Honor, lealtad... Uf, qué pereza [Priv. Iulio - Kayn]

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Mensaje por Kayn Blackthorn el Jue 5 Abr 2018 - 21:05

Aclaración:
Durante todo este rol, Kayn aún era recluta.

El día se presentaba tranquilo en el Cuartel de la Marina del North Blue. Las aguas se encontraban sosegadas, con la bóveda celeste despejada casi por completo de nubes salvo por alguna pequeña acumulación ocasional. La suave brisa, fría, mecía con tacto la orgullosa bandera que se alzaba desde el punto más alto del edificio principal. A decir verdad, no es que hiciera un clima demasiado agradable, pero era un día tranquilo y relajado, cuanto menos, teniendo en cuenta que se trataba de la región más fría del planeta. Al menos no se encontraban bajo cero, vaya, así que ya había muchos motivos por lo que estar agradecidos, aunque tan solo fuera por unas pocas horas.

Apenas había pasado una hora desde que el Sol emergiera del fondo del mar, allá en el horizonte, y la fortaleza ya rebosaba de actividad. Destacamentos enteros de reclutas marchaban a buen ritmo por el patio principal, trabajando su resistencia mientras repetían rítmicamente las palabras que el sargento de turno enunciaba, buscando mantener los ánimos altos y las inexpertas mentes concentradas. Por otro lado, buena parte del regimiento que se encontraba allí destinado procuraba mantener las edificaciones como los chorros del oro. A decir verdad, no estaba claro si era menos agradable ponerse a correr a horas tan tempranas o ser destinado al terrible frente de los inodoros sucios, las mohosas duchas y los interminables pasillos y salas que se extendían por todas partes. Los reclutas, armados con un mocho y un par de cubos de agua, se convertían en auténticos héroes a los que sus compañeros compadecían con toda su alma... Aunque su situación no era tan desagradable como la de aquellos a los que habían designado guardias. Pasar toda una noche en vela en las torres, patios y muros del cuartel resultaba una tarea tan tediosa como necesaria, especialmente en aquellas aguas. No por nada se encontraban en uno de los Blues con "los criminales más bestias de las cuatro aguas menores". Por suerte, sufrir aquella tortura conllevaba su merecida recompensa: un día entero libre.

Kayn abrió la coba como si de un hipopótamo se tratase, bostezando mientras se frotaba los ojos en un intento de desperezarse, inútilmente. Como es obvio, él era uno de los pobres desgraciados a los que les había tocado montar guardia aquella noche, por lo que se podría decir que todo en lo que se centraba su mente era en contar las horas que quedaban para poder pillar el catre. Sentado en una de las prolongadas mesas del comedor principal, observaba ensimismado la taza de café que humeaba frente a él, una pequeña ayuda para superar su infinito agotamiento. Varios reclutas se encontraban junto a él, tan o más somnolientos, aunque aplacaban sus ganas de pegarse un tiro para poder descansar manteniendo una animada charla. El moreno ni siquiera prestaba atención, en parte por no poder seguirla debidamente por su "pequeña" tara, en parte porque tampoco tenía demasiado que aportar.

— ¿Y habéis pensado ya a qué brigadas enviar las solicitudes? -comentaba uno de ellos.

— No lo sé... Hay tantos posibles destinos... Y lo peor es que todos parecen igual de duros. Si al menos pudiéramos conocer a los oficiales que las lideran, decidir sería más sencillo -respondía otro.

— Yo había pensado en Kiritsu, pero he escuchado rumores sobre el capitán Silverwing que... -Seguía un tercero, estremeciéndose sin ser capaz de acabar la frase, ante lo que el resto asintió repetidas veces.

Lo cierto era que iba siendo hora de pensar en alguna brigada a la que aplicar. Tras su última misión en Galuna, no era un secreto que corrían rumores sobre un posible ascenso a cabo por su parte, aunque aún no se lo habían notificado de forma oficial. Si lo seguía prolongando, terminaría llegando a sargento sin tener aún una división asignada, lo cual no sonaba demasiado interesante. Pero, ¿cuál debía escoger? Había varias opciones interesantes: Crimson Wolves, Kiritsu no Ryodan, Justice Hope, North Puppies, Okama Marines... No era fácil decidirse, ni tenía claro cuál podía ser la mejor decisión. Además, ¿qué posibilidades tenía de que le aceptasen? Probablemente la mayoría le rechazase directamente una vez vieran su foto en el expediente. Lo entendía, y tampoco le importaba demasiado, pero era problemático. Y, si llegaba a realizar alguna entrevista, estaba el problema de su mudez. ¿Cómo iba a superarlas si se veía obligado a responder escribiendo en una pizarra? Pocos aceptarían a gente con taras entre sus miembros.

Un pesado suspiro escapó de los labios del moreno, justo antes de que apurase la taza de café y se pusiera en pie, dispuesto a dar un paseo por el patio para despejarse un poco: terminaría quedándose dormido si se quedaba sentado. Guardó las manos en los bolsillos y subió la cremallera de su abrigo, antes de generar algo de vaho con su aliento a causa del frío. La brisa en su rostro fue un estímulo agradable que sirvió para que se desperezase un poco. Tan solo tenía que aguantar hasta la noche, seguro que no resultaría tan complicado, ¿no? Con esto en mente, comenzó a deambular por el lugar, observando de vez en cuando a los reclutas que corrían sin descanso.


Última edición por Kayn Blackthorn el Lun 14 Mayo 2018 - 21:08, editado 1 vez
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Mensaje por Iulio el Sáb 14 Abr 2018 - 13:53

«Debería ser ilegal salir de la cama con este frío», me dije, acurrucándome en el interior del abrigo que me envolvía. Lo cierto era que la prenda me permitía guardar perfectamente el calor corporal, pero eso me recordaba que me había visto obligado a abandonar mi cama pronto, demasiado pronto. Suspiré y acomodé mi trasero sobre el poyete que prometía ser mi trono durante lo que restaba de mañana, que no era poco.

Alcé mi vista hacia el cielo, obteniendo a cambio una nueva ráfaga de aire gélido que se afanaba por morder mis huesos. La claridad aún no se encontraba en todo su apogeo, por lo que tal vez el día no resultase ser tan frío como parecía. Algunas nubes manchaban la monotonía azul, hecho que, por algún motivo, me molestó y provocó que apartase mi vista de las alturas.

Frente a mí encontré los rostros de quince reclutas, cargados de incomprensión y cansancio a partes iguales. Que tenía que llevármelos a correr por ahí, decían. «Correr es de cobardes», pensé. ¿Acaso no lo habían oído nunca? ¿No se suponía que la Marina era una organización de valientes y justos guerreros que dedicaban su vida a llevar la paz a cualquier rincón del mundo? ¿¡Dónde demonios se había visto que alguien que cumpliese esa descripción corriera?

"¡Vas a coger a esos reclutas y vais a estar dando vueltas hasta que el sol se ponga!", resonaron las palabras del capitán Kensington en mi mente. El "Monkey D. Garp" se había detenido en aquel endemoniado cuartel en su camino hacia Lvneel, donde al parecer se construiría una nueva base para la Marina. En teoría varios de los tripulantes del barco de instrucción seríamos destinados a la isla mientras durase el proceso, pero eso no nos libraba de tener que hacer lo mismo que el resto de marines... En definitiva, y atendiendo a lo que me concernía a mí, correr.

Suspiré una vez más, posando mi vista en todos y cada uno de los novatos que continuaban esperando que dijese algo. Allí había de todo; desde miradas desafiantes hasta rostros cargados de congoja. Sabía que todas esas expresiones no tardarían en cambiar. En cuanto conociesen un poco acerca de los que les esperaba fuera de los límites del cuartel, los más despreocupados se verían obligados a espabilar y los gallitos dejarían de cacarear a la mínima oportunidad que les diesen.

-Es muy temprano -dije por fin, emitiendo a continuación el más sonoro de los bostezos-, muy, muy temprano. A estas horas apenas soy capaz de distinguir si estoy vivo o muerto; mucho menos de ponerme a correr como un pollo sin cabeza. Tú -añadí, señalando a un muchacho de aspecto enfermizo que se encontraba en primera fila. ¿Cómo demonios habría logrado pasar las pruebas de acceso? Tal vez no fuese lo que aparentaba-, te tocó. Cuando pase el próximo pelotón, os colocáis en formación y les seguís. No os pongáis muy cerca para no molestarles, pero sí lo suficiente como para escuchar qué dicen... Y eso, repetid lo que digan y haced lo que hagan. Yo estaré supervisando desde aquí, no os preocupéis.

Los rostros de los reclutas a mi cargo no dejaban lugar a dudas acerca de su estado de ánimo. Estaban desconcertados, en un punto intermedio entre la indignación y la risa; la primera por creer mis palabras y la segunda por pensar que era algún tipo de broma mañanera. «Pobres ilusos», dije para mí, dando unas palmadas al aire para que se pusiesen en movimiento.

Una vez comenzaron a moverse, me dejé caer hacia un lado y me acurruqué sobre la fría piedra sobre la que me había sentado. Era desagradable, pero tras unos segundos en contacto con ella me habituaría. Ya que me obligaban a estar a la intemperie en semejantes condiciones, qué menos que hacerlo de la forma más cómoda posible.
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Mensaje por Kayn Blackthorn el Lun 14 Mayo 2018 - 22:14

La mirada del recluta se mostraba ida, perdida en algún punto aleatorio del patio que se extendía frente a él a medida que caminaba, sin un rumbo fijo. El oscuro y largo abrigo se mecía ligeramente ante las ráfagas de viento puntuales que lograban helar la sangre de su dueño. Por suerte no dejaban de ser eso, puntuales. Sus mente vagaba entre recuerdos, esencialmente entre aquellos referentes a su última misión. Esa que podría haber supuesto también su último día con vida. A veces no sabía si sentirse agradecido o avergonzado, a decir verdad. «Aún me queda mucho camino por recorrer», se decía a sí mismo, recordando la diferencia de poder que experimentó frente al Yunque, el segundo de Roberts. Al menos esas sabandijas se encontraban entre rejas, y no había tardado demasiado en correr la noticia de su encarcelamiento, así como de los méritos del sargento Kasai. «Teniente», se corrigió, recordando que no hacía mucho que le habían ascendido. Una recompensa más que merecida, debía decir.

—¡Con más brío, reclutas! -Gritaba uno de los sargentos del cuartel, seguido de cerca por un pelotón de marines a los que poco les faltaba para desfallecer.

Los pasos del mudo se detuvieron, siguiendo este con la mirada al variopinto grupo. Había un poco de todo, a decir verdad: altos, bajos, fornidos, enclenques, con aspecto intimidante o relajado; pero todos ellos con la misma voluntad, con las mismas ganas de superar las expectativas que se ponían sobre ellos. No eran muy distintos a los hombres y mujeres de su promoción, aunque supuso que era lógico. Las pruebas eran iguales para todos, al fin y al cabo. Una sonrisa comenzó a asomar en su rostro, leve, casi imperceptible, recordando la academia y su fase de instrucción. No fue fácil, tampoco agradable, pero no podía evitar recordarla con cierta nostalgia... Y eso que no había pasado siquiera un año. En aquellas fechas no recordaba haber mantenido contacto con Daneer en lo más mínimo pese a compartir promoción, pero tras la batalla en Galuna parecían haberse vuelto como uña y carne, con un claro contraste de personalidades. «¿Dónde se habrá metido hoy?», inquirió al tiempo que su deformaba al comenzar un bostezo. «Quizá pudiera ayudarme a no dormirme estando de pie».

—¡Vamos nenas! ¡Apenas hemos empezado! -Continuaba su superior justo cuando volvía a pasar a su altura, probablemente en su trigésimo cuarta vuelta.

Kayn se compadeció de los muchachos por un momento, dedicándoles una leve sonrisa y un puño alzado a aquellos a los que aún les quedó la fuerza suficiente como para mirar en su dirección. Se dispuso, una vez le adelantaron, a continuar con su despejante paseo, no pudiendo evitar darse cuenta de que el grupo parecía haber aumentado de repente, sin saber muy bien el motivo. Su mirada se posó entonces en un zurullo de ropa, largos cabellos grisáceos y atisbos de piel morena asomando por las pocas zonas que no abrigaban sus mudas. Por un momento dedujo que se trataba de algún recluta escaqueándose de los ejercicios matutinos, aunque no tardó demasiado en desechar la idea. Aquellas no eran las ropas de un recluta. De hecho, no pudo evitar sentir que su aspecto le sonaba de algo. Frunció el ceño y se aproximó hasta él, no tardando en descubrir a uno de los sargentos que rondaban por el cuartel marine. ¿Qué estaba haciendo?

Se quedó ahí, plantado frente a él, mirándole casi con gesto acusador, como si sus ojos zafíreos le juzgaran sin piedad, prácticamente sin darse cuenta de lo que hacía. Y encima se le había olvidado coger su pizarra portátil aquella mañana. «Mierda».
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Mensaje por Iulio el Lun 21 Mayo 2018 - 23:34

«Quince ponis rosas, dieciséis ponis rosas, diecisiete ponis rosas», recité en mi mente, visualizando como el decimoctavo ejemplar comenzaba a aproximarse a la valla que habría de saltar. Ya quedaban pocos. Que yo recordase, jamás había llegado a la veintena de equinos rosados antes de caer inconsciente cual borracho en una taberna de mala muerte.

No obstante, no pude evitar fruncir el ceño unos segundos después. Llevaba veinticinco y el sueño ni siquiera amenazaba con hacer acto de presencia. Estaba incómodo, sí, pero ¿por qué? Entonces caí en la cuenta. El ruido que había a mi alrededor era el mismo, no había cambiado. Podía percibir los rítmicos y sincronizados pasos de los reclutas que corrían por el patio. ¿Cuáles serían los de los míos? A saber. A mis oídos también llegaban ocasionalmente algunos bostezos y murmullos de conversaciones lejanas, que eran silenciadas por el viento cuando soplaba con algo más de fuerza.

Los primeros pájaros comenzaban a cantar en algún lugar que, sinceramente, no pensaba tomarme la molestia de identificar. ¿A quién le importaba dónde estuvieran mientras cantasen? Era todo igual, salvo la sensación que tenía en la cara. Los rayos del sol habían comenzado a despuntar hacía ya un rato y, por fortuna, habían tenido a bien acariciar de pleno mi cara para brindarme el más apacible de los sueños.

O eso pensaba yo. Alguien -o un objeto colocado ante mí por alguien- proyectaba una incómoda sombra justo sobre el tercio medio de mi cara, dejando expuestas mi frente y mi barbilla. Sí, podía notar cómo éstas comenzaban a calentarse mientras mi nariz seguía en el mismo estado.

Abrí los ojos, interesado y enfadado a partes iguales con lo que fuera que me estaba impidiendo descansar. Tuve que esperar unos segundos para que mi vista se acostumbrase a la todavía tenue claridad del día, y un poco más para distinguir la apariencia de la silueta que se encontraba a contraluz. «¿Pero qué coño?», pensé al ver el extraño aspecto del muchacho que había ante mí. Su indumentaria delataba su rango; era un recluta.

El chico me miraba fijamente, casi acusador, o eso me pareció distinguir antes de comenzar a frotarme los ojos. Nunca me había importado que lo hicieran, ¿por qué debería ser ésa la primera vez?

-No había otro sitio para quedarse parado, ¿verdad? -inquirí tras sentarme de nuevo sobre el poyete-. Me has quitado los mejores rayos de sol del día. Espero que estés contento -añadí en tono irónico al tiempo que hacía un amplio gesto con la mano hacia su espalda.
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Mensaje por Kayn Blackthorn el Jue 25 Oct 2018 - 18:57

La molestia inicial del marine se vio rápidamente sustituida por cierto nerviosismo e inquietud. No solo le había dedicado una mala mirada a un superior, aparte de perturbar su extraño descanso, sino que encima se había permitido el lujo de ser el único recluta en todo el patio que no estaba haciendo ejercicio u ocupado con alguna tarea rutinaria. Sin poder evitarlo, sus labios se torcieron en una sonrisa nerviosa. Si aún se estaban planteando ascenderle, aquella demostración de insubordinación podría ser todo motivo necesario para negar su promoción. Y encima no contaba con su pequeña pizarra para explicarle la situación o, al menos, disculparse.

«La has cagado pero bien, Blackthorn», se dijo a sí mismo justo antes de cuadrarse, realizando el saludo militar. Lo último que necesitaba ya era que le acusasen de ser irrespetuoso con los oficiales. Tan solo había un pequeño problema, y es que no tenía forma de explicarle la situación al contrario o siquiera responderle. De hecho, temía que le cayera una buena reprimenda si no le respondía y este ignoraba su mudez.

Por suerte o por desgracia, el hombre parecía habérselo tomado con una actitud más irónica que molesta. Ante esto, el marine se inclinó hacia el frente, con la cabeza gacha y la mirada clava en el suelo, en señal de disculpa por su interrupción. Tampoco podía hacer mucho más, a decir verdad. Los pasos del pelotón de reclutas que se encontraban corriendo por el patio volvieron a sonar cercanos, aunque ya no se escuchaban los gritos del sargento. Probablemente estuviera comenzando a cansarse también y hubiera decidido enfocar todos sus esfuerzos en mantener el ritmo correctamente. Lo que sí pudo oír fueron algunas risitas provenientes del grupo. Había varios marines allí a los que conocía y, de hecho, había almorzado con algunos de ellos, por lo que estaba seguro de que su situación era la causa de su diversión.

Kayn hizo una mueca, sin saber muy bien cómo escapar de aquella situación sin parecer descortés o, al menos, sin que se malinterpretase el hecho de que se marchase sin decir nada. Tragó saliva, al tiempo que una gota de sudor frío recorría su espalda. Probablemente fuera a quedar en ridículo, pero no perdía nada por probarlo... salvo algo de consideración por parte del oficial. Inspiró, armándose de valor y orando en su interior para tener algo de suerte, justo antes de comenzar a intentar comunicarse con el contrario en lenguaje de signos. «Discúlpeme, señor. No era mi intención molestarle» sería el mensaje.

Tras esto, el recluta se quedó mirando al de cabello níveo fijamente, sin mover ni un solo músculo. Algo le decía que aquello no había salido bien... y que probablemente acababa de mostrarse como un idiota frente a él. «¿Dónde está Daneer cuando se le necesita?».
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Mensaje por Iulio el Vie 2 Nov 2018 - 4:16

¿Qué le sucedía a aquel tipo? Era, cuanto menos y siendo generoso, raro. Arqueé una ceja, evaluando la actitud del mudo en busca de algo que me indicase si quería decirme algo. Así era, sin duda, el problema era que no tenía forma de entenderlo. Entonces comenzó a gesticular y hacer extraños movimientos con las manos, lo que me confirmó que era incapaz de pronunciar palabra alguna.

-¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato? -pregunté, liberando una profunda carcajada a continuación. Tal vez fuese una broma un tanto inapropiada, pero se lo tenía bien merecido. Además, ¿había algún modo mejor de intentar aliviar la tensión que se reflejaba en su rostro?-. Bueno, tendría que levantarme de aquí más tarde o más temprano-concluí, resignado, al tiempo que frotaba mis muslos en un vano intento por arrancar de mí el frío de la mañana.

Las pisadas continuaban sucediéndose a mi alrededor, rítmicas y cada vez más cansadas. Los cánticos de los oficiales encargados de la caminata matutina habían desaparecido. ¡Claro que estaban exhaustos! ¿A quién se le ocurría ponerse a correr tan temprano? Esa absurda costumbre era algo que mi mente jamás había llegado a asimilar, y lo mismo ocurría con sus cuerpos a la luz de los hechos.

-Soy Iulio -dije a continuación, obviando mi rango. ¿Qué importaba? Aquel chico no podría pronunciarlo al fin y al cabo-. ¿Tú no tienes que co...? -me dispuse a preguntar, pero una sirena tan aguda como molesta me silenció. Sobresaltado, me levanté y observé los alrededores.Todo el mundo había dejado de lado lo que estaba haciendo para mirar a un marine de tez morena, el cual repartía órdenes a diestro y siniestro. Era Ramires, coordinador que, al igual que yo, se encontraba habitualmente bajo las órdenes del capitán Kensington en el "Monkey D. Garp".

Su actitud dejaba poca duda acerca de qué estaba sucediendo. Por otro lado, la naturaleza de la alarma era tan clara como infrecuente. ¿Un ataque? ¿A qué clase de descerebrado se le ocurría atacar el Cuartel General de la Marina? A saber, pero tenía claro qué debía hacer.

-Tú, conmigo -dije sin más, dirigiéndome al ala norte del Centro de Oficiales al Mando de Operaciones, el COMO. Un escueto "en su despacho" por parte de Marjorie llegó a mis oídos desde su escritorio y, sin tomarme ni un segundo, me dirigí a la oficina del capitán.

-Ya iba a mandar a alguien a buscarte. Sólo me faltas tú -comentó el canoso con tono ausente, asegurándose de no levantar la vista de un gigantesco montón de papeles-. Zona norte, sección dieciséis. Aún no tenemos muy claro qué demonios está pasando, pero allí hay cuatro reclutas esperando tus órdenes. Ve y espera a que me comunique contigo-concluyó, lanzándome a continuación un den den mushi con un rostro tan severo como el suyo.

Abandoné el COMO tan rápido como había llegado, dedicándole a la asistenta del oficial un movimiento de cabeza en señal de despedida.

-¿Puede haber un modo peor de empezar el día? -inquirí mirando al mudo, manifiestamente molesto por ver interrumpido mi descanso de ese modo.
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Mensaje por Kayn Blackthorn el Mar 5 Mar 2019 - 21:01

Sintió que todos y cada uno de sus músculos se destensaban ante la broma del contrario. Parecía que sus gestos, si bien no habían servido para explicar la situación, le hicieron entender que no era un desobediente ni le estaba tomando el pelo sino que, simplemente, no podía hablar. De nuevo, sus labios dibujaron una leve sonrisa. Al menos había logrado salir airoso de llevarse una buena bronca... o eso pensaba, justo antes de que el marine hiciera hincapié en el hecho de que no estuviera corriendo junto a los demás o, mejor dicho, lo intentase. Salvado por la campana, como quien dice, aunque en este caso la campana era una alarma y lo de salvado estaba por verse. No recordaba que hubiera preparado ningún simulacro en aquellas fechas y, por el nerviosismo de los demás, dudaba que fuera a ser el caso. Iulio le ordenó seguirle y Kayn asintió sin dudar ni por un solo instante, aunque maldiciendo para sus adentros. «A la mierda mi día libre».

Los marines de mayor rango en el cuartel comenzaron a repartir órdenes a diestro y siniestro, organizando a los reclutas con ayuda de algunos sargentos y cabos. Lo cierto era que no tenía ni idea de hacia dónde le estaría llevando su superior, pero tampoco podía tratar de llamar su atención para averiguarlo. Tan solo intentar comunicarse con él sin la pizarra le llevaría unos cuantos minutos, suponiendo que fuera avispado. «Lo único seguro es que no voy a poder ver a Lady todavía. Debe de estar nerviosa» concluyó, pensando en la joven guepardo que le habían permitido mantener en el cuartel como compañera tras lograr venderla como «una herramienta de lo más útil en batalla», pese a que la idea de verla en combate y que pudiera sufrir cualquier daño le aterrase. De hecho, esperaba que a nadie se le ocurriera la feliz idea de dejarla suelta por ahí. Negó a continuación, intentando sacar de su cabeza aquellos pensamientos. Tenían un asunto importante entre manos y no podía permitirse distracciones hasta que se asegurasen de qué estaba ocurriendo. No pudo ser mayor su sorpresa cuando se adentraron en el Centro de Oficiales. Debía de ser, junto con la reserva de víveres y los calabozos, uno de los pocos sitios de la base que no había visitado.

El moreno aguardó en la entrada a que Iulio recibiera órdenes del capitán, observando con cierto nerviosismo a la... ¿secretaria? Del capitán. En cierto modo sentía que no debía de estar ahí, pero las órdenes eran las órdenes y no iba a desobedecerlas. Tan solo rezaba porque se dieran prisa y pudieran salir de allí antes de tener que afrontar la incómoda situación de intentar dar explicaciones. Así fue, por fortuna para el recluta.

No tardaron en salir a paso ligero de allí. Fuera lo que fuera lo que estaba ocurriendo no tardarían demasiado en averiguarlo. Sector Norte, justo donde Kayn había estado de guardia aquella noche, una bastante tranquila por difícil que fuera de creer en esos momentos. El mudo subiría hacia el muro que cercaba el cuartel marine para reunirse con los demás soldados asignados al mando de Iulio, siempre detrás de él. No necesitó fijarse demasiado para comprender cuál era el problema aquella mañana. Aún se veían bastante pequeños, pero no necesitaba ningún catalejo para verlos: cuatro barcos, con un aspecto muy lejano al que tendría cualquier nave de la Marina o del Gobierno Mundial, con rumbo directo a la base. ¿Piratas? ¿Revolucionarios? Probablemente los primeros, ya que la Armada no solía ser tan directa en sus medidas. No en uno de los cuatro Blues, al menos. El moreno se cuadró tras esto junto al resto de soldados, aguardando las órdenes del sargento.

«Tan solo espero no desmayarme de cansancio...».
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Mensaje por Iulio el Jue 7 Mar 2019 - 22:42

Unos tímidos pasos a mis espaldas me informaban de que el recluta me seguía de cerca. La sensación no era en absoluto desagradable; hasta podría acostumbrarme a eso de mandar llegado el momento. Perdido en mis pensamientos y regodeo personal, subí uno a uno los setenta y siete escalones que llevaban hasta la muralla que ejercía de barrera frente al océano. Cada uno de ellos se me antojó como la peor tortura. Tanto fue así, que me detuve a descansar un par de segundos cuando alcancé la cima, observando la situación.

Un contingente bastante numeroso oteaba el horizonte, pero ninguno de ellos ostentaba un rango demasiado alto. Eso me tranquilizó en parte. Sin embargo, ver a Bottombu allí torció por completo la placentera deriva que había empezado a adquirir la situación. Ese maldito saco de mierda se desgañitaba, gritando órdenes e improperios a partes iguales a los reclutas que estaban bajo sus órdenes. Una exaltada vena yugular reflejaba claramente cómo le gustaba tratar a aquellos que se encontraban por debajo de su posición.

Dirigí mi vista al frente, pasando mi mirada por los cuatro reclutas que ya me esperaban allí, perfectamente cuadrados. El mudo no tardó en unirse a ellos e imitar su actitud. Era consciente de la molestia que suponía permanecer alerta al rango de quien se dirigía a ti con el único fin de adquirir la postura apropiada.

—Sí, sí —musité, liberando un profundo bostezo—. Descansad y todo eso.

Rebasé la posición de los que temporalmente serían mis chicos y contemplé la línea que fusionaba mar y cielo. El motivo de tanto alboroto se hizo evidente a lo lejos. Cuatro barcos perfectamente alineados se dirigían hacia el cuartel, exhibiendo con orgullo su velamen y el emblema que se asociaba a su capitán. Una calavera envuelta en lo que pretendía ser una nube de humo, con dos gruesos puros haciendo las veces de tibias tras la misma. ¿Acaso no era ése el Jolly Roger de Smoking Abrahams? Tenía entendido que recientemente se había organizado una expedición para acabar definitivamente con su tripulación, que tantos problemas había estado dando en la zona cercana a Skyros.

Como si alguien hubiese estado esperando a que me cuestionase la situación, el Den Den Mushi comenzó a vibrar en el interior de mi túnica. Me apoyé en la baranda metálica que impedía la caída al oleaje, colocando el molusco junto a mí.

—Iulio —respondí, obviando todas las formalidades que se esperaban de alguien de mi bajo estatus.

—¿¡Cómo que Iulio!? —vociferó la voz del capitán Kensington—. ¡Te tengo dicho que hay unas formas que mantener! Te vas a cagar cuando te coja —carraspeó—. Veamos, ese tío se ha vuelto loco y viene en busca de venganza. Al parecer la teniente Kaminari no logró cumplir satisfactoriamente su misión y...

Una voz amplificada por megafonía eclipsó por completo la explicación del veterano oficial, proporcionándome a mí y a todos los presentes la información que nos faltaba:

—¡Habéis matado a mi pequeño Monty! —exclamó quien no podía ser otro que Abrahams, reprimiendo un sollozo antes de continuar con su amenazante discurso—. ¡Ahora sabréis qué le ocurre a quien osa tocar a los míos! ¡Fuego!

Ésa era la orden que los navíos esperaban, pues una sincronizada salva de proyectiles nació de las embarcaciones. Algunas balas de cañón, más típicas, impactaron con violencia contra el muro de metal, abollándolo y llegando a destruir algunas zonas del mismo. Otras, en cambio, eran de menor tamaño y de un color más bien grisáceo. Volaban más alto, y al encontrarse sobre la zona que ocupaban los marines se deshicieron. No hubo estallido ni desperfectos, pero una densa nube de humo anuló casi por completo la visibilidad de toda la Zona Norte.

—No deberían suponer una amenaza, así que el Almirante Kurookami ha ordenado que no se envíe ningún efectivo más a la zona. Más os vale dar la talla, porque no queréis saber qué hace con quienes no satisfacen sus expectativas —volvió a irrumpir la voz del canoso.

«Es muy fácil decir eso desde un despacho», me dije, volviendo mi rostro hacia la imponente torre que albergaba las oficinas de los altos mandos. No obstante, la densa cortina creada por los piratas impedía divisar siquiera su silueta. Chasqueé la lengua, molesto por el revuelto modo en que había dado comienzo mi jornada.

—Vosotros tres —dije al tiempo que señalaba a varios reclutas—, traed dos extractores y uno de esos cañones portátiles que tan poco usamos. Tú, consígueme información sobre ese tío y sus hombres. Cualquier cosa que tengamos me vale; quiero saber con exactitud a quién nos enfrentamos. —Tal vez estuviese de más pedir a alguno de los novatos que hiciese las veces de secretario, pero para eso estaban: para obedecer—. Charlatán, entérate del estado de los demás grupos encargados de la defensa. Si alguna de esas balas les ha dado, no empezamos demasiado bien.

Con las órdenes repartidas, me incorporé a la barandilla y me senté en la misma, guardando el caracol y dejando que mis pies colgasen sobre el invisible mar. Los silbidos de las balas, mucho más cercanos de lo que cabría esperar, no tardaron en golpear con furia mis tímpanos. ¿A qué velocidad se movían esos malditos barcos?
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Mensaje por Kayn Blackthorn el Vie 21 Jun 2019 - 12:33

Los cuerpos de los reclutas presentes se destensaron, tanto por la orden de su superior como por la actitud despreocupada del mismo. Era una sensación extraña: en cualquier otro caso, Kayn habría pensado que alguien tan desganado no podía ser un refuerzo positivo para sus hombres. Lo cierto era que, precisamente por la falta de angustia en su tono y formas, transmitía cierta calma. Era como si todo lo que estaba ocurriendo no fuera grave en realidad sino, quizá, un ejercicio rutinario del que debían haberse aburrido tiempo atrás. El recluta aprovechó el momento para volver a otear el horizonte. Las cuatro naves se aproximaban a buen ritmo, aunque por el momento no habían abierto fuego. Lo más probable era que aún estuvieran fuera de alcance, aunque parecía no haber ningún tipo de aviso o comunicación por parte del cuartel marine hacia sus inesperados invitados.

La situación en el patio, por el contrario, contrastaba enormemente con la de los hombres del sargento. Los demás oficiales, fuera cual fuera su importancia en la escala militar, repartían órdenes a diestro y siniestro como si les fuera la vida en ello. Quizá fuera así en realidad. Mientras tanto, entre ese mar caótico de reclutas, gritos, nerviosismo y órdenes; la mirada celeste del moreno trataba de visualizar unos mechones albinos que le fueran familiares. Llevaba todo el día sin cruzarse con Daneer y no tenía ni idea del sector que le habrían asignado. De hecho, podría asegurar que, en lo que llevaban de semana, apenas había tenido tiempo para verle durante treinta minutos, en algún descanso para la comida. Los últimos días habían sido cruciales en los preparativos para las futuras operaciones del cuerpo. Fuera como fuera, confiaba en que sabría apañárselas por su cuenta... aunque no estuviera allí para salvarle el culo. Sumido en estos pensamientos, no fue hasta que el caracolófono de Iulio comenzó a sonar que volvió en sí, tratando de mantener un rostro inmutable ante las formas del sargento y la consecuente regañina de su superior. No podía decir lo mismo del resto de reclutas, cuyos rostros mostraban el más absoluto de los asombros... y las voluntades más intensas por no hacer muecas o reírse ante aquella situación.

«Pese a todo, quizá sea adrede para mantener la calma en su grupo», se dijo a sí mismo, sin quitarle el ojo de encima a su superior. De repente, por encima de todo el caos que se había montado, una voz estridente se alzó para proclamar sus intenciones. El capitán Abrahams no tardó en dar la orden y, en un instante, el rugido de los cañones y el silvido de las balas lo inundaron todo. La estructura de la fortaleza marine se sacudió tras los primeros impactos, lo que hizo que el mudo tuviera que forzarse a mantener el equilibrio levemente para no caerse. El humo lo inundó todo poco después a causa de otro tipo de proyectiles y, de un momento a otro, toda la visibilidad de la que gozaban en el sector norte se fue al garete. «Genial», masculló para sus adentros, llevándose una mano a la boca cubriéndose parte de la nariz para inhalar el menos humo posible. El perezoso sargento no tardó en dar sus órdenes y el resto de reclutas salió a cumplirlas a toda prisa. Por su parte, se cuadró nuevamente antes de echarse a la carrera, escaleras abajo, para recorrer el patio y averiguar el estado del resto de los grupos. Bajó a trompicones cada escalón, dejándose llevar ligeramente por el nerviosismo y la adrenalina que recorría sus venas en esos instantes, justo en el momento en el que una bala de cañón atravesaba la pared  unos metros más adelante, dejando un precioso boquete que podrían utilizar posteriormente para hacer un mirador... o algo así.

Kayn se asomó por el hueco, aprovechando que el humo se encontraba más arriba. «¿Qué demonios? ¡¿Cómo han podido acercarse tanto ya?!». Las naves habían aprovechado la cobertura que les brindaba la cortina de humo para aproximarse dentro del radio de alcance de la artillería marine. Era necesario avisar, así que se apresuró a buscar a algún otro recluta que no padeciera sus dificultades para comunicarse y lo arrastró hasta allí para que también lo viera y diera el aviso a los oficiales.

Los minutos siguientes se sucedieron con rapidez. Los cañonazos siguieron sucediéndose, sacudiendo los muros mientras que algunos sargentos aprovechaban el boquete para dar indicaciones a las unidades de cañones del cuartel y tratar de devolver el fuego. Algunas balas habían logrado penetrar las defensas y habían causado estragos en el patio, aunque no parecía haber heridos graves. Los demás sectores se encontraban tranquilos, encontrándose la ofensiva centrada en el norte. Logró hacerse con algo con lo que tomar nota y, únicamente tras haber ayudado a apartar a algunos heridos a zonas mas resguardadas, decidió ponerse en marcha para informar a Iulio.
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Mensaje por Iulio el Vie 28 Jun 2019 - 0:02

«Y pensar que cuando todo esto acabe la bronca me la voy a llevar yo», me lamenté. ¿Quién demonios era el encargado de mantener la seguridad en el perímetro del cuartel? ¿Cómo demonios podía acercarse de ese modo alguien que, a fin de cuentas, no era más que un padre despechado con un puñado de barcos de juguete? ¡Se suponía que la Marina era el brazo armado del Gobierno Mundial, un monstruo cuya atención nadie quería atraer!

De un modo u otro, la nula visibilidad de la que gozaba hacía que mi posición fuese poco menos que inútil. De hecho, casi me sentía estúpido allí sentado. Me levanté pesadamente, abandonando mi posición en la baranda instantes antes de que un proyectil golpease de lleno el muro. La estabilidad bajo mis pies se vio resentida durante unos segundos, los cuales dediqué a pensar en qué podía haber sido de mí si la sacudida me hubiese pillado con los pies flotando sobre el mar. Tragué saliva, desterrando los aciagos supuestos de mi cabeza y volviendo por fin a la realidad.

Las esferas de metal continuaban surcando el cielo para colisionar con lo que encontraran a su paso. Una de ellas pasó... bueno... atravesó mi cabeza. Ésta se desintegró en una infinidad de destellos luminosos, pequeñas luciérnagas que se desperdigaron por los alrededores para, a continuación, reunirse de nuevo y dar lugar a mis facciones. Y fue entonces cuando me di de bruces con la realidad. Aquello no eran prácticas; no era un simulacro con el que prepararnos para el combate real. ¿¡Quién demonios había dejado que ese tipo se acercase tanto al cuartel!?

Ninguno de los reclutas que me habían asignado había aparecido aún, así que decidí comprobar por mí mismo el estado de los alrededores. Caminé por la muralla, aquel cúmulo de cemento y metal que separaba mi vida de mi muerte. Me dirigí hacia ambos lados, encontrándome con pequeños grupos de reclutas que, dirigidos por un sargento, abrían fuego contra la nada. La densa cortina de humo, reticente a disiparse, servía como el telón perfecto para que los asaltantes no encontrasen problemas a la hora de alcanzar su objetivo.

La situación era similar en todo el sector, algo que no me gustó demasiado. ¿Dónde estaban quienes realmente mandaban allí? ¿Qué estaban haciendo los veteranos oficiales, aquellos que atesoraban lustros de combates y experiencia a sus espaldas? ¿Acaso no eran ésas las situaciones en las que se les requería? Chasqueé la lengua, pues todo indicaba que tendría que hacerme cargo yo mismo, al menos de todo aquello que me sintiese capaz de abarcar.

Caminé de vuelta a mi posición, poniendo todos mis sentidos —incluso los que no tenía— en identificar cualquier amenaza que se dirigiese hacia mí. No sabía qué podía causar que me precipitase al vacío, pero haría todo lo que estuviera en mi mano por evitar esa situación. Cuando retorné al punto de partida tenía pleno conocimiento sobre lo que sucedía en medio de la humareda. El recluta más dicharachero que mis ojos habían contemplado ya se encontraba allí.

—¿Y bien? —pregunté, procurando que mis oídos continuasen analizando... ¿Qué analizaban? Nada, realmente. Simplemente me mantenía alerta, en espera de que una nueva bala de cañón hiciese diana cerca de mí.
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Mensaje por Kayn Blackthorn el Dom 21 Jul 2019 - 22:43

El camino hasta llegar junto al sargento había sido duro y tedioso. Tuvo que hacer alarde de toda su agilidad y equilibrio —además del de todo su autocontrol— para evadir cañonazos a diestro y siniestro, losas que saltaban como metralla a causa de las explosiones, reclutas angustiados que perdían la calma e incluso a algún oficial ocasional que probablemente le daría otra tarea extra. No podía culpar a estos últimos. Él haría lo mismo si veía a un recluta deambular por el cuartel como si ninguna banda descerebrada estuviera asediándoles y, aunque normalmente estaría dispuesto a echar una mano a quien fuera que se lo pidiese, tenía órdenes de Iulio que debía cumplir en primer lugar.

Cuando al fin se encontró frente a su desganado superior, lo primero que hizo fue tenderle el papel con todo lo que había ido apuntando sobre la situación en el resto de sectores. Todo ello conllevaba un recuento superficial de heridos y daños, oficiales al mando de cada grupo, posiciones que se estaban tomando y las contramedidas empleadas que había podido vislumbrar durante su agitado paseo. Lo cierto es que sería algo tedioso ponerse a leer en aquella situación. De hecho, pensaba que lo primero que haría el sargento sería rasgar el papel e intentar averiguarlo por su propia cuenta para no perder tiempo... ¿quizá? Después de lo poco que había visto de él, no las tenía todas consigo. Sus métodos y actitud eran, como poco, fuera de lo común... y aún no tenía claro si iba en el buen o en el mal sentido.

Se quedó mirando al contrario, aguardando sus próximas instrucciones, cuando un silbido metálico captó su atención. Sintió, repentinamente, cómo una bola de cañón le atravesaba de lado a lado, desmembrándole en tantos pedacitos que nadie podría reunirlos todos posteriormente. Una muerte rápida, terriblemente desagradable y que, desde luego, no sería la última aquel día. La sensación se prolongó durante lo que al recluta le parecieron unos pocos segundos... hasta que volvió a la realidad. Seguía allí, frente a Iulio, de una pieza, como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, la adrenalina ya había conquistado cada milímetro de su cuerpo y sus reflejos, por consiguiente, le obligaban a moverse. El mismo silbido que anunciaba una bala cortando el aire volvió a llegar hasta sus oídos. Las manos del moreno trataron en ese momento de empujar a su superior para hacerle a un lado, al tiempo que se echaba para atrás para evadir el disparo. Apenas un segundo después, una esfera metálica atravesaba una sección del muro y pasaba entre ambos marines, abriéndose paso contra el interior de la fortaleza.

«¡¿Qué demonios?!», gritó en su interior, apenas emitiendo un quejido mientras volvía a incorporarse, buscando con la mirada a Iulio para tenderle la mano —si es que se había dejado empujar o aún se encontraba en el suelo—. Su gesto era de preocupación y, en cualquiera de los casos, hizo una leve inclinación a modo de disculpa, al no poder transmitir esta en forma de palabras.

—¡Los muros! —se escuchó gritar a lo lejos— ¡Están asaltando los muros!

Kayn apretó los puños, aún con el ritmo cardíaco a mil por hora, antes de clavar su mirada en la del sargento, aguardando sus próximas órdenes. Los hombres de Abrahams debían haber salvado la distancia que les separaba del cuartel. Definitivamente iban en serio si pretendían entrar en el patio para enfrentar a todo un regimiento de la marina.
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Mensaje por Iulio el Vie 16 Ago 2019 - 0:58

—¿Pero qué? —comencé a preguntar cuando el recluta intentó empujarme. Sus manos atravesaron mi pecho antes de que cayese al suelo y yo, por puro instinto, seguí su movimiento y di dos rápidos pasos hacia atrás—. ¿Se puede saber a qué demonios estás jugando? ¿No ves que estamos en medio de...?

Una gruesa bala de cañón silbó junto a mí, atravesando el espacio que mi cabeza había estado ocupando hasta hacía apenas un instante. No sabía cuáles podrían haber sido las consecuencias; si me habría atravesado sin más o si, por el contrario, habría acabado con mi vida. Lo cierto era que no tenía demasiado interés en comprobarlo, aunque tal vez fuese una buena idea preguntar al respecto al capitán Kensington más adelante. Necesitaba conocer datos como aquél.

—¡A la mierda el protocolo! —exclamé. Era curioso cómo me sentía libre de decir lo que quisiera frente al moreno, como si el hecho de no hablar le impidiese comunicarse con los demás. No obstante, no nos encontrábamos en la mejor situación para medir las palabras—. Esos novatos no llegan, ¡joder! —me quejé—. Como se hayan escaqueado les va a caer una buena, y si no, imagino que podrán deducir lo que tienen que hacer con los extractores. No es demasiado difícil, ¿no?

Un grito en algún lugar confirmó lo que era cuestión de tiempo: los intrusos habían conseguido llegar hasta nuestra posición. Que no hubiera aparecido ningún oficial por allí comenzaba a resultarme sospechoso, pero no tenía tiempo de pararme a valorar ese tipo de cosas. Por el contrario, los gritos comenzaron a elevarse alrededor. Ocultos en la densa humareda, rifles vomitaban sus proyectiles y los aceros comenzaban a encontrarse.

—Parece que nos va a tocar proteger esta parte del sector —comenté al chico—. Por cierto, deberías buscar algún modo de decirme cómo te llamas. Decirte tú una y otra vez empieza a sonarme raro.

Entonces, un grito desgarrador interrumpió mis palabras y atrajo mi atención. Había sonado cerca de allí, muy cerca. Era la misma voz que, rota por el dolor, había cometido la osadía o la insensatez de desafiar abiertamente a la Marina frente al que probablemente fuera su cuartel mejor equipado.

Dos espadas emergieron del humo en un intento por herirme en el pecho, pero éste fue atravesado sin más. No obstante, quienes las enarbolaban no tardaron en modificar la trayectoria de las mismas y fijar su objetivo sobre quien a su parecer podría resultar herido. Los filos avanzaron hacia el mudito al tiempo que, a través de la misma cortina gris de la que habían emergido los sables, un puño surgía
y golpeaba con fuerza mi rostro.

Tuve que dar varios pasos hacia atrás para poder asimilar lo que había sucedido. No cabía duda: unas estructuras de color oscuro rodeaban los nudillos que habían impactado en mi cara. La mano volvió a desaparecer, siendo seguida por un nuevo alarido lastimero que confirmaba que el mismísimo Abrahams había sido el encargado de zurrarme. ¿Por qué había tenido que dirigirse precisamente hacia mí?
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