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CÓMO SURGIÓ EL HORROR- PRÓLOGO 2 - JUVENTUD (DIARIO PASADO) Empty CÓMO SURGIÓ EL HORROR- PRÓLOGO 2 - JUVENTUD (DIARIO PASADO) {Jue 7 Sep 2023 - 18:30}

Cómo surgió el Horror

El día que tanto habíamos esperado finalmente llegó, después de meses de arduo trabajo y preparación. Habíamos completado nuestra embarcación, una modesta cáscara de nuez flotante, más parecida a un pequeño esquife que a un barco de verdad. Apenas tenía suficiente espacio para ambos y nuestros suministros, los cuales esperábamos que duraran unas semanas en nuestro viaje.

Había celebrado mi vigésimo cumpleaños unos meses atrás. Había crecido en la isla donde vivíamos, y la experiencia de vivir en ese lugar apartado me había dado un aspecto salvaje, a pesar de la cultivada mente que albergaba en mi interior. Mi cabello largo y desaliñado ondeaba con el viento, y mi mirada reflejaba la emoción y determinación que ambos compartíamos.

Mientras ajustaba los últimos detalles de la embarcación, mi madre, siempre impecable y centrada, llegó con el último de los petates que pensábamos llevarnos. Ella me miró con ojos preocupados, pero sabía que este viaje era importante para ambos.

"Deberemos esconder las alas bajo estos abrigos", dijo con voz decidida alargándome uno de los gastados gabanes militares. "Debemos pasar lo mas desapercibidos posibles, si alguien pregunta, somos semigigantes", sentenció.

Después de unos minutos de preparativos, finalmente estábamos en camino hacia la isla de Nueva Ohara.

Navegar por el mar abierto en nuestra pequeña embarcación era una experiencia emocionante y desafiante. Las olas nos mecían mientras el sol se alzaba en el horizonte, llenando el cielo de colores cálidos. Mi madre y yo intercambiábamos miradas de asombro y emoción ante la belleza del océano.

Mi madre ajustó los aparejos con habilidad, guiando nuestra pequeña embarcación a través de las aguas mientras yo sujetaba firmemente el timón. A medida que nos alejábamos de la costa, la infancia quedaba atrás, y la sensación vulnerabilidad nos envolvía.

"¿Puedes creer que finalmente estemos haciendo esto?", la pregunté mientras observaba las gaviotas que volaban sobre nosotros.

Mi madre sonrió ampliamente, sus ojos brillando de emoción. "Esperé mucho tiempo para este día. No hay nada que desee más que explorar lo desconocido contigo."

Continuamos navegando durante horas, disfrutando del sonido del mar y la brisa en nuestros rostros. A medida que el sol se ocultaba en el horizonte, decidimos fondear cerca de un pequeño islote desierto para pasar la noche.

Mientras preparábamos una fogata en la playa, compartimos recuerdos de nuestra vida en la isla y nuestros sueños de lo que encontraríamos en Nueva Ohara. Era un momento mágico, rodeados por la naturaleza y las estrellas en el cielo nocturno.

“¿Cómo sabes a donde ir?”, pregunté a mi madre.

“¿Estamos haciendo la misma ruta por la que vine contigo hace tantos años ya?”, Nueva Ohara es una ciudad Maravillosa, aunque deberemos tener cuidado con la marina. Te van a encantar sus volúmenes, fijo que consigues aprender a ser un profesional de primera.

"¿Crees que encontraremos algo valioso en Nueva Ohara?", pregunté mientras observaba el fuego crepitar.

La mujer reflexionó por un momento antes de responder. "No sé qué encontraremos exactamente, pero lo que sé es que esta aventura es valiosa en sí misma. Aprenderás, crecerás y experimentarás cosas que nunca olvidarás, y tal vez encontremos un oficio discreto para empezar a viajar buscando a los nuestros."

Pasamos la noche bajo las estrellas, compartiendo nuestras esperanzas y sueños mientras el murmullo del mar nos arrullaba. Al día siguiente, continuamos nuestro viaje hacia Nueva Ohara.

Tras varios días de navegación, nos vimos atrapados en medio de una tormenta. A primera vista, no parecía ser una tormenta devastadora, pero en nuestro pequeño barco, la situación se volvía cada vez más desesperada.

