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[Misión Legendaria-Paraíso] La última baza.

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Mensaje por StaffOPD el Jue 25 Jun 2020 - 1:33

Contratante: Jonathan Terrel II.

Descripción de la misión: la sinrazón campa por Terrel de la mano del misterioso y apuesto hombre que ha conquistado el corazón de la reina Mireia. Se han realizado levas, reclutando a cualquier hombre, mujer o niño capaz de empuñar un arma. El resultado ha sido que a la nada desdeñable y bien preparada fuera militar de Terrel se ha incorporado un sinfín de efectivos que engrosas notablemente las filas de su ejército.

Hasta ahí todo bien, pero la reina ha dado orden de que todos sus hombres embarquen y zarpen rumbo a un paradero desconocido. Eso podría suponer el fin del reino, y es por ello que el heredero en caso de que el amante de la reina desaparezca ha decidido tomar cartas en el asunto para que esto no suceda.

Objetivo de la misión: impedir la partida del ejército saboteando los barcos destinados a transportarlo o, en su defecto, hundirlos lo más cerca posible de la costa para que no haya bajas locales.

Recompensa: apoyo sin condicionantes de las fuerzas de Jonathan ahora y en el futuro. El joven está convencido de que debe arrebatar el trono a la reina para que la cordura vuelva a imperar en su hogar, por lo que el apoyo de Terrel podría ser mucho más poderoso en el futuro.
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Mensaje por Katharina von Steinhell el Sáb 4 Jul 2020 - 20:28

Había abandonado Water Seven hacía unos pocos días a bordo del Horror Circus en dirección al Nuevo Mundo. Por ahora, Viktor Elric no había hecho ningún movimiento que le pudiese perjudicar, aunque eso estaba por verse. Era obvio que ese hombre sabía quién era la responsable de la destrucción de su puerto, pero tampoco era algo que le quitase el sueño. Ya tenía muchos problemas con La Mano como para designar todos sus recursos a cazar a Katharina. Por otra parte, todo parecía indicar que los ánimos en Casino Island estaban relativamente tranquilos. Sus hombres continuaban preparándose para la guerra que se avecinaba. Sólo faltaba involucrar directamente a Yggdrasil en esa isla para tomar el control y así gobernar uno de los puntos más importantes del Bajo Mundo.

Muy cerca de la enorme frontera que dividía el mundo en dos mitades se hallaba Terrel, una isla retrasada tecnológicamente y con leyes de antaño, una dudosa gobernabilidad y un montón de problemas que resolver. Enormes edificios de roca se alzaban frente al vasto mar, conformando una buena parte de la costanera. En el puerto había estacionada toda una flota de gigantescos barcos que zarparían dentro de los próximos días. Y ellos eran la razón principal por la que la bruja decidiera quedarse un tiempo en la ciudad.

En la zona sureste de la capital de Terrel se hallaba un imponente palacio ubicado en lo alto de un acantilado con maravillosas vistas al océano. Conservaba un aspecto clásico y bien cuidado, tenía dos grandes torres que acababan en un techado rojo y puntiagudo, además de un llamativo balcón sobre la entrada principal. Katharina se había reunido con Jonathan Terrel II, un hombre de avanzada edad y aspecto sereno. Tenía una gruesa nariz y unos pequeños ojos celestes. Le gustaban las gorras, o eso indicaban todos los retratos que tenía; las boinas, principalmente. Vestía un jubón medio ajustado que realzaba su sobrepeso y su cuello era adornado por una lujosa cadena de oro.

—Así que esa es la situación —dijo finalmente tras explicarle a la bruja a grandes rasgos lo que estaba pasando en el reino—. No solo yo temo por el futuro de mi nación, pero entenderá que no podemos involucrarnos directamente, señorita Von Steinhell.

—Entonces quieres que sabotee los barcos para evitar que estos zarpen, ¿no? —El hombre asintió y luego le dio un sorbo a su copa de vino. Le había ofrecido a la hechicera, pero la había rechazado; el alcohol no se le daba muy bien—. Perfecto, reuniré toda la información que pueda y trazaré un plan. En menos de cinco días habré solucionado tu problema.

—Espléndido, muchísimas gracias. Todo el mundo sabe lo diligente que es a la hora de llevar a cabo un trabajo, confío completamente en sus capacidades. Oh, por cierto, también le hemos pedido ayuda al Ejército Revolucionario, le sugiero que espere en este despacho para conocer a su compañero.
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Mensaje por Maki el Sáb 4 Jul 2020 - 21:41

-Y entonces me dijo que por qué odiaba tanto a su madre, con lo que ella me quiere. Que por qué intento hacerle la vida imposible y amargarla. ¿Te lo puedes creer? Me empezó a lanzar todos esos almohadones que ha puesto en la cama hasta que me fui de la habitación, y me tocó dormir en uno de los sofás de la sala del trono mientras ella seguía despotricando a voces. Que si no tenía detalles con ella, que si le guardo rencor por aquello del intento de asesinato, que si no me hubiera estancado en un puesto de oficial podría comprarle cosas bonitas... "Si eres reina, cariño", le dije. "Tienes todo lo que quieres", y entonces me dijo que quería un marido más comprensivo y que no lo tenía, y empezó a llorar y a romper cosas -Maki dejó de hablar, agradecido por poder contarle todo eso a alguien-. ¿Tú que opinas?

-¿Eh? Mujeres... -

Maki asintió.

-Sí, eso me dicen todos.

Se aupó en el muelle y se impulsó para salir del agua con la agilidad y la gracia de una morsa arponeada. Maki se estiró para desentumecerse y que el sol le secase las lorzas mientras contemplaba la bonita ciudad a la que le habían enviado. Estaba ansioso por empezar. Llevaba desde la boda sin tener contacto con sus camaradas de Báltigo, aclimatándose a la nueva vida de rey.

No le gustaba.

Aunque tener una máquina de helado para él solo y un cocinero privado que le preparaba todas las hamburguesas que quería a cualquier hora, ser marido, rey y revolucionario era complicado. Su mujer insistía en que no le prestaba atención y siempre estaba pendiente de sus amigotes rebeldes; sus subordinados decían que ya casi no se pasaba por los cuarteles ni les daba órdenes. Los Centellas habían montado una pequeña base en la Isla Gyojin, y solían ir y venir entre Báltigo y el fondo del mar. Sus súbditos tampoco estaban contentos. Se quejaban de que la ley que obligaba a poner nombre a todo el marisco antes de comérselo era absurda, y protestaban contra la idea de incluir una chapita con la cara de Maki en los uniformes de los soldados. Estaba tan desesperado por salir un rato de aquel estresante palacio que aceptó la primera misión que la Revolución quiso darse.

-Qué bien estar de vuelta en el trabajo -dijo, por fin alegre y relajado.

-¡Mamá! -gritó un niño que echó a correr al verle. Sí, de nuevo en marcha.

Valaderian abrió la marcha, seguido de cerca por el gyojin. Valderian era el contacto. Hacía de intermediario entre el hombre que había solicitado la ayuda de la Revolución y la propia Revolución. Había recogido a Maki en el puerto para meterlo en palacio sin levantar sospechas. Decía que junto a él nadie le haría preguntas.

Por el camino se fijó en la gran cantidad de soldados que iban de acá para allá. Unos llevaban uniformes con casacas a rayas rojas y azules, pero había quienes tenían armaduras muy chulas. Maki se anotó mentalmente comprarse una antes de irse. También había mucha gente transportando armas, ganado, caballos y provisiones hacia el puerto. ¿Iban a hacer un viaje o algo así?

Maki y Vala llegaron a una puerta lateral en un enorme edificio que no podía ser otro más que donde vivía el rey. Había aprendido mucho de eso recientemente. Los guardias les dejaron pasar sin abrir la boca siquiera, lo cual sorprendió a Maki. Rara vez le dejaban pasar a ninguna parte fácilmente. Supuso que en eso se notaba la influencia de Vala. El cliente debía ser alguien muy importante si contaba con gente así bajo su mando.

Juntos atravesaron largos pasillo lujosamente decorados. Maki saludó a un par de criadas que se le quedaron mirando, se quitó una legaña mirando su reflejo en una armadura y escondió un moco detrás de uno de los muchos tapices. Al cabo de un rato llegaron a unos aposentos. Dentro le aguardaba su cliente y su misión, la esperada vuelta al trabajo. Estaba deseando entrar en acción por fin.

-Alteza, este es el enviado de Báltigo -dijo Vala.

-Bienvenido seáis, Sir -le saludó su cliente-. Es un placer contar con un guerrero como vos de nuestro lado. Mi nombre es Mireia Terrel. Necesito que matéis a alguien.
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Mensaje por Katharina von Steinhell el Sáb 4 Jul 2020 - 23:36

Había muchas cosas que odiaba en la vida, como esa gentuza que decía ‘la calor’ cuando esa expresión ni siquiera existía. Muchos se preguntaban cómo podía albergar tanta mala leche en un cuerpo tan pequeño. A pesar de ser fría e inexpresiva, era imposible no percatarse de lo molesta que estaba. ¿Y cómo no estarlo? Esperaba hace diez minutos ya al supuesto revolucionario que sería su compañero de trabajo. No le necesitaba ni tenía ganas de conocerle, pero el señor Terrel insistía en aguardar unos minutos más. ¿Es que acaso no se daba cuenta de que era una mujer ocupada? Odiaba que le hicieran perder el tiempo, las impuntualidades y los estúpidos incapaces de cumplir horarios. Tendría una larga conversación con su indeseable compañero acerca de la disciplina y la puntualidad.

—Han pasado quince minutos.

—Así es, señorita.

—¿Por qué todavía no ha llegado? —El hombre le dio otro sorbo a la copa de vino y se acercó al ventanal para observar el maravilloso jardín que se extendía por los terrenos del palacio—. Debería estar en el puerto reuniendo información sobre los barcos y no aquí en el despacho perdiendo el tiempo, ¿sabes?

—Sólo cinco minutos más.

Soltó un largo suspiro que denostaba aburrimiento. Si permanecería allí encerrada aguardando la llegada de un hombre que desconocía el significado de la responsabilidad, al menos aprovecharía el tiempo leyendo algo interesante. Jonathan Terrel tenía una vasta colección de libros apilados ordenadamente en estanterías. El hombre le entregó uno titulado ‘La Orden de los Halcones’. Era una orden de caballeros al servicio de la reina, cada uno de sus integrantes era tan fuerte como los piratas más poderosos del Paraíso, o al menos eso decían las páginas del viejo libro que tenía en sus manos.

—¡Lo siento muchísimo!

