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¿Qué hay más allá de los muros? - Privado/Pasado [Prometeo & Goiro]

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Mensaje por Goiro Hedge el Lun 23 Mar 2020 - 1:19

Mojó sus dedos con saliva para apagar la vela que había estado velando por su diario. La pluma pasó a reposar sobre la ajada libreta que acababa de cerrar. Una pila de manuscritos de diversa envergadura reposaba en una esquina de su pequeño escritorio, equilibrándose de algún modo para no caer a la húmeda piedra del suelo.

En ausencia de luz artificial, la estancia estuvo cerca de caer en la oscuridad. La puerta de su habitación, modo en que Lancaster y sus hombres se referían a las mazmorras donde dormían los gladiadores, dejaba que la luz natural se colase por los resquicios que separaban marco de madera. Aquello sería insuficiente para cualquiera, pero Goiro estaba acostumbrado a esa situación y conocía cada milímetro de calabozo. No en vano lleva años habitando aquel cuchitril.

Dejó su pluma con cuidado justo encima del diario. Así sabría si alguien se había atrevido a fisgonear entre sus cosas, pues no era raro que algún otro gladiador —sobre todo los más nuevos— demostrasen aquel tipo de actitud. Eso no hacía más que favorecer la anticipación de su muerte, hecho que al mink no le incomodaba demasiado... Pero no soportaba que tocasen sus pertenencias.

Abandonó la habitación, deambulando por las arqueadas catacumbas que se escondían bajo el coliseo. Dudaba profundamente que quienes iban a disfrutar de los espectáculo supiesen las condiciones en las que vivían sus atracciones de feria. Aunque, bien pensado, lo más probable era que no les importase en absoluto. Hacía tiempo que el puercoespín había dejado de lado cualquier esperanza en la bondad del ser humano. Había visto a los hombres y mujeres más bondadosos sucumbir ante el irresistible atractivo de ver la sangre ajena derramada, y en muchas ocasiones él había contribuido con sus gladius a tal corrupción.

Se llevó las manos a sus espadas de forma casi inconsciente al tiempo que ponía rumbo a la arena. Lancaster demandaba la presencia de sus guerreros por algún motivo que no les había hecho saber. Sabía que no sería para algo bueno, porque nunca lo era, así que se limitó a acudir al encuentro con resignación.

El orondo propietario de la Legión de Lancaster conversaba con un tipo alto y moreno en su tribuna cuando Goiro hizo acto de presencia. La mayoría de sus compañeros —si es que se podía llamar así a quien tal vez tratase de de arrebatarle la vida en el próximo espectáculo— ya se encontraban allí, mientras que muchos otros aún no habían llegado.

—Creo que la mayoría está aquí ya —intervino el canoso—. Chicos, os presento a Marcus Pultio, un viejo amigo. Ha sido llamado por su majestad para tratar unos negocios y me ha pedido el favor de obsequiarle con una función sin precedentes.

La arrogante mirada del moreno paseó entre los gladiadores, deteniéndose inevitablemente sobre el mink. No duró más de unos instantes, pero él fue plenamente consciente.

—¿Y bien? ¿Qué te parece? —Lancaster se frotaba las manos, augurando la pila de monedas que con algo de suerte sostendría más pronto que tarde.

No obstante, el palco era ocupado por mucha más gente. ¿La corte de aquel tipo? ¿Su séquito de fieles seguidores del dinero y el poder? A saber, pero Goiro sólo quería que aquello terminase cuanto antes.
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Mensaje por Prometeo el Lun 23 Mar 2020 - 23:52

Era consciente de que la misión iba a ser difícil como ninguna otra puesto que pondría a prueba la naturaleza misma de Prometeo. La señorita Elizabeth no se había mostrado de acuerdo en que el joven homúnculo participase en una tarea tan complicada y peligrosa, sobre todo teniendo en cuenta su comportamiento honesto y directo. Simplemente no podía mentir, así que ¿cuál era la gracia de que le enviasen a una misión de infiltración? Cuando la doctora se presentó en su habitación y le comentó que no estaba contenta con la decisión del comandante, el revolucionario le aseguró que todo estaría bien. El Ejército Revolucionario poco a poco confiaba más en Prometeo y no era momento de decepcionarlo, no cuando la enfermedad degenerativa avanzaba a pasos agigantados.