Luchamos durante horas contra los elementos furiosos, pero el mar nos arrastraba sin piedad hacia lo desconocido. Las olas se alzaban amenazantes, y la lluvia azotaba nuestras caras con fuerza. En medio del rugir de la tormenta y con la visibilidad casi reducida a nada vislumbramos a lo lejos un rayo de esperanza: un faro. Aunque sabíamos que no podía ser Nueva Ohara debido a la dirección en la que nos habíamos visto arrastrados por la tormenta, ese faro parecía ofrecernos la promesa de un refugio seguro para capear el temporal. Con todas nuestras fuerzas, dirigimos la embarcación hacia él, sorteando las olas traicioneras y los escollos. Finalmente, con gran esfuerzo, logramos atracar en uno de los embarcaderos del muelle del lugar. Nuestro pequeño barco, maltrecho pero aún a flote, había sobrevivido al embate de la tormenta. Sin embargo, lo que encontramos al desembarcar nos dejó perplejos: parecía un cementerio de barcos y una isla de chatarra, todo en uno. Las embarcaciones en ruinas y las estructuras metálicas retorcidas se alzaban como un paisaje desolador.
Mientras terminábamos de asegurar nuestro barco, un hombre alto y delgado se acercó hacia nosotros a través de la lluvia torrencial. Se presentó como Slyer, un nombre que sonaba tan inusual como el lugar en el que nos encontrábamos.

"¡Bienvenidos a Baristán!", exclamó con una sonrisa amigable, aunque sus palabras parecían contradecir su expresión."¿Qué los trae a nuestra ciudad? Serán 1000 Berries de tasas portuarias".

Mi madre, siempre preocupada por la situación, se adelantó para responder. "La tormenta nos arrojó hacia vosotros, pero en cuanto amaine, partiremos. No tenemos dinero para pagar un amarre."

Slyer arqueó una ceja y luego sonrió de manera ladina. "En ese caso, el barco queda confiscado en pago por el amarre. Pueden entrar a la ciudad y buscar algún trabajo. Una vez que paguen la tasa y la tormenta se disipe, podrán marcharse". Mientras hablaba, aseguraba el mástil del barco con un grillete de metal al puerto, dejándonos sin opción.

Mirándonos con determinación, añadió: "Y voy a necesitar un nombre".

Sin pensarlo mucho, respondí con seriedad: "Vanko. Y puedes estar seguro de que tendrás tu dinero pronto".

Dejé a mi madre en el barco, con una expresión de preocupación en su rostro mientras se preparaba para afrontar lo que se avecinaba. Mis pasos resonaron en el suelo mojado mientras me adentraba en la población de Baristán.

El ambiente en el puerto era extraño, una especie de ciudad de la basura, pero que por otro lado parecía funcionar como un reloj engrasado. Las calles estaban llenas de personas que tenían cara de pocos amigos, y los edificios daban a la población un aire lúgubre y siniestro. Era evidente que Baristán no era una isla vacacional.

Después de preguntar a varios lugareños en busca de trabajo, finalmente me encontré con un hombre de aspecto impecable que me ofreció una oportunidad de hacer dinero. Dijo ser un ingeniero de Landvik & Co., una prestigiosa fábrica de bioimplantes en la zona. La oferta era tentadora: estaban buscando voluntarios para participar en ensayos médicos para probar nuevas piezas de bioimplantes. Según me explicó el ingeniero, no había riesgo alguno involucrado, y además, pagaban una suma de 100.000 berries por cada ensayo. Todo lo que tenía que hacer era permitir que me hicieran una conexión nerviosa temporal en el brazo para probar la compatibilidad con algunas de las nuevos bioimplantes para evaluar su funcionamiento y seguridad. Me aseguró que no había peligro en absoluto y que era algo rutinario para vender equipos de calidad.

Guiado por mi necesidad de dinero para liberar nuestro barco y llegar a Nueva Ohara, decidí aceptar la oferta. El ingeniero me llevó a una nave ubicada en las afueras de la ciudad. Al entrar en sus instalaciones nada parecía presagiar lo que estaba a punto de suceder. Sonrientes enfermeras me llevaron a una sala de espera, donde aguardé durante unos minutos antes de que el hombre que me había contactado entrara vestido con ropa médica.

La sala a la que me condujo estaba repleta de bioimplantes en frascos de fluido viscoso, cada uno más extraño que el anterior. Me sentí intrigado por los artefactos que me rodeaban, hasta que de repente y sin previo aviso, sentí un pinchazo en el cuello. Mis fuerzas comenzaron a flaquear rápidamente, y antes de darme cuenta, me encontré tumbado en una camilla, incapaz de moverme mientras me ataban con firmeza. Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento fue una voz ominosa que susurraba, "Por fin tenemos un buen espécimen para nuestros experimentos."

Cuando finalmente recobré la conciencia, me invadió una intensa sensación de dolor en la cara, el cuello y la espalda. Estaba mareado y confundido, pero logré darme cuenta de que me habían puesto en posición vertical. Mantuve los ojos cerrados y la expresión serena para hacerme el dormido y así pude escuchar la conversación entre las personas presentes en la sala.

"¡Dios mío, hemos tenido suerte! ¿Sabes cuánto tiempo ha pasado desde que vimos a un lunario por ultima vez?", exclamó una voz de hombre excitada.

"Lo sé. Quién habría pensado que alguien así entraría aquí por su propia voluntad. Debe de ser el más ingenuo de su especie", respondió otra voz mientras sentía como cortaban partes de mi por todo mi cuerpo.

“Recoged todas las muestras posibles”, dijo una voz que me sonó como la del ingeniero de muelle.

La recuperación de algo sensibilidad en mis extremidades fue seguida por un aumento exponencial del dolor. Supongo que habían calculado mal la dosis de anestesia o no habían tenido en cuenta mi biología. Aprovechando la oportunidad que se me presentaba, al sentir que mis fuerzas volvían al menos parcialmente y esperando contar con el factor sorpresa como aliado, no lo pensé dos veces. Hice uso de mis habilidades y estallé en llamas, las cinchas que me aprisionaban cayeron al suelo ardiendo escuché gritos de sorpresa y miedo a mi alrededor. Alguien trató de agarrarme, pero gracias a mi velocidad, me zafé, lo abracé quemándolo en el proceso y le partí el cuello. Mi huida se convirtió en un frenesí de violencia gratuita, y aunque no podía ver, sabía que había dejado un rastro de muerte y carne quemada a mi paso. No sabía cuántas personas había matado, pero se lo merecían. Antes de escapar, vislumbré un maletín con una etiqueta marcada como "Bioimplante 165.347". Lo tomé como pago, suponiendo que podría sacar provecho de él de alguna manera y me abrí paso hasta la puerta exterior. Finalmente, salí a la calle, la lluvia acariciaba mi rostro chillando al hacerse vapor, apagué mis llamas y entonces sentí como me refrescaba las heridas y limpiaba mis ojos. Con mi visión recuperada, salí volando hacia los muelles al amparo de la noche y la lluvia.

Al llegar, mi madre me ayudó a subir al barco, pues aun estaba mareado y la perdida de sangre no ayudaba. En su rostro, se mezclaban la preocupación y la ira mientras Slyer se acercaba. Sin pensarlo dos veces, mi madre se abalanzó encima del hombre y le arrebató las llaves del cepo, a pesar de la lluvia que caía la tormenta había amainado en gran parte, así que liberó nuestro barco del amarre y nos hicimos a la mar rápidamente. Yo sangraba profusamente y apenas conservaba la conciencia, aferrado al maletín que había tomado como pago.

Mi madre manejó el barco hasta que perdimos de vista la isla y la tormenta se convirtió en un calabobos, con una calma férrea, me tendió en la cubierta del barco y comenzó a coser mis heridas lo mejor que pudo. Cuando terminó, cauterizó las heridas que no pudo coser con un trozo de metal calentado al rojo vivo utilizando su propio fuego. Fueron unos primeros auxilios de pura agonía, el barco se convirtió en un escenario macabro lleno de sangre, coágulos y el nauseabundo olor a carne quemada. Finalmente, agotada y con lágrimas en los ojos, mi madre cuidadosamente me acomodó en un rincón del barco, me puso cómodo y se preocupó por mantenerme con vida mientras navegábamos lejos de aquel infierno.

Pasaron lo que parecieron días interminables en mi estado de semiinconsciencia antes de que finalmente recobrara la consciencia en medio del mar. Mi madre estaba pálida y con ojeras, con una expresión de agotamiento y preocupación, seguía cuidando de mí mientras navegábamos de forma incesante. Usaba su propia sangre para hacerme transfusiones siempre que podía. Hizo esto en múltiples ocasiones, arriesgándose al límite de sus fuerzas y la consciencia con cada donación. Finalmente, después de un tiempo que pareció eterno, vislumbramos las costas de Nueva Ohara. Mi madre buscó refugio en una pequeña cala cerca de un pueblo donde había vivido durante su anterior paso por la isla tantos años atrás. Tenía la esperanza de encontrar un médico que pudiera salvar mi vida o, al menos, no entregarnos a la Marina según nos viera. Encalló el barco en la cala, y me dejó allí, postrado, mientras corría en busca de ayuda.