La hechicera volteó la cabeza y se encontró con un muchacho de más o menos su edad. Ojos verdes y rasgos finos, complexión esbelta y baja estatura; nada destacable, vaya. Incluso nada más entrar al despacho del señor Terrel este se dio de bruces contra el suelo. ¿Además de impuntual era torpe? «Vaya día de mierda me espera», se quejó para sí misma. Se levantó lo más rápido que pudo y luego hizo un saludo militar, quitándose el fleco negro de la frente.

—¡Teniente Roswell L. Fahrenheit, a su servicio!

—Oh, ya comenzaba a preocuparme. Imagino que tuviste problemas para llegar, ¿no? Las calles están siendo vigiladas duramente por el ejército. La reina no es idiota, sabe que hay una facción en desacuerdo con las cosas que está haciendo.

—Sí, señor, tuve que escabullirme por calles y-

—Eso no es excusa para llegar casi treinta minutos tarde —le interrumpió la hechicera, levantándose de la silla y clavándole una mirada fría, seca, cortante—. Soy Katharina von Steinhell, diría que es un gusto conocerte, pero la verdad es que no.

—L-Lo siento… ¡No volverá a pasar, lo prometo! —se disculpó el muchacho, inclinando todo su dorso hacia delante en señal de arrepentimiento—. ¡Lo siento!

—Vamos, señorita Von Steinhell, no sea tan dura con el chico. Les daré tiempo para que se conozcan, la coordinación será fundamental para llevar a cabo esta labor.
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Mensaje por Maki el Dom 5 Jul 2020 - 18:32

-¿Qué quieres qué?

-Quiero que matéis a alguien, Sir... ¿Cómo os llamáis?

-¿Nosotros? ¿Yo? Soy Maki.

-Es un placer teneros bajo mi techo, Sir... Maki. Sentaos, por favor.

La clienta le hizo un gesto de lo más elegante para que ocupase un bonito y mullido sillón junto a la chimenea. Vala se quedó en la puerta, envarado como si se hubiera convertido en una columna de piedra y sin siquiera parpadear. Maki reconocía a un guardaespaldas cuando lo veía.

-Como decía, mi nombre es Mireia Terrel. Soy la reina de Terrel desde que mi padre muriese hace ya cinco años.

Maki contuvo una mueca. Su experiencia con las reinas no había sido la mejor del mundo. Las dos que había conocido trataron de matarle. La tercera seguramente fuese simpática, ¿no? De momento, mandó a un sirviente a por una bandeja con algo de comer. Maki pidió ostras con chocolate, pero no estaba seguro de si allí tendrían de eso. Los humanos comían cosas muy raras, y más los que llevaban corona. La de la reina Terrel era de un brillante color plateado repleto de piedras púrpuras que destacaban tremendamente en su melena rubia.

-Espera, ¿tu país se llama como tú? Y me dijeron que no podía llamar al mío Makiland.

La reina le sonrío amablemente, sin hacer comentarios.

-Tendré que empezar por el principio. Veréis, hace seis meses que conocí a un hmbre. Sanderson es tan apuesto, amable y complaciente... Viene de un linaje muy antiguo, de los grandes emperadores de Ralsia. Es una isla no muy lejos de aquí.

-¿Y quieres que lo mate? -preguntó Maki.

Si ya lo sabía él: todas las reinas eran mala gente.

-No, no, por favor, en absoluto. El problema no es él, son sus detractores. Últimamente hemos estado recibiendo amenazas de muerte. Han colocado notas obscenas destinadas a nosotros, han pintado todo tipo de maldades con sangre en las paredes de palacio, se han colado en nuestros aposentos privados y profanado nuestro lecho con entrañas de res.

Maki asintió, aunque no había entendido nada de esa última parte.

-Creemos que se está gestando una conspiración -añadió la reina, bajando mucho la voz-. Mis guardias han sido seguidos, y sabemos a ciencia cierta que que se ha hecho desaparecer a más de un miembro de la corte. Han intentado hacerlo pasar por vacaciones o retiros por motivos familiares, pero a mí no me engañan. Corro peligro, y más ahora que una famosa pirata ha llegado a la ciudad. Ha sido contratada por los conspiradores, por mi hermano Jonathan, para matarnos y conseguirle el trono. Temo que nos asesine y lo haga pasar por un crimen común. Por eso pedí la ayuda de vuestro Ejército, Sir. Necesito que nos libréis de este mal y salvéis nuestro reino.

Ohhhhh, era eso... Matar a gente no era lo suyo, pero salvar reinos y luchar contra el mal se le daba mucho mejor. Tendría que haber empezado por ahí. Seguro que si cogía a esa pirata y la echaba con una buena reprimenda dejaría de molestar a la reina. Por otro lado, admiraba el espíritu revolucionario del tal Jonathan. Su impulso natural era colaborar en cualquier insurrección, aunque no podía renunciar a una misión oficial. Le habría gustado poder consultar con su ideólogo asignado, pero no había tiempo. El trabajo le llamaba.

-Vale, pues dime dónde están esos dos y les detendré.

-Eso es sencillo. Uno de mis fieles caballeros hará que esa bruja se encuentre esta noche en el muelle 36. Actualmente está vacío, así que no os molestarán. Confío en que podáis librarnos de este mal, Sir. El reino de Terrel depende de vos.


Última edición por Maki el Vie 7 Ago 2020 - 22:15, editado 1 vez
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Mensaje por Katharina von Steinhell el Lun 6 Jul 2020 - 1:05

Le parecía una completa falta de profesionalidad desperdiciar el tiempo conociendo a un muchacho torpe, irresponsable e impuntual, pero como su contratante se lo había pedido… Lo haría, aunque con mucho disgusto. No le interesaba conocer a Fahrenheit, no había nada en él que llamase la atención de la bruja y tenía la impresión de que sería un martirio pasar los siguientes días con un lastre como él. ¿Por qué el destino le castigaba tan duro? Tampoco es como si se lo mereciese. ¿Acaso no había tenido suficiente ya con el caótico de Dark? Ese hombre era literalmente capaz de proponer un plan y mandarlo a la mierda porque… Bueno, porque sí, había veces que la lógica y el sentido no funcionaban con ese pirata.

Caminaba a paso apresurado por el corredor alfombrado cuando escuchó un estruendoso sonido, como si una enorme pieza de metal se hubiera caído violentamente al suelo. Se volteó y parpadeó, perpleja. Los niveles de torpeza del chico estaban en una escala inhumana, en serio. ¡Ni siquiera dos minutos fuera del despacho y ya la había cagado! No sabía cómo ni por qué, pero el revolucionario había ido a parar contra una de las armaduras a modo de adorno que Terrel tenía en fuera de su oficina. Cualquiera sentiría vergüenza ajena y es que no era normal ser tan torpe.

—¿Quieres pararte? Deberías andar con más cuidado, en este palacio hay cosas muy costosas que serías incapaz de pagar, joder —le regañó con el ceño fruncido y los brazos cruzados.

—L-Lo siento… Soy un p-poco torpe, ¿sabes…?

—¿En serio? Si no me lo decías no me daba cuenta, gracias por hacérmelo notar —contestó ella, blanqueando los ojos. Tuvo que ayudarle a rearmar la armadura puesto que ni siquiera era capaz de unir las piezas. Y no iba a pasarse la tarde entera viendo trabajar a ese inútil, terminaría dándole una úlcera o algo.

Oía la voz de su compañero, un molesto zumbido en sus oídos, pero no le estaba prestando atención. Sus propios pensamientos eran mucho más interesantes y útiles que las palabras del revolucionario. Dudaba de que la reina fuese una completa incompetente, así que no había que descartar la posibilidad de que supiera la existencia de la conspiración en su contra. Había que andarse con cuidado en la ciudad, tendría que alterar su apariencia para no llamar la atención de los soldados y meterse en problemas innecesarios. ¿Cuáles serían los motivos por los que una pirata de renombre como ella vagaba en el puerto de la capital de Terrel? Si no estuviese involucrada en un trabajo probablemente le daría igual, sin embargo, prefería hacer las cosas bien y tener resultados deseables.

—S-Siento que no m-me estás escuchando, señorita K-Katharina…

—Eso es porque no lo estoy haciendo.

—Oh, ya veo…

—Es que no entiendo la relación entre las patatas que tanto te gustan e impedir que la flota de Terrel zarpe —le explicó tras soltar un suspiro. Al parecer sí que estaba siendo demasiado dura con el chico—. Sí, Terrel dijo que debemos conocernos un poco antes de trabajar, pero no estoy de acuerdo. Es innecesario nombrar cualquier cosa que no esté relacionada con la misión, ¿entiendes?

—P-pero es que las patatas… —La hechicera le dedicó una mirada fría y fulminante que cortó sus palabras—. Sí, entiendo. ¿Por d-dónde deberíamos comenzar, entonces…?

—Buscaremos la manera más efectiva de hundir los barcos antes de que estos puedan zarpar. Faltan… unas cuatro horas para que anochezca, deberíamos aprovechar la luz del sol; luego podremos descansar y retomar la investigación.

Y así, la bruja partió al puerto.
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Mensaje por Maki el Lun 6 Jul 2020 - 22:52

Maki se detuvo apoyando las manos en la pared. Mantener el equilibrio le estaba resultando más difícil de lo que había imaginado en un principio, pero estaba decidido a no rendirse. Se dio impulso y trató de adoptar la postura que había visto a los chavales hacía un rato. Después de comprarles los patines a cambio de otro ladrillo de otro le habían dado varios consejos sobre como usarlos, pero no se le estaba dando demasiado bien. De momento llevaba ya cuatro o cinco trompazos de los fuertes, y no pintaba la cosa como que fuera a parar.

-¿De verdad es esto necesario, Sir? -le preguntó Arriba.

-Por supuesto -respondió Maki, girando a la izquierda con mucho cuidado-. Si no practico no aprenderé nunca.

-Pero me refiero a... ¿Cómo os ayudará patinar a atrapar a la pirata?

-¿A quíen? Ah, no, para eso tengo otro plan.

Y qué plan. Era le mejor que Maki había parido nunca, y eso incluía la vez en que conspiró para irse sin pagar de un buffet. Al final pagó, pero el plan de fuga en aquella ocasión era genial. El que usaría para atrapar a la malvada pirata era casi tan alucinante, y dependía en buena parte de Arriba y Abajo.

Arriba era el que sujetaba la red. Oculto entre las vigas del amplio almacén vacío que había en el muelle 36, la soltaría cuando la pirata mordiese el anzuelo. El anzuelo era una enorme, colorida y golosa cesta de frutas y magdalenas, el cebo perfecto para cualquiera. Eso había sido idea suya. Abajo era el que manejaba el ariete. En cuando la red cayese sobre la pirata, Abajo la embestiría con esa cosa tan molona con cabeza de cabra. Maki le había puesto a la cabra una boina de revolucionario, para que quedase bien claro quién estaba salvando el reino.