El revolucionario había siendo enviado para infiltrarse en la guardia personal de un hombre peligroso, cruel y ambicioso: Marcus Pultio. El homúnculo debió trabajar arduamente durante dos semanas para ganar la confianza del hombre y entrar a su escolta. Si bien nada tuvo que ver con asesinatos ni cuestiones que rompiesen su moral, debió dar un par de palizas de las cuales se arrepintió después. El magnate se mostró tan impresionado por las habilidades del fénix que decidió contratarlo por tres meses, tiempo en el que debía demostrar ser leal y capaz. Sin embargo, el verdadero propósito no era sino infiltrarse en el coliseo de la ciudad: un centro de entrenamiento, lucha y muerte. Allí los hombres morían casi a diario, eran enviados a luchar entre sí por unas cuantas monedas, y según había escuchado Prometeo era todo el mundo que conocían. «Son esclavos», había mencionado la doctora Elizabeth.

Ahora mismo el homúnculo se encontraba en el palco; no llevaba arma alguna ni armadura que le protegiera, pues tampoco las necesitaba. Observó con detención a los hombres que estaban en el patio de abajo, fijándose especialmente en uno: era completamente diferente a sus congéneres. No podía evitar sentirse mal por ellos; el revolucionario había vivido en carne propia el castigo del encierro y la privación de libertad. Seguía desconociendo la inmensidad del mundo que le había esperado durante años fuera de la Jaula de Cristal, y sentía que aún le faltaba muchísimo tiempo para verlo todo.

—Putos gladiadores —dijo uno de los hombres libres que estaba a su lado, escupiendo al suelo—. Se creen honorables y valientes, pero siguen siendo unos esclavos de mierda. Podría darles una paliza sin siquiera usar mis dos espadas. ¿Qué opinas tú, Prometeo?

—Digo que podemos comprobarlo —respondió con un dejo de molestia. A él no le interesaba la violencia, pero si otro hombre estaba dispuesto a usarla… Bueno, tampoco le impondría ninguna cosa.

—El señor Pultio no me dejaría combatir con uno de esos gladiadores, seguro teme que mate a uno y deba pagar su peso en oro.

Quizás fue el destino; tal vez, una fuerza cósmica. Pero justo después de que Zyros mencionara esas palabras, Marcus Pultio hizo un ademán con la mano para que sus hombres se acercasen hacia él. ¿Qué iba a proponerles? ¿Qué tenía pensado…?
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Mensaje por Goiro Hedge el Miér 25 Mar 2020 - 21:56

Desde su posición, Goiro podía apreciar cómo el señor de turno había congregado a sus lacayos para comentar a saber qué. El debate —o la imposición de ideas, que era más probable— se prolongó durante unos minutos que para el mink se antojaron eternos, como si un filtro en el reloj del tiempo forzase a los granos de arena a caer de uno en uno. Cuando el corrillo se deshizo, uno de los sujetos lucía una sonrisa exultante que rebosaba arrogancia y soberbia.

—Nunca es buena idea invertir sin saber qué se está comprando —comenzó, dando un paso para acercarse a la arena. Una baranda de piedra separaba a la chusma que se mataba de quien pagaba por verlo y cobrara por dejar a otros mirar—. ¿Qué quiere decir esto? Que no soltaré un berri sin contemplar en primera persona las dotes de tus... hombres —arrastró la última palabra, como si meditase profundamente si aquella gente merecía tal reconocimiento—. Dime, ¿cuál es tu mejor hombre? —preguntó sin siquiera mirar a Lancaster. Resultaba indignante ver cómo alguien tan arrogante como el amo de los allí presentes se arrastraba ante la influencia y el dinero. Probablemente se hubiese dejado pisotear si Pultio hubiese pagado lo suficiente.

—¡Xitus! —exclamó el propietario de los gladiadores. Un hombre musculoso de piel bronceada dio un paso al frente. Se encontraba justo junto a Goiro, que no movió ni un músculo. Xitus era uno de los luchadores que más victorias ostentaba. Treinta y siete, nada más y nada menos. Había llegado al punto de ser uno de los guerreros más aclamados por el pueblo, uno de aquellos elegidos para los cuales se organizaban jornadas completas.

—No, ése no —rechazó el posible inversor—. Ése. Me interesa ver qué puede hacer un espécimen tan raro. —Su dedo señalaba la figura de Goiro, que, una vez más, no se movió.

—Pues que así sea —sonrió Lancaster—. ¡Goiro, prepárate!

***

El minkno tenía armadura que ponerse ni yelmo con el que cubrir su rostro. Estaba listo para el combate desde que había sido designado como muestra de prueba. Desconocía quién sería su oponente, pero al ver la figura de uno de los hombres de Marcus Pultio emerger de las sombras todo quedó claro. Aquel tipo pretendía humillar a Lancaster en su propio terreno. ¿Hasta ese punto llegaba la avaricia de la naturaleza humana? Aunque quizás aquella palabra no fuese la más indicada. ¿Soberbia quizás? ¿Acaso simple y pura maldad?

Las disquisiciones lingüísticas continuaron en la mente del puercoespín hasta que el supuesto guerrero estuvo frente a él. No sabía si seria un simple fanfarrón o alguien experimentado en el combate, pero tendría que averiguarlo más tarde o más temprano. Si nada marchaba mal, se convertiría en una nueva página que añadir a su diario.

El tridente que había escogido para pelear rasgó el aire en dirección a su cintura. ¿Qué clase de ataque era ése? Bueno, era el que hacían quienes no habían arriesgado su vida tantas veces que ya ni las recordaba. Atacar al bulto, a la figura, en vez de a los movimientos o la actitud corporal. Ningún ataque debía dejar expuesta la defensa, y mucho menos antes de tomar la medida del oponente.

Dos pasos hacia un lado y otros dos hacia delante. El tridente quedó fijo en el aire, y Goiro se detuvo a menos de un metro del hombre de Marcus Pultio. Casi prefería no conocer su nombre. Su gladius abandonó la vaina que la albergaba, seccionando el gemelo del sujeto y obligándole a hincar la rodilla. Un instante después, el mink aferraba su pelo y exponía el cuello al tirar de él. Su espada amenazaba con seccionarle la garganta, pero sus ojos se dirigían al palco. Sólo esperaba la orden. Una vez más.
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Mensaje por Prometeo el Jue 26 Mar 2020 - 18:57

Bajó las escaleras con una sensación que le incomodaba desde lo más profundo. Caminó directamente hasta la arena, rodeada de grandes muros. Y una vez estuvo ahí descubrió con sus propios ojos lo distinto que se contemplaba el mundo desde ahí. Pudo imaginar los vítores y gritos eufóricos de la gente al ver expectantes un acto de violencia injustificada. ¿El motivo de la sangre y las vidas arruinadas era la gloria? ¿Cómo algo tan intangible podía sentenciar el destino de tantos humanos? ¿Y cómo el oro tenía tanto poder como para doblegar las voluntades de los débiles de corazón? El homúnculo podía pasarse todo el día cuestionándose la extraña forma de vida del ser humano, y casi creía que jamás llegaría a una respuesta satisfaciente. Sólo estaba seguro de que su propósito era ayudar a la humanidad; no a destruirla.

Prometeo se detuvo en la entrada de la arena, casi a veinte metros de donde hablaban los magnates. Pudo ver mejor los rasgos de esa extraña… criatura, y durante un instante el miedo le gritó que huyese de ese lugar. Sin embargo, recordