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El poder del amor [Jojo TS Parte 1] [En construccion] Empty El poder del amor [Jojo TS Parte 1] [En construccion] {Miér 2 Nov 2022 - 19:36}

Nota para el lector:


Llegar a tiempo

Nos gusta pensar que el mundo está en equilibrio. Que hay cierto balance de lo bueno y de lo malo, de lo justo y lo injusto, de la fuerza y debilidad... Pero no es así. La verdad no es tan reconfortante.

Si un combatiente marcial lucha contra un espadachín, todo el mundo seria consciente de la injusticia. Un arma aporta un extra de peligrosidad a cambio, claro está, de su dependencia. Es esta dependencia del arma, atada a sus distintas particularidades, lo que permite que haya la ilusión de ese reconfortante equilibrio. Después de todo, saber manejar un arma requiere de tiempo y de esfuerzo. Ahí es cuando la gente se olvida de que el propio cuerpo es también un arma. Pero no podemos comparar la certeza del acero con la debilidad de la carne, ¿verdad?

Claro que no. ¿Quién en su sano juicio no preferiría en un combate tener un cuchilo, una espada, una lanza o una pistola? Así es como ha avanzado el ser humano. Así es como ha avanzado la historia. Y en esta perpetua evolución armamentística hemos apostado por la ciencia y la tecnología para llegar a límites disparatados en la que la verdadera amenaza no se limita ya a una puñalada, una amputación o la pérdida de una vida. No. El peligro se ha vuelto una cuestion de aniquilación absoluta.

Un dedo. Un solo dedo podría destruir el mundo.

Presionó el botón.

—¡Eh, que lo estaba viendo!—se quejó desde los dos sofás.

Aringa Ora, conocido también como "El Golem", era un semigigante calvo cuya musculada estructura pasaba de los cuatro metros. Se suponía que debía haberse ido a la cama hacía ya horas, pero se había quedado allí, tragándose un maratón de películas mientras lo acompañaba todo con un cubo lleno de snacks variados que añadían gravedad a su crimen.

El demonio le miró desde la oscuridad. Unos ojos verdes, rasgados y juiciosos. Luego encendió la luz, haciéndo que el gigantón se llevase las manos a la cara, cegado por el cambio de intensidad. Eran las cuatro de la mañana.

—¿Qué hora es? —preguntó Toa algo desorientado, reincorporándose mientras hacía el vago intento por limpiar el desorden.


Reincorporándose de los dos rebentados sofás en los que se había tirado ocupando casi todo el salón, el blancucho mamotreto dirigió la vista hacia el reloj de cuco de la pared. No podía ser verdad. ¡No podía!

—No, no, no, no...—se lamentó, llevándose las manos a la cabeza. Entretanto el mudo terminó de echar la llave y se fue quitando el abrigo—. Tardo una hora en dormirme mas o menos, si tengo que estar allí a las nueve eso me deja con solo tres horas para descansar. ¡¿Por qué tenía que ser hoy la maratón?! ¡¿Por qué tiene que haber guionistas tan talentosos en la República?!— se dejó caer hacia atrás, con las manos tapándose la cara. Suspiró—. Por cierto Lucy, ¿dónde...?

Por el rabillo del ojo vio cómo la garra del demonio se cernía sobre su cuello.

Aringa Ora se despertó sobresaltado. Todo había sido un sueño, y aquello le llenó de una inmensa tranquilidad. Una tranquilidad que le duró hasta que miró el reloj que tiempo atrás alguien había silenciado.

—¡NOOO!

La gente gritó y saltó apartándose de su camino. Era un maldito bulldozer de carne. Sin querer perder velocidad, el semigigante se vio obligado a girar esquinas agarrándose a farolas, doblándolas y casi arrancándolas, y a no frenar cuando los mozos de carga del almacén Thompson llevaban entre siete una larga y pesada caja llena de maderos para los astilleros. Lleno de astillas continuó corriendo, sin un minuto que perder, mientras intentaba vestirse con alguno de las ropas que había cogido al tun-tun y que olisqueaba entre bocanada y bocanada. ¡Sucio, sucio, sucio, sucio! ¡Limpio! Y allá que se la ponía.

Entró con tanta fuerza que casi rompió el raíl de la puerta corredera del gimnasio. Subió con tanta prisa las escaleras que los escalones de negro metal se doblaron bajo sus peanas. Aunque claro, para cuando llegó a la oficina del promotor en la segunda planta, el asunto ya estaba más que zanjado.


—¡Golem! —exclamó con sorpresa el promotor.

Augustus Blooch era tan alto como un taburete, tan redondo como un tonel y tan peludo como un oso. Había empezado sus andanzas como el heredero de un hombre de negocios, pero su vida de lujos había llegado a su fin nada más le tocó gestionar su propia hacienda. Fan de los monstruos de circo, y habiendo pasado una etapa incluso como esclavista, finalmente se asentó en un puesto revolucionario, donde se vio obligado a cambiar de negocio. Ahora lo suyo eran las peleas, donde su buen juicio como comprador de monstruos -que no como publicista- le había granjeado una pequeña fama de la que estaba francamente orgulloso.
—¡Promotor!—contestó Aringa—. ¡Siento mucho haber llegado tarde! ¡Por favor deme otra oportunidad!

El hombre se aró la espesa barba con cierta confusión. Girando su cabeza hacia la ventana para ver el enorme reloj, siguió sin comprender a qué puñetas venía tanto dramatismo. Aún faltaban diez minutos para las nueve.
—Tendrías que comprarte un reloj mejor, Golem. Un Solex. Esos, nunca se retrasan. Ahora mismo estoy contigo...—añadió, recogiendo los papeles firmados de la mesa para guardarlos en su archivo—. Josué, te presento a Golem, una de nuestras incipientes estrellas.

Ya se conocían.


Primeras Impresiones

Todo luchador necesita una marca. Un movimiento particular. Una temática. Un pasado y una historia. Obviamente casi ninguno de estos es real, pero ello no importa, lo que importa es que le guste al público. De hecho no tiene necesariamente ni que gustarle, también pueden simplemente odiarlo. Que venda. Eso es lo realmente importante.

Dentro de los luchadores hay básicamente de dos tipos: Héroes y villanos. Y debe resultar obvio desde el primer momento a qué grupo pertenece cada luchador. El público odia que lo engañen, aunque a veces eso le encanta. Pero quitando los complicados arcos de traiciones y revelaciones de que alguien malo era bueno y alguien bueno era malo, que no son más que giros para darle salsa a la historia que cuentan con sus cuerpos, cada uno debe ser lo que es. No hay nada peor que un luchador que no da el tipo.

De momento, Josué no tenía ninguna personalidad asignada, aunque estaba claro que su mudez jugaría un papel importante en la misma. ¿Le habían arrancado la lengua? ¿Había hecho un voto de silencio? ¿Había sido maldito? Mientras le daba vueltas a cómo podría publicitar al nuevo ejemplar, Agustus lo puso a aprender del resto.

El Gym "BABEL" era bastante popular entre los jóvenes rescatados de las distintas tribus del mundo, aunque los hijos del mar preferían el "NEPTUNO" y los minks el "ARKADIA". Era de los pocos sitios en los que había realmente una integración real, pues las tribus humanas, aunque diferentes, seguían siendo lo suficientemente parecidas al arquetipo promedio como para no culpar a todos de lo que habían pasado, lo que la convertía en una pieza crucial para la reintegración del resto de ex-esclavos en la sociedad.  Después de todo, muchos de los miembros seguían manteniendo los lazos que le habían unido con más fuerza que las cadenas.

De hecho, aunque Augustus no lo sabía, su negocio había prosperado pese a su mala gestión dados los favores internos de la propia Revolución; que impedían que sus estúpidas decisiones derrumbaran aquel pilar de la nueva comunidad.

Yendo el potencial de Josué mucho más allá que los jóvenes chicos llenos de rabia que llegaban con cada salvamento, y vista su discapacidad como una rareza más allá de las rarezas, fue pronto acogido por la que constituía la "Familia" del gimnasio. Esta la componían Augustus, el incompetente promotor, Aringa Ora, "El Golem" vago, y otros tres: Carlos Merenge, de la tribu brazoslargos, también conocido como "Knockout", un kickboxer de tez teñida por el sol y el ritmo latino; Jollyne, la tatuada secretaria de amplio mostrador y otras generosas curvas; y Takeo Takeda, un joven ningyo calamar muy pulpo, el cual se rumoreaba estaba allí prestando sus constantes atenciones a la antes mencionada.

En su sparring amistoso contra Knockout, Josué acababa de esquivar por más bien poco el doble bazooka del brazoslargos. Sin embargo, bajo su pedostache se formó una socarrona sonrisa. Jojo no pudo avanzar entre los brazos extendidos como planeó, sus cuernos agarrados por la libertad de la doble articulación de su enemigo.

—¿Primera vez que luchas contra alguien como yo, eh?—se jactó, lanzando la patada.

La anómala anatomía de su tribu le permitió dejar la distancia suficiente como para lanzar la patada ascendente sin necesidad de maniobrar. Un movimiento sacado del cabaret llevado a la lucha. El impacto dio de lleno sin ser frenado, ni amortiguado. Resonó en todo el gimnasio con la misma reverberación que una pesa precipitada contra el suelo. Josué perdió la consciencia.

No tardaron en llevarlo a la clínica que oportunamente había abierto justo enfrente poco después del gimnasio. El diagnóstico se hizo de manera rápida y precisa: Carlos le había fisurado, casi fracturado, la mandíbula. El caos que se produjo después de aquello fue digno de telenovela, y todo fue causado no por el golpe, si no por un comentario la mar de estúpido.

—Menos mal que es mudo, si no sería grave—dijo Carlos, queriendo quitarle importancia pero consiguiendo justo lo contrario.

Diluvió mierda, y con razón. Jollyne se puso hecha una completa furia, algo bastante impropio de ella, y, cómo no, Takeo avivó aquello con su incondicional apoyo. Aringa Ora llegó tarde, enterándose de la mitad, y sus preguntas sobre cómo había pasado todo aquello solo empeoraban las cosas. El último en llegar fue el promotor, cuya prometedora estrella acababa de ser lesionada antes incluso de haber trazado su persona. ¡Y encima era responsable de la lesión que había tenido lugar en su local! ¡Más dinero! ¡¿Qué diría el seguro?! ¡Le subirían el precio!

Además, por si fuera poco, el inmobilizador de cráneo no tenía ajuste para los cuernos, por lo que los médicos se vieron obligados a escayolarle la mandíbula. Sentado en la cama de la clínica, Josué miraba al vacío mientras el promotor continuaba con su retahila entregándole papeles. Tan solo quería asegurarse de que no le demandara ya que, en teoría, aún no habían formalizado ni la inscripción. Sin embargo con la cara medio tapada y unos ojos muertos sondeando al vacío, era bastante difícil saber qué estaba pensando el cornudo.

—¡¿Sabes qué?! Ha sido un día duro. Te dejaré esto aquí con Jollyne y ya lo firmas más tarde—declaró el promotor—. Entrenarás de alguna forma que no sea combatiendo, por eso no te preocupes. Llegarás al estrellato. Ya casi tengo una persona acorde...—añadió como un murmullo, súbitamente inspirado.

Se fue de allí y le tomó el relevo la muchacha que entró dando saltitos.
—No te preocupes Josue, yo seré tu enfermera. Yo siempre quise ser enfermera.

—Bastardo suertudo...—susurró el ningyo, asomado a la ventana del cuarto piso.

Escurriéndose hacia abajo tras no poder soportar más en silencio la tortura a la que se estaba sometiendo al ver cómo le daba el cariño que debía ser suyo, Takeo volvió con la troupe.
—Ojalá me rompiera yo algo—murmuró, solo para recibir un capón que venía con dos vueltas.
—Ni se te ocurra decir eso. Además ha sido un accidente. Yo os juro que no le he dado tan fuerte. Os lo juro por mi madre.—se jactó Carlos, cruzándose el corazón.
—Ya, claro... Seguro que tú también le tenías ganas, teniendo en cuenta como le miró Jollyne nada más entrar—rumió Josué con envidia—. ¿Qué es lo que tiene él que no tenga yo?
El gran Golem había estado bastante pensativo, dándole vueltas a todo aquello. La respuesta era fácil.
—Piernas y cuernos.

De uniforme

Estaba decidido, Josué iría así. Un smokin ajustado, y un bozal con cremallera a juego. "El Buen Esposo" habia sido inspirado en parte a la escayola de la boca y la mudez, pero la principal responsable fue Jollyne y la relacción del cornudo con ella. No era como uno de esos ansiosos muchachos, como Takeo, que iban como corderitos destetados detrás de ella buscando la oportunidad para mamar, sino que había una cierta formalidad en su trato. Claro esta, aquello lo podía achacar a su procedencia, ya que como siervo más que esclavo, Josué debía mantener en su psique cierto reflejo ante los deseos de su señora. Augustus no era quién para meterse en todo aquello y hacer de psicólogo, no al menos cuando podía e iba a aprovechar aquello para su espectáculo. ¡El show debía continuar! Incluso si aquello significaba alguna regresión mental a su vida de esclavo o alguna cosa de esas que le habían dicho debía evitar con los críos. Si algún proveedor de carne llegaba a quejársele se limitaría a señalar que el treintañero estaba ya demasiado viejo como para cambiar en lo que le habían convertido. Además, si a Jollyne le gustaba, ¿quién era él para ponerse entremedio?

El bruxismo de Takeo iba a peor, y ver cómo su amada recibía un profundo masaje de hombros por parte de aquel fauno no mejoraba la cosa. Su némesis le sostenía la mirada, y el calamar no dudaba que tras aquellas vendas se escondía una sonrisa socarrona y pervertida. Olvidando por un momento por qué estaba allí aparte de dedicarle su envidia y su odio, el ningyo se quedó quieto, apretando sus puños y sus rejos hasta volverlos blancos -o al menos más blancos de lo que ya eran-.

—Oh, Takeo, ¡pareces tenso!—gimió la muchacha tras el doble mostrador—. Deberías decirle a Josué que te diera un masaje, es divino.
El servil muchacho dejó de tocarla cuidadosamente volviendo los elásticos del sujetador industrial a su sitio y anduvo hacia él con las manos estiradas como una momia.
—El jefe quiere verte...—murmuró entre dientes, fingiendo a duras penas una sonrisa, rehusando, al punto de que trepó por la pared, el contacto con el demonio.

Volviendo a ser humano, o más bien diablo, se dirigio como un buen criado a la llamada de su señor. Takeo sintió la necesidad de seguirlo, pero la voz de su amada le distrajo.
—Parece que has entrenado mucho hoy, Ta-ke-o.

Sin embargo, parte del odio de su interior, en lugar de dirigirse hacia él mismo, comenzó a volcarse hacia ella. Llevaba demasiado tiempo en el sedal cuando estaba más que claro que buscaba otro tipo de pez. Le dio la espalda.
—Sí, creo que ya he terminado por hoy... Hasta mañana, Jollyne.

Algo en él disfrutó la breve incomprensión de la rubia. ¡¿Ahora qué, eh?! ¡Sufre lo que yo he sufrido! Se dijo, saliendo de allí reconfortado.

Carlos Merengue  estaba haciendo sparing con Ora, aunque aquello más bien se resumía en que estaba golpeándole mientras el gigantón apenas podía seguirle el ritmo ni mucho menos devolverle los golpes. Mejoraban así uno su resistencia y el otro su agilidad, mientras explotaban la potencia de dones inversos. Desde el accidente, el brazos había estado reprimiendo sus habilidades, y distraído al ver por el rabillo del ojo al herido no fue lo suficientemente rápido. El golpe apenas le rozó, pero le mandó hasta la zona opuesta de la arena.

—¡Te dí! ¡Te dí, te dí!—celebró el Golem, envuelto en el peso de su akuma—. ¡Hoy me invitarás a comer!

Recuperándose de la brutalidad del impacto, Carlos se agarró temblorosamente a las cuerdas y sonrió. Su amigo era una fuerza a la que temer, pero afortunadamente era tan vago como bondadoso. No como él, se lamentó recordando aquello que llevaba atormentándole ya un tiempo. ¿Cómo había podido romperle la mandíbula al novato? Se suponía que debía estar entrenando con él, jugando; y a diferencia del gigante él había aprendido mejor a medir su fuerza. No entendía todavía cómo podía haberse dejado llevar ni porqué se había dejado llevar; solo sabía que habia hecho mal y que la penitencia de su paga reducida y su esfuerzo por entrenar al muchacho que había herido no eran suficientes. No lo eran.

—Vamos, Carlos —le dijo el gigante, colocando su tremebunda mano sobre todo él—, deja ya de comerte el coco. Hay cosas que hemos hecho y estan mal, pero tú no querías hacerlas.
—Pero Ora, eso no...

Le miró. Contempló su enorme rostro y vio la misma culpa que le atormentaba magnificada en escala. ¿Cómo podía haberle empezado a decir eso a él? Él que en su anterior vida se había visto obligado a cometer los más atroces actos sin poder hacer nada. No. Tenía razón.
—Está bien. Tienes razón—se cruzó la mano al pecho—.Te prometo que no voy a comerme más el coco.
—¡Bien! —celebró, con el enorme pulgar extendido—. Me apetece pizza. Voy a decírselo a los demás y vamos todos.
—¿Cómo que a los demás?! ¡Que solo te voy a invitar a tí eh!
—¡¿Y qué va a pasar con los demás?! Todos tienen derecho a comer pizza —dijo a sabiendas de que lo hacía, en gran parte, para sentirse menos culpable.
—A los demás los invito a ir, pero que se paguen lo suyo.
—Carlos Merengue, "El rata".
Se rio a pleno pulmón, o a medio dado el pequeño colapso del izquierdo.


Comienza el entrenamiento

Entrenado por el trío de luchadores, Josúe demostró que tenía talento en sus tres ramas. Había aprendido a golpear, a agarrar y a recibir, sin embargo un combatiente all-rounder, aunque versátil, no tenía lugar en el corazón del público. El personaje que le habían asignado debía enfocarse en esquivar, y aunqeu a ello podía enseñarle bien el brazoslargos, aquello carecía de poder ofensivo. ¿Cómo iba alguien a ganar solo esquivando? El desgaste tanto físico como intelectual de alguien que solo huia, no permitía aquello, y aunque golpeara entre finta y finta, ello no terminaba de redondear su nueva personalidad.

—¿Ya se, y por qué no baila? —sugirió la secretaria, mordisqueando el lápiz.
—Podría... pero no, solo bailaría con su mujer—contestó el peludo enano, yendo de aquí para allá, perseguido por la que tomaba nota de sus desvaríos—. Además, la capoira es muy latina, y chocaría con el estilo de Carlos.
—¿Y si hace agarres?
—No, no. Eso es cosa de Takeo. Ya te lo he dicho, ni kickboxing, ni combate colosal ni llaves. Y nada de all round.
—¿Karate?
—¿Y que los peces estén detrás mía diciendome que les he robado el estilo?
—Pues Kung Fu.
—La inspiración animal roza mucho con los del ARKADIA. Podría funcionar, pero mñeh... No pega con su persona. Si hubiera sido un monje asceta con voto de silencio, casi. Pero ya tenemos el traje—como se arrepentía de haber conseguido aquello a mitad de precio ahora.

Se quedó en silencio, mirando a través del ventanal de su alto despacho la arena principal del gimnasio. Ahí estaba Josué, peleand contra Takeo estrenando su conjunto. Se limitaba a huir de las arremetidas y recortes del ningio, esquivándolas en el último momento como un torero. Tenía algo. Algo...
—Parece un CP.
—No diga eso—dijo Jollyne con tono severo—. Y que ni se le ocurra decirlo delante de los chicos, con lo que hemos sufrido todos a manos del gobierno.
—Ya, ya, no soy tonto —gruñó sin querer amitir que probablemente hubiera cometido aquel error—. Podría ser algo así como un duelista... o algo como un judoka.
—¿Un qué?—repitió, rascándose con el lápiz.
—Un practicante de judo, Jollyne. Especializado en agarres y lanzamientos. O quizá algo de tai-chi como desviación. Eso podría funcionar.
—¿Se lo enseñarás tú, jefecito?—dijo con estrellitas en los ojos.
—No, no. La teoría si acaso. Pero para la practica creo que sé de alguien que podría hacerme el favor...
—¿Tengo que llamar a alguien? ¿Le paso llamada?
—No, no. Esto es algo de lo que voy a tener que encargarme solo y en persona—se lamentó, con un suspiro—. A ese no le gusta ni la gente ni los den-den.


Noche de chicos.

Josué no iba a escaquearse aquel sábado. Ya era hora de que se fuera con ellos a tomarse unas cervecitas, a encontrar el amor bajo los farolillos, a bailar en las tascas y a disfrutar de su segunda vida. Arrastrado por el trío que pronto se convirtió en cuarteto, la pandilla se unió progresivamente a las de los otros gimnasios que también habían decidido salir de marcha. Había una camaradería competitiva pero agradable, piques y retos que hacían saltar chispas y que quedaban zanjados con fuertes carcajadas y tragos de botella. Josué estaba un poco al margen, agobiado por la súbita caceria de una mink lobo que no le quitaba el ojo de encima.

—¿Qué tendrán los cuernos que lo hace tan popular? —se quejó Takeo—. ¿Por qué no les gustaran los tentáculos?
—Porque aunque tengan su morbo, dan cierta grima—contestó El Golem, que llevaba dándole vueltas a aquello un tiempo.
—A mi no me molestaría estar con una chica con cuernos —dijo relamiéndose Carlos, más apasionado que el resto, moviendo las caderas mientras se agarraba al imaginario manillar.

Le rieron, pero Josué permaneció serio, sombrío más bien. Carlos había vuelto a cagarla, pero tan borracho como estaba aquello no le importaba. Cogiendo su petaca, el mudo de mandíbula recién liberada dio un pequeño trago que quedó interrumpido por el diestro robo del brazoslargos.
—¿No decías que no podias beber con las pastis?—se quejó, rancio. Ya no es que no hubiera podido participar en su ritual de sake, si no que no había querido. Se la pasó por debajo de la nariz, incapaz de oler ningún grado alcohólico—. ¿Qué mariconada es esta?

Hubo un cambio. Una súbita transformación de Josué, harto de todo aquello. Ya estaba al lado de Knockout, lanzando una patada baja mientras le agarraba de la segunda articulación del codo y lo lanzaba hacia el suelo. Dar contra el suelo, contra el peso del mundo, siempre es algo desagradable. Tan desagradable y tan impropio para el momento que casi todos en la fiesta se giraron, sorprendidos por el ruido de la carne y el hueso chocando contra el asfalto. Sin perder un segundo, aunque algunas gotas del blanco liquido se derramaron el cemento, Josué cogió su petaca de la mano doblada de Carlos y se marchó a paso apresurado.

—¿Estás bien?—preguntó Takeo una vez recuperado del susto.
—No...—gimió Carlos—. Voy a quedarme aquí... un ratito...
—¿Qué mosca le habrá picado? Puto subnormal.
—Yo me marcho ya—dijo el Golem, reincorporándose todo lo largo que era—. Nos vemos mañana.

Contemplando las estrellas, Carlos, embriagado por el alcohol y el dolor que le recorría la espalda, tocó con la  yema de sus dedos el líquido abandonado. Y se lo llevó a la boca.
—Joder, Carlos, qué asco. Habérmelo dicho a mí, que saboreo con las patas.
El brazoslargos paladeó.
—¿Me estas diciendo que cuando nos agarras notas todo nuestro sudorcito? Qué ascazo.
Takeo le ayudó a reincorporarse, ofreciendole una de las botellas como anestesia.

Aringa Ora dio un pequeño paseo. No quería llegar antes que Josué a casa. Quería darle tiempo para que se calmase, que pensara y que se arrepintiese. Sabía que era un buen chico, ¿cómo no iba a serlo si le cuidaba tanto? Limpiaba, cocinaba lo mejor que podía, y amablemente le recordaba sus obligaciones que se le iban de la cabeza sin ningún tipo de reproche. No entendía como podía haber reaccionado así, pero sospechaba que para ello había una razón importante. Cuando llegó a la casa almacén, pues ninguna otra estructura podía guarecerle dado su tamaño, el chico aún no había llegado.

Sintiendo cierta preocupación, fue directo al den-den pensando si debía reportar aquello. No seria la primera vez que un ex-esclavo cometía alguna locura una vez liberado. Sin embargo, después de descolgarlo con sumo cuidado y antes de coger una cuchara de palo de la cocina para marcar el número, Ora recapacitó. Todo el mundo merecía una segunda oportunidad, y, sobre todo, confianza. Se fue a ver la tele un rato, a la espera de la vuelta del diablo.

Pasadas las tres, Josué entro por la puerta. Desde allí se quedó mirando al gigante, embobado con una película de madrugada. Se le acercó, sin encender la luz, y con cuidado se sentó en la esquina del sofá al lado de su corva. Estaban echando una de esas películas que la censura había dilapidado en el territorio Gubernamental. Criticar a los poderosos no quedaban sin crimen, y pudo reconocer a alguna de las estrellas que tenían, probablemente por aquello, una suculenta suma sobre sus cabezas. Aquel era el precio no solo de su talento, si no de la libertad del mismo.

—¿Quieres contarme qué te ha pasado?
El cornudo negó.
—Está bien...—dijo, amablemente, reincorporándose con cuidado y dejando el mando sobre la mesa—. ¿Estás bien?
La cabeza con cuernos se balanceó de un lado a otro.
—Bueno... yo me voy ya a la cama—dijo, en parte presa del hábito que el mudo le había inculcado. Sin embargo, se detuvo, recordando algo—. Se me pasó la pastilla... me las tomo ahora o...
El mudo hizo el gesto de beber, luego cruzó los brazos y giró la muñeca.
—Pues mañana entonces... No pasa nada, ¿no?
Negó, la mirada fije y triste en el televisor.
—Buenas noches, Josué.

Juicio

Los almendrados ojos de Kyuzo Kano se afilaron hasta ser poco más que finas líneas. Era un hombre bajo, de unos setenta años, huesudo y nervudo. Tenía un rostro seco, permanentemente anclado en una mueca de molestia, y de no ser porque llevaba sandalias uno hubiera pensado que todo aquello era porque le molestaban los zapatos. Era rancio, añejo, un malaje. De no ser porque sus buenos amigos le hubiesen pedido aquel favor, no se hubiera movido de su casa. Al fin y al cabo estaba jubilado, o al menos eso se decía. ¿Podía estar alguien de la Revolución jubilado cuando todavía había tanta injusticia en este mundo? A él le gustaba pensar que sí.

—¿Habías visto el haki antes, diablo? —le preguntó a la espalda del muchacho que acababa de revolear como si fuese un muñeco. Como siempre, Augustus no había mentido, aunque había exagerado. No tenía tanto potencial. Se reprimía—. Contesta, Josué.

El cornudo, que por más bien poco había conseguido dar con ambos pies en el suelo en vez de con la cara, se quedó quieto. Aquel hombre no era peligroso, sino letal. Le había lanzado sin agarrarle, sin importar la clara diferencia entre altura y peso, sin usar ninguna akuma y a pesar del claro deterioro de la edad. Le observaba con más interés que el simple examen para ver si se paraba a considerar enseñarle algo de provecho. El peso de su alma se ciñió sobre él, asfixiándole.

Un chillido. Patapum, bum, crash, plas.

Josué salió corriendo mientras todos aún estaban mirando. Jollyne se había caído por las escaleras. Segundos después de aquella inacción, de aquella súbita sorpresa que había detenido toda actividad, se acercaron, temerosos, gritándose los unos a los otros que llamaran al médico. Un pie, cualquier pie, no debía doblarse de aquella forma. Rápidamente se la llevaron a la clínica, mientras Kyuzo Kano simplemente se cruzaba de brazos a la espera de hablar con Augustus. Odiaba esperar, y odiaba aun más verse obligado a hacerlo para no quedar como un inmenso imbécil. Después de todo, la chica se había roto el tobillo.

El peludo promotor entró a la sala y dio un respingo al encontrar allí la pequeña pero imponente figura del judoka en judogi.
—Señor Kano, mis disculpas. Ya ve, que mala pata. ¿Qué piensa del chico?—dijo, mientras tímidamente correteaba para sentarse en la silla detrás del escritorio. Aunque sabía que un mueble no le detendría, la formal distancia le daba cierta paz.
—Parece un CP.
—Lo sé, lo sé. Culpa mía. Voy a cambiarle la corbata por una bowtie, y creo yo que mejorará la cosa. He pensado en dejarle con un speedo, ya sabe usted, el sexo vende.
El judoka le contempló con rostro severo.
—¿Respecto al talento...? —empezó el lisonjero enano.

El maestro de artes marciales se maldijo. Estaba allí para hacer un favor, y dado que no había llegado a ver nada en contra de entrenarle, desde luego negarse le conllevaría más trabajo que enseñarle. Además, con el entrenamiento adecuado, el mudo podría convertirse en una pieza importante en su facción. Ese era el cometido del gimnasio, además de recibir y dar disciplina a los jovenzuelos rescatados.
—Le entrenaré.
—¡Maravilloso!
—Pero no será aquí, no voy a enseñar mis técnicas habiendo cámaras de seguridad.
—Qué paranoicos sois los revos, pero bueno, no se os puede culpar—dijo, encogiéndose de hombros, incapaz de ver lo que él veía con claridad.
—Y no será gratis.
—Fuck.




Leches


Jollyne abrió los ojos al no dejar de escuchar el incesante repiquetear contra su ventana. Eran ya las nueve, bastante más tarde de lo que acostumbraba a despertarse, pero con un dolor de tres pares de narices no tenía ganas de nada. Con el pie izquierdo enfundado en la félula, contempló el techo de la que habia sido su habitación desde hacía ya cinco años sin encontrar consuelo en los muchos pósters de bandas independientes, los diseños de tatuajes, las poesías y los trastos que había ido acumulando y no se dignaba a tirar.

—¡Entra por el balcón!—le gritó, haciendo el esfuerzo por reincorporarse.

Takeo se escurrió al otro lado del edificio y tuvo cuidado de no pisar las macetas de caléndulas y hierbas aromáticas que tenia acinadas en el pequeño balconcito al que muchos habían cantado serenatas. ¡Ah, si él supiera cantar, o al menos creído saber, también lo hubiera hecho! Pero ahora era él quien entraba en los jardines de su reina, escurriendose con sus laxos huesos entre el pequeño hueco que dejaba a la puerta los tiestos bien cuidados.

Se sentia nervioso. El piso era más bien pequeño, como los de casi todos, y para ser francos lo encontró más sucio de lo que esperaba. Un pequeño desastre bastante a tono con la estética anarquista, oscuro y algo falto de luz. El olor a incienso parecía impregnar cada mueble, y el techo estaba manchado de rastros de humo. Necesitó dar un trago a su botella, mientras miraba al pasillo al que no se atrevía aún a entrar.
—¿Estás visible?—preguntó, timidamente.
—Dame un segundo—gritó la mujer, preparándose.

Takeo contempló las alegres fotos colgadas, recuerdo de muchos de los que les habían dejado para unirse al ejército. O para dejarles del todo. No conocía a todos, pero sí a algunos. Él aun no había dado un sí definitivo, presa del miedo que el recuerdo le hacía calar en sus huesos.
—¿Has desayunado? ¿Te preparo algo?—fue para la cocina, que podríamos llamar diáfana, si no fuera porque realmente no había más hueco en el zulo.
—¿Desayuno en la cama? ¡Qué lujo! —rio, divertida—. Así me da tiempo a vestirme.

Siempre se le había dado bien cocinar; aunque pocos aceptaban su comida dada la fama de Kaito el empresario. Lo cierto es que prefería los prejuicios  de  borrachuzos y pervertidos que antaño se asociaban a los hijos del mar cefalópodos antes que los recientes de caníbales. Abriendo las alacenas no encontró mucho, solo kits de comida prehecha. El congelador tenía más de lo mismo, todo platos de calentar y comer. La nevera, en cambio, contenía un par de enormes pechugas de pavo frescas, unas cuantas verduras variadas y una asombrosa cantidad de leche en tarros de cristal. Su mente divagó unos segundos, y su poco conocimiento de la anatomía femenina y humana le sacó una sonrisa tonta. Se abrió una para sí, bobalicón, disfrutando del pecado.
—Hmm...—degustó, un recio vigote blanco manchándole los labios—. Qué raro.

O la leche humana sabía mucho a la de vaca marina o su perversión no se ajustaba a la realidad.

De todas formas no tuvo tiempo para preguntarse de donde había sacado un ingrediente de su tierra cuando la vio venir dando saltos a la pata coja. En su cabeza no quedó hueco para otra cosa que para aquellos botes.

Mientras tanto, en la playa, Jojo estaba dando tumbos.  Llevaba entrenando desde las cuatro de la mañana, y tras cinco horas de un inmisericorde trato que apenas podía catalogarse como entrenamiento, estaba rendido. Kyuzo Kano se limitaba a enseñarle las técnicas aplicándoselas, esperando que las repitiera para, en lugar de aceptarlas, criticarlas y negarlas con sus correspondientes contraataques.
—¿Crees que así vas a llegar a algo? —dijo el viejo, que empezaba a notar el cambio en su respiración—. Eres demasiado joven para ser tan débil. ¿Dónde está tu voluntad? ¿Es que no quieres hacer daño a un pobre anciano?

Quizás ese era el problema.

El judoka se lanzó hacia él como las otras veces, yendo por un barrido con el pie izquierdo destinado a tirarle al suelo. El cornudo levantó la pierna, preveyendo aquello con algo más que la experiencia, tal y como lo había hecho su maestro momentos antes. De igual manera, pero sin crueldad, pisó, retrocediendo antes de que las manos pudieran agarrarle por el chándal. Un solo dedo de aquel hombre bastaba como punto de sujección para hacer el agarre, convirtiendo el proceso de un lanzamiento en un unico paso. Un logro temible.

—No vas a conseguir nada huyendo. ¿Cuánto piensas retroceder? ¿Crees que tendrás siempre toda una playa para seguir huyendo, muchacho? ¿Toda una vida?

Tenía razón.

El maestro no tardó en alcanzarle, arrojándole al suelo sin ningún tipo de piedad. Le dolían los huesos, todos ellos, fractura sobre fractura sobre fractura.
—Careces de voluntad—dijo, con crueldad, pasándole por encima—. ¿No hay nada que te importe? ¿Nada por lo que luchar? Pues créalo. Debes crear una vida antes de intentar defenderla... Josué.

El diablo intentó levantarse. Su cuerpo no daba para más.
—No hagas estupideces. Ríndete. Vive. Dedícate a algo y contribuye. Luchar no te llevará a nada—continuó, lleno de aquello que otros llamaban crueldad y él llamaba experiencia.

Entonces el espíritu superó a la carne, y el viejo se detuvo.
—Si insistes... continuaremos mañana. Entretanto, te recomiendo descansar. Será más duro.

El ningyo se quedó patidifuso. No entendía nada de aquello, solo sabía que le habían dado una tremenda oportunidad. La muchacha había sido clara, muy clara, tan clara como el agua tranquila. Sin embargo se quedó quieto, rojo, incapaz de creer del todo aquello que era un regalo del destino. O una trampa. Tragó saliva, sus tentáculos temblando de anticipación.
—De...¿de verdad?
—Claro. Vamos al cuarto, follamos, y ya está —dijo con total tranquilidad, terminando el almuerzo que con tanto cariño le habian comprado, preparado y servido—. A ver si así te tranquilizas un poco.
Pero en su tono no había divertimento, ni una risilla, ni... nada. Aquello era solo una transacción. Una mediocre. Aunque era un pervertido, Takeo valoraba el objeto de su perversión. El hecho de que ella no valorase aquello le cortaba bastante el rollo.
—¿Es tu primera vez, o que?—dijo, con cierta intriga, sin ningún tipo de juego ni morbo por el desvirgo.
—No... no.—reveló, aquella amarga sensación hundiéndole el espíritu—. Es que con tu pierna, y eso....—dijo, extrañandose de estar buscando excusas.

La muchacha se miró el pie, que por la postura comenzaba ya a hincharsele. Debía haberse quedado en la cama, pero prefirió almorzar en el salón. Sonrió con incredulidad y cierta pena.
—Creo que me han follado en situaciones mucho peores, Takeo. Aunque claro, supongo que no podrías saberlo —dijo, rebañando lentamente el plato con pan—. Nos gusta pensar que todo lo que hemos sufrido nos hace mejores personas, pero eso no es verdad—comenzó a desbotonarse la camisa—. Acabemos con esto y ya está. Has venido por eso, ¿no?
El pulpo balbuceó hasta que conseguió soltar un No.
—¿No? ¿Seguro? Dime tres cosas por las que te guste.
Algo tremendamente fácil con dos expuestas ahora ante él.
—Que no sea mi cuerpo.

Debía ser fácil. Debía serlo si se hubiera preocupado de encontrar algo en ella más alla de lo que quería alcanzar su cuerpo. La quería, pero no la amaba. De hecho no era ni buen amigo, porque no podía serlo con las dobles intenciones que no podía ocultar por mucho que intentase. Takeo, presa de su vista y su instinto, no podía pensar en nada, por mucho que se esforzase, el deseo lo tenía agarrado y le impedía pensar. Mucho esfuerzo le requeria quedarse allí, solo mirando, incapaz de pensar nada más que en sus carnes.

*Cri* *Criii* *Criii* *Criii*

Jollyne se tapó e hizo el intento por levantarse.

—Ya voy yo.
—No, no, no—insistió el inhumano, volviendo en sí—. Tu quédate sentada.

Era mínimamente reconfortante pensar que no todo en el ningyo se reducía a un aspecto. Seguía siendo una persona, ni del todo buena, ni del todo mala.

El hijo del mar fue al telefonillo pero tras preguntar unas cuantas veces allí no contestaba nadie. ¿Una broma de niños? No, habría más gente preguntando, cabreada por interrumpirles la hora de comer ¿El correo? Probablemente era el correo. Era la hora de que llegase el correo, y la insistencia de aquel timbrazo era propia de un mensajero que tenía que entrar al portal. Se volvió, dirigiéndose de nuevo al salón donde la muchacha, sin pedir ayuda, se había tirado espatarrada en el sofá. La pierna mala suspendida en el espaldar del viejo sofá.

Desde allí pudo ver los tatuajes que subían por sus muslos, un mosaico de trazos que pasaba sin degradar a palabras y marcas que degradaban. Jollyne le sorprendió mirando demasiado de cerca, aunque aquello no le sorprendió en absoluto. Jollyne podría haberle gritado, o quizás tirarle un cojín y taparse con otro, pero no hizo nada de eso. Se abrió de piernas mostrándole todo lo que era.

Los instintos de Takeo le obligaron a lanzarse, y lo que quedaba de su alma le detuvo. Se quedó mirando, viendolo todo empezando a comprender. Todas las marcas que tenía y que ahora estaba claro no se había hecho ella misma. Tatuajes que habían tapado a otros tatuajes, porque allí donde no había podido reescribir lo que le habían escrito quedaba un atroz pasado. Un pasado en el que solo era carne.
—¿Entiendes ahora? Para mí esto no significa nada.

Takeo odió la pequeña, diminuta parte de si mismo que le repetía "Pues si no significa nada, aprovecha". Se sintió enfermo. El sonido de la puerta abriéndose le hizo separarse y darse la vuelta, presa de un pánico más que apropiado para su más que horrible pecado. Era Josué, todo destrozado, cargando una pequeña bolsa de la franquicia vecina.

Los cansados ojos del cornudo se abrieron, titileando con una furiosa claridad. Abandonó la bolsa con curry al paso en el suelo, más que dispuesto a combatir. Dispuesto a matar. Takeo se puso instintivamente en posicion defensiva, extendiendo sus rejos principales en alto. Sintió miedo. Nunca le había visto así, no parecía él. Aquello era el claro ejemplo de cómo podía cambiar un hombre en las circustancias adecuadas.

—¡Josué, no!—dijo con firmeza y decisión la dama. Le detuvo—. Está bien...

Ambos seguian tensos. Takeo se había protegido intistivamente para un golpe que no había llegado ni visto. Uno que siquiera había comprendido más allá de lo que era. Uno letal. Se quedó callado mientras a través de él la pareja compartian una mirada.

—¿Por qué no vas a ducharte? Estás hecho un desastre—sugirió la mujer, reincorporándose y tapándose—. De verdad que no pasa nada.

Aún tenso, recelando de negar una violencia cuanto menos apropiada, Josué fue bajando sus manos. Se acercó, obligado por la estrecha disposición del pisito en su camino al baño. Takeo trepó con sus tentaculos sobre los pocos huecos libres en la esquina de la pared, quedandose sobre la isleta de la cocina. Ninguno de los dos rompió el contacto visual hasta que el mudo desapareció tras la puerta.

Sus tres corazones habían palpitado con más intensidad que cuando había sido tentado.
—¿Tiene llave?—se encontró preguntando, entre confuso y algo ofendido—. ¿Por qué tiene llave?
—Porque él es igual que yo, Takeo—dijo, con una seriedad severa. Estaba harta—. Y cuando el día aquel os lo llevásteis a beber y entre Luperca y Carlos le jodisteis la noche. Quiero que al menos tenga un lugar en el que se sienta seguro y a salvo. Por eso tiene llave.

Si ya se sentía mal consigo mismo, la crudeza de Jollyne le hizo sentirse aún peor.
—No nos habia dicho nada de...
—Porque nadie tiene que sentirse en la obligación de contar nada. Mucho menos de su anterior vida—le reprochó—. Creo que es momento de que te vayas, Takeo. Estaré bien, como ves Josué ha venido a echarme una mano.

Asintió. Quería irse, pero no así.
—Jollyne, lo siento. Yo no...
—Hoy no hablaremos más de esto—zanjó—. Por favor, márchate antes de que sea peor.

Cabizbajo y arrepentido, se arrastró fuera de allí. Hizo el intento de coger la bolsa abandonada, casi como un favor, pero aquello le hubiera obligado a darse la vuelta. Había un silencio pesado, uno en el que no se escuchaba todavía la ducha. Josué estaba esperando, escuchando, tenso. Finalmente decidió marcharse, cerrando con cuidado.

El cornudo se asomó al salón al escuchar la puerta cerrarse, y tras compartir una mirada y un asiento fue directo a la ducha.

Tonterias

La colleja le pilló de improvisto. Era de esas dadas con mano abierta, de las que picaban, peor casi que un latigazo. Takeo se revolvió, Knockout a su lado.
—¿Se puede saber qué coño haces?—le dijo, aguantando la caña con los tentáculos mientras se rascaba el lugar del impacto.
—Se puede saber qué coño haces, tú. ¿Cómo que te unes al NEPTUNO?—inquirió, molesto por los rumores.
—No me he unido al NEPTUNO.—No aun.
—Pero te vas de BARBEL a tres semanas del torneo y nos dejas tirados—se quejó, sentándose a su lado en aquella remota parte del puerto—. ¿Se puede saber por qué? ¿Y no pone en algun sitio que aquí no se puede pescar?
—A un hijo del mar no se le puede prohibir pescar... Aunque ojalá pudiera hacerlo de otra forma.

Josué se había acostumbrado a ver las branquias destrozadas de su compañero, pero no a la tristeza de que él recordase aquello. Había pocas cosas más crueles que pudieran hacérsele a los de su raza. Miró el horizonte, exento de barcos.
—Pues hay un cartel muy grande por allí atrás...—bromeó, de manera agridulce—. Mira, tu puedes hacer lo que quieras, pero entre Josué que se va con el viejo, Jollyne lisiada, los novatos liándola y el vago de Ora, el gimnasio es un caos. Te necesitamos. Y no solo te necesitamos, te queremos allí.
—Yo... La cagué con Jollyne, la cagué hasta el fondo—dijo, precipitándose al llanto—. Debi haberte hecho caso cuando me dijiste que lo dejara, que había mas peces en el mar y todo eso.
—Y yo deberia habertelo dicho... Pero no podía, ¿entiendes? Es algo demasiado personal.
Se hizo un silencio. Uno en el que las ondas del agua no se debieron a que picasen peces, si no al llover de lágrimas.
—Aprendemos, chico, cada vez que cometemos un error. Te lo digo yo, que cometo muchos. No veas la bronca que me cayó de la rubia, con resaca y todo. No sabía donde meterme... Tuve que pedirle a mis compis de piso que se fueran y todo. Una vergüenza... Lo más grande. Y si tu supieras la que le cayó a Luperca... Fue con un periódico y todo a pegarle al ARKADIA—rio.

En las lagrimas apareció una sonrisa. Le estaba odiando por hacerle reir, entre lo ridículo de la situacion y los manerismos.
—Tuvieron que ir tres o cuatro. Al parecer se lo había presentado antes en una quedada y le había advertido, pero la tipa estaría en celo o yo que sé. Total, que se presentó alli en el gimnasio, periódico en mano, y empezó a darle al grito de "¡Perra mala, perra mala!" —Su compañero empezó a reirse entre lágrimas—. Tú imagínatelo, todos los furros allí, persiguiendo a estas dos. Se metieron en la oficina, tiraron muebles. Un lío.

Un breve descanso.

Mientras descansaban, Ora y Josué jugaban a ver quién podía coger lanzar más ganchitos en la boca del otro. Podría parecer que en ese caso el mudo tenía las de ganar dado el inmenso tamaño de las fauces del grandullón, pero además de la distancia su compañero jugaba sucio y se inclinaba a un lado o al otro, o cerraba la boca, o se ponía a hablar. Ya habían tenido un susto con un ahogamiento, pero el semigigante parecía que no aprendia.

Inclinado a su lado, el cornudo esperaba preocupado a ver si podía echarlos por cuenta propia o si bien necesitaba propinarle otra patada justo bajo las costillas. Finalmente lo echó. Era asombroso como algo tan pequeño -en comparación- podía hacer tanto mal.
—Jopé, ni que lo estuvieras haciendo a posta—se quejó con incrédulo divertimento—. Esto es como cuando uno tira algo a la papelera y cae en el huequito de justo detrás.
Desde luego era una analogía apropiada. Mientras intentaba acertarle, aunque entre lo grande que eran sus manos y lo pequeño que era el boquino del mudo poco podía hacer, El Golem continuó con sus anécdotas. Habían pasado unas cuantas cosas en su ausencia, entre ellas que estaba mejorando en su juego de pies, que los novatos eran unos macarrillas que se habían cargado el baño -obligándoles a todos a usar el del NEPTUNO-, y que Jollyne y Takeo estaban mejor. La chica hacía poco que había vuelto al trabajo, ayudada por unas muletas, sin escayola ya, porque según le habían dicho el pie inmovilizado era malísimo luego para recuperar los ligamentos.

Josué asintió, moviendo su cuello para interceptar el unico ganchito que había pasado lo suficientemente cerca suya. Luego se llevó una mano al mismo, dolorido.
—El viejo te está dejando hecho una mierda. ¿Te está enseñando algo o solo te está dando palizas?—preguntó con sincera preocupación.
El cornudo imitó una inestable balanza.
—Bueno, ¿y qué te está enseñando? Enseñame algo, ¿no?

Por un momento se quedó mirando al vacío. ¿Debía? Había sufrido mucho para obtener esas técnicas que aún no dominaba, no del todo. ¿Debía compartirlas así como así? ¿Era eso justo? No. No lo era. Pero no importaba. Extendió una mano hacia delante, sacudiéndola algo luego pidiéndole que le correspondiera el saludo. El gigante extendió la mano, y algo confuso, el mudo se la cogió. O más bien parte de los dedos, que era todo lo que abarcaba.

—No entiendo.

No. Aquello no valía. No así. Había demasiada diferencia de peso. Entonces solo podía mostrarle otra cosa. Algo que había aprendido pero no le habían enseñado. Dando una palmada sobre la mano sujeta, hizo que el gigante retrocediera el brazo de dolor. Ni una monja con una vara pegaba con tan mala leche.
—¡Puñetas! ¡Eso duele!
Josué se encogió de hombros mientras Ora se masajeaba la mano para ahuyentar el dolor.
—No se yo si aprender a dar tortas vale la pena, parece algo más molesto que para el combate. Solo quedan tres semanas para tu debut, ¿estarás preparado?

No exento de dudas, asintió. El sí no era absoluto, pero era todo lo preparado que podía estar para lo que le esperaba.


Última edición por Hush el Miér 2 Nov 2022 - 22:30, editado 1 vez
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El poder del amor [Jojo TS Parte 1] [En construccion] Empty Re: El poder del amor [Jojo TS Parte 1] [En construccion] {Miér 2 Nov 2022 - 19:36}

Con la mano abierta

Era un juego común, pero algo cruel. Primero ambos contendientes disputaban un piedra papel tijeras, y quien perdía debía mirar hacia un lado que no siguiera el eje del movimiento marcado por la mano del rival. Las versiones más light conllevaban simplemente no mirar en la dirección de donde se señalaba, pero habían decidido complicar aquello porque por naturaleza uno podía acostumbrarse a mirar al lado opuesto al movimiento. Era uno de esos reflejos propios de las especies inteligentes que respondían a las señas de sus compañeros. Eventualmente, uno debía fallar.

Pero Josué estaba demostrando ser una irritante excepción a la norma.
—Joder—masculló Carlos.

Perdía 3 a quince, ahora dieciséis, y había insistido valientemente después de la segunda minucia de golpe a que le diesen en serio. Tenía ya la cara hinchada por ambos lados. ¿Por donde le vendría? ¿Por la izquierda o por la derecha? ¿Con el dorso o el revés? Por mucho que pensase en ello no iba a cambiar el resultado. Iba a doler.

Pese a haber leído los informes, Kyuzo Kano no se daba por satisfecho. Su sexto sentido le decía que algo no iba bien, pese a todas las pruebas en contra. ¿Le había vuelto la edad un negacionista? Probablemente. Se estaba dejando llevar por el odio, algo que se había prometido no volver a hacer desde que se jubiló. Cruzado de brazos se dejó caer en el sillón mientras Augustus continuaba con su cantinela.
—Has leído el informe, has visto los sellos y las firmas. Por el amor de dios, que tiene cuernos. ¿Cómo va a ser un agente gubernamental?—se quejó el enano, sin poder esconder del todo su orgullo—. Lo bueno es que el propósito del traje está funcionando. Te recuerda a, aunque no sea—insistió—, y eso te hace hervir la sangre desde muy adentro. El buen subsconciente. Es el perfecto villano. Y con su historia, tocará los corazoncitos lo suficiente para granjearle fans...

Aunque el promotor solo lo hacía por las ganancias de todo aquello, el viejo sabía que la gente necesitaba ídolos. Héroes, sobretodo. En un mundo donde la miseria estaba por doquier y el conflicto había prolificado al separarse las fuerzas del bien en ramas cada vez más disparatadas, era más que necesario ensalzar los corazones de las nuevas generaciones. Inspirar a la juventud era necesario para empujarla a cometer las locuras que sus predecesores no habían conseguido aún. Sin embargo, como melancolico anciano, parte de él se angustiaba porque aquella perpetua rueda no llegara a ninguna parte. Su fuego se había apagado, aunque quedara algo de calor en las brasas.

—Creo que no quieres reconocer que te gusta el muchacho.
—¿Disculpa? Creo que no te he oído bien.
—Lo que digo...—reculó, achicándose algo. Luego tosió, recuperando la compostura—. Josué es un buen chico. Es disciplinado, se toma las cosas en serio y no desperdicia un maldito segundo. Hace lo que le dicen, y encima va mas allá. Se esfuerza, consiga o no las cosas, y hace que otros se esfuercen. Les ayuda a crecer y a ser mejores. ¡Y siempre está dispuesto a echar una mano para limpiar! ¡Por muy cansado y destrozado que venga de tus entrenamientos! —dijo, avivándose, subiéndose a la mesa para increpar al anciano—. ¡Si es que a esas palizas podría llamárseles entrenamientos! ¡Tan solo estás pagando el pato con él, viejo seco, porque no quieres que nadie te caiga bien! ¡Te quieres quedar solo y actúas como un amargado! ¡Y eso no es justo ni para él, ni para ti, ni para nadie! Así que pórtate bien o, o... ¡O te daré una patada en el culo! —dijo, dando una en el aire.

Augustus podía ser un mal promotor para todo el tema de la gestión del dinero. Podía ser un tío avaro, agarrado y miserable para muchas cosas. Pero lo compensaba con creces en aquellos momentos. Nadie se metía con sus muchachos. Menos una leyenda con un pie ya en la tumba que, por mucho que le estuviera haciendo un favor de una larga cadena, se estaba propasando. Y si no pues que se fuera a la mierda, a su isla retirado y no verlo más. ¡Si él no le entrenaba como debía, se las arreglaría de otra forma!¡Siempre lo hacía!

Kyuzo Kano se levantó.
—¡No!¡Soy frágil!—graznó, levantando los brazos para protegerse del golpe.

La torta resonó en todo el gimnasio.

El trío había entrado buscando bronca, amedrentando a los jóvenes desde el primer momento. Los gyojines estaban alli por úna única razón, averiguar quién demonios había dejado aquello en su local. Encima de que habián permitido a aquellos humanos usar sus baños y vestuarios, esos monos sin pelo habían estado pinchándose anabolizantes. Era una clara violación de toda norma del torneo, por no hablar de la repugnante falta de ética de aquello. Tras encararse al elenco principal con la mediación de Takeo, que había actuado también como árbitro en la pelea de tortas, Brutus el besugo lanzó la acusación.

Y se llevó una torta.

Hubo un breve momento en el que todos habían dudado de lo que habían presenciado. Josué, sin mediar un momento, le había cruzado la cara al hijo del mar. Tras aquello, en un par de segundos, comenzó a liarse la de Cristo Sereno.
—¡Te rebiento, payaso!—chilló el hombre pez, lanzándose al combate
—¡Parad, parad!
—¡Aquí no!

Por mucho que intentasen detenerlo, y Josué huir entre las máquinas, Brutus las apartaba a un lado, tirándolas sin preocuparle quiénes estuvieran de por medio. Ora y Knockout estaban demasiado ocupados en salvar a los muchachos de las pesadas moles de hierro mientras Takeo se aferraba al poderoso gyojin intentando frenarle mientras gritaba pidiendo ayuda a sus hermanos de raza. Estos últimos no actuaban, sino que, sombríos, se limitaban a ser testigos de la traición del calamar.

Al borde de la arena, la voluntad hecha voz les aplastó.
—¿¡Qué significa todo esto?!—gritó Kyuzo Kano.

Todos tuvieron su momento para explicarse. La marina estaba involucrada, y aquello era, especialmente en aquellas fechas, un riesgo. Aunque la facción fuera mejor ahora, seguía sin ser buena. Todo había comenzado cuando un gyojin marine, asiduo del Neptuno, había encontrado las drogas. Podría no haber dado parte, pero le pudo el deber y la honra; aunque hizo todo lo que estaba en su mano por mediar. Estas habian sido robadas de la clínica frente el BARBEL, y dadas la reciente problemática del baño, algunos de los presentes en el momento del descubrimiento no tardaron en sumar dos y dos. Así que se dirigieron allí, sin preocuparles lo más minimo que dada la seriedad del asunto y la intervención de la policía requeria de sutileza. Una locura, teniendo en cuenta la cercanía e importancia del torneo. Josué, previo bronca en el baño de la que había respondido siempre por él, hizo entrega escrita -pues no quedaba otra- de su alegato. Constaba de tres líneas subrayadas, en temblorosas mayúsculas.

"No podía dejar que nos hablaran de esa forma, sin prueba alguna, en nuestra propia casa. Siento los problemas que haya podido causar. Acataré el castigo que sea necesario"

No usó responsabilidad, sino castigo. Apropiado para un antiguo esclavo, desde luego. Tras ver aquello, y sin querer estar en medio por si las fuerzas armadas se inmiscuían, Kyuzo Kano se marchó.
—Te veo mañana—fue lo único que le dijo al mudo, sombrío y hundido, temeroso de que sus acciones hubieran tirado todo por lo que habían trabajado por tierra.

Maestro y Alumno.

El maestro había dado su advertencia. Era más que probable que se rompiese un dedo mientras realizaba el entrenamiento. Ese era el precio a pagar si quería aprenderla en todo tiempo. Además, un dedo roto conllevaría que no podría seguir entrenando, y que su desempeño en el combate quedaría tremendamente mermado. Si le dejaban combatir, claro está. Sin embargo, hasta el momento, Josué había demostrado un estoicismo más digno incluso que su postura.

—Está bien por el momento. Descansa un rato—le exigió, entrecerrando los ojos. Su pupilo había estado mas de una hora levantando su peso corporal con solo la fuerza de sus dedos. No solo eso, si no con el ultimo tensor de la falange. Una cosa era no poder quejarse por su mudez, y otra soportar aquello con pura voluntad. Algo iba mal.—. Me extraña que puedas aguantar tanto...

Bebió de su botella, contemplando el mar cargado de barcos que venían para los cercanos comicios. Él estaba debatiendo cuándo marcharse, ya que la involucración de la normalmente sumisa marina de aquella perdida ciudad se había intensificado. Además, cierta parte de su deshecho corazón quería estar allí para verles pelear. Estirando sus cansados y viejos músculos, Kyuzo Kano disfrutó del calor del sol.
—No olvides entrenar también los movimientos de tenaza...—añadió, señalando los bidones de agua atadas con trozos de vela vieja—. La idea es que lo hagas en el hueco entre cada dedo, pero para empezar con los dos primeros vas bien.

Asintió. Aquello le resultó más difícil al jovenzuelo. El temblor de sus músculos tranquilizó ligeramente al judoka. El entrenamiento de su movimiento trademark le había endurecido las manos, eso era todo. Tras cómo se había plantado Augustus para dar la cara por él y lo que había hecho para defender el honor de los suyos, solo quedaba ese resquemor de sospecha propio de ser "un viejo amargado". Aunque claro, ¿cómo no iba a estar amargado teniendo en cuenta lo que había vivido, y sufrido? Todo le causaba mal sabor de boca. Bebió un poco más, incapaz de librarse de aquella sensación que le había impregnado el alma.

—No les cojas demasiado cariño a esos amigos tuyos —le advirtió con negra bilis impregnando cada palabra. Josué paró de entrenar—. Todos van a morir... ¿y para qué? Para nada. Lo mejor que podéis hacer es decirles que no, que queréis una vida aburrida, normal y tranquila. Casaros, formar una familia, ver crecer a los hijos... Con un trabajo que os haga felices y esté mal pagado, o un trabajo que os haga miserables y cobréis. Jubiláos. Ved cómo los hijos se convierten en adultos para daros cuenta de que siguen siendo vuestros niños. Tened nietos, mimadlos. Jubiláos... Y morid. Morid sabiendo que habéis vivido una vida lo suficientemente buena, sin meter las narices en asuntos que no os atañen. Ese es mi consejo.

Mentiríamos si afirmásemos que el joven no se sintió conmovido por las palabras del anciano. Era, desde luego, un buen consejo. Uno dicho desde la verdad de un corazón roto y una boca aligerada por el sake. El peso de aquella verdad aplastaba a los dos hombres, sin embargo uno aún permanecía de pié, firme en sus convicciones. Continuó entrenando mientras el judoka seguía bebiendo, no pudiendo ahogar las penas que habían aprendido hace mucho a nadar. Al final del día, cuando el viejo estaba al borde del estupor propio de un borracho, el pupilo se le acercó.

Fue entonces cuando Kyuzo Kano abrió de pronto los ojos,  alerta, algo asustado. Su mano se encontraba ya sobre la del joven, a punto de aplastarle con su hechizo. La sensación de lo que había sido una pesadilla y un recuerdo se deshizo al ver la sonrisa. Le soltó, y colocando el brazo sobre sus hombrosle permitió ayudarle a caminar.  Era noche cerrada. Todo estaba bien. Bueno, no todo.

—Cuando...—empezó, sombrío, las palabras deslizándose de sus labios fruto de la bebida—. Cuando vengan a querer reclutarte diles que no.—El chico quedó sombrío. No quería escucharle, pero ambos sabían que debía hacerlo—. No te unas a la Revolución.


Demasiado tarde

Augustus Blooch estaba que echaba humo. Después de todo lo que había tenido que liar para que la "pelea" quedase en "son cosas de jóvenes" -cosa de lo que se arrepintió al ver el coste de las máquinas a reparar o sustituir- Josué llegaba tarde. Había desaparecido para aquel entrenamiento secreto, pero bajo la promesa de que estaría allí para su debut. ¡Encima de que había tenido que renunciar a poner su foto debido a los gastos! Aunque por otra parte eso mantenía el suspense. ¡Suspense que no valdría de nada si no llegaba a tiempo!
—¡Podría haber llamado! ¡Tenemos que repasar su papel! ¡Es su debut, es importante! ¿Y si tanto entrenar con el viejo le cambia el estilo? Sería un chasco. ¿Seguro que no ha llamado? —preguntó, haciendo una breve parada en su rápido deambular.

El cuarteto hizo la misma mueca al unísono. ¿Cómo puñetas iba a llamar?
—¡No me miréis así, yo qué sé...! ¡A lo mejor al viejo le han dejado de dar tirria los caracoles!

Entonces abrieron la puerta. Todos se giraron. La luz del pasillo oscureció aquella regia figura uniformada.
—¿Todo bien por aquí? ¿Necesitan algo? —dijo el hombrezuelo de nariz chata—. Tenemos un cáterin al módico precio de...
—¡Que no, puñetas! —saltó Augustus, empujandole la puerta sobre la cara.
—Tenemos los bocadillos a mitad de precio—insistió, empujando de vuelta, respondiendo a cómo había acabado con la napia así.
—¡No! ¡Los que traímos de casa ya nos los hemos comido!
—Yo podría comerme algo más—dijo tímidamente el golem.
—Lo ve...
—¡No es no! ¡Y para otra vez llame antes de entrar!—zanjó, echando humo por las orejas. Volviendo a deambular de aquí para allá de la preocupación.

No tardaron ni treinta segundos en volver a empujar la puerta.
—¡¿Qué no entiendes de no es no?! —gritó.

La cara mueca de furia se le cambió, pero no mucho. Era Josué
—¡Por fin llegas! ¡Podrías haber llamado de que te ibas a retrasar! —le dijo, tirando de él, casi haciendo que tirase la bolsa de empanadas—. ¿Cómo puedes haberte entretenido en comprar comida? ¡No tenemos ni un segundo que perder! Vamos, vamos, vamos, a cambiarte.¡Jollyne, vamos, hay mucho que hacer!
—Sí, señor.
—Pues si nadie se va a comer estas empanadillitas...—dijo Ora, adueñándoselas, que venían calentitas y todo.

Aunque se las habría comido todas, cada una tenía su nombre en el papel, y la suya era más grande. Qué atento era su compañero, qué agradecido.

Comienza el Torneo. Negro Preámbulo


De cara al público, la signación de los combatientes era aleatoria. Obviamente, de puertas para dentro, todos sabían que aquello estaba más que amañado. Tanto por compatibilidad de tipo de combate como por condición física, asi como para evitar peleas entre las distintas comunidades que se presentaban, la selección era bastante bastante a dedo. Podía haber cierta involucración del azar, pero esta se limitaba solo a cuando no había una clara respuesta. Sin embargo hubo cierta sorpresa cuando Takeo fue seleccionado para luchar contra Mortimer, un espinoso hijo del mar que -por razones obvias- ganaría sin demasiada dificultad.

—Lo han hecho para putearnos —declaró el promotor, furioso al ver que el resto de emparejamientos sí eran justos—. Lo siento, Takeo. ¡Esta se la devolveremos!
—No pasa nada, jefe —dijo, desalentado. El desdén de su gente se lo había ganado él solo.—. Haré lo que pueda.
—Carlos, tú vas contra Vasco, mink mapache feral. Ponte los guantes aislantes.
—Lo conozco, buen tío, una pena que vaya a perder.
—Ora, tú vas contra Blobby el wotan.
—Siempre contra Blobby —se quejó—. He estado entrenando para golpear pequeños, jo. No me voy a poder lucir.
—Hasta que ganes, confío en ti—le dijo, levantando su pequeño pulgar para recibir dos enormes como contestación.
—Josué, tú vas contra Brutus. Hubiera preferido que lo retrasaran, que sería más dramático, pero el tipo te tiene ganas. A saber qué hilos habrá movido esa vieja sirena para tener tanta ventaja de primeras. Es un novato, pero siendo gyojin tiene ventaja aunque no dejen armas—Y el agua contase como una—. Intenta ganarle por desgaste, los focos harán lo suyo.

Era una estrategia arriesgada, a más tiempo pasara luchando contra el hombre pez más posibilidades tenía este de conectar un golpe. En añadido estaba la cuestión del cansancio acumulado. Todos los combates se daban en el mismo día, de manera secuencial -pues solo había una arena-, con lo que cada ronda que pasase los luchadores tenían menos y menos tiempo para descansar. Una lesión a mitad del torneo, pese a la labor del equipo médico, solía determinar el resultado del combate posterior. De hecho, a veces la estrategia de algunos competidores sin escrúpulos era utilizar a sus peores guerreros para lesionar a toda costa a los otros luchadores, nada grave, desde luego, lo suficiente como para asegurar la victoria de su competidor estrella en sus enfrentamientos sin demasiado desgaste.  Sin embargo estos luchadores faltos de ética no solían llegar muy lejos en su carrera, con un poco de suerte eran contratados por criminales y gente amoral que aprovechaba estas actuaciones para ojear a sus futuros esbirros.

El torneo debutó como de costumbre, con un combate para captar la atención del público. En aquella ocasión, optaron por una "Pelea de gatas". El término ya no solo se limitaba a la pelea de dos mujeres, normalmente de buen ver, si no que se aplicaba indiscriminadamente a los luchadores con atractivo, pero peor forma física. Era básicamente un recurso para que los jóvenes y no tan jóvenes aficionados llegasen, vieran lo que que venían a ver y se marchasen. Una forma de reducir la presión de ese falso público que gastaba en merchandaising pero que era cuanto menos problemático de controlar. La victoria se la llevó la rubia Lyzzy Olsen, que derrotó por más bien poco a Sam-Sam Más-Más de los newkama. Un duro golpe para el reducido número de fans no binarios. Más duro aún para los limpiadores de las gradas. Y para Augustus.

—¡Mierda! ¡Había apostado que ganaría! —se quejó, rompiendo los tickets.

—Ya le dije que no apostara—exhaló Jollyne, cansada.
—Tú, que no tienes confianza en las nuevas normativas de género.
—¿Qué cojones tiene eso que ver...? —le espestó—. Es igual.
El pequeño promotor se la quedó mirando. No era propio de ella contestar tan de mala gana sin una buena razón. Quizá debería darle unas pequeñas vacaciones, no pagadas claro está, para que descansase. O quizás se había levantado hoy con el pie izquierdo, o en uno de esos días. La cansada muchacha no tardó en darse cuenta de su error.
—Lo siento, es el estrés acumulado. Ya sabe, los preparativos, los informes, los papeles... Tengo ganas ya de tomarme unas buenas vacaciones.
—Bueno, pero ahora no estamos trabajando, no hay que ponerse así. Tú tan solo disfruta de los combates.

Por supuesto, aquello era una idiotez. Ella siempre estaba trabajando.

La primera Ronda. Rojo de Sangre.

Araora Ora el Golem fue el primero de los tres en combatir. Como siempre, su combate contra el gigantezco hombre pez rosa -que se rumoreaba primo tercero de  Maki-, fue brutal. Un incesante intercambio de golpes hasta que el wotan fue derribado, dejando a su enemigo exhausto y lleno de moretones. Tuvieron que recurrir al hielo de tres puestos de refrigerios para cubrir al semigigante, que yacía tumbado en el área médica parloteando con su competidor sobre lo mucho que ambos habían avanzado.

Carlos también ganó al mapache. El combate fue rápido, aunque no exento de daños. Con el pelo a lo afro, arañazos, marcas de mordiscos y algún que otro tic, había salido bastante bien parado dado lo escurridizo que había sido su rival. No había sido un combate honorable, pero desde luego sí que había sido divertido, tanto para el dúo como para el público.

Pero lo mejor hasta el momento había sido el combate de Mortimer contra Takeo. Pese a la clara desventaja y al sufrimiento de sus presas, el ningyo había prestado una batalla digna de recordar en la que casi había conseguido desmayar a su rival pese a los numerosos cortes y pinchazos de sus espinas. Los hijos del mar rara vez tenían la necesidad de aprender a controlar su respiración, le había sugerido Josué, pero pese al gran consejo el sufrimiento de presionar contra alguien que era como un cactus fue demasiado para el calamar. Acabó también en la enfermería.

La luz roja del preámbulo se encendió. Era el turno de Josué. Se levantó, exhalando, se cerró el bozal y anduvo con las manos en la espalda, tal y como le habían requerido.

—¡En el siguiente encuentro tenemos a dos debutantes!—animó el comentador—.¡En la esquina derecha tenemos a Brutus, un gyojin de ciento cincuenta kilos de puro músculo y dos veinte de altura! ¡Miradlo señores, qué buena pieza! ¡Está fresquísimo!—añadió, improvisando como siempre sobre aquellos luchadores que relegaban de tener una cara pública. No todos podían tener la suerte de ser llevados por un promotor en condiciones—. ¡Y en la esquiiiiiiiiiina derecha tenemos al misterioso luchador conocido como El Buen Esposo! ¡Este combatiente aparecido de la nada lucha por el capricho de su esposa! ¿Pero serán suficientes su metro noventa y sus escasos setenta kilos? ¿Triunfará el amor? ¡A este humilde presentador le gusta pensar que sí! ¡El amor lo puede todo!

El público se reavivó. El jolgorio no había sido tan grande como el primer combate, ni la sorpresa tan grande cuando se enfrentaron los gigantes, pero la diferencia de especie y presencia fue suficiente como para encender los rumores y los espíritus.

Brutus iba descalzo y en calzonas, recién humedecido, todo brillante con su piel plata al brillo de los focos. Se pavoneaba, saludando al publico, presumiendo con poses de sus músculos y su buena forma física. Su adversario no podía haber sido más diferente. Engalonado de pies a cabeza, al cornudo le rodeaba un aura de macabra elegancia. Mocasines brillantes pero raspados, un conjunto de smokin de novio con alguna que otra mancha y remiendo, un bozal de bdsm y un pañuelo de encaje que, tras olerlo, se guardó con cuidado en el bolsillo al lado de su corazón.

—Quiero un combate justo —dijo el calvo árbitro de traje de rayas—. Los golpes al ojo y a la entrepierna están prohibidos. El uso de armas, entre las que se encuentra el agua—recordó—,también. ¿Habéis entendido?
—Pues claro—dijo Brutus, asumiendo su posición, con los brazos abiertos dispuesto para lanzarse tras el aviso.
En cambio el cornudo permaneció en silencio, recto, observando. Cada segundo que estuviese bajo aquella calurosa luz, era un segundo que perdía. Las branquias del cuello de su adversario eran dos líneas rojas y frescas, palpitantes de emocion y furia.
—Muchacho, ¿lo has entendido?
Jojo asintió.

Retrocediendo un par de metros para no entrar en el rango de los luchadores, el árbitro levantó la mano hacia los cielos. En la arena se hizo el silencio. Todos aguantaron la respiración. El pitido y el rápido bajar del brazo marcaron el inicio del combate. Brutus cargó hacia delante.Había deseado tanto que llegase aquel momento. Sin embargo, Jojo había deseado que nada de aquello hubiera pasado.

—¡Me las vas a pagar! —rugió el hombre pez, abriendo sus largos brazos para que no tuviera escapatoria.

Chocaron, los brazos del ser marino enguyendole como una presa. Lo agarró por los costados. Era duro, más duro que un muro, pero acabaría cediendo. Sonrió a sabiendas de que ya no se le escaparía. El cornudo había sido arrastrado, con sus brazos en alto, las manos extendidas, sus codos ligeramente doblados por lo súbito del impacto. El público exclamó, y Augustus lanzó improperios fruto del a frustración. El cornudo había dudado. Ahora solo era cuestión de que el impulso del besugo les tirara al suelo, donde le molería a golpes.

El sonido reverberó en los oídos del público. Fue como una explosión. El eco de un globo en una habitación cerrada. Las dos palmas chasquearon con una fuerza imposible contra la piel del ser marino, ambas propinadas contra sus cuello. Luego Josué simplemente le empujó, zafándose del cuerpo de ojos vueltos que se desplomaba sin fuerza de su figura. Retrocedió unos pasos, dejando al apresurado árbitro acercarse con las manos en alto. El caballero como ausente, se sacudió las manos llenas de sangre. El árbitro hizo sonar el pito.

—¡Equipo médico, aprisa!

El diablo se dio la vuelta y volvió caminando lentamente al infierno del que había salido.
—Mierda—murmuró Augustus, saliendo a correr.
Pocas voces se alzaron entre la multitud, la mayor parte del público aun impactado por el espanto. Un murmullo nació entre el público, nacido desde el corazón. El comentarista escupio su te de nuevo a la taza frunciendo el ceño. No le había dado tiempo a servir su función. Aquello había sido rápido para ser un encuentro entre debutantes.

—¡Eso sí que ha sido rápido! Una victoria cruel y elegante para el Buen Esposo—terminó diciendo mientras el equipo médico llegaba a la escena y la sangre manchaba la arena. Comenzaron a tomarle las constantes vitales y alzaron un pulgar para tranquilizar a la multitud—.  El cuerpo del gyojin se agitó violentamente, y el árbitro se vio obligado a inmobilizarle—. Parece que el hijo del mar aún no está completamente derrotado, pero si vencido—insistió, metiendo el dedo en la herida mientras el equipo médico intentaba parar la hemorragia y el calvo a duras penas aguantaba la furia del hijo del mar—.  La historia de entre estos dos luchadores no ha terminado, pero de momento...—El puñetazo rebentó el cráneo del humano como un melón.

Se hizo el caos. Gritos y llantos del público mientras los del equipo médico eran lanzados y el gyojin se revolvía como un animal colerico en busca de su presa.
—Les ruego mantengan la calma—pidió el comentarista, pulsando el botón rojo.

Los hombres de azul se desplegaron por el complejo con velocidad para asegurar la salvaguarda de los ciudadanos y la no intervención de otros luchadores. No habian sido pocos los competidores provenientes del NEPTUNO los que se habían lanzado a los pasillos para llegar a la arena, pero suyas no eran la responsabilidad de detener al muchacho. La ley no debía ejecutarse por manos de civiles. Segundos antes de que le impidiesen el paso y segundos después de que le gritaran un alto "Alto",  Augustus logró entrar al pequeño receptáculo conocido como el "Preambulo".

La sala era austera y de techos bajos. Solo había un banco y un baño viejo, con un espejo roto sobre el que se reflejaba el reflejo en mil pedazos del cornudo. Había vomitado.
—¡¿Por qué has hecho eso?! ¡Podrías haber ganado de otra forma! ¡No habia necesidad!
Sin girarse, como ausente, el muchacho siguió lavandose las manos y el pañuelo. Cada vez que se enjuagaba volvía a por más jabón. Una y otra vez. Una obsesión que le ocupaba mientras su mente volvía de la misma repetitiva manera a presenciar los actos que acababa de cometer.

La furia del hombrecillo se fue diluyendo, lavándose, al ver que nada de lo que le decía le llegaba al cornudo. Aunque lo que había hecho no estaba prohibido en las normas, se había enemistado con los hijos del mar, y había dificultado toda posibilidad de que llegasen a ofertarle puestos de importancia. ¿Qué pretendía de todo aquello? ¿Quería acabar como un simple matón de tres al cuarto? La milicia llegó a la puerta para tomarles declaración, así como para evitar que los más estúpidos luchadores fueran a cometer actos de venganza. Cuando Augustus se enteró de lo que había pasado, pues había creido que los gritos eran porque había matado al hijo del mar, pareció dar un suspiro de alivio.

—Puede que tengamos suerte, después de todo. Ha sido su culpa, no tuya—dijo, como aún queriendo consolar al cornudo, esperanzado—. Veremos que dicen los jueces...

No era la primera vez que había una muerte fortuita, pero sí la primera vez que el que moría era un civil. Aquello no podía importarle menos a Augustus, siempre y cuando todo saliera bien para él y mal para el NEPTUNO. Tenía a todos engañados, desde los Revolucionarios hasta a sus propios "ahijados". Solo le importaba él mismo. No importaba si aquello antes pasaba por atender a su stock, su negocio o sus relacciones con los demás. Contemplando el embrujo bajo al que muchos habían caído, incluso él, Jojo se ensombreció.

—No te preocupes, Josué. Además, esto nos viene bien. Eres un villano, ¿recuerdas?

Las apariencias engañan. Azul oscuro, casi negro.


Nadie entraría ni saldría del coliseo, pero el show debía continuar. Tras comunicarles a los espectadores que el problema había sido resuelto y haberles mostrado de primera mano la perfecta coordinación de los soldados ocultos - ahora apostados-, se reanudaron los combates. Reforzada la seguridad, el cornudo fue escoltado a punta de rifle hasta llegar a la enfermería, donde con mas subterfugio los de azul siguieron echándole un ojo. Allí quedaban tan solo los heridos de gravedad, los médicos y la seguridad, pues habían obligado a retirarse previo comprobación a todo miembro capaz de los equipos a sus respectivas áreas. Takeo, afectado todavía por el veneno, esperaba parcheado por todas partes a que se agotase el siguiente gotero.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó al muchacho disfrazado—. ¿Estaís todos bien? ¿Y Jollyne?

El cornudo sonrió con los ojos y movió las manos ya impolutas para que se tranquilizase y volviese a sentarse. En teoría todos estaban bien, o, mejor dicho, no había razón para pensar que no lo estuviesen. Sacando el dibujo de su bolsillo se dió dos pequeños toques en el ojo y luego lo señaló.

—¿Qué? —Lo entendio poco después. Sus ojos abriéndose ligeramente en sorpresa. Negó con la cabeza, o más bien la sacudió—. ¿Qué más da eso? Cuéntame qué ha pasado. Han traído a Brutus, vino con los marines y... estaba muy mal. Se lo llevaron al quirófano y todavía no ha salido. ¡Al quirófano, Josué!

El mudo tuvo que poner ambas manos sobre los hombros del ningyo. Ya había habido suficientes gritos aquel día. Tras cambiar su firme agarre a un amistoso apretón, el cornudo se distanció.De nuevo, con un gesto mucho más serio, volvió al retrato. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué tenía que ver con todo aquello? Por fin lo entendió. Era el responsable de aquello. ¿Pero cómo?

—No... No—Ambos tenían el gesto sombrío—. No, no puede ser. Estaba aquí cuando sonaron las alarmas. Parecía un buen tío.

El trajeado movió las manos.
—Solo estuvimos hablando.
"¿De qué?"



Sin escapatoria.

Todas las vías de escape habían sido cerradas. Solo le quedaba pasar desapercibido entre el tumulto, escondido entre los fans -aunque él también lo fuese- hasta que todo pasase. No había razones para asustarse ni sospechar de que él estuviese allí, simplemente había sido un desafortunado incidente. Uno del que no solo teníamos que lamentar la muerte del árbitro, sino también la pérdida de nuevos valientes para la Revolución. De momento solo había hablado con una persona cuya convicción había brillado por encima de todo, y, pese a todo, al final del torneo podría simplemente ponerse buscar al resto. Aquello era más una inconveniencia en lo que consideraba ya una tradición.

—¿Quieres uno? Creo que he comprado demasiados—le dijo la belleza a su lado, una punky de estética alternativa que se había quedado en contra de los que se habían marchado tras el primer combate. Algo verdaderamente punky.
—Oh, claro...—contestó él, viendo que ya había repartido otro a más compañeros de grada.

¿Dónde vendían empanadas? Seguramnete las había traido de fuera en contra de las normas del torneo, algo totalmente apropiado. Estaban buenas a pesar de estar frías, por lo que calientes debían estar doblemente buenas. La chica había entablado conversación con el grupo, con algunos más que con otros, en un vano intento por tranquilizar el nerviosismo de todo lo que habían vivido. A nadie le gustaban los marines, mucho menos los marines armados.

Uno y otro se fueron presentando mientras charlaban cordialmente, y lentamente llegó su turno.
—Kent Kentucky, recién fan —mintió,  excusando la falta de pinturas y merchandaising. Era fan del torneo, no de aquella belleza torpe.

Pronto se encontró charlando cordialmente, comentando qué expectativas tenían para el torneo, quiénes tenían las de ganar y qué pena que los perdedores no tenían la oportunidad de brillar de nuevo.
—Deberían permitir a los que pudieran luchar que se enfrentasen quizás en una clasificación aparte. O bien que actuase todo como un sistema de puntos. No importa siempre ganar—dijo, con absoluta sinceridad.
Muchos estaban de acuerdo. Sin embargo, había una disidente.
—La gloria es para los vencedores, no para los vencidos—justificó Jollyne, yendo a contracorriente—. ¿Por qué íbamos a querer ver a los perdedores?
—¿Perdedores? —aquello le ofendió—. La perseverancia es tan o más importante como las habilidades. La lucha es importante, pero seguir dando guerra lo es aún más.

Aquello escaló en una acalorada discusión hasta que el ruido del altavoz resonó en cada oído. Un chirrido nada profesional.
—Ups, disculpen por eso —dijo el comentarista y luego se aclaró la garganta—. Los jueces han dictaminado que El Buen Esposo ha ganado la ronda anterior, aunque nuestros amigos de azul marino no le quitarán el ojo de encima... En cinco minutos continuaremos con el resto de los combates de la ronda.

"Kent Kentucky" arrugó el ceño, pero su pensamiento fue sacudido con la misma intensidad con la que le sacudieron el brazo.
—Vamos Kent, que te ha tocado. Tenemos cinco minutos, Kent, suficiente para ir a por bebidas —le dijo, forzándolo a ponerse de pie para acompañarlos—. Son seis de uva, cuatro cervezas sin y dos con. Venga, vamos, que no voy a tener manos suficientes—continuó, arrastrándole por inercia.




Preámbulo de la Segunda Ronda. Beige





Araora Ora yacía tumbado en su cubil. Afortunadamente no estaba solo, porque aquello le hubiera traído muy malos recuerdos. Acompañado de Carlos, que seguía en su monólogo de lo injusto que era que tuviesen a Josué como un preso, podía olivdarse de todo aquello para centrarse en el presente. El buen presente. Había estado dándole vueltas a todo aquello, apenas interrumpido por la necesidad de tocarse los moratones y acompañar aquello con un "Au".

—¿No deberías prepararte para tu segundo combate?—preguntó el golem, con preocupación.
—Voy contra un ningyo grandote que va con sumo, asi que el entrenamiento que tuvimos irá perfecto.
—No todos los grandotes somos iguales, ¿sabes? No deberías confiarte.
—Mientras me mantenga fuera de su área de acción y le propine golpes, todo irá como la seda. Está tocado de su combate anterior, y yo esto-to-toy bien.
Uno podría haberse guarecido de la lluvia en el ceño fruncido de Araora. El gigante suspiró, cansado.
—Hay algo que no me gusta de todo esto...—rumió, rascándose los moratones—. Es como un mal presentimiento.
Aunque pareciese tonto, o al menos mucha gente lo tomase como tal, Carlos había aprendido que la intuición del grandullón era extremadamente poderosa. Con cierta preocupación, se inclinó hacia un lado para hablar cara a cara con su buen amigo.

—¿Por qué lo dices?
—No se, es una sensación rara.
—Ya, pero será por algo.
—Es... una sensación en el estómago.
—¿Te has comido una orden? —preguntó—. Mira que con tu letra a lo mejor te está dando puñetas tu fruta a lo: ¿Qué pone aquí? No entiendo.
—Si bueno. De esforzarme.  —comentó—. Y que sepas que he estado practicando para escribir mejor. Se leía bien.
—¿Seguro? Esforzarse va sin H, para que lo sepas.
Haciendo un mohín se cruzó de brazos.
—Ya lo sé. No soy tonto. He tenido que aprender de adulto a escribir y no de pequeño.
—No he dicho que seas tonto. Era por asegurarme...—comentó, algo arrepentido. Había aprendido a palazos que era un bocazas—. Lo siento si ha parecido eso—dijo, de manera ensayada pero sincera—. A ver, pensemos... ¿Qué hay raro o malrollesco?
—Josué.
—Sí, está demasiado metido en el papel. Parece otro. Cuando vi lo que le hizo a Brutus... Ese viejo le ha entrenado demasiado bien.
—¿Lo viste?
—Salí antes que tú de la enfermería, ¿recuerdas? Fue brutal, de un solo golpe. Y se retiró como si tal cosa, como si dejase allí una mierda. Coño, me dio odio por un momento.
—¿Crees que ha cambiado? —preguntó, una siniestra nostalgia en su voz.
—¿Qué? No... No. Pero habiendo entrenado con ese viejo gilipollas tanto tiempo le habrá hecho llegar al límite. A Brutus le ha tocado pagar el pato... aunque no es que no se lo tuviese merecido...


Última edición por Hush el Miér 2 Nov 2022 - 22:36, editado 1 vez
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El poder del amor [Jojo TS Parte 1] [En construccion] Empty Re: El poder del amor [Jojo TS Parte 1] [En construccion] {Miér 2 Nov 2022 - 19:37}

Segunda Ronda. Blanco desgastado

Carlos no perdió, pero por poco. Consiguió noquear a su rival de un derechazo pero no sin que el agarre del luchador le jodiese las lumbares. No podía tenerse derecho, no sin dolor. Descansaba de lado, con una horrible ciática para la que le habían dado unos calmantes y un par de ungüentos. Araora Ora ganó de nuevo tras enfrentarse contra un humano karateka que poco pudo hacer ante la abismal diferencia de peso. La mayoría de luchadores diseñaban sus técnicas para enfrentarse contra objetivos de su mismo tamaño, no para tallas muy diferentes a la suya. Desgraciadamente, tras un par de golpes en las piernas, El Golem se vio obligado a demostrar por qué le llamaban así, quitándole el dramático giro que Augustus tenía pensado para la tercera. Eventualmente, le llegó el turno de Josué.

Llegó a la arena entre abucheos y pitidos. Una desmoralizante cacofonía que se había convertido en su banda sonora. Sin embargo, la mujer ante él fue admirada con vítores y prendas al viento. Estaba fatal, pero ahí estaba, yendo hacia delante tras haber ganado el primer combate, dispuesta a dar lo mejor de sí en el segundo. Tenía muy claro que no iba a ganar, pero probarse a sí misma le era suficiente.  Lyzzy Olsen tenía un brillante futuro, pasase lo que pasase. Sin embargo el cornudo se había condenado a los infiernos.

—La angélica Lizzy Olsen se enfrenta al despiadado Buen Esposo. Desde luego no tienen que preguntarle a este presentador con quién va, soy un Lizzymaníaco de pies a cabeza —como para no serlo, los fans de la misma habían pagado su sueldo—. ¡Recordad, el amor gana siempre! ¡El amor que demostráis a vuestra luchadora favorita al adquirir su merchandaising oficial. ¡Recordad, además de apoyarla, un diez porciento de las ventas van para las familias más desfavorecidas!

El enmascarado ya no estaba ausente. Observaba la vapuleada belleza de la mujer con cautela. Ella se había tapado los moratones con maquillaje, algo que había aprendido a hacer desde demasiado joven. Aquello era importante para ella, esencial. Había llegado lejos, pero ambos sabían que aquello terminaba ahí.

—No quiero golpes sucios —insistió la nueva árbitro mirando directamente al diablo—. Nada de armas, golpes al ojo, entrepierna ni nada, absolutamente nada reprochable. ¿Estamos?
—Entendido—contestó Lizzy, levantando ambos puños y encogiendo el cuello, presa aún del recuerdo.
El muchacho asintió.

Tras alejarse un par de pasos, sin quitarle la vista de encima al cornudo, se dio la señal.

Sin embargo parecía que el combate no comenzaba. Ambos contendientes uno frente al otro, separados por un par de metros de distancia. Ambos esperando a que el otro tomase la iniciativa. Lizzy estaba nerviosa, pero lo había estado desde el primer momento en que aprendió a levantar una mano para defenderse. Los ojos del hombre frente a él estaban posados en los suyos, su rostro medio cubierto paralizado en una máscara de fría expectación.

—¡Allá voy! ¡Prepárate! —chilló, aunque más bien hablaba consigo misma. El público, en silencio expectante, gritó de júbilo al verla lanzarse.—. Toma esto esto y esto.

El triunvirato de puñetazos fue lanzado con una torpeza sin igual. Ella no era una luchadora, solo alguien que quería serlo. Retrocediendo con tres movimientos en sincronía, el cornudo continuó manteniendo la misma distancia entre ambos. Se la quedó mirando, y lentamente colocó con formalidad las manos a su espalda.

—¡Vaya! ¡Qué crueldad! ¡El Buen Esposo se ha guardado las manos a la espalda! ¡Como diciendo, esto puedo ganarlo sin usar las manos!

Más abucheos. Voló algún zapato antes de que el personal pudiera evitarlo.

—¡No puedes huir siempre! —le gritó, dejando que la deferencia que le mostraba se transformase en rabia—. ¡Venceré!

El público la amaba. Todos lo hacían. Como para no hacerlo. Había tenido una vida dura, desdichada, y era hermosa. De no haberlo sido, probablemente no estaría allí; pero también de no haberlo sido probablemente hubiera sido menos desdichada. Una historia vieja y cliché, pero no falta de verdad. El villano al que se enfrentaba la rehuía, y eso le hizo sentir un calor en su corazón. ¡Era fuerte! ¡Era una luchadora! ¡Iba a vencer! Aquellas cosas que se debía repetir tantas veces como las que se había repetido que las cosas mejorarían, por fin podía creerlas. Sin duda, pese a sus paupérrimas habilidades, su espíritu era encomiable.

Sin embargo, todo cansa. Al cabo de más de veinte minutos de aquel repetitivo baile, ni el público ni ella tenían ganas de seguir, por mucho de que el comentarista insistiese. Todo tenía un límite. Todo. Empapada en sudor tras tanta carrera, Lizzy jadeaba apoyada sobre sus rodillas, tomándose un muy necesitado respiro. Le dolía todo de su combate anterior, pero podría continuar todavía un poco más. Un poco más, se dijo. Aguanta un poco más. ¿Cuántas veces se había dicho aquello? ¿Cuántas veces habría tenido que hacerlo si no la hubiesen sacado del lupanar? Tomó aire y se reincorporó.

Lo hizo para ver cómo su adversario ya ni la miraba. Simplemente miraba hacia la izquierda, más ocupado en sus propios asuntos que en el combate que tomaba parte.
—¡Aún sigo en pie! ¡Y tú vas a caer! —La miró—. ¿Te enter...as?—exhaló, la voz entrecortada a causa del cansancio y del paso del cornudo.

El diablo dio otro paso. Pareció ser más grande de lo que era. En aquel momento Lizzy entendió que aquello terminaba allí. El brazo extendido hacia los cielos, la palma desnuda, todo dispuesto para una bofetada. La habían abofeteado muchas veces, muy fuerte. No tenía miedo. Sin embargo, se encogió, presa de un instinto más fuerte que su voluntad por seguir adelante. No supo porqué no la sobrevino el dolor. No supo qué demonios hacía aquel papel allí,  entre los dedos de la palma extendida. Con cuidado, y algo de miedo por si todo aquello era una trampa, cogió la nota y retrocedió para leerla.

—...es una broma, ¿no?

Josué negó.

—Esperate un momento. Bueno, sepárate un poco... más, más... más....—Y así hasta unos diez metros—. Ahí está bien.

Tras llamar a la árbitro, mientras todo el público se inclinaba hacia la arena para ver que estaban cuchicheando, el comentarista intervino tras ser informado.

—Parece ser que hay algún tipo de problema en el combate. Ahá... Ahum... ¡¿Qué?! ¡No puede ser!
—¡¿Pero qué es?!
—¡Ay, cuéntanos pendejo!
—¡Vaya comentarista!
—¡Parece ser que El Buen Esposo no tiene permiso para tocar a otras mujeres! ¡Ah, el amor! ¡Tenemos que reconocer que hay algo digno de admirar en este trajeado sin escrúpulos! ¡Supongo que eso deja claro quién ha ganado el combate! ¡La ganadora es...!

—¡Que me rindo! —repitió Lizzy, ahora gritando, sombría, para que todos lo escucharan.—...me rindo.—repitió, aclarando por tercera vez lo que ya había dicho.

En teoría, Josué no había dicho que abandonaba el combate, por implícito que ello estuviese. Así pues, la victoria se le adjudicó mientras todos lamentaban y admiraban la determinación de la joven. Ella quería ganar de verdad, superar un reto, no ser tratada con aquella deferencia. Aunque, en secreto, se alegraba de no tener que enfrentarse a aquel monstruo sin corazón.

Las cosas no habían salido como tenía planeadas, pero Augustus felicitó a Josué por ir más allá de sus directrices. Fue perfecto. Aunque quizá podría haberlo alargado menos. Una pausa era pausa cuando era corta y daba un respiro, pero media hora había sido demasiado. Se había pasado. Pero bueno, ya le enseñaría algún que otro truco para mantener la atención del público entre tanto. Con solo tres rondas por delante era incluso probable de que ganara dado su estado impoluto e indemne. Aquello significaría una enorme publicidad para el  club, así como la primera vez que el apostar por sus propios luchadores con más odds en contra le saliese tan sumamente rentable. Al cálculo le salía casi más de dos millones. Ya pensaba en qué se los estaba gastando.

—Hablaré con Ora. Lo entenderá. Dos millones y medio es mucho mejor que un cuarto. Puede que nos digan algo si nos pillan, pero ¿quién se va a dar cuenta? Además, podemos pactarlo y ya está. ¡O hacer una coreografía!—dijo, salivando con anticipación. Se marchó por la puerta sin contestación -aunque no es que pudiera haberla habido- a buscar al grandullón.

Josué apretó los labios bajo la máscara. El enano no se había dado cuenta de nada, demasiado perdido en sus fantasías como para ver los detalles de la realidad. Al cabo de un momento Jollyne entró, aunque ya no era Jollyne. No del todo, aunque tuviese su aspecto y aún conservase algún manerismo al andar demasiado anclado en la práctica diaria.

—Las cosas no han salido como esperábamos.
Jojo frunció el ceño, apretando las manos. ¿Todo lo que había hecho había sido para nada?
—No, eso no. Eso ha ido bien. Solo lo de la zoan mitológica. No has perdido, y, francamente, no voy a pasar ni un minuto más del necesario. Seis años infiltrada han sido suficientes. Quiero quitarme esto de encima, y no me refiero solo a los repugnantes tatuajes...
El agente Hush contempló en silencio a la agente Golden Cuckoo.
—Sin mi ayuda no vas a aguantar mucho—dijo, recordándo como tuvo que romperse el pie para que no tirase todo por tierra—, pero tampoco tardarán demasiado en meteros a todos en la cárcel por asociarios con revolucionarios. Es una cárcel de la marina, así que mientras no hagas nada estúpido todo irá bien.
Jojo se golpeó la muñeca con los dedos. Tiempo. Pero no, no se refería a que tenía poco tiempo para irse. La mujer sonrió, aquella horrible y malvada sonrisa que por fin podía mostrar de verdad.

—Si yo he gastado seis años de mi vida en esta operación, creo que tú podrás aguantar al menos un par, ¿no te parece?
El mudo miró al vacío. Poco a poco se llevó las manos a la cabeza, agarrándose los cuernos.
—¿Por qué te pones triste? Todo ha salido como querías. Sin muertos, sin dramas, sin violencia... Sólo es tiempo.

Aquello lo dijo alguien que nunca, jamás, había tenido una verdadera familia. Lo dijo alguien que quería medir cuánto de verdad tenía la actuación del mimo. Alguien expectante a que cometiera un error para entregarlo en bandeja a la justicia absoluta.

Tercera Ronda. Amarillo Dorado

Cada vez los tiempos se reducían más y más, añadiendo a los participantes no solo el peso de sus heridas sino también de un descanso insuficiente. El público, por supuesto, ya tenía sus favoritos. Quedaban pues, solo miembros en el elenco, tres de los cuales pertenecían al BARBELL. Los otros cinco eran cuanto menos interesantes.

En primer lugar teníamos a Jirou Freeman, un semi-gyojin, se rumoreaba de pez manteca, gordo como él solo, un rikishi de dos metros cincuenta que quedaba ya como único representante de la escuela de sumo "Pandaemon". Había sufrido golpes y laceraciones durante sus combates, pero nada que un par de remiendos de ultima hora y una par de parches no pudieran remediar. Había ganado rápido, una vez con un poderoso tsupari que conectó cuatro de las cinco palmadas y otra vez con un lanzamiento clásico.

También estaba Julianna Frederich "Luckfeet" una mink liebre, que no coneja, de rostro diabólico y ojos tan grandes que daba grima. Aprovechaba bien su ascendencia para dar patadas, pero en el último combate había demostrado desembolverse bien usando sus brazos. Tenía la pierna izquierda lastimada, pero nada que no pudiese compensar con el uso de su electro para potenciar sus golpes.


Proveniente de los mares del norte teníamos a los gemelos Kinkadú y Dunkadín, dos bajos y peludos hombres  de la tribu recia llenos de tatuajes tribales y con muy mala leche. De hecho Kinkadú, aunque algunos creían que eran Dunkadín, había mordido a su adversario en su segundo combate, ganándolo pese a haber recibido luego un feo golpe en la mandíbula que tuvieron que vendarle. Dunkadin, o quizás era Kinkadú, no habia recurrido a aquello, sin embargo tenía los dedos de una mano rotas fruto del encontronazo con uno de esos hombres sin escrúpulos, aunque en dicho caso fue una mujer, que ingresaban en los torneos solo para putear.

Por último teníamos al último integrante de la empresa de productos faciales "PP-Potitos Patucara", Geraldine -nunca Gerald- LeBrioche, un esbelto okama de briosos movimientos de ballet que se ajustaba a las formas y estilos clásicos del kempo originario de la isla rosa. Estaba hecho un show-person, y con solo un par de costillas rotas y un pie algo lastimado, seguía retrasmitiendo su show televisivo "Brillante Geraldine" desde los cubículos que había ya adecuado a su estilo para no tener de fondo un angosto cuchitril.

A Jojo le tocó enfrentarse contra Knockout. Antes de salir de su cubil, el mudo se puso la máscara, estaba cansado de todo aquello. Escapaba de su comprensión cómo alguien podía haberse pasado seis años siendo alguien que no era. Incluso a pesar de su condicionamiento, él seguia necesitando momentos de paz para ser quien realmente era, o al menos para recordarlo.

Algo perdido en si mismo, El Buen Esposo no escuchó los gritos del público ni las palabras del gafotas del árbitro. Solo reaccionó al ver la mano extendida del moreno en calzonas.
—Tengamos un buen combate—le dijo, sacándole de su ensoñación.

Había una razón por la que Augustus Blooch no mentó siquiera a Carlos en su triquiñuela de ganar dinero. Él era un verdadero guerrero, de pies a cabeza, y no podía comprársele. Lucharia con todo lo que tenía, pues su honor no le permitía hacerlo de otra forma. Para que aquel fuera un combate justo tenía que hacerle volver a su amigo a pisar la tierra, sin preocuparle el hecho de que su amistad pudiera dañarse como iban a hacerlo sus cuerpos.

—Se estrechan la mano, señores. Queda demostrado que pese a sus pintas Knockout es también un completo caballero.
—¡¿Cómo que pese a sus pintas?!  —chilló el brazos largos, agitando su puño libre en dirección a la lejana ventana donde se escondía aquel payaso. Luego volvió el rostro al mudo y le susurró—. No puedo esperar a ver lo que has aprendido.

Lo que había aprendido... Desde luego Jojo había aprendido muchas cosas, y Josué otras tantas.



Lo que había aprendido. De luces y sombras


El ser humano promedio tiene doscientos seis huesos. Doscientos seis huesos soportados por entre seiscientos cincuenta y ochocientos cuarenta músculos. Algunos voluntarios y otros involuntarios. Además, cada relacción entre estos está mediada por un sin fin de ligamentos, tendones, nervios y un innumerable tejidos de sosten. Podría escribirse para cada zona del cuerpo un grueso atlas, eso si solo nos limitásemos a las formas más comunes por media estadística. Teniendo en cuenta el inumerable número de razas y especies, intentar llegar a comprenderlo todo simplemente podría limitarse a ciertos preceptos básicos. A ese concepto tan claro y a la vez tan complejo Jojo lo denominó: La maldición de la forma.

Por poner un ejemplo claro, los ojos de cualquier criatura, al menos en la parte común, deben ser blandos. Esto es así porque deben ajustarse a su función y porque provinenen de un patron evolutivo que, aunque pudiera ser diferente en origen, ha buscado cumplir el mismo objetivo. Los ojos de todas las criaturas son frágiles, e incluso los de los animales abisales, aunque más duros en comparación a otros, siguen siendo particularmente débiles si lo comparamos con el resto de su propia anatomía. Esto es una verdad y un hecho.

De la misma manera, una extremidad, por larga o intrincada que sea, depende de unas características dependiente a su movimiento. La adición de una articulación en un punto nuevo requiere de músculos accesorios, tendones y nervios que, aunque adaptados a una nueva forma, se ven obligados a seguir las mismas reglas, solo que ajustadas a su particular diseño. De esta manera, tener dos codos, aunque promueve un abanico de movimientos más amplios que solo uno, sigue limitado.

Un caso especial lo constituyen los tentáculos, que dada su particular anatomía ofrecen a su dueño un rango todavía más amplio de movimientos. Sin embargo, a diferencia de un líquido, estas extremidades también están limitadas -aunque para el ojo común no lo parezcan. Si intentamos dibujar un tentáculo, pensaremos en trazar una línea curva, luego otra, y luego cerrarlo. Si alguien que sabe dibujar, y por ende, sabe anatomía, intenta dibujar un tentáculo, lo dibujará siguiendo las mismas reglas que sigue para la anatomía del cuerpo humano. Primero trazará los huesos, en este caso inexistente, o más bien correspondientes al nucleo neuronal, y luego trazará cada músculo, que en estos se resumen a anillos concéntricos desde la punta hasta la base, donde se anclan y distienden de forma más alargada.

Una cuestión aparte, y de tremenda importancia, es el tamaño. Algo que el cornudo había aprendido previamente de una macabra obra literaria en forma de ensayo que, parafraseando, decía algo así:

"Si tomamos un ratón y lo lanzamos desde el segundo piso, caerá y saldrá ileso. En cambio si tomamos un perro y lo defenestramos, mínimo se romperá una pata. Si en cambio lanzamos un caballo, explotará en su impacto contra el suelo y deberemos limpiar toda la plaza. "

El aumento de tamaño conlleva consigo ciertas problemáticas no solo de gestión de calor corporal y suministro de nutrientes -al cual referenciaremos más tarde- sino simple y pura mecánica. Los reyes marinos en su mayoría fallecen al quedar varados porque es el agua quien sostiene su peso, y sin ella sus órganos quedan aplastados y mueren. Por eso, para que algo en tierra llegue a tamaños anormalmente grandes, necesita aumentar su fuerza y su resistencia exponencialmente. Esto, además, no es el único problema, ya que aparte necesitan no solo un mayor volumen sanguíneo, sino una concentración y presión suficientes como para llegar a cada célula de su sistema. Particularmente, en la respiración, ello conlleva un especial problema. De hecho, se rumorea que si Elbaf no estuviera tan alto, y la concentración de oxígeno no fuera menor, los gigantes no habrían sido tan altos al no haber necesidad para sus pulmones de ser mucho más efectivos. Por ello, la condición de ser fumador es inmensamente grave en el caso de los semigigantes, y la aplicación de los medicamentos nebulizados debe ajustarse -reduciéndola- de manera acorde.

En cuanto a lo que las tribus mink se refiere, la única desviación , una particularmente peligrosa, -además de las apropiadas por tipo de ascendencia animal- es el electro. La potencia del electro es proporcional al entrenamiento de músculos subdermicos especiales y la carga estática proporcional a la cantidad de pelo. Así, los Minks con quemaduras de segundo a tercer grado carecen de la capacidad de usar el "Electro" en dichas áreas; pero la diferencia de potencial no parece repercutir en sus cuerpos. La falta de contacto y conocimientos en el área,  desgraciadamente, le impidió ahondar más sin la supervisión de un ingeniero.

En lo que se atañe a los hijos del mar, gyojin y ningyos, dada la inmensa variabilidad de los mismos, simplemente destacó la conocida dependencia del líquido elemento. La piel de los mismos absorbe de manera más rápida la humedad, por lo que la administración de cualquier tópico debía de hacerse con cuidado. Asimismo, las branquias son zonas tremendamente delicadas y vasculadas. Algunas de estas son externas -y por lo tanto visibles-, aunque había casos con placas que las cerraban, y otras eran internas e incluso fusionadas con el propio pulmón.

Toda aquella investigación, sin embargo, no era por lo que estaba allí. Simplemente fue algo fortuito, algo en lo que podía concentrarse para excusar su verdadero propósito.

Una vez conoció los preceptos de las técnicas del judoka, qué más bien era practicante de aikido, Josué solo necesitó practicar. Lo hacía con y sin la supervisión de su maestro. En la verdad y la ficción. Sin limitarse a los momentos en los que su cuerpo podía moverse acorde a los pasos que debía realizar, sino yendo más allá, llevándolo al campo de lo irreal. La imaginación.

Todo él había estado encerrado en aquel ensueño -o aquella pesadilla- desde el primer momento. Todo para cumplir la misión. Su misión. Una para la que tuvo que prepararse rompíendose cada hueso.

Primero lo hicieron con máquinas. Golpes precisos en los puntos de ruptura expuestos. Uno y luego otro. Narcóticos y medicinas para cerrar aquellas heridas de forma acelerada. No era el primero que se sometía a todo aquello, ni sería el ultimo. Romper la estructura ósea de los agentes para cambiar sus rasgos era una práctica cuanto menos habitual en el cuerpo. Los disfraces eran ilimitados, sí, pero pocos eran capaces de usarlos de manera acorde. La clave era cambiar la carne -y los huesos que la soportaban- para convertirlos en verdad en otras personas. La identidad propia era de los mayores sacrificios que podía hacer un Cipher Pol, aunque esta pudiera recuperarse gracias a las mismas artes con las que le forjaban una nueva. Eso, claro está, si sobrevivían a su infiltración.

Luego estaba el condicionamiento psicológico. Hacer que respondas a un nuevo nombre con naturalidad requiere de talento. En aquel caso, para aquel personaje hecho a medida, se hizo a base de miedo. Cada ataque era lanzado con la misma advertencia,  obligándole a girarse rápidamente y prestar atención como un perro asustado. Flechas, shigans, chapas, piedras, látigos, bofetadas. Fuese lo que fuese nunca estaba a salvo. Algo muy apropiado para un esclavo.

Sin embargo, por dura que fuese la tortura tanto física como psicológica, el punto de ruptura parecía escaparse siempre a los sádicos a sueldo del gobierno. La acariciaban muy de vez en cuando, pero no lo sobrepasaban.
—Deberíamos utilizar a terceros. Ya sabes, pillar unos cuantos esclavos, hacer que se hagan sus amigos y luego bam, matarles.
—Cliché. Siempre con los clichés.
—O a algun familiar suyo. Estos monstruos no deberian ser considerados humanos.
—¿Queréis que siga en el gobierno, o pretendéis que nos traicione en mitad de la infiltración? Mira que sóis estúpidos.
La cabeza izquierda del Cancerbero era la más inteligente de todas. Sin embargo seguía odiando no tener el protagonismo de la central.
—Repite eso, que te rebiento.
La cabeza derecha siempre quería sangre, sin razón ni crueldad.
—Calláos los dos —les dio dos pellizcos en las mejillas—. Pero tiene razón.
La del centro era cruel y justa, pero cruel.
—Recordad que necesitamos que sea funcional desde el primer momento. Que haya sombra de trauma, pero no le domine.
—Mira esa sonrisa de estúpido. Deberíamos sacarle los dientes uno a uno. Y luego ponérselos en diferente orden.
—Que mantenga la esperanza a estas alturas es muy inusual. Y prometedor. Pero según su informe no sería raro que acabe uniéndose a los "buenos".
Esta vez les tiró de las orejas.
—Este encargo será hecho según las indicaciones. Sin torturas innecesarias. Y sin aprovechar potenciales hipotéticos. Al lío.

Cuando todo acabó, a Jojo se le aplicó una evaluación psicológica. Lo querían con grietas, algo roto, pero no hecho pedazos. Un esclavo recién salvado por la revolución debía estar  alegre de su nueva vida -o más bien del fin de la anterior- pero todavía reticente a aceptar la nueva situación. Aunque daba el pego, había demasiada luz en aquellos ojos que hacía unas semanas estaban hundidos en el dolor.

—Agente Hush, ya casi hemos terminado la evaluación. Sin embargo hubo una cierta anormalidad en su condicionamiento. Josué...—el hombre ante él se agachó, buscando la amenaza en el psicólogo que anotó otro punto a favor—. Bien. Según el informe sonrió usted de más... incluso se rió de manera afona. ¿Podría decirme por qué?
El muchacho se inclinó sobre la mesa en la que estaba atado y comenzó a escribir con el lápiz de cera. Todas las precauciones eran pocas hasta que se evaluase el estado psicológico del sujeto, por mucho que pareciese no ser violento. Las apariencias, y eso lo sabían bien allí, engañaban. Con esfuerzo y sufrimiento fue escribiendo y continuó hasta que casi ocupó toda la pequeña hoja. Pese al dolor, sonrió aún más. Verdaderamente feliz y esperanzado. De no ser por su exquisita profesionalidad, el elenco ante él hubiera sentido pena.

El guardia tomó la hoja sin leerla y, tras los chequeos necesarios, la pasó al grupo de evaluación.

Aquel papel provocó varias discusiones y revolvió estómagos. Le sacaron de allí mientras tomaban su verdicto.
A la dificultad de aquel caso se le añadía el problema de que entre las filas del gobierno se podían contar con los dedos de la mano los abhumanos presentes. No solo estaba entre los tres únicos candidatos, sino que los detalles de la misión le estaba denostando como el candidato ideal. Sin embargo más de uno en la reunión se sintió enfermo. Eran personas inteligentes, sentidas, atrapadas en una máquina burocrática que les había hecho olvidar ser humanos. Y aquel bastardo con cuernos, aquel demonio, había demostrado más humanidad que todos ellos. No fueron pocos los que pidieron amnésicos de clase II para olvidar aquello para darle una acostumbrada paz a sus mentes.

Solo pensaba en el futuro. Cuando estemos todos juntos y unidos, el Semei Kikkan podrá poner fin a toda enfermedad humana.

No más lesiones medulares que te vuelvan presa de tu cuerpo. No más cáncer que ponga una fecha límite a tu sonrisa. No más pinchazos de insulina, ni fármacos contra la alergia, ni ninguna incomodidad que nos vuelva desiguales. Nada. Solo el peso de la voluntad humana abriéndose paso para conseguir que todos estemos bien. Que avancemos.  Un paraíso en el que los médicos no hagan tanta falta porque no exista la necesidad de ellos. Una idea que le traía una inconmesurable paz a la que se aferraba para escapar del sufrimiento. Una en la que depositaba toda su esperanza, pese a lo fácil que era ver que la horrible especie humana encontraría la forma para estropear el idilio.

Este lejano propósito, este sueño absurdo, empujó a Jojo seguir adelante durante su infiltración. Cada instante que estaba solo, descansando, invertía su conocimiento en mejorar su cuerpo. Se concentraba en sus nuevos y frágiles huesos, en cada uno de ellos, impulsando a través de su sistema los nutrientes proveniente de la leche de vaca marina para reforzarlos,  aprovechando cada molécula de energía para hacer de aquel su nuevo cuerpo un nuevo templo. Había tenido que volver a aprender a caminar, a moverse, a escribir y pintar. Todo producto del daño y la reforma a la que se había ido habituando y haciendo propios. Había tenido que aprender a ser otro, a luchar en su nueva carcasa de carne y hueso. Había tenido que aprender a reconocer su nueva forma en el espejo del baño como propia, y no como un extraño. Aquello, probablemente, fue lo más difícil. Había cierta pena en el cuerpo demacrado, una que no se iba por mucho que amoldase sus músculos para que adquisiesen un mejor tono. Mas ello, lejos de derrumbarle, solo le hizo sentir una nueva compasión por los que estaban atrapados en sus propias prisiones de carne. Dios les daba alma, y sus padres, los de todos, no tenían culpa de los cuerpos que les habían dado. No siempre, al menos.

Cuando se fue habituando y fue aprendiendo, tuvo que aprender todavía más. Aprendió a ser quien no era. Aprendió que todos tenían un pasado. Que las atrocidades que se cometían en nombre del Gobierno rara vez tenían límites. Que la gente, pese a lo extraño de sus formas, en su mayoría seguían siendo personas. Y tras aprender de ellos todo lo que podía, llegó el momento de aprender de otro. Del gran Kyuzo Kano.


Las técnicas de aquel viejo revolucionario eran simples, pero su simpleza no las hacía ni menos poderosas ni más fáciles de aprender. Como todo, y eso lo sabía muy bien, requerían de sacrificios. Cortes en las manos, dolor en los dedos, fatiga articular, una tortura que no hubiera aguantado de no haber sufrido tantas otras, de no haber aprendido a regenerar lo imposible gracias a su metabolismo controlado. Y habían quedado muchas mas sin conocer, solo mostrar, que ahora yacían enterradas con el anciano.

Los agentes salieron de todas partes, de cada arbol y bajo cada roca. Salieron del mar, de la ciudad y del campo. Todo para enfrentar a un hombre borracho y envenenado que había tenido que ir a mear y que aun con las ropas en el suelo podría haberles derrotado. De habérseles acercado, los habría machacado. Le hicieron frente con balas, flechas, shurikens, piedras, un sin fin de proyectiles que eventualmente pasaron a través de su defensa. Entre todo aquello se quedó mirando al muchacho con odio. El odio de ser verdaderamente traicionado.

Mas no quedaba otra. Kyuzo Kano había matado, herido, mutilado y cometido imnumerables crímenes. Y el que había sido cometido allí lo había confesado. Había confesado que aquel torneo era una forma de hacer que los esclavos liberados en las tierras de La Liga del Mar volviesen bajo el control de la Revolución. Que lo usaban para reclutar soldados. Soldados contra una causa justa, en cierta medida, pero soldados al fin y al cabo. La Marina, por permisiva que fuese, no podía dejar pasar aquello de largo.

Una operación conjunta, en secreto, en la que los agentes del gobierno tiraban de los hilos para mostrarle la verdad a una facción que se había negado a verla. Que les había negado a ellos. Pero por muchas ovejas negras que hubiera allí, era deber del pastor mostrarles el camino de nuevo al redil. Y si entre tanto podían sembrar algo de disonancia, ¿por qué no? La imagen pública de los hijos del mar necesitaba un golpe de vez en cuando. Aunque Jojo no aprobaba aquello, no del todo, tampoco era consciente de aquella trama oculta. Debía saber lo justo para cumplir su función.

La semana siguiente la pasó entrenando solo. Repitiendo una y otra vez los movimientos que habría sufrido en sus carnes y habían quedado grabados en el recuerdo. Parte de Kyuzo Kano se había quedado en él. Y de la misma manera había atesorado partes de cada una de las personas que había encontrado a lo largo de su vida. Momentos, gestos, experiencias, frases. A veces deseaba poder haber guardado más, especialmente de algunos, y haber tenido más memorias que rememorar con añoranza. Eventualmente, todos se marchaban. Llegado el momento él mismo lo haría.

Por eso tenía que esforzarse. Por todos los que ya no estaban. Por los que se quedarían sin él algún día. Para los que aún no habían llegado y quizás nunca le recordarían.

Aquel era el verdadero espíritu humano.

Segunda Ronda. El Buen Esposo vs Knockout.

El silbato sonó y Carlos apuró el milisegundo para lanzar la serie de jabs con la mano enguantada. Josué no se movió del sitio, no hizo el intento de esquivar, simplemente alzó su mano, parando cada golpe que le daba con la mano rota. ¿Acaso creía que no lo había visto? De todas formas ahora todos los veían, su puño desnudo e hichado fuera del guante del que había escapado haciéndose daño.

Knockout retrocedió con un rápido juego de pies. Se había hecho daño, mucho daño, al liberar su mano rota escurriéndola en el angosto hueco del apretado guante. Pero haberlo hecho era la única opción que le había dejado. El guante había quedado en las manos de su compañero, firmemente agarrado, aunque no tardó en liberar aquella prenda dejando que el viejo cuero cayese al suelo.

No había entendido que había hecho su adversario ni cuáles eran sus intenciones, solo supo por instinto que si le hubiera agarrado bien el combate hubiera acabado. Llevándose el pulgar lastimado hacia la nariz, se quitó el sudor que le resbalaba. Nunca se había sentido así con Josué. Aunque claro, en aquel momento no era él. Era un villano enmascarado, silencioso, impertérrito e inmóvil.

Carlos no pudo evitar sonreír. Delante de él tenía un gran reto. Un enemigo que conocía sus técnicas, sus movimientos y que veía claramente a través de los daños que tenía. Si quería ganar, y siempre quería hacerlo, tendría que improvisar... Y dejar de pensar tanto.

Lanzándose hacia delante con los brazos extendidos hacia él, el Buen Esposo no desaprovechó la oportunidad. Giró dando un traspiés en medio del empuje, evitando por poco el fuerte derechazo que se deslizó sobre su espalda hasta llegar a hacer contacto contra el moreno, agarrándole por los costados,  tanto el sano como el herido. Pero quedó ahí sin terminar su movimiento al ser sorprendido por el súbito rodillazo en el pecho.

—¡El Buen Esposo ha conseguido agarrar a Knockout! ¡Sin embargo le ha salido mal la jugada! ¡Qué castigo! ¡No quisiera estar en su lugar!

La rodilla fue lo de menos. Los dobles codos martillearon una y otra vez contra su trajeada espalda y hombros. Durante aquel abrazo cada uno soportaba una diferente tortura, uno siendo agarrado y aplastado y el otro siendo brutalmente golpeado. Tras casi un minuto, el cornudo empujó al brazos largos a un lado y retrocedió, jadeando. El último golpe había pasado demasiado cerca de su cabeza.

—No siempre el agarre gana al golpe—bromeó Carlos, sintiéndose ligeramente enfermo, evitando caer al suelo.

Tendría que acabar con aquello cuanto antes si quería vencerle. Ahora que su adversario había visto y experimentado los golpes de sus codos y rodillas, no le quedaban demasiados ases en la manga. Estaba su carta triunfante, claro está, pero esta la conocía demasiado bien. Sin embargo él no había visto apenas nada de lo que era capaz el cornudo, solo sabía con certeza que no debía darle la oportunidad de agarrarle de nuevo. Josué sabía que tenía el tiempo a su favor. Aunque había recibido severos golpes en hombros y espalda, había conseguido hacerle daño -verdadero daño- a su rival, y a este solo le quedaba actuar a la desesperada si quería ganar. El siguiente movimiento de Carlos estaba claro. Un derechazo.

—¡Se observan, señores! ¡Ambos luchadores se rondan el uno al otro a la espera de encontrar una oportunidad para lanzarse! ¡Carlos tiene la ventaja por su rango, pero no todo se limita al tamaño! ¿Volverá el Buen Esposo a acercársele para golpearle de nuevo en las heridas? ¡Qué falta de decoro!

Sin querer esperar un momento más, el brazoslargos tomó la iniciativa lanzándose hacia delante. Un jab, corto, con la derecha, una finta que surtió el efecto esperado. El cornudo dio un paso hacia delante y adelantó la mano para recibirlo, pero entonces fue cuando el doble codo de Carlos entró en acción, cambiando la trayectoria del que era el verdadero puñetazo. Deslizándose a sobre la defensa, el puño entró y le golpeó la mejilla con fuerza. Podría haberlo hecho más fuerte, pero entonces el impulso hubiera sido demasiado como para retirar la mano. La había rozado con apenas la yema de los dedos, y aún así Carlos notó el terrible empuje al retroceder el brazo.

Jojo trastabilló hacia atrás al recibir el impacto. La hinchazón fue casi instantánea e hizo que tuviese que cerrar algo el ojo. Carlos era más rápido, pero Josué solo necesitaba conectar un único ataque para terminar con él en el suelo. Antes lo había intentado, pero no había conseguido desestabilizarlo lo suficiente a causa de los golpes. Asimismo, el boxeador no podía arriegarse a lanzar sus golpes a lo loco aprovechando su velocidad, pues ello conllevaba mayor posibilidades de que agarrase al menos uno antes de ser venido. Debía ser preciso y tener buen ojo. Algo que ahora tenía de ventaja sobre su adversario.

Cuando Josué tuvo que parpadear, Carlos hizo su movimiento. Pivotó con un rápido juego de pies y lanzó el golpe final, el "Ricochet Knockout" directo a la cabeza de su rival, por el punto ciego que había dejado aquel inflado moflete. Quizás de no haber estado Josué tan inflado, o de no haber tenido el bozal, Carlos hubiese visto la pequeña sonrisa. Hacía mucho tiempo que a Jojo no le hacían falta los ojos para ver. La mano fue interceptada tras el impulso de la segunda doblez, desviada a la altura de la muñeca. Fue entonces cuando el embrujo tuvo lugar. Antes de que pudiese darse cuenta, Carlos tenía una rodilla en el suelo, arrastrado por la potencia de su golpe y el agarre de Jojo. Con solo el pasar de sus dedos en el extremo distal del cúbito, el cornudo había encontrado en ese pequeño punto el agarre suficiente para lanzarlo haciéndolo caer.

Al lado del arrodillado, El Buen esposo se colocó, recto y firme. Aquello era el final. Ambos lo sabían.

La "Gentle Slap" de revés le noqueó.

—¡Y la victoria es para El Buen Esposo!— dijo el comentarista, intentando desechar aquella sensación de sospecha.

¿Acaso Josué se había dejado vencer? Los espectadores solo habían visto cómo el trajeado se deslizaba con un suave toque que, sin explicación, le había hecho tocar el suelo a Josué y quedarse en una posición vulnerable. Aquella impresión no tardó en transformarse en rumor, después de todo ambos venían del mismo gimnasio... Podrían haberlo pactado.



La ronda continuó desde ahí. Kindadú se enfrentó a Dunkadin, y tras una confusa lucha de hermanos en el ruidoso idioma nativo por lo que se cree fue una novia perdida, ganó este último; aunque quedó con la nariz rota. Araora Ora el Golem se enfrentó contra la mink, y en aquel desigual combate simplemente fue cuestión de tiempo que el golem perpetuamente conectado a tierra acertase un golpe contra la muchacha. Geraldine se enfrentó a Jirou Freeman, y esquivandole con soltura y gracia consiguió hacerle tropezar, tocando su rodilla el suelo, ante lo cual el rikishi admitió la derrota según las reglas de su estilo -que más bien era un deporte- y se retiró. Geraldine estaba que echaba humo, y después de aquello preparó un especial de insultos destinado al rechoncho tragaldabas.

Última llamada.


—Señorita LeBrioche—llamó el comentarista por megafonía tras confirmar en su radio que seguía con aquel capítulo especial—, es la última vez que la llamo.

El okama se arregló rapidamente, maldiciendo entre dientes el extraño cambio de tiempos. Acababa de luchar, ¿y ya tenía que luchar otra vez? ¡Injusto! Pero no podía culparles. El público, no, ¡el mundo no podía tener jamás suficiente de la gran Geraldine LeBrioche! Sin embargo al llegar a la arena encontró allí al adversario para el que no se había preparado. ¿Qué hacía el trajeado allí? Arrugó su hermosa nariz con desagrado.
—¿No se supone que tendría que tocarle contra Ora?—se quejó en voz alta, señalando los emparejamientos del torneo. Todo el público pudo oirla.
—Ha habido un cambio de planes—comentó el árbitro gafotas, con un siniestro brillo en las gafas que hizo que Augustus, allá a lo lejos, se tirase de los pelos—. ¿Quiere decir que se encuentra indispuesta para combatir?
—Oh, cariño, yo nunca estoy indispuesta—dijo con sorna—. Lo que pasa es que este chico no pelea con mujeres.

Augustus tuvo que actuar rápido. Con el precedente sentado, si se enfrentaban a la "mujer" y la golpeaba, El Buen Esposo quedaria como un transfobo. Un 3% de la población era poco, pero no sus aliados. Sin embargo, afirmar aquello abiertamente podría conllevar el boycott de una mayoría conservadora y corta de miras. Afortunadamente Jojo tenía no solo una imaginación desbordante, sino también una inspiración perfecta. No había necesidad de que él se pronunciase. Él no mandaba. Él solo era un siervo. Fuese su dueño el Gobierno o la Esposa, no le quedaba otra que seguir sus designios.

Irrumpiendo en la sala del comentarista, Augustus fue directo hacia el micrófono, pero el cuello-largo le cogió por la espalda y lo levantó en peso.
—¡Ah no! ¡Suficiente he hecho ya callándome, pero mi micro no lo toca nadie!
—¡Tú no lo entiendes! ¡Soy Augustus Blooch, promotor sin igual, y esto es una emergencia!
—¿Qué emergencia ni qué ocho cuartos? —le dijo, bebiendo un poco del especiado café recién hecho en su taza de "Mejor padre del Mundo".
—¡Si no hago nada ahora, podemos irnos despidiendo del profit de El Buen Esposo! ¡No puedes hacernos esto!
¿Que no podía? Allí él era dios. Su autoridad era plena, su poder absoluto. Sus palabras la verdad. Dejándose caer sobre la silla giratoria y rescatando el líquido que quedaba en el aire recuperandolo en la taza con suma destreza, el yokai se sintió especialmente benevolente al ver al hombrecillo humillado en sus pies, lloriqueando suplicante.
—Cuéntame ese plan... y ya veré que hago.


Pese al cansancio acumulado, Geraldine no tardó en demostrar que era una luchadora de alto standing. Una de la que Josué no podía hacer otra cosa que huir, intentando ganar tiempo. Había ciertos momentos en los que había tenido que dejar de ser elegante, para ser cómico. Un poderoso hombre de buenas formas trajeado, obligado a correr y rodar por el suelo para que una mujer en tacones pintarrajeada no le golpease. Casi parecía una escena sacada de esas comedias de la clásica telebasura. Mas, eventualmente, el golpe llegó. Y cuando el pie hizo contacto, la actitud de su adversario cambió por completo. Incluso a través del bozal podía apreciarse en el gesto de su rival una confusión más que palpable. Estaba perdido, asustado, sin saber cómo o qué hacer. No había podido cumplir la orden de su señora.

—Como tu quieras, cariño. Ya se vé que te va el rollo duro—comentó Geraldine, ligeramente decepcionada por todo aquello. Realmente era una lástima, doble, tanto por él como por ella.

Era horrible. La ejecución horrenda, el actor totalmente inapropiado, el monólogo burdo y sumamente largo. Aunque la idea subyacente era buena, eso tenía que concedérselo. Remoloneando recostándose en su sillón, El Comentarista pensó qué sacaba él de todo aquello. Solo le había dicho al enano lo del dinero para chincharle, para ver cómo se retorcía presa de su propia codicia. Además, no podía aceptar dinero teniendo en cuenta su puesto como Comentarista de uno de los luchadores. No. Solo podía hacer aquello por una única y buena razón. Por el bien del espectáculo.

La bélica danza interpretativa de Geraldine, a la que ya le quedaba poco para el culmen, fue desgraciadamente interrumpida.

—Aww, Darling,—dijo la mujer por megafonía, con lástima y tres chasquidos de una lengua llena de desaprovación. El público quedó espectante—, me decepcionas...

Entre temblores, El Buen Esposo se levantó del suelo. El gesto sombrío, negro, las extremidades caídas de la extenuación y el daño, la espada doblada.

—¿Cómo puede estar ganándose ese bicho? Aplástalo.

Chasqueando la lengua con desagrado por el vil insulto, Geraldine tomó impulso y lanzó su grácil cuerpo por el aire girando a gran velocidad. Aquello terminaria con su movimiento especial "Torbellino del Recuerdo de una noche lluviosa", y su adversario podía estar agradecido por que pusiera fin con aquel grandioso colofón.

Por la mente de Jojo había pasado romper aquella fachada, tirándolo todo por tierra, condenándose no solo a él sino también a otros. El dolor y el daño le habían hecho dudar, pues con medio propósito cumplido, ¿qué importaba él en la gran escala de las cosas? Se habría sacrificado sin pensarlo. Pero Araora Ora no merecía aquel destino. No merecía cumplir la órden que habían introducido en la empanada. "Seguirle cuando perdiera, sin oponer resistencia" conllevaría que no podría luchar su siguiente combate, aquel que habían cambiado de lugar y tiempo. Se merecía poder darlo todo lo que estuviera en su mano para ganar, igual que él... Y ahora no tenía excusas. Por fin El Bueno Esposo no solo debía ganar, sino que podía.

Gritó. No con su cuerpo, eso habría sido imposible, sino con su alma. Gritó cuando recibió aquella tremenda patada. Continuó gritando cuando la agarró, girando con su impulso para añadir el suyo propio. Gritó cuando Geraldine puso los brazos por delante intentando en un vano intento de frenar el mundo que se le acercaba peligrosamente. El suelo crujió y el cuerpo incosciente rebotó levemente tras dejar su huella en el brutal impacto. Geraldine aún se movía, aún se sacudía un poco, los ojos vueltos, sin hálito  y con el rostro blanco. El buen esposo se irguió, exhausto, y tras recomponer la compostura que parecía perdida dio un par de pasos para dar el último. Un fuerte pisotón.

Uno dado cerca de la cara, muy cerca, pero no en. No hacía falta más violencia, solo un detalle para terminar aquella escena.

El pitido señaló el fin del combate.
—El Ganador de la primera semifinal es El Buen Esposo.

Tras la confirmación se permitió caer rodado.

El final.Tercera Ronda. Últimas luces


Aunque habían tenido el privilegio de ver aquel combate, nadie lo creyó posible. Pese a todas sus heridas, pese al cansancio, pese a la obvia e injusta desventaja, había ganado. Pocas veces se habia visto algo igual en aquel pequeño coliseo. Pocas veces volvería a verse aquello, en verdad. Los allí presentes se levantaron clamando al vencedor que caía al suelo, presa de su propio daño. Entre aplausos el equipo medico se los llevaron a la enfermería. Augustus corrió todo lo rápido que sus pequeñas piernas le permitieron, y cuando llegó a él nadie pudo parar al hombrecillo de darle golpes en el pecho.

—¡¿Cómo has podido perder?! ¡¿Cómo?!

Araora Ora , el Golem, había sido derrotado por el pequeño Dunkadin. La pelea había sido bastante típica hasta el final, El Golem intentando alcanzar al hombre robusto una y otra vez mientras este se movía agilmente ente los ataques y pivotaba la enorme figura del semigigante golpeándolo todo lo que podía. Araora llegó a darle un par de veces, pero de corrido, sin el impacto completo -razón por la que el combate continuase- y se empezó a casnar. En un momento dado, cuando el gigante decidió que para estar depie mejor podía estar de rodillas para golpearle sin agacharse tanto, el tatuado saltó en el aire y le metió el puño por la nariz, agarrándole y tirándole al suelo. Cuando el manotazo del gigante fue a darle, se dejó caer de allí y Araora se golpeó a si mismo en toda la jeta. Dunkadin aprovechó aquel momento de confusión para saltar con todas sus fuerzas, casi convirtiéndose en un proyectil y rematarlo de un potente cabezazo en la mandibula. Aunque visto como se desplomó poco después, quedó claro que hubiera sido mucho más acertado golpear aquel bloque de arcilla con el puño, en vez de la mollera.

La final tendría lugar tras un breve descanso de media hora, lo que, desde luego, no daba para mucho. Ambos contendientes estaban que daban pena. Dunkadin con la cabeza encerrada en un cubo de escayola a juego con su pierna izquierda, y el Buen Esposo habiendo sustituido su buen traje por uno de yeso que le continuaba por el brazo. Así o más ridículo solían ser las finales, para las que prácticamente nadie se quedaba salvo los que habían apostado demasiado fuerte. Como Augustus, que habiendo perdido lo que había invertido en el combate de su buen Golem, tenía que aferrarse al dinero del premio con uñas y dientes. Josué debia ganar, a toda costa, por el bien del futuro del BarBell que él mismo había puesto en peligro con su arriesgada decisión económica.

Josué ganó sin demasiado problema tras acertarle un traspié. Ninguno de los dos tenían ganas de pelear, y al impactar el cuerpo del robusto hombrecillo contra el suelo este hizo amplias señales para rendirse.

El septimo Torneo de Luchadores llegó a su fin, con una debutante y silenciosa estrella en lo alto de la clasificación que obviamente no le concedió ninguna palabra al público. Un personaje extraño que de momento se retiraba en las sombras para desaparecer... hasta que su mujer volviese a mandarlo a luchar.

Epílogo

Hubo celebraciones, pero no demasiadas. La noticia de la partida de Jollyne a modo de carta bajó bastante los ánimos de los muchachos, más de unos que de otros, por lo que todo aquello se convirtió en algo agridulce. Más agrio, realmente. No se había quedado para verles ganar, o si lo había hecho siquiera les había dicho un "Me alegro por ti". Claro que todo aquello quedaba bastante justificado teniendo en cuenta el estrés de la cantidad absurda de funciones no pagadas que desempeñaba en el BARBELL. Las relacciones con Augustus se volvieron incluso tensas, por mucho que intentase agasajarles mentando todo el dinero que "habían" ganado. Sabían muy bien que aquel plural mayestático era tan falso como el hombrecillo.

Con Jollyne fuera de la ciudad, y con todo el revuelo que se había montado, Takeo se fue definitivamente al NEPTUNO, pero no tardó en desaparecer también de allí. Carlos y AraOra Ora se divorciaron del hombrecillo, y fueron probando suerte con otros promotores de lucha. Y no tardaron mucho en encontrar a alguien que les diese un trato más digno que el ex-esclavista. Le dijeron a Josué de irse con ellos, pero teniendo en cuenta que estaba atado por las fechas del contrato, solo pudieron desearle suerte hasta que este terminase. Josué pués se quedó en el BARBELL, puliendo sus habilidades y su personaje de prólogo ampliado bajo los tejemanejes del cuellilargo que daba voz a su mujer -y que ahora sí esperaba cobrar-.

Con el dinero del premio, o más bien con su parte, pues el contrato que tenía estipulaba una división de ganancias atroz, Josué compró el antiguo piso de la rubia, y el resto -que no era mucho- simplemente lo donó anónimamente -para disgusto de infarto de Augustus-. ¿A que causa? A las escuelas locales y otras organizaciones locales sin ánimo de lucro. Escuelas y asociaciones a las que cada año asistían más y más niños sin que hubiera realmente un verdadero pico en la natalidad. Tras aquello se dedicó a descansar, esperando, como un náufrago, a que todo sucediese.

Finalmente, un día llamaron a la puerta y tras ella no encontró  amigos.
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