Y mientras la trampa hacía efecto -así era como habían capturado a su primo Rufus después de que le diese un subidón de azúcar-, Maki esperaría patinando discretamente alrededor del edificio y se aseguraría de que todo fuera bien. Si hacía falta podía usar sus habilidades para solucionar cualquier problema, pero confiaba en su plan. Solo lamentaba no haber tenido tiempo de montar una casa de los espejos-trampa. La vez en que estuvo en la dimensión de Orejas fue muy confusa.

Además de todo eso, Vala le había dicho que tenía a varios de sus hombres por ahí. Ellos se asegurarían de que ningún civil inocente apareciese. A Maki le parecía muy bien; no quería que ninguno se comiera las magdalenas de cebo. Bastante le había costado a él no zamparse más de tres.

-¿Y qué es eso? -quiso saber Abajo.

-¿Eso? Es Laurel.

El soldado estaba señalando el cascanueces de Maki, colocado en una esquina del almacén. Era un pedazo de cacharro de madera, como un carro del que sobresalía un palo rematado por un cucharón. Los hombres de Terrel cargaban piedras en él, pero Maki se había encaprichado de una y había pedido que se la llevaran al muelle. Había desatado una de las cuerdas, así que la piedra no se lanzaba, sino que seguía todo el camino de la cuchara hasta dar con el suelo. Maki usaba la catapulta, a la que había bautizado como Laurel, para abrir nueces, porque sus manos eran demasiado blanditas como para partir bien la cáscara.

-¿Alguien quiere cantar algo mientras esperamos? Los piratas no son nada puntuales.

Sobre el horizonte de Terrel, el sol comenzaba a ponerse.
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Mensaje por Katharina von Steinhell el Miér 8 Jul 2020 - 2:58

Con la cantidad de soldados que había en el puerto la única opción más o menos viable era alzar el vuelo y hacer llover una lluvia de flechas de fuego sobre los barcos, no se le ocurría otra forma. Pero ahora mismo la verdadera pregunta era por qué había tantos militares en el puerto, es decir, ¿acaso la reina era consciente de la conspiración de su hermano Jonathan? En caso de que lo fuese, debía ser aún más cautelosa y tomarse el tiempo que le hiciera falta para acabar con el trabajo. Justamente por su comportamiento medio paranoico y responsable había decidido cambiar su apariencia física. Ya no era una veinteañera de cabellos rosas y ojos azules. Ahora tenía una larga cabellera negra y unos fríos ojos escarlatas, vestía los típicos trajes de Terrel y llevaba a Fushigiri envainada a la altura de la cintura.

—Sigo preguntándome por qué hay tantos soldados vigilando el puerto… ¿En serio se esperan un ataque a la flota?

—La r-reina es bastante i-inteligente, señorita Steinhell, d-debe esperarse un ataque d-de su hermano… Los n-nobles tampoco son demasiado confiables…

La bruja se detuvo y le miró.

—Vaya, pareces saber algo sobre la reina y la nobleza de Terrel. Puede que no seas tan inútil después de todo.

—¿G-Gracias…? S-sigamos explorando la zona, puede q-que encontremos algo i-importante.

La hechicera memorizó la distribución de la flota apostada en el puerto. Los barcos más grandes estaban separados los unos de los otros y, en el intermedio, había navíos más pequeños. Ya tenía una idea en la cabeza, no llamaría mucho la atención ni habría formas de que relacionasen el atentado con Jonathan Terrel, pero para ello necesitaba unos cuantos explosivos. ¿Los alquimistas de Terrel conocerían la pólvora? La totalidad de su plan dependía de ello, así que necesitaría averiguarlo cuanto antes. Por otra parte, su compañero no parecía ser demasiado eficiente. Se había ido a hablar con los astilleros del puerto para preguntarles algo sobre los barcos, pero no volvió con nada interesante. ¿Por qué a Katharina le tenía que importar que a Timmy, el jefe del proyecto, se le hubiera muerto la madre de una extraña enfermedad respiratoria?

Ya era de noche cuando la hechicera estaba dispuesta a volver al palacio de Jonathan con la información conseguida. Quizás el hombre podía conseguirle los recursos necesarios para llevar a cabo su plan.

—E-Espera, señorita Steinhell. D-Debemos visitar un lugar antes de v-volver, ¿p-puedes acompañarme…?

—¿Un lugar…? ¿Adónde quieres ir, Fahrenheit?

—L-Los carpinteros mencionaron a-algo importante, la r-reina parece ocultar algo en el mu-muelle 36.

Sin demasiadas ganas de seguir en compañía del chico tartamudo, Katharina le siguió en silencio. El puerto ya estaba vacío y cada vez había menos patrullas de soldados, dato importante a tener en cuenta para los próximos días. «¿Qué estará escondiendo la reina? ¿Y qué tiene que ver con nuestro trabajo?», se preguntó a sí misma. Continuó caminando sin levantar la voz, siempre fijándose en los alrededores. El revolucionario le estaba llevando a un sitio demasiado aislado y su cuerpo le advertía de que se anduviese con cuidado. Era una mujer experimentada por lo que no dudó en usar su mantra y mantenerse alerta. «Hmm… No hay demasiada gente por aquí», se dijo en sus pensamientos.

—H-Hemos llegado, c-creo que está aquí en el al-almacén..
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Mensaje por Maki el Jue 9 Jul 2020 - 13:05

-Aquí viene, aquí viene -susurró Arriba, que miraba a través de un ventanuco en la parte superior del almacén.

Maki dio la orden de prepararse para la llegada de la pirata. Había dicho a los soldados de fuera que actuasen con normalidad, patrullando por ahí con cara de buena gente. Silbando, tal vez, que eso siempre daba imagen de ser inofensivo. Los que estaban dentro del edificio se ocultaron como mejor pudieron. Arriba, metido entre las vigas; Abajo, con su ariete de cabra al que Maki había llamado Oscar, detrás de unas cajas que se interponían entre él y la puerta. Vala estaba... bueno, nadie tenía claro dónde estaba, y el propio Maki se había ocultado metiéndose en un barril.

La puerta del almacén empezó a abrirse lentamente. Una franja de luz azulada entró al oscuro interior del edificio mientas una figura que resultó ser la de un hombre que empujaba la puerta. Maki lo vio por un agujero del barril. Le habían dicho que buscaban a una pirata, una mujer humana, así que esperó. No le importaba esperar. Se estaba extrañamente cómodo ahí dentro, calentito y con un agradable olor a arenques.

Detrás del hombre se distinguía a otra persona. Debía ser la pirata. Qué sombrero tan chulo... ¿Le dejaría tocarlo? Igual podía comprárselo. Maki todavía tenía unos cuantos de esos ladrillos de oro en su mochila. O tal vez se lo daba a cambio de las magdalenas y la fruta.

La cesta-cebo estaba justo en el centro del almacén, iluminada por un rayo de luz de luna que entraba por un agujero en el techo. Arriba tenía la orden de dejar caer la red en cuanto la pirata cruzase el umbral. Y justo en ese momento, cuando se estuviese debatiendo con la trampa como un atún recién pescado, Abajo la embestiría con Oscar y le derribaría, dejándola derrotada y atrapada. Entonces Maki saldría del barril, con su boina revolucionaria y su portentoso bigote de oficial, y desterraría a esa criminal a un lugar donde no pudiera volver a poner en peligro la justicia.

Y tal vez luego montase una revolución contra el trono, pero bien hecha. Es difícil dejar atrás las viejas costumbres.
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Mensaje por Katharina von Steinhell el Dom 12 Jul 2020 - 20:54

Considerando la cercanía con el cuerpo y el mar no le sorprendía que el almacén apestase a pescado, pero era un olor tan intenso que le hacía respigar la nariz de vez en cuando. ¿No se estaba pudriendo algo allí? Cuando abrió la puerta se encontró frente a una habitación completamente oscura salvo por un rayo de luz que caía casi de forma mágica sobre una cesta puesta en medio. No tenía idea de quién la había puesto allí, pero podía decir casi con completa seguridad que era una trampa. ¿Estaría conectada a un hilo y dejaría caer alguna mierda tras ser cogida? ¿O tenía explosivos en su interior? Con el fuerte olor a pescado le era imposible olfatear la pólvora.

Katharina llevaba más de cinco largos años en el mar, había estado en templos dominados por sacerdotes psicópatas y en ruinas ocultas con trampas tan extrañas como mortales. Había recorrido mazmorras y se había enfrentado a fortalezas con mecanismos tan complejos que ni siquiera ella podía entenderlos. Su experiencia junto a su naturaleza desconfiada le decían que se trataba de una trampa, es que no se le ocurría ninguna otra razón por la que hubiese una cesta allí. ¡Y lo peor de todo es que su compañero ni siquiera se había dado cuenta! Estaba caminando cual niño feliz hacia ella, con el rostro iluminado y una sonrisa resplandeciente.

—¡Alguien ha dejado comida aquí! ¡Banzai!

«¡¿Quién dice ‘banzai’ en una situación así, pedazo de idiota?!», se preguntó para sí misma intentando contener las ganas de romperle las piernas con la maldita cesta. Debía pararle antes de que la cagase. Luego de inspeccionar el cebo podría comerse toda la comida que hubiera, pero antes no.

Nada más entrar al almacén una sensación de peligro le paró en seco. Había comprobado que no hubiera nadie en las cercanías, así que todo debía andar bien… Entonces, ¿por qué ahora mismo estaba cayéndole una red? Pudo haberla cortado o esquivado con la misma facilidad que respira, pero lo único que hizo fue soltar un suspiro. Si hubiera sabido que ese trabajo se acabaría convirtiendo en un mal chiste, mejor se habría quedado en Casino Island gestionando los asuntos de su gente. ¡Y encima la red apestaba a pescado podrido! ¡Incluso tenía baba! ¿Alguien había intentado comérsela? Por si fuera poco, acababan de aparecer dos personajes —no encontraba mejor palabra para describirlos— que intentaron derribarla. «Si se trata de la respuesta de la reina de Terrel, este reino ya puede irse a la mierda», pensó casi con indignación.

Incluso dudaba de que esa gente tuviera la fuerza para moverle siquiera, pero les haría un buen truco de magia. Estaba a punto de canalizar magia para crear un portal bajo sus pies cuando su mente sufrió un colapso, siéndole imposible conjurar ningún hechizo. De un jodido barril había aparecido un gigantesco pez con bigote y boina de revolucionario. La expresión de Katharina reflejaba la más pura perplejidad. Una cesta con comida, una trampa y un pez tan feo como los callos de su bisabuela… ¡¿Quién la estaba subestimando de esa manera?! Ya había tenido suficiente con las idioteces de Dark, pero ahora que ahora le pasase algo así… En serio, no tenía ninguna explicación. El ojo derecho le tiritaba y su cuerpo había dejado de reaccionar por culpa de la aparición de esa… horrible cosa. Ah, y acabó siendo embestida por los compañeros del pescado. Terminó en el suelo sin ganas de vivir: había sufrido una sobredosis de estupidez.
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Mensaje por Maki el Dom 12 Jul 2020 - 23:52

-¡JA! ¡Te tengo, villana! -exclamó Maki tras salir del barril.

Lo cierto era que la trampa había funcionado sorprendentemente bien. La red, el golpe con el ariete e incluso la entrada triunfal habían superado con creces las expectativas de su diseñador. Y pensar que los piratas eran tan sencillos de atrapar. Maki ni siquiera había tenido que montar su número circense. Era una lástima, porque le apetecía utilizar el monociclo. En fin, tendría que conformarse con lo que tenía.

El gyojin pasó una pierna por encima del barril sin dejar de fulminar con la mirada a la pirata capturada.

-Mi nombre es Augustus Makintosh. Y en nombre de la Revolución voy a arrestarte, malva...

Cuando las ruedas de su patín decidieron moverse por sí sola, Maki se fue de morros contra el suelo de forma muy poco digna. Se había mordido la lengua y la boca le sabía a sangre, pero siguió hablando igualmente. El Oficial Makintosh no dejaba que cosas tan simples le arruinaran una buena obra.

-Das a sed extulzada de abí y no doldebás a ateltadte a la deina -farfulló, imprimiendo a sus palabras su mejor tono de autoridad-. Czicos, levaozda.

A su orden, los soldados, formados en dos unidades idénticas, se movilizaron. Eran un grupo glorioso. Sus armaduras brillaban como espejos recién pulidos, sus armas parecían forjadas esa misma mañana. Cada paso que daban era coordinado, como debía ser, todos dirigidos por un oficial identificado con un penacho de plumas azules que sobresalía de su yelmo. A Maki le recordaban a gallos marinos.

Abajo se apartó a un rincón tras haber hecho su trabajo. Dejó el ariete junto a la pirata y retrocedió mientras la tropa de soldados formaba un círculo de apoyo alrededor de Maki y de la pirata. De ese modo reforzaban su autoridad. Vala también lo hacía. Vestido con unas botas con espuelas y ropa de cuero marrón y negro para camuflarse, ocupó su puesto junto a Maki.

-Esto es... inesperado -dijo Vala. Tampoco se creía que hubieran tenido tanto éxito-. Suponía que no podríais derrotarla, pero di por hecho que al menos...

-Ha zido una framfa pedzesta -admitió Maki.

-Sí, eso es cierto. En cierto modo.

Vala echó mano a su manga y se sacó un tenedor imposiblemente largo. Bien mirado, había bastantes más soldados de los que Maki había contado antes. Uno de ellos era enorme, una mole que medía el doble que él y estaba oculto por una sombra negra. Parecía un personaje de manga que quisiera mantenerse en secreto.

Vala atravesó a Maki con su enorme tenedor de dos metros.

Se quedó sin habla durante unos segundos. No podía apartar la mirada de las enormes púas de hierro que lo atravesaban de par en par como tres mortíferos colmillos de los que la luna arrancaba destellos plateados. Palpó el cubierto con las manos y lo notó tibio, muy apropiado para algo que lo estaba matando. Se preguntó si ser traicionado de ese modo tan cruel era culpa suya por no haber seguido el camino del revolucionario y destronar a la reina en vez de ayudarla. Se preguntó si no debería haber desconfiado desde el principio de Vala y de su siniestra forma de caminar siempre detrás de él y reírse entre dientes cuando Maki no miraba. Se preguntó... se preguntó muchas cosas. ¿Por qué no se moría?

-Bueeeno... Entonces ¿eres el malo?

Ya ni siquiera le dolía la lengua.

-En absoluto -contestó Vala. El caballero arrancó el tenedor del cuerpo de Maki. Curiosamente, ni le dolía. Tampoco había rastro de sangre-. Bueno, supongo que desde vuestro punto de vista, sí.

-Pero, ¿por qué? Si íbamos a salvar el reino juntos...

-No suelo explicar mis motivaciones a mis enemigos. Pero alegraos: estamos salvando el reino. Limitaos a cumplir vuestra parte y morid sin más.

Vala chasqueó los dedos y Maki se transformó. Sus huesos se desvanecieron, su carne se estrechó, cayó a plomo al suelo mientras su sangre se derramaba por aquello que hasta hacía un segundo había sido el cuerpo de Augustus Makintosh. De él ya apenas quedaba nada. La magia de Vala le había cambiado, lo había convertido en... en...

-¡AHHHH! ¡ESPAGUETIS!

De cuello para abajo, Maki se había convertido en una enorme masa de espaguetis bañados en un rojo y dulzón tomate que había confundido con sangre. Notaba su cuerpo como una sucesión de hilos de pasta, como un embrollo de cables blanditos y suculentos. Sus manos y pies asomaban aquí y allá, al final de largos espaguetis endebles y sin fuerza sobre los que no tenía ningún control. Un par de albóndigas sobresalían de debajo de su barbilla, dando la impresión de ser dos pechos redonditos y carnosos.

-¡¿QUÉ ME HAS HECHO?!

-No es sino mi poder, hombre-pez. Y ahora, callaos. Es hora de comer.

Alzó una mano y los soldados desenfundaron sus armas.
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Mensaje por Katharina von Steinhell el Lun 13 Jul 2020 - 2:09

El golpe en el estómago le había dolido más de lo que había imaginado, pues ni siquiera se había protegido con haki. Quería saber por qué esa gente andaba con un ariete con cabezal de cabra. No, espera, no quería saber nada de ellos ni de su líder que se… Joder, ¿en serio? Ninguna cara tan fea podía esconderse detrás de ese bigote mal hecho, y el dueño de la «cara más fea del mundo» era el revolucionario con un nombre demasiado imponente para quien lo portaba. Sí, se trataba del que muchos consideraban el auténtico líder del Ejército Revolucionario: Augustus Makintosh. ¿Qué hacía un pez como ese molestando a la bruja? ¿Y por qué se había “esmerado” tanto en capturarla? Esmerado muy entre comillas porque no tenía mayores méritos poner una cesta como cebo y usar una red… Ay no, qué indignante.

Roswell intentó hacer todo lo posible para evitar que los malhechores le hicieran más daño a Katharina, pero estaba demasiado ocupado comiéndose una magdalena. Ah, y también los soldados de la reina le habían capturado, pero al menos no le habían quitado el fruto. Por su parte, la bruja se preguntaba qué había hecho para cruzarse con tanto personaje… ¿Es que ninguno se estaba tomando en serio la situación? El futuro del reino de Terrel dependía de todos los allí involucrados. Y estaban intentando capturar a Katharina von Steinhell con una red. ¡A La Bruja! ¡Con una red para peces! Si hubieran usado kairoseki habría sido un buen plan, pero ni siquiera… Lo peor de todo es que de verdad creían que había funcionado.

—Nadie me ha derrotado —interrumpió las palabras del caballero que acompañaba al Oficial—. ¡Puedo moverme igual que siempre con la única diferencia que ahora apesto a pescado descompuesto!

Pero el hombre estaba demasiado ocupado llevando a cabo su traición para fijarse en las palabras de la hechicera. Miró casi indignada al pez siendo atravesado por un gigantesco tenedor de dos metros. Pero la cúspide del surrealismo llegó cuando el Oficial Augustus fue transformado en una enorme masa de espaguetis que le abrieron el apetito a Katharina. Se trataba de una fruta del diablo, de eso no había duda. Y una muy interesante. Ya le gustaría a ella tener a alguien que transformarse cosas en comida. ¿O sólo funcionaba en seres vivos? Da igual, ahora mismo no era el momento de pensar estupideces.

—Si estos son los obstáculos que me esperan ya puedo dar por finalizada la misión…

Chasqueó los dedos y generó una llama azul muy intensa que redujo la red a cenizas. Los soldados tragaron saliva nerviosos y miraron a la bruja que se levantaba como si no hubiera sido golpeada por un ariete. Con un gesto imperceptible desenvainó a Fushigiri y los enemigos que le rodeaban retrocedieron. Ya no tenía sentido esconderse tras una apariencia falsa, por lo que deshizo la polimorfia y regresó a su forma original.

—Me gustaría marcharme sin derramar sangre, pero no creo que vayan a permitírmelo —les dijo a los soldados con una sonrisa divertida en el rostro y luego se volteó hacia el Oficial—. A ti te dejaré vivir solamente porque no quiero problemas con el Ejército Revolucionario. Luego de sacar la basura escucharé tus excusas.

Alzó la gigantesca katana y la blandió sin intención de cortar a nadie. Su Voluntad recorrió todo el almacén y los soldados fueron cayendo desmayados uno por uno. Hubo unos pocos que pudieron resistir el Espíritu de la Emperatriz de Katharina, aunque los que aprisionaban a Roswell no tuvieron mucha suerte. El joven revolucionario quedó libre y entonces se precipitó en atacar al hombre del tenedor. Intentó un ataque furtivo, pero fue sorprendido por gritar como un idiota. El caballero le atravesó el estómago y acabó convertido en una lechuga.

—Joder, ahora solo falto yo…
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Mensaje por Maki el Lun 13 Jul 2020 - 13:21

Makispagueti intentaba arrastrarse por el suelo como fuera posible. Sus intentos de ponerse en pie habían fracasado estrepitosamente, así que se conformaba con poder salir reptando de aquel almacén diabólico. No solo la pirata había destrozado su magnífica red con abrumadora facilidad, sino que encima la gente caía redonda al suelo como si fuesen fardos. No quería quedarse ahí más tiempo. A saber qué más podía pasarle.

Mientras el ruido de las armaduras al caer llenaba el edificio de una banda de música, Maki se peleaba con su nueva naturaleza de pasta fresca. Qué bien olía... Pero no, no podía centrarse en eso. Aunque había lamido un poco de tomate y estaba bueno. Y tampoco había cenado. Qué cruel tentación la de tener hambre de sí mismo. Si se daba un bocado, ¿a qué sabría? "No caigas en la trampa del mal, Espagustus", se dijo mientras peleaba con sus pechos de albóndigas y con el montón de pasta que era su cuerpo.

Su triste y lenta huida se detuvo cuando Arriba saltó del techo y cayó entre él y la puerta, que ya solo custodiaban soldados inconscientes. Maki creyó que había bajado de las vigas a ayudarle, pero lo que hizo fue descolgarse una ballesta de la espalda y apuntarle a la cabeza. Disparó antes de que el gyojin-espagueti pudiese hacer o decir nada para impedirlo. Maki quiso apartarse, pero su propia anatomía aberrante hizo que su cabeza quedara enterrada entre el montón de espaguetis. La bala penetró en una de las albóndigas sin causar daño.

"Qué raro es esto. Hasta para mí".

Oyó como Arriba recargaba su arma. Vio por una rendija entre la pasta cómo colocaba una flecha y giraba una manivela para tensar la cuerda. Sin poder levantarse, Makispagueti estiró la mano y tanteó sus alrededores a ciegas. Su brazo era tan largo y blandito que podía doblarlo de un montón de formas diferentes. Casi era divertido. Encontró el tobillo de Arriba justo cuando le apuntaba, y tiró de él con toda la fuerza que pudo. No consiguió gran cosa, porque hacer fuerza con espaguetis era muy complicado, pero sus dedos de gyojin sí pudieron apretar. Usó su técnica secreta para abrir tarros y Arriba lanzó un grito mientras se doblaba sobre una rodilla. La flecha salió desviada hacia alguna parte.

-¡También eres malvado! ¿Por qué todos sois malvados?

Maki reunió todas sus fuerzas y alargó el cuello. Lo alargó mucho. Su cabeza, que arrastraba un largo espagueti sin final aparente, cayó sobre el hombro de Arriba. Maki le sopló en la oreja para incomodarlo y se llevó un manotazo, pero se agarró bien con los dientes para no soltarle. Arriba se revolvió, pero ¿cómo se luchaba con un plato de pasta con justa sed de justicia? El gyojin tiró con ganas y logró desequilibrar a Arriba para que cayese sobre la masa de espaguetis. Una de las manos de Maki lo encontraron y le aferraron el peto, enterrándolo entre la comida. Por mucho que el soldado pataleaba y se revolvía, no lograba escapar de la deliciosa trampa que era el cuerpo de Makispagueti.

-¡Maldito! -gritó Abajo.

La cabeza de Maki había quedado tirada de lado en el suelo, pero pudo ver cómo Abajo se abalanza corriendo sobre él con el ariete a cuestas. Maki estiró una pierna hacia un lado y Abajo tropezó con un espagueti. El ariete iba directo a la cabeza de Maki. Cerró los ojos y apretó los dientes, consciente de que el golpe iba a dolerle. Pero no fue así. Ordenó a su cuerpo que se moviera, igual que lo habría hecho de tener un cuerpo normal, y consiguió lo que quería. Una de sus albóndigas se movió y detuvo el golpe del ariete, resistiendo con la misma fuerza con que el propio Augustus lo habría hecho. La cabeza de cabra rebotó con fuerza en la albóndiga y el otro extremó se estrelló en el rostro de Abajo, que cayó noqueado al suelo.

-Así aprenderéis. Humano, pez o pasta viviente, nadie se mete con un revolucionario.

Dos menos. Quedaban... un huevo.
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Mensaje por Katharina von Steinhell el Mar 14 Jul 2020 - 4:42

En su vida había visto muchísimas cosas raras, pero jamás una masa de espagueti luchar vehemente por su vida. No sabía cómo describiré el lamentable espectáculo que se había montado frente a ella. Su compañero transformado en una lechuga con piernas pero sin brazos, y el otro revolucionario convertido en… Bueno, uno de sus platillos favoritos. Y mejor que tuviera cuidado porque la bruja andaba con un hambre feroz, aunque por ningún motivo se rebajaría a comerse esa cosa. ¿O igual sí? Qué va, no caería en el sinsentido que había creado un solo hombre. Si le derrotaba todos volverían a la normalidad y el panorama surrealista terminaría de una buena vez.

Se abalanzó sobre el caballero del tenedor con la intención de darle un veloz corte ascendente para luego hacer un giro de muñeca y volver a cortarle. Sin embargo, tuvo que detenerse en medio de su carrera para desviar el virote que iba directo hacia ella. Si hubiera sabido lo que seguía a ese movimiento, se habría dejado dar por la flecha. «¡No puede ser, maldita sea!», maldijo para sí misma justo cuando el tenedor atravesó su estómago. Intentó sacárselo antes de que hiciera efecto, pero fue imposible. Incluso quiso quemarlo y reducirlo a nada con sus llamas azules, no obstante, esa cosa era increíblemente resistente. Y sin poder hacer nada para evitarlo poco a poco fue transformándose en…

—¡No te creo…! ¡Soy un…! ¡Soy un…! ¡AAAAH! ¡Soy un maldito hot dog! —rugió profundamente indignada, llevándose las manos a la ¿cabeza? Se había convertido en una salchicha con ojos y boca embutida en un cacho de pan. Si su magia no hubiera neutralizado en cierta parte el poder del caballero, no tendría esos coloridos brazos y piernas. Y si esta no se hubiera salido de control, ahora mismo no estaría creciendo hasta romper el propio techo del almacén—. ¡Me has convertido en un monstruo! —gritó Katharina con voz de monstruo.

Nunca antes se había sentido tan humillada, ni siquiera cuando había perdido con Arthur Silverwing. Fue tal la indignación que desplegó una destructiva onda de haki del rey sin control aparente, destrozando todo a su alrededor. Ya no quedaba prácticamente nada del almacén y los soldados salieron volando por los aires. Sin embargo, pronto llegaron los refuerzos de la reina: un escuadrón de cincuenta arqueros estaba preparando sus armas para hacer caer una lluvia de flechas sobre el monstruo de salchicha. La bruja-hot-dog se cubrió el rostro con el antebrazo mientras reunía energía mágica para volver a la normalidad, pero esta se había descontrolado por completo. ¡Y seguía creciendo! ¡Se había convertido en una aberración de veinte metros de alto!

«¡Esto no puede estar pasando…! ¡No a mí! ¡De ninguna manera!», negó todo dentro de su cabeza. Pero por más que lo negase no podía cambiar los resultados de los acontecimientos. «¡Me cago en…! La única manera de regresar a la normalidad es derrotando al caballero».

—Tú, el pez-espagueti, encárgate del hombre del tenedor y más vale que te des prisa —le ordenó como si de pronto ella fuese la jefa del lugar—. Llamaré la atención del ejército y aprovecharé la oportunidad para destruir la flota.
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Mensaje por Maki el Jue 16 Jul 2020 - 17:30

Maki ya no podía quejarse de su suerte. No desde que esa pirata gruñona había empezado a crecer y crecer y crecer y... y era una salchicha gigante, eso también era raro. Evidentemente, solo podía haber una explicación para eso: la pirata tenía el poder de convertirse en un perrito caliente monstruoso. Incluso se apreciaba el brillo del ketchup y la mostaza embadurnando la salchicha en forma de dos rayitas perfectas que iban de un extremo a otro. Su acompañante era una lechuga humanoide. En otro momento le habría sorprendido, pero no era tan espectacular en comparación.

La salchicha gigante empezó a dar órdenes como si fuera la jefa. ¿Le estaba hablando a unos espaguetis? Ah, no, si era él. No se había acostumbrado todavía a ser un montón de pasta. ¿Y cómo quería que derrotase a Vala? Ni siquiera podía ponerse de pie ni poner sus poses de oficial autoritario antes de combatir. Si uno no podía parecer guay delante de su enemigo, era mejor no pelear.

-¿Qué? ¿Qué flota? -chilló Maki. Esa cosa estaba muy alta, hablaba con una voz muy grave y monstruosa y había un montón de ruido, pero Maki siempre había tenido un don para tener conversaciones importantes en mitad de cualquier situación sin que todas esas pequeñeces importaran mucho-. ¡No me des órdenes, Salchicha! ¡Tú eres la criminal aquí!

Lo cierto era que había demasiados criminales. Si Vala y sus soldados eran villanos, ¿en qué convertía eso a la pirata? Aparte de en un aperitivo apetitoso. Estaba luchando contra ellos, así que tal vez estuviera de su lado. ¿Sería buena idea confiar en ella? No le quedaba más remedio que probar. De todos modos, era un perrito caliente. Un perrito caliente no podía ser malo.

Makispagueti salió volando descontroladamente cuando una violenta ráfaga de algo sacudió el edificio y lo derribó por completo. Aterrizó sobre uno de los soldados; su armadura quedó bañada en el tomate que rezumaba Maki. Al menos se había librado de Arriba, y no le dolía nada por estar hecho de pasta. Al final hasta iba a gustarle...

-Se acabó, hombre-pez -dijo Vala a sus espaldas. Maki retorció su endeble cuello trescientos sesenta grados y vio cómo el soldado empuñaba su tenedor hacia él. Eso sí que era una pose previa a la lucha, no como la de Maki, que se le había caído hasta el bigote-. ¿Unas últimas palabras?

-¿Qué?

-Eso valdrá.

Vala descargó su tenedor sobre el pez. Sus ojos brillaban con maldad. Maki había visto a mucha gente mirarle así antes. Eran personas que creían que le habían derrotado, villanos que buscaban la destrucción del mundo y la derrota de la Revolución. Pero, al igual que ellos, el poderoso Vala ignoraba algo de vital importancia: nadie escapa del Oficial Makintosh.

El Oficial Makintosh escapó movilizando sus inexistentes músculos de espagueti. Se arrastró por entre los escombros, bamboleando su extraño cuerpo, rebotando contra las piedras con sus albóndigas e impulsándose con las manos para evitar que el tenedor de Vala le diese de nuevo.

Pero le dio. Y de ese nuevo pinchazo Maki emergió con forma de racimo de uva. Se vio reflejado en la armadura de uno de los soldados. Su cara sobresalía de uno de los granos, redonda, pequeña y verde. El resto de su cuerpo estaba hecho de uvas, e incluso sus manos se habían transformado. Cada uno de sus dedos estaba formado por varias de esas uvas pequeñas tan ácidas. Sin embargo, no se rindió. Ahora podían aplastarlo con una facilidad pasmosa, pero estaba decidido a plantar cara... otro día. De momento, a huir. El MANUAL era muy directo con respecto a las retiradas a tiempo. Y el lema de los Centellas lo decía muy claro: "Es más barata una huida a tiempo que una cara nueva".

Así que Uvagustus corrió. Su cuerpo de racimo fue acercándose al mar, su amado mar. Allí estaría a salvo y fresquito. Pero Vala se interpuso en su camino en cuanto le apeteció. Clavó su tenedor en el suelo y convirtió la zona en un gigantesco postre de gelatina verde. Abarcaba la totalidad del almacén y sus alrededores. Dentro de él se distinguían tropezones de fruta.

Maki se quedó clavado en él hasta las rodillas, y cada vez se hundía un poco más, como en las arenas movedizas, pero Vala había saltado directo hacia él con los pies por delante. ¡Oh, Dios! ¡Quería pisarle! ¡Ese malvado traidor iba a vendimiarlo! Sin saber qué más hacer, el gyojin se arrancó un grano de uva del brazo y se lo lanzó a Vala a la cara con todas sus fuerzas. El caballero cayó en su propio postre y comenzó a hundirse también en él. Entonces Maki llamó a lo más parecido a un aliado que podía tener por allí:

-¡Salchicha! ¡Al mar!
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Mensaje por Maki el Dom 19 Jul 2020 - 10:24

Algo aferró a Maki del tobillo y empezó a tirar de él hacia abajo. Era la mano de un soldado, metida dentro del guante metálico de su armadura. Le había aplastado un par de uvas y estaba sujetando el delicado tallo de su pierna. Una cosa peculiar de ser un racimo de uvas es que resultaba muy frágil, y cuando estallaba alguna parte de su cuerpo le llegaba un olorcillo fresco y dulcecillo muy agradable.

El soldado empezó a tirar de él hacia abajo, hundiéndolo más en el mismo postre de gelatina en el que el propio villano estaba sumergido.  No había nada a lo que sujetarse para no irse hacia abajo, así que no tardó en tener la gelatina al cuello por mucho que pataleara y agitase los brazos. Le dio un buen puntapié al soldado en toda la cara, pero ni se enteró. Solo siguió arrastrándole hacia el infinito fondo del postre. ¿Acabaría alguna vez acaso? Tal vez ahora todo el mundo era así, dulce, verde y con sabor a melón. Puaj, ¿quién hacía gelatina de melón?

Aunque podía respirar dentro y fuera del agua, nunca había probado a hacerlo en algo así. Cuando quedó totalmente enterrado y notó que le faltaba el aire, hizo lo único que podía hacer: darle un buen bocado. Poco a poco, Maki se fue llenando lo que fuese que tenía ahora por tripa con esa gelatina tan dulzona mientras no dejaba de sacudir la pierna para escapar del soldado. Al final le soltó, seguramente porque le costaría mucho comer con el yelmo puesto, y Maki empezó a trepar por a gelatina a medio morder para volver a donde estaba antes. Más le valía a la Salchicha darse prisa, porque empezaba a darle hambre de verdad.
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Mensaje por Katharina von Steinhell el Lun 20 Jul 2020 - 8:20

Resultaba como mínimo molesto que el revolucionario de espagueti desobedeciese sus órdenes, además tampoco parecía tener idea de por qué Katharina estaba allí. ¿En serio no había visto la escandalosa flota apostada en el gran puerto de Terrel? Y encima le acusaba a ella de ser criminal, aunque tampoco era un desacierto. Lo que estaba haciendo tenía un nombre muy claro: terrorismo. Y no era la primera vez que lo hacía ni mucho menos sería la última, no mientras tuviese intereses en conseguir la futura ayuda del reino. Se avecinaba una gran guerra, una que sacudiría todos los cimientos del mundo, una de la cual saldría ostentando el título de Emperatriz del Mar. «Pero como siga transformada en esta… cosa nadie me tomará en serio».

Los pocos soldados que quedaban conscientes desplegaron con furia sus armas. Una lluvia de flechas sucedió a otra, pero ningún proyectil podía con el pan blando y esponjoso que servía como la armadura perfecta. Por otra parte, y a pesar de que su magia estaba descontrolada, pudo conjurar unas gigantescas bolas de fuego que lanzó hacia sus enemigos. Las estruendosas explosiones carbonizaron a los hombres que se oponían a la supremacía de Salcharina.

—Ninguna masa de espaguetis me dará órdenes a mí —protestó, buscando con la mirada al revolucionario. Espera, ¿el caballero lo había transformado en un racimo de uva? Esa habilidad era jodidamente absurda…

Era momento de usar la cabeza, y no de una manera literal. El panorama no pintaba para nada bien, no solo porque fuese un monstruo comestible, también había llamado innecesariamente la atención y en cualquier momento llegarían los refuerzos del ejército. Roswell era una inútil hoja de lechuga y el otro hombre que podía ser de utilidad era… No, dudaba mucho de que el oficial fuese a ser de ayuda. Si era el responsable de esa trampa completamente absurda, no quería saber qué otras cosas se le pasarían por la cabeza. ¿Llenar de mantequilla los barcos y luego incendiarlos? ¿Tenderle una trampa a todo el ejército? Como sea, no era el momento ni el lugar de pelear.

Salcharina canalizó energía mágica luego de cerrar los ojos y dejó que el poder hiciera su parte. Se envolvió de un manto de luces azules visibles solo para sus ojos y poco a poco su cuerpo comenzó a transformarse una vez más. Tenía la intención de hacerse crecer unas gigantescas alas en la espalda, pero la habilidad del caballero nuevamente interfirió en la canalización mágica. En vez de unas espléndidas alas de dragón tenía unas nuevas extremidades conformadas por papas fritas tan doradas como apetitosas. Se sentía profundamente humillada como nunca antes, en serio, había perdido toda la seriedad. «¡Me cago en tus putos muertos, caballero de mierda! A ver cómo hago yo para volar con estas atrocidades», pensó.

Blandió sus magníficas alas de papas fritas y la fuerza provocó una ráfaga de viento que azotó el resto de la estructura. Se alzaba con una lentitud estresante, pero la buena noticia era que ya se había despegado del suelo. Se volteó y buscó con la mirada a su compañero para entonces cogerlo con su salchimano. «El Ejército Revolucionario me deberá una muy grande como salve a estos dos inútiles», se dijo a sí misma. Avanzó lo más rápido que pudo hasta estar cerca del racimo de uva e intentaría tomarlo delicadamente para llevárselo de allí. La habilidad de ese hombre no podía ser eterna, en algún minuto dejaría de hacer efecto y entonces dejaría las sutilezas a un lado: destruiría hasta el último barco de la flota.
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Mensaje por Maki el Lun 20 Jul 2020 - 20:57

A Salchicha le habían crecido alas. Alas hechas de patatas fritas con una pinta deliciosa. Doradas, untuosas, brillantes y saladas... Y calentitas, que el olor a recién hecho le llegaba a Maki incluso desde lejos. Se le hizo la boca zumo de uva solo de pensar en echarles salsa de erizo y ponerse morado. Y tal vez tuviera la oportunidad, porque la monstruosa pirata-perrito estiró su gigantesca manaza hacia él. Era tan grande que asustaba. Solo la sombra de su bollo parecía prometer el fin del mundo. Un fin del mundo lleno de migas y pegotes de mostaza.

-¡Deteneos! -bramó alguien a su espalda.

Maki se giró y vio a Vala emerger de la gelatina como un poderoso guerrero, heroicamente ataviado con una brillante armadura hecha de soja ennegrecida con haki y una mirada asesina tan afilada como el largo cuchillo que desenfundaba para acompañar a su tenedor. Maki corrió hacia la mano de Salchicha, pero el entorno no ayudaba mucho. Se tiró al suelo -si es que eso podía llamarse suelo- y el cuchillo le reventó una uva del culo. En el mismo movimiento, el tenedor pasó rozándole y le cambió de nuevo. Maki sintió como su cuerpo mutaba en el mismo instante en que la mano del perrito caliente se cerraba sobre él y se lo llevaba junto con un buen montón de gelatina de melón.

Convertido en un enorme y blanco huevo, Maki usó sus diminutos brazos para escalar por el bollo de la pirata. Le costó un rato llegar hasta el extremo de salchicha que era su cara, y un poco más encontrar lo que parecía ser su oído. Escalar por un perrito caliente siendo un huevo era muy difícil. Al menos seguía llevando la boina puesta.

-Nos ha ido de un pelo -dijo el Oficial Huevintosh-. Entonces... ¿eres de los malos?

La verdad es que no tenía nada claro qué estaba pasando allí. ¿No tenía que salvar al reino? ¿O ahora tendría que derrocar a la reina? ¿Y para quién? Si encontrase un caracol mágico y se acordara del número tal vez podría llamar a los cuarteles y preguntar. Iba a tener que improvisar un poco.

-Oye, no sé quién eres ni qué haces aquí, pero ¿qué te parece para para comer en algún lado? Tengo hambre.
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Mensaje por Katharina von Steinhell el Miér 22 Jul 2020 - 7:14

Se alejó del puerto mientras esquivaba tanto las balas como los proyectiles que le arrojaban desde tierra firme, blandiendo con sabrosura sus enormes alas de papas fritas. Más valía que los tripulantes a bordo de Salcharina se acomodasen porque iba a ser un viaje movidito. Su tamaño actual le daba demasiados problemas para continuar con la misión, pero lo peor de todo era su aberrante apariencia. Casi tenía la impresión de que ser un huevo era mucho más digno. ¡Encima no le gustaba la mostaza! Era demasiado agria… Y tanta comida le había abierto el apetito, así que necesitaría media tonelada de carne para saciarse. Por otra parte… ¿Por qué escuchaba la voz del revolucionario tan de cerca? Oh, espera, el maldito se había metido en su oído.

—No estamos en una mala película de acción para minimizar esto a “buenos y malos”. Esperaba que un Oficial del Ejército Revolucionario entendiese los matices de esta misión —contestó con su voz de monstruo y sin ánimo de ocultar la decepción que sentía. «Al final los rumores sobre este hombre sí que serán ciertos…», pensó para sí misma—. Soy Katharina, Katharina von Steinhell. Pirata y capitana de The Sinners, mundialmente conocida como “La Bruja” y enemiga declarada del Gobi-

Sus palabras fueron interrumpidas por la repentina transformación de su cuerpo: acababa de volver a la normalidad. Sonrió con alegría cuando vio sus brazos humanos, pero esa felicidad duró solo un instante. Como ya no tenía sus apetitosas alas de papas fritas no podía mantener el vuelo, por lo que estaba cayendo súbitamente, dirigiéndose hacia la muerte inminente. Roswell, por su parte, se lo estaba pasando fenomenal: nunca antes había estado tan agradecido de ser una hoja de lechuga. ¿Y el huevo? Bueno, el otro revolucionario no tendría tanta suerte como el primero…

La caída le dio tiempo a soltar un suspiro, canalizar energía mágica y hacer nacer dos enormes alas emplumadas en su espalda. Golpeó con una fuerza arrolladora en dirección opuesta al suelo, deteniendo la caída y estabilizándose casi sin problemas. Cualquiera diría que se trataba de un ángel surcando el cielo nocturno, enseñando sus partes gloriosas a todo quien pudiese verla. Cogió con una mano a Roswell y luego voló tan rápido como pudo para sujetar a Makintosh, salvándole de una muerte segura. Esperaba conseguirlo, en serio. Lo último que necesitaba era problemas con el Ejército Revolucionario por verse involucrada con uno de sus apreciados oficiales. Era una pena que el hombre fuese tan incompetente, absurdamente idiota y extravagante, de lo contrario, lo usaría como nexo para formar una alianza temporal con la Revolución.

