su lugar, el arma cortante más letal que tenía a su alrededor era el informe 4B-52-Y. Un par de meses atrás se habría cortado la yema del pulgar con él, mas su recién descubierto Haki le amparaba de semejantes ordalías.

La tarde, aunque fría, dejaba un bello sol poniente detrás de sí. Wyrm se sintió aliviado, puesto que había finalizado a tiempo el papeleo, a tiempo justo de recostarse en la silla de madera y disfrutar del manto solar que acariciaba su dermis.

La paz quedó interrumpida repentinamente cuando el Den Den Mushi sonó, incitando al sargento a lanzarse rápidamente a cogerlo para evitar que sus compañeros se despertasen.

-¿Diga? -respondió a la llamada-. Sí, soy yo, comodoro. Sí, ya he terminado con lo mío, aunque creo que mis compañeros van a necesitar algo más de tiempo. ¿Una tarea? Ajá. ¿Cómo que una fiesta? ¿Que me infiltre? Bueno, sí, puedo hacerlo, pero quizás sería más recomendable confiar en el Cipher Pol. ¿Cuándo sería? ¿Que ya llego tarde? ¡Diantres! ¡Ya voy!

El marine se levantó con brío de su asiento y salió de la estancia a paso ligero, cerrando la puerta de modo que no despertase a sus compañeros. Sin demorarse demasiado, se dirigió a su habitación en el cuartel, que compartía con sus compañeros de flota. Sabía cómo asistir al evento.

El espejo más grande del cuartel no llegaba ni a la mitad de las expectativas más bajas del suboficial de la Marina, pero fue suficiente para colocarse las lentillas azules y la peluca rubia. Aprovechó el momento de ajustarse el traje para practicar su voz y sus expresiones. Wyrm no asistiría a la velada, sino Vance Tiberius, ese magnate ganadero de dudosa reputación. Así le había inscrito el comodoro Kasai.

Tan pronto como salió del cuartel y se expuso a la fría tarde fue recibido por un comando de marines, que clavó en su elegante figura una mirada extrañada. El cabo al mando del pelotón arqueó la ceja, seguramente dispuesto a preguntar que hacía un civil en el cuartel, hasta que Vance se apresuró a aclarar:

-Soy el sargento Wyrm. Vamos.

Partirían por caminos distintos a la fiesta para camuflar sus verdaderas intenciones. El ahora burgués buscaría un carruaje dispuesto a transportarle a la mansión. Porque podría llegar tarde, pero no sin la reverencia propia de un Tiberius. Estaba bien metido en el papel.

Cosas:
Wyrm tiene ahora esta pinta:
Descripción física: Tiberius es un varón alto y espigado, de largas piernas y complexión ligera. Tiene una larga y sedosa melena rubia que recoge en una coleta. Habitualmente esconde la mitad de su cara tras un antifaz, revelando únicamente sus profundos ojos azules y sus facciones poco afiladas. Viste elegantemente, haciendo gala de trajes de diseño y largas capas. Siempre muestra una sonrisa mordaz y mira lo que le rodea de manera inquisitiva. Huele a perfume caro.
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Mensaje por Ichizake el Mar 10 Dic 2019 - 13:35

Había pocas cosas más tediosas que un interrogatorio. La espera previa, probablemente, fuese una de ellas.

Reunidos en el salón principal, cacareando como gallinas cluecas, lo más selecto de la nobleza del North Blue comentaba entre sí los pormenores del horrible acontecimiento que les había arruinado la fiesta. ¿No tenía Lord Carcer Lewis una enorme deuda? ¿Y qué había sido de sus enemigos empresariales? ¿Acaso no había tenido problemas con los disturbios en las calles de Lvneel? Cada voz tenía su propia historia sin fundamento para explicar la mancha de sangre que ahora manchaba las caras alfombras del primer piso.

En uno de los aseos de la planta baja, Oswald Rainsworth se mojaba la cara y se recomponía un poco tras el brutal impacto de haber visto un cadáver. Jamás había soportado la visión de la sangre, mucho menos en tal cantidad y aún menos en su propia casa. ¿Cómo cabía esperar tamaña atrocidad? Su reunión destrozada, sus invitados asustados, sus planes obstaculizados.

Si Oswald Rainsworth realmente existiera, seguramente estaría conmocionado.

La tentación de quitarse el maquillaje era casi agobiante. De repente se sentía ridículo. La peluca, si bien realista, le resultaba ahora incómoda; los zapatos y las calzas, poco prácticas; la ornamentada vaina dorada en la que descansaba su espada, un impedimento a la hora de desenvainarla.

"¿De dónde han salido?", preguntó para sus adentros. Podía aceptar que hubiese un asesino en su cuidadosamente redactada lista de invitados. Es decir, la riqueza y el hastío daban pie a cierto gusto por la sangre, pero, ¿marines? Tenía que admitir que era culpa suya. No imaginaba que ser el anfitrión suponía tanto trabajo. Ni siquiera se había planteado que alguno de los invitados pudiera no ser quien decía ser. La cuestión estribaba en el porqué. ¿Qué había llevado hasta allí a la Marina? No podía ser él, estaba razonablemente seguro. No se podía relacionar el nombre de Rainsworth con los cuestionables actos cometidos bajo sus otros nombres. ¿Alguno de los nobles, tal vez? Era factible que alguno de ellos fuese objetivo de una investigación, aunque no tenía forma de saber quién, y eso era un problema.

Salió del cuarto de baño, olvidado ya Gerald y adoptada la amanerada y ofendida indignación de Oswald. Un duque cuyo nombre no le importaba le ofreció su brazo para apoyarse y compartió con él su espanto ante el crimen. ¿Cabía la posibilidad de que fuese un accidente? Oswald no lo sabía, pero Gerald bien podría haberle explicado que rara vez coincidía un accidente con la presencia de un investigador encubierto.

-Ese sargento tan impertinente es insoportable -ladró una baronesa, más papada que mujer-. Interrogarnos uno a uno... ¿cómo se atreve?

-Enviaré una carta a su superior en cuanto salgamos de aquí. ¿Alguien recuerda cómo se llamaba ese zafio joven?

-Will -comentó Oswald, siempre tan despistado. Todas las miradas se clavaron en él-. O algo así. En cualquier caso, tal vez deberíamos tomar una copa. Para calmar los nervios, ya sabéis.

Gerald sabía que sería un auténtico engorro lidiar con toda aquella piara de cerdos vestidos de seda si se dejaban llevar por el miedo. Mejor mantenerlos tranquilos, relajados, y dar caza él mismo al asesino. No tenía intención de esperar a que los marines lo apresaran, eso podía trastocar sus objetivos de formas imprevisibles. Además, el asesinato era algo personal. Nobles o marines, aquella era su fiesta. Gerald era el único que tenía permitido matar allí.

-¿Alguien quiere jugar a las cartas?
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