Durante ese momento de relativa paz, mirando al cielo azul y escuchando las gaviotas, perdí la consciencia una vez más. Desperté cuando me estaban llevando en una carreta a través de un camino desconocido. Mi madre, sudorosa y agotada, tiraba de la carreta con todas sus fuerzas. Finalmente, llegamos a un edificio y entramos en su interior. Escuché voces, pero mi debilitado estado me impedía comprender lo que decían, y de nuevo, sentí un pinchazo en el cuello y la oscuridad me invadió.

Cuando volví en mí, el dolor había disminuido ligeramente, aunque apenas podía ver por mi ojo derecho. Mis extremidades seguían sintiéndose débiles y mis dedos temblaban involuntariamente.

Entonces, rompí el silencio diciendo, "¿Hay alguien ahí?".

"Por fin despiertas", dijo una voz que no reconocía. Mi madre entró en la habitación junto a un anciano de mirada inquieta. "Te hemos reparado lo mejor que hemos podido", dijo él, "pero llegaste en muy mal estado. A partir de aquí, el resto es descanso, buena comida y trabajo por tu parte. Al menos, tu vida ya no corre peligro".

Las semanas pasaron en aquella habitación, mi madre trabajaba incansablemente en la clínica para nuestros amables anfitriones como una forma de pago por el alojamiento y la atención médica que habíamos recibido. A medida que el tiempo avanzaba, mi cuerpo comenzó a mostrar signos de mejoría gracias al descanso y la comida nutritiva que nos proporcionaban. Mis heridas sanaban lentamente, pero aún tenía la cabeza casi completamente vendada, excepto por uno de mis ojos, y mi mandíbula se mantenía sujeta por clavos. Mi torso estaba envuelto en metros y metros de vendas, las cuales mi madre cuidadosamente cambiaba y lavaba para mantener mis heridas lo más limpias y sanas posible. En mi pecho, las cicatrices horribles de quemaduras profundas y costuras apresuradas comenzaban a tomar forma, marcando mi piel de por vida.

Finalmente, después de semanas de paciencia y cuidado, fui capaz de ponerme en pie por mi cuenta, aunque con dificultad. La debilidad persistía, y mis movimientos eran torpes. Mis dedos, antes firmes y ágiles, ahora temblaban como los de un anciano. A pesar de la mejoría, algo extraño me había sucedido: todo en mi boca sabía a ceniza, comiera lo que comiera.

Ese mismo día, de vuelta en la habitación encontré el maletín que había tomado como pago en aquel almacén. Con curiosidad y algo de temor ante el hecho de que pudiera estar vacío, lo abrí, mi mirada se posó en un extraño dispositivo. Era una pletina de acero articulada con múltiples agujas de diferentes tamaños, de la cual surgían cientos de cables intrincados y translucidos. Acompañando el dispositivo, había un plano que describía su funcionamiento e instalación, aunque el lenguaje era demasiado técnico para que yo lo entendiera por completo, por los dibujos, comprendí que era un bioimplante para la columna vertebral.

Guardé cuidadosamente el dispositivo y el plano en el maletín, sintiendo que aquel artefacto tenía una importancia que escapaba a mi comprensión en ese momento, como si mi destino estuviera llamándome hacia él. Luego, salí al exterior, donde la brisa matutina acarició mi rostro. Fue la primera vez en semanas que experimenté una sensación de sanación, aunque también había una inquietante sensación de cambio en mí. El mundo exterior me esperaba, y sabía que tenía que entender lo que había sucedido en mi cuerpo.

Decidí buscar al hombre que nos había brindado refugio y atención médica y agradecerle sinceramente por lo que había hecho por mi madre y por mí. Su sabiduría y generosidad habían sido esenciales para mi recuperación, y sentía que le debía mi vida.

Lo encontré en el porchecito de la clínica, inmerso en sus estudios y divagaciones. Me acerqué con respeto y gratitud, y le expresé mis sentimientos. "Me han dicho que en esta isla hay grandes eruditos, y por lo que veo, usted es uno de ellos", comencé. "Me gustaría darle las gracias por lo que ha hecho por mi madre y por mí. Realmente le debo la vida".

El hombre se giró hacia mí mostrándome su mirada tranquila y sabia. "Esta isla se supone que debería ser como un lugar del pasado donde el conocimiento fluía libremente, donde se construían cosas maravillosas y se buscaba conocimiento y verdad, pero esos tiempos quedaron atrás y no veo posible que se pueda recuperar lo perdido, así que lo menos que puedo hacer es mirar hacia adelante y ayudar a aquellos que necesitan una mano amiga en su camino. Nunca se sabe dónde puede nacer la grandeza".

Temblando ante la importancia de lo que estaba a punto de pedir, continué, "Tengo un último ruego para usted. Sé que ya me ha dado mucho, y estoy dispuesto a compensarlo trabajando para usted o haciendo lo que necesite. El mundo es un lugar peligroso, y quiero estar preparado para todo lo que aquellos que nos odian tanto para mí como para mi madre quieran lanzarnos. Dentro de mi habitación tengo un maletín, hay algo que tal vez usted comprenda mejor que yo. Si entendí correctamente a aquellos que casi me matan, debería hacerme más fuerte, mejorarme. Quiero que me lo implante, ese es mi último ruego para usted. Quiero ser alguien capaz de mantenernos a salvo a mi y a mi madre a pesar de mis secuelas y mis cicatrices".

El hombre observó el interior del maletín con atención, evaluando el contenido con una mirada crítica. "Es muy interesante, pero también extremadamente arriesgado", dijo con un tono sombrío mientras observaba el plano. "Puedes perder la movilidad por completo si algo sale mal durante el procedimiento y esto no es un gran hospital donde poder minimizar riesgos y dolor".

Mis ojos se llenaron de determinación. "Espero que tengamos suerte entonces, y que aún tenga el pulso firme, porque mi resolución es verdadera", respondí con seriedad. "Quiero que me lo instale. No soy alguien que cambie de idea una vez que ha tomado una decisión. Pase lo que pase y decida lo que decida, quiero que sepa que le estoy agradecido desde lo más profundo de mi ser por todo lo que ya ha hecho por nosotros".

El hombre asintió, aceptando mi decisión con una mezcla de preocupación y respeto. "Muy bien, en una semana procederemos con la operación", dijo. "Te advierto que será un proceso largo y doloroso. Además, tendrás un largo período de recuperación y convalecencia después de la operación. Debes estar seguro de que quieres hacerlo".

"Haré todo lo necesario para prepararme", respondí con determinación. "Me alimentaré bien antes de la intervención y tras ella mis días se repartirán entre ayudarle con todo lo que tenga a bien mandarme y estudiar durante mis ratos libres, me prepararé física y mentalmente para enfrentar los desafíos que vendrán. Quiero ser más fuerte cuando acabe todo esto y saber que estaré listo para enfrentar lo que el mundo tenga preparado para nosotros".

El hombre asintió una vez más, aceptando mi compromiso con seriedad. Los días que siguieron se convirtieron en un período de intensa preparación y anticipación para la operación que cambiaría mi vida para siempre. Sabía que enfrentaría desafíos indescriptibles y dolores inimaginables, pero estaba decidido a superarlos y emerger como una versión mejorada de mí mismo.

La semana hasta la cirugía transcurrió más rápido de lo que jamás habría imaginado, el día señalado llegó con una mezcla de excitación y temor en el aire. Mi madre, aunque llena de preocupaciones, comprendió que esta cirugía era un paso necesario hacia un futuro mas seguro para ambos y estuvo dispuesta a colaborar en todo lo que pudiera con el buen doctor durante el procedimiento, al fin y al cabo moverme estando anestesiado era una labor casi imposible para un humano corriente. Me desnudé y me recosté en la mesa de operaciones como me indicaron. Habíamos tenido que prepararla a lo largo de la semana usando un gran mostrador de madera macizo y cinchas de sujetar mercancía como mejor supimos. Me coloqué bocabajo mientras el doctor me ataba a la misma, cuando terminó me entregó un trozo de madera envuelto en tela para morder y no destrozarme lo dientes, ese debió ser el primer aviso de que no lo había pensado bien.

"Voy a administrarte anestesia en la medida de lo posible durante toda la intervención", explicó el doctor, "el problema radica en que vamos a trabajar directamente con los nervios y no tengo ningún anestésico que evite del todo que te despiertes cuando comience a realizar las conexiones sin poner en riesgo tu vida con una sobredosis. Dada tu talla hay deberemos movernos en una delgada linea, solo tu tolerancia al dolor nos dará algo de margen extra, así que te ataré y solo espero que entiendas y estés convencido de lo que estás a punto de afrontar, porque una vez que comencemos, no podré detenerme".

Miré a mi madre con ojos confiados, después miré al doctor y asentí con determinación aunque en realidad no tenía ni idea de lo que me esperaba. Sentí un pinchazo en el cuello y, en un instante, mi consciencia fue engullida por la negrura.

Desperté con un dolor indescriptible en la espalda, era como si estuviera siendo expuesto a un fuego abrasador, como si alguien estuviera raspando mis huesos con hierro al rojo vivo. Escuché la voz del doctor decirme, "Acabamos de conectar el primero muchacho. Aguanta, solo faltan 49", traté de enfocar mi visión pues sentia como los sudores frios y posiblemente la falta de sangre hacían todo lo posible por hacerme perder la consciencia. El suelo estaba cubierto de sangre y los ruidos a mi alrededor parecían provenir de un taller mecánico infernal. El olor a broca y hueso quemado llenaba mis fosas nasales, y finalmente, perdí el conocimiento.

Desperté nuevamente en medio de aquella pesadilla interminable de dolor y tortura. Cada vez que volvía a la conciencia el tormento se hacía más insoportable. Toda esta situación continuó en una espiral de dolor, inconsciencia y agonía repitiéndose una y otra vez hasta llevar mas allá de todos los límites que pensaba que podía experimentar. Había perdido la noción del tiempo y la realidad se desvanecía en medio de mis sufrimientos.

Sin embargo, en algún momento, algo cambió. Sentí algo inusual, una sensación que no había experimentado antes, no se si mejor o peor, solo diferente. Mi cuerpo entero ardía como si estuviera derritiéndose, mis nervios enviaban señales caóticas y solo podía sentir como si mi piel se estuviera desprendiendo en pedazos fundidos de mi cuerpo. Cada neurona en mi ser gritaba de dolor instándome a rendirme y a dejar que la muerte me llevara. Entre lágrimas y gritos, supliqué que me liberaran de este tormento insoportable, que me matasen, pero nadie se apiado de mi, solo pude escuchar mi eco y debajo de mis gritos el incansable sonido del taladro.

Finalmente, después de lo que parecieron siglos de sufrimiento y agonía, desperté y pude ver las estrellas a través de una ventana, el dolor se había disipado por completo “¿Se había hecho de noche o es que había muerto ya?”, pensé. En ese momento sentí una descarga en mi pecho, me estaba muriendo, por fin. Entonces, sentí de nuevo un latigazo de electricidad recorrer mi cuerpo y mi corazón latió, volvió el dolor a la vez que volvía en mi, gracias al cielo, un nuevo pinchazo en el cuello me ayudó a paliarlo ligeramente, mientras esto sucedía escuché la voz tranquila de mi madre susurrando al oído. "Ya está, cariño. Descansa tranquilo", me dijo. La anestesia había logrado aliviar un poco mi dolor, llevándolo de inenarrable a simplemente insoportable, pero tras tantas horas de tortura saber que todo había pasado fue un gran alivio. A pesar del dolor persistente, el agotamiento y los calmantes finalmente me permitieron caer en un sueño medianamente reparador.

La operación había sido una odisea de sufrimiento y resistencia, mi cuerpo y mi mente habían sido sometidos a límites inimaginables y mi madre había sido testigo de cada momento angustioso y terrible. El doctor había trabajado incansablemente para instalar el bioimplante que ya era parte de mí. La lucha por la vida y la supervivencia había sido intensa, el doctor tomaba notas codificadas sobre la intervención de cara a futuras cirugias, pero habíamos superado el primer obstáculo en nuestro camino hacia una nueva realidad, no había muerto.

A medida que mi cuerpo se recuperaba lentamente de los efectos de la anestesia y la operación, me encontraba en una encrucijada. Mi madre y yo sabíamos que el camino por delante sería arduo y desafiante, pero también entendíamos que esta pausa forzada, al menos por el momento, nos brindaba una oportunidad única para fortalecernos y prepararnos en todos los aspectos posibles. Nuestra meta era explorar los avistamientos de nuestro pueblo y reunir la documentación que nos permitiría entender mejor el enigma que rodeaba a nuestra gente.

Con estos dilemas rondándome la cabeza, me sumí en un sueño reparador, mientras las palabras del doctor resonaban en mi mente: "Nunca se sabe dónde puede nacer la grandeza".

Al cabo de unas semanas, con la ayuda de calmantes y una faja que sostenía mi cuerpo, pude ponerme de pie sin que los puntos de mi operación se abrieran. Además, las tareas asignadas por el doctor eran adecuadas para mí, ya que después de años de sobrevivir en la jungla, no me costaba adaptarme a trabajos físicos. Durante el día, realizaba una variedad de labores para el doctor, desde limpiar hasta arreglar la clínica. Por las noches, me entregaba a mi rehabilitación postoperatoria y, en mis momentos de descanso, me sumergía en los tomos de conocimiento del científico. Su colección era una maravilla en comparación con los libros que había memorizado desde mi niñez.

Un día, mientras leía algunos tratados científicos, el doctor se acercó y me preguntó: "¿No es eso muy avanzado para ti?". Le respondí con humildad: "La verdad es que me resulta muy instructivo. Este en concreto es el segundo tomo de uno que usó mi madre para instruirme desde niño. No sabía que había más". El doctor, con una sonrisa casi paternal, me respondió: "¿Quién crees que prestó esos libros la última vez que pasasteis por aquí? Aunque supongo que ha llovido bastante desde entonces, y tú eras tan solo un bebe...".

En ese momento, una revelación inundó mi mente. Salí corriendo hacia el lugar donde guardábamos nuestras pertenencias, agarré todos esos manuales y volví a la clínica a toda velocidad. "Lamento que estén tan maltrechos", dije con vergüenza, "supongo que la selva causó estragos en ellos, pero pagaré encantado por su reparación". Entregué los libros al doctor como un gesto de disculpa. "Son suyos, se los devuelvo. Ya los he memorizado". El doctor tomó los libros y me dijo con calma: "Me alegra volver a verlos, pero descuida, no voy a repararlos. Solo los guardaré como testimonio de que han cumplido su propósito al ayudar a difundir el conocimiento. Puedes estudiar todo lo que desees. Hay libros sobre ciencias, ingeniería y medicina. Siéntete libre de saquear el conocimiento, porque a diferencia del dinero, que cuando cambia de manos enriquece a unos y empobrece a otros, cuando el saber se comparte, ambas partes ganan. El que lo da sigue conservándolo, y el que lo recibe obtiene algo que no tenía". Luego, colocó los libros cuidadosamente en sus estanterías y me guiñó un ojo mientras bromeaba: "Si llegas a agotar todos ellos, hay una biblioteca con millones en la ciudad". Desde ese momento, mi tiempo se dividió entre las tareas que me asignaban, la rehabilitación y el estudio. Con las horas de sueño limitadas, apenas tenía tiempo para asimilar todo el conocimiento, pero no tenía prisa.

Las semanas pasaron, y mi hambre de conocimiento creció. Cada nueva lección se convertía en la puerta a otras dos, y sentía que nunca podría abarcar todo lo que deseaba aprender. Sin embargo, había un campo que se me escapaba: la medicina. El buen doctor intentó enseñarme al menos algunos fundamentos, pero cada vez que veía a un paciente en la camilla, sentía sudores fríos recorriendo mi columna vertebral. Mis manos temblaban, y me paralizaba, reviviendo tanto la curación de mis heridas como la instalación de mi implante. El doctor, con paciencia y comprensión, me dijo: "Supongo que la medicina nunca será lo tuyo. No es necesario ser bueno en todo. Solo debes ser excepcional en el camino que elijas". Asumí que tenía razón y me enfoqué en el estudio de la ciencia pura y la ingeniería. También me sumergí en tratados básicos que abarcaban las áreas generales del conocimiento.

Un día, sin darme cuenta de cómo había llegado allí, me encontré estudiando los planos del dispositivo que llevaba implantado en la espalda. Aunque aún no comprendía su funcionamiento ni era capaz de concebir cómo replicarlo, las anotaciones y la jerga técnica comenzaron a cobrar sentido.

El tiempo siguió avanzando, y nuestra estadía en ese lugar se convirtió en meses. La gente del pueblo se acostumbró a la presencia de los "pequeños gigantes" y dejó de mirarnos como a extraños. En su lugar, sus miradas se llenaron de compasión y lástima al ver las cicatrices que marcaban mi cuerpo, ahora sanadas.

Y entonces, llegó el día en que la biblioteca del buen doctor se agotó. Fue en ese momento que le pedí el enésimo favor: "Señor, ¿podría conseguirme los libros de la biblioteca del árbol que tratan sobre mi pueblo? Tal vez nos ayuden en la búsqueda de otros en mi misma situación, tan solo me gustaría estudiarlos". Después de unos días, el doctor trajo cuatro libros a la clínica. Eran pequeños tomos, cuentos, cuadernillos de navegantes y antiguos testimonios. "Esto es todo el material que hay sobre vosotros", bromeó el doctor, "supongo que sois un pueblo esquivo. No os culpo por ello". Aunque no era mucho, era un comienzo. Tomé un manual en blanco y cambié mi rutina diaria de estudio por la transcripción de aquellos textos, con la esperanza de completar mi propio libro que nos ayudaría en nuestra búsqueda. Tras varias semanas de dedicación, finalicé mi tarea. Frente a mí se extendía un mar de páginas en blanco que esperaba que algún día se convirtieran en un libro de referencia sobre cómo se reunió nuestro pueblo. Agradecí al doctor por todo lo que nos había dado y llamé a mi madre: "Creo que hemos abusado demasiado de la amabilidad de la gente de este lugar, ¿no crees?". Mi madre asintió. "Cuando termine el libro, haré una copia para su biblioteca, doctor. Se lo prometo", dije mientras hacía una reverencia profunda en señal de agradecimiento. "Muchas gracias por todo lo que nos han dado durante tantos tiempo. Le debo mi pasado y mi futuro". Me levanté y comencé a preparar nuestros útiles para el viaje junto a mi madre. Le entregué al doctor los planos de mi implante y le dije: "Tomé esto como recordatorio de todo lo que hemos vivido y de mi promesa de regresar". El doctor tomó los planos con manos temblorosas, emocionado, y extrajo una fotografía de un cajón. Me la entregó con cariño, diciendo: "Nunca nos olvides, esto es para ti". Miré la foto, que mostraba al doctor y a sus asistentes, mucho más jóvenes, abrazando a una imponente mujer en el centro. Era mi madre, y en su regazo, envuelto en una manta, estaba yo. Guardé la foto con ternura y la metí en el manual de copia, con cuidado lo guardé en mi petate. "No lo haré", respondí.

Así, unas pocas horas después, embarcamos en nuestro pequeño balandro y nos aventuramos en el mar con la intención de explorar el West Blue en busca de rastros de nuestros semejantes. Nuestro viaje estaba lleno de incertidumbre y desafíos, pero nos sentíamos preparados para enfrentar lo que el destino tenía reservado para nosotros. La búsqueda de nuestro pueblo perdido nos llevaría a lugares desconocidos y posiblemente fuese una gesta de por vida, pero nada podía detener nuestra determinación de reunirnos con los nuestros. Juntos, mi madre y yo, lunarios ocultos en un mundo que a menudo parecía pequeño y a veces infinito, continuaríamos nuestro viaje en busca del horizonte.

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CÓMO SURGIÓ EL HORROR- PRÓLOGO 2 - JUVENTUD (DIARIO PASADO) Empty Re: CÓMO SURGIÓ EL HORROR- PRÓLOGO 2 - JUVENTUD (DIARIO PASADO) {Vie 22 Sep 2023 - 10:39}

Un placer leer la historia de Vanko, se está forjando todo un hombre. Muy buena entrada del diario, la verdad, muchas gracias por compartir esta historia con todos nosotros.

En cuanto a las peticiones, ya has sido tan amable como para contar los doblones y experiencia así que ya sabes cuánto te corresponden, por tanto mi único trabajo es dar luz verde a la cuenta. Además, sí, sin problema consigues ese power up, sobre todo después de semanas dándole fuerte a esos libros, te lo has ganado. En fin, ya sabes cómo funciona esto, a gastar esos doblones y a seguir posteando en el foro. ¡Un placer!
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CÓMO SURGIÓ EL HORROR- PRÓLOGO 2 - JUVENTUD (DIARIO PASADO) Empty Re: CÓMO SURGIÓ EL HORROR- PRÓLOGO 2 - JUVENTUD (DIARIO PASADO) {Vie 22 Sep 2023 - 10:42}

Acepto la corrección, deme deme deme xD


CÓMO SURGIÓ EL HORROR- PRÓLOGO 2 - JUVENTUD (DIARIO PASADO) Firma
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CÓMO SURGIÓ EL HORROR- PRÓLOGO 2 - JUVENTUD (DIARIO PASADO) Empty Re: CÓMO SURGIÓ EL HORROR- PRÓLOGO 2 - JUVENTUD (DIARIO PASADO) {Vie 22 Sep 2023 - 12:39}

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