—Estoy cogiéndole un asco horrible a la habilidad de ese maldito caballero…

Cuando sus pies se encontraron con el adoquinado suelo de Terrel hizo desaparecer de inmediato sus alas. No quería llamar la atención de los soldados. «Si mis cálculos son correctos, debemos estar a unos tres kilómetros del puerto», reflexionó. No había volado el suficiente tiempo como para alejarse mucho, pero al menos tenía el espacio suficiente para reestructurar su plan. Además, podía considerarse un golpe de suerte haber caído en un oscuro y solitario callejón.

—Ha sido un vi-viaje m-muy loco… —comentó Roswell—. ¡Espera! ¡¿Por qué y-yo no he vu-vuelto a la nor-normalidad?!

«Es cierto… La habilidad del caballero debe variar de acuerdo a cada persona».

Podía verse muy seria con esa pose pensante, pero el que estuviera completamente desnuda le quitaba un poco de seriedad. Un poco bastante. Ya no solo le podían acusar de ser un monstruoso hot dog alado, sino también una nudista. ¿Acaso la presencia del Oficial Makintosh traía las desgracias consigo? Cuando por fin se dio cuenta de que no llevaba nada puesto se ruborizó por completo, frunció el ceño y se dio vuelta para que los revolucionarios no le mirasen. Aunque seguía enseñándoles el culo. «A menos que quiera pasearme desnuda por Terrel no me queda otra opción…», se dijo con un notorio disgusto.

Sus partes íntimas fueron cubiertas por una gruesa capa de lana rosa, dándole una apariencia que no terminaba de calzar con su oscura personalidad. ¿Una Katharina medio transformada en oveja? Al menos era muchísimo mejor que ser Salcharina. Se le podían ver las tres grandes cicatrices que surcaban diagonalmente su espalda, agrios recuerdos de su pasantía por las Minas de Argoria. En el estómago había también unas cuantas marcas que evidenciaban sus combates pasados, muchos de ellos a muerte. Tendría que ir descalza, enseñando casi todo su cuerpo como una exhibicionista y... ¿Cómo habían permanecido sus armas y no sus prendas? Nada tenía sentido ya.

—Pasaremos a comer algo cuando hayas vuelto a la normalidad, no me apetece entrar a un restaurante acompañada de un hombre-huevo —dijo finalmente la bruja, observando sus alrededores. Testeó la lana que le cubría tanto sus senos como su culo y se mostró bastante conforme—. Como revolucionario que eres deberías estar en contra de la reina, ayudándome a destruir la flota de barcos que zarpará dentro de los próximos días. Como sea, busquemos un escondite en el que podamos pensar mejor las cosas.
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Mensaje por Maki el Vie 24 Jul 2020 - 11:30

La Bruja. La única bruja que Maki conocía era Salem, su compañera de los Centellas, y no se parecía en nada a la pirata. ¿Dónde estaban su caldero y su gorro puntiagudo? ¿Y su escoba? ¿Y cómo iba a ser bruja si no tenía gato? Desde luego, los piratas eran gente extraña. Katharina Salchichenstein, o como fuera que se llamara, no parecía ser una excepción a eso.

Tardaron un rato en tocar tierra de nuevo, y en todo ese tiempo Maki acabó mareándose. Agarrarse al bollo de la pirata era complicado con las pequeñas manitas que su forma de huevo le había dejado, y resbaló varias veces. Al final acabó vomitando un buen trozo de yema cruda envuelta en ese liquidillo viscoso y amarillento que hay dentro de los huevos y que Maki usaba para untar pan.

Aterrizaron en la ciudad, en una callejuela oscura y silenciosa por donde correteaba un gato negro persiguiendo a una rata. La pirata volvió a la normalidad, lo cual era de agradecer; el estómago de Maki no soportaba tener tan cerca el tentador perfume de la comida. Lo curioso es que recobró su cuerpo sin llevar nada de ropa. Supuso que sería una pirata exhibicionista. El gyojin también recobró su forma no mucho después, pero él si llevaba ropa. De hecho, llevaba una ropa mejor que antes: un bonito traje de etiqueta con pajarita y zapatos lustrosos y brillantes. No pegaba mucho con la boina, pero era elegante.

Por fin lejos del peligro, podían tomarse un respiro. No entendía qué estaba pasando. ¿Le habían llamado allí para matarle o comerle? ¿Y qué pintaba allí Salchichenstein? Nada tenía demasiado sentido. Y sí, como revolucionario, su instinto le decía que se pusiera en contra del gobierno de la isla, pero eso de destruir los barcos le parecía muy radical. ¿No podían comenzar con una cacerolada de protesta delante del palacio y luego ya ir viendo?

Tenía demasiada hambre para pensar. Con el estómago vacío no se podía planificar nada. Comenzó a caminar para buscar un buen sitio donde cenar algo. No estaban en un barrio muy elegante, pero había un par de sitios abiertos. Maki eligió una bonita taberna que tenía un cartel con un cerdo pintado. Debía ser el dueño. Pidió una mesa y, al ver que el camarero se les quedaba mirando como si no tuviera claro qué hacer con ellos, metió mano a su bolsa -suerte que al recuperar su forma normal no la había perdido- y sacó otro ladrillo de oro. Un rato más tarde, ya les estaban sirviendo el vino.

-Y me dijo: "Si me ayudaras con las tareas de la casa no estaría todo siempre tan sucio." Y yo: "Cari, pues abre una compuerta y que entre agua. Además, lo hacen todo los sirvientes". Y va y dice que es que a los sirvientes los elige ella sola, que yo no me implico... Que ya no la miro como antes, me suelta. No sé a qué se refería, pero es difícil mirarla como antes porque ha engordado veintiséis kilos desde que nos casamos. ¡Y fue hace nada! No sé lo que come, pero se le va todo a la cola. Y luego encima se queja de que las faldas de sirena le vienen todas pequeñas. "Pues normal, cari, si no dejas en paz las tartas de anguila..." ¿Os podéis creer que se enfadó por eso? No lo entiendo. Si no quiere saber si le hace gorda, ¿para qué lo pregunta?

Maki dio un bocado al filete de vaca no marina que había pedido. No le gustaba mucho comer carne, pero era la especialidad. Además, iba a necesitar energía.

-Oye -le dijo al hombre-lechuga-. Si pido ensalada no te ofendes, ¿no?
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Mensaje por Katharina von Steinhell el Dom 26 Jul 2020 - 10:30

El ojo derecho le tiritaba mientras miraba incomprendida la tenida elegante del revolucionario. ¿Por qué ella había vuelto desnuda? ¡Era injusto! Su reputación se estaba yendo al carajo y solo podía haber un culpable. Desde la aparición de Augustus Makintosh todos los acontecimientos ya no tenían sentido, era como un amuleto de la mala suerte. Lo peor es que hablaba y opinaba. «Ahora entiendo por qué el Ejército Revolucionario no ha logrado nada…», pensó con los puños cerrados. «Da igual que el destino esté de su parte, yo tengo mi magia». Hizo un poco de majadería de bruja y le dio algo más de estilo a la lana que cubría su cuerpo, formando unas bonitas botas. Ahora ya podía competir con el traje del oficial.

—¡Yo t-también quiero v-volver a la normalidad! —protestó Roswell.

—¿Cómo es que sigues vivo…? —le preguntó Katharina sin ocultar su decepción—. Cierto, yo misma te salvé… Al menos como lechuga no estropearás nada, ¿verdad?

—¡Qué c-cruel!

Al cabo de un rato terminaron entrando a una taberna sin nada extraordinario: suelo de madera, ventanas cuadradas y un cálido fogón al fondo del salón. Detrás de la barra se hallaba un hombre con pintas de puerco que le recordaba a cierto personaje que ahora viajaba con ella. Tomó asiento y pidió la carta. «¡¿Quince mil berries un maldito guiso de carne?! ¡¿Pero qué clase de estafa es esta?!», se preguntó a sí misma con los ojos abiertas al descubrir los precios. «¡¿Doce mil una botella de vino?! ¡¿Veinte mil una lasaña…?!». Y lo peor de todo es que a su compañero parecía no importarle lo caro que era el local.

—No es muy de revolucionario pagarle a un usurero, ¿sabes? —le espetó al pez luego de que sacara el dinero—. Pero ya que estás tan dispuesto…

Katharina pidió todos los platos que llevaban carne, diez fefrescos y un poco de pan para untar. Roswell parecía un poco indeciso, pero terminó pidiendo una ensalada. ¿Eso respondía la pregunta del revolucionario? Había estado hablando todo el rato de sus problemas maritales. A Katharina le gustaban todos los dramas románticos que se parecieran a sus novelas favoritas. Nunca había estado en una relación, pero sabía exactamente lo que debía aconsejarle.

—El corazón de una mujer es complejo y cuesta de entender, ¿sabes? A veces el sí puede ser no, el no puede ser quizás y un "déjame sola" tal vez signifique un "abrázame y quédate conmigo". Tienes que saber interpretar las señales, Makintosh. Las señales —le repitió para que le quedase grabado en su cabeza—. Si tu esposa te pregunta si está gorda, tú le respondes algo amable y bonito. Miéntele si es necesario, pero cuidado: no puede pillarte mintiéndole. También debes ayudar más en casa y elige un par de... E-Espera, ¿qué? ¿Tienes sirvientes? ¿Eres importante o algo así? —le preguntó, incrédula—. Yo es que no entiendo nada...

Los primeros platos no tardaron en llegar y Katharina le dio un buen mordisco al costillar con salsa picante, luego probó las papas cocidas y terminó resoplando.

—Bueno, definitivamente no vale el dinero... —comentó, decepcionada–. En fin, tú y yo debemos hablar de algo. ¿Te parece muy de revolucionario apoyar la tiranía de una reina e incluso matar para ella? ¿Crees que es más justo atentar contra mi vida que hundir una flota de barcos? Yo no le he hecho daño a nadie aquí, estoy ayudando a esta gente a mantener la normalidad. Jonathan Terrel es quien de verdad se preocupa del pueblo, él quiere lo mejor para su gente y lucha por una causa justa —acabó diciéndole. No iba a darle una explicación elaborada, ya sabía como funcionaba la cabeza de ese hombre y el sentido común no funcionaba en él—. Ayúdame a hundir estos barcos para que el ejército pueda proteger a su gente aquí en Terrel, si ellos se largan... Solo el destino sabe cuántos muertos habrá.
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Mensaje por Maki el Mar 28 Jul 2020 - 19:37

Maki agradecía contar con la experta opinión femenina de la bruja. Debía de saber mucho de mujeres, aunque solo fuese por ser una de ellas. Recordaría pedirle consejo sobre esos temas más adelante, y también sobre salchichas. Mentir sin que se notase, menudo truco. Un truco que bien podría salvar un matrimonio, o al menos la salud mental del marido. Le era mucho más útil que la explicación sobre barcos y Terrels.

-Entonces... A ver que yo me entere. El malo es el bueno, la buena es el malo y nosotros somos... ¿Qué somos nosotros? ¿Los del medio?

No le quedaba muy claro, pero parecía convincente. Si de alguien podía fiarse era de la persona que le había salvado con sus enormes alas de patatas fritas, estaba seguro. Y más o menos había entendido que si hundían la flota del ejército podrían... vale, no, no lo había entendido. Pero sonaba a rebelde y combativo, que era justo lo que se sentía en ese momento. Y bien pensado, sí había visto antes a muchos soldados cargar sus navíos. ¿Iban a una guerra? ¿Contra quién? Si eran los malos, seguro que contra alguien bueno. Bien, con eso bastaba. Los destruiría todos. Una nueva página de gloria en el libro de la Revolución.

-Vale, hundimos los barcos esos y salvamos... algo, ¿no? Espero que no se hayan ido ya.

-De hecho... -El chico-lechuga abrió la boca para dar malas noticias-. Mis informes dicen que la flota zarpa esta noche.

-¡No fastidies! -exclamó Maki-. ¡Que yo quiero postre! ¿Creéis que nos pondrán un par de flanes para llevar?

Pidió los postres y fue trazando un plan: tenían que llegar al puerto y hundir los barcos. Buen plan. Aunque seguramente necesitarían ayuda para luchar contra todos. Es decir, habían estado a punto de morir contra Vala y unos cuantos más, o al menos él había estado a punto. Ojalá hubiera llevado con él a los Centellas.

-¿Y ese amigo tuyo que tanto se preocupa y tanto lucha no podría prestarnos un par de soldados? Una ayudita nunca viene mal, que a mí las espadas de cerca me dan repelús.
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Mensaje por Katharina von Steinhell el Jue 30 Jul 2020 - 21:49

La respuesta del revolucionario… ¡Que no! ¡Que no eran los del medio! ¡¿Cómo no podía entender algo tan sencillo?! ¡En las mierdas políticas nunca había buenos ni malos! «Tranquila, Katharina, solo es un niño en el cuerpo de… ¡¿Qué clase de gyojin es este?!». Al menos no todo era malo, suponía. Makintosh parecía interesado en hacer un buen gesto revolucionario y hundir esos malditos barcos. Tendría que mantenerlo vigilado y de ser posible pondría una correa. No confiaba demasiado en el juicio de esa criatura y lo último que quería eran más problemas. Haberse transformado en una salchicha voladora ya era humillación suficiente como para cagarla luego.

La hechicera blanqueó los ojos, sacó la Varita Mágica de Burbruja y apuntó a la mesa. Luego de un bonito espectáculo de brillos y luces, palabras mágicas y mierdas fantásticas, aparecieron de la nada tres flanes en frente de Makintosh. ¿Por qué tres y no dos? Bueno, había dicho un par y llevar la contra siempre era de revolucionarios…

—Quédatelos —le dijo, intentando mantener el control—, pero luego no te quejes si te duele el estómago. Has comido suficiente ya, ¿no?

Por otro lado, no iba a pedirle esa clase de ayuda a Jonathan Terrel. Primero, no podían relacionarlo directamente con el hundimiento de los barcos; segundo, no se humillaría a sí misma ni se mostraría débil ante el contratante. Ahora, ¿cómo se lo explicaba a Makintosh para que entendiese? «Por ningún motivo la corona puede tener pruebas empíricas de que Jonathan ha atentado contra la voluntad de su reina, no si quiero que conserve la cabeza. Necesito la ayuda de este reino para mi futura guerra con Émile y no puedo permitir que este hombre lo arruine», pensó, mirando fijamente los dos pequeños puntos negros que el revolucionario tenía por ojos. Joder, qué feo era.

—Tendremos que ser solo nosotros —contestó, cruzándose de brazos—. No podemos disponer de las tropas del señor Terrel porque… Esto… Todos están indispuestos, sí, se han enfermado del estómago por comer demasiado flan, así que ten cuidado y no te los comas todos de golpe.

Se le debió haber ocurrido una mentira más elaborada, pero es que el sentido común no existía para ese sujeto, se lo pasaba por la punta del forro. Con un poco de suerte acabaría convenciéndolo.

Iba a abrir la boca para proponer un plan cuando el estruendoso sonido de unas campanas resonó por toda la ciudad. La bruja frunció el ceño. «Esta sensación… Algo no anda bien», se dijo a sí misma. Katharina Ovillos de Lana era una mujer que había aprendido a confiar en su instinto, y este decía que estaba en problemas.

—Debemos irnos. Ahora.

—¿Qué…? Pero si acabamos de llegar —se quejó Roswell. ¿No era él quien había dicho que los barcos zarpaban esa misma noche?

No hubo tiempo de explicaciones ni tampoco fue necesario darlas. La puerta fue abierta de golpe y entonces entró un escuadrón de soldados bien armados. Eran unos veinte. «Sabía yo que una salchicha voladora llamaba demasiado la atención…». Bloquearon todas las salidas y algunos apuntaban a Makintosh con sus arcos. Un hombre alto y fornido con un dorso desproporcionalmente grande en comparación a sus piernas dio un paso hacia delante. Llevaba una bonita armadura plateada y una capa escarlata ondeaba a su espalda, aunque no había mucho viento… Tenía un mostacho tan reluciente como el del propio Oficial de la Revolución, pero no le quedaba tan bien. Sus ojos verdes se posaron sobre Roswell, luego sobre Augustus y finalmente sobre Katharina.

—¡Por el delito de traición y terrorismo quedan ustedes arrestados! —sentenció el líder del escuadrón—. Renuncien a sus armas y entréguense voluntariamente, pero como sé que no lo harán… ¡Abran fuego!
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Mensaje por Maki el Jue 30 Jul 2020 - 23:07

Maki se quedó fascinado cuando la bruja hizo aparecer una ristra de flanes. ¡Magia! ¡Magia de flanes! Parecía que sí que era una bruja de verdad. Alucinante. ¿Cuánto costaría que le dejara su varita mágica? Maki habría cambiado su incómoda corona por ese palo sin dudarlo.  Qué diablos, habría cambiado su nalga izquierda por ese palo. No se lo pensó un segundo antes de empezar a atiborrarse. Se llenaba la boca de ese dulce fruto de los dioses, tan suave, blandito y sabroso, bien cargado de nata montada y de sirope... La misión podía esperar un poco más. Incluso se le olvidó todo lo que le acababa de decir sobre por qué deberían luchar solos.

Terminó de comer justo a tiempo para que Salchicha se pusiera tensa y unos tipos con pinta de soldados empezaran a desparramarse por el local. Iban todos con sus armaduras y sus yelmos, con lanzas cortas al hombro y espadas a la cintura. Algunos llevaban arcos con los que apuntaban a Maki, Salchicha y al Hombre Lechuga, y su jefe era enorme. Sus piernas parecían ser de un niño en comparación con el resto de su cuerpo. ¿Cómo le explicaría eso a su sastre?

-Bonito bigote, tío -le felicitó Maki. Un compañero de mostacho se merecía la menos eso. Era una lástima que hubiera perdido el suyo allá en el almacén.

La respuesta que recibió fue en forma de flechazos. Los proyectiles volaron hacia ellos, pero Maki levantó la mesa y la interpuso como escudo. Las flechas se quedaron clavadas en la madera como avispas, pero un segundo después otro soldado tensó su arco, ennegreció su flecha y partió al mesa en dos. Estuvo a punto de dejar al pobre Maki sin cabeza, pero solo le arrancó la boina. El resto de soldados pasaron al ataque. Maki se dispuso a enfrentarlos, pero entonces un insalubre y potente retortijón le atenazó el estómago. El gyojin cayó al suelo agarrándose la dolorida tripa. "Maldita sea, derrotado por unos flanes".

-Enseguida te ayudo -aseguró.

Un rato después estaba en la cárcel.
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Mensaje por Katharina von Steinhell el Vie 31 Jul 2020 - 1:23

—¡Te dije que no te comieras todos los flanes! ¿Por qué nunca me haces caso? Espera, no respondas, eres revolucionario y blablablá —le regañó mientras iban en un carruaje abarrotado, avanzando lentamente por la avenida principal mientras la gente se asomaba por las ventanas a ver qué pasaba.

Luego de que los soldados irrumpiesen en la taberna y Makintosh cayera al suelo con retorcijones, Roswell no tardó en ser capturado por uno de los lanceros. Si bien a la bruja no le importaba demasiado el futuro de esos dos, tampoco iba a abandonarlos. Podían ser los menos útiles y desesperantes del mundo, pero eran revolucionarios… Y ellos estaban en contra del Gobierno Mundial, así que como mínimo tenían algo en común. Pudo haber derrotado a todos los guardias, haberlos dejado inconscientes usando haki, pero se dejó capturar. Digamos que tenía muchas ganas de conocer en persona a la mismísima reina de Terrel.

Ya decía ella que los soldados de Terrel no eran los más listos cuando dejaron a los tres “traidores” en la misma celda. Había paja en el suelo y las paredes eran de piedra, todo estaba muy húmedo y había un pestilente olor a mierda y orina. Normal, ¿no? Había por lo menos quince prisioneros en las mazmorras del castillo y la higiene no era algo demasiado común en esos lados. Por otra parte, era la primera vez que le ponían unas esposas de kairoseki. Eran frías al tacto y muy incómodas, pero al menos conservaba las tapa-tetas de lana. Huir de esa prisión sería muy sencillito para alguien con sus habilidades. Un portal por acá y otro por allá y voilá, libertad.

—¿Y ahora qué hacemos? —les preguntó—. No, olvídenlo. Ya encontraré una manera de salir de aquí.

Al menos no todo era tan malo, pues Roswell acababa de volver a la normalidad. Vaya que había tardado… Los poderes del caballero eran muy extraños, casi tan caóticos como los propios acompañantes de la hechicera. ¿Y por qué había aparecido con un disfraz de cavernícola? Llevaba una tanga de piel de tigre y un diente de dinosaurio le sujetaba el cabello. ¿La buena noticia? Las esposas se le soltaron en el minuto que regresó a su forma humana, quedando tan libre como debían estarlo de no ser por Katharina.

—¡Vuelvo a ser yo! ¡Hurra! ¡Ya no soy una lechuga!

—Y hasta has dejado de tartamudear, vaya…

—D-Debe ser la emoción, sí… La e-emoción… —respondió nervioso, rascándose la mejilla y evitando la mirada de la bruja.

Katharina blanqueó los ojos y luego los posó sobre Ya-No-Soy-Una-Lechuga.

—Si me quitas las esposas, crearé un portal y nos sacaré de aquí —le susurró para que no la oyesen los guardias—. Aunque, antes de salir del castillo, deberíamos hacerle una visita a la reina. Me gustaría ver la cara de la persona que ha enviado a Makintosh a matarme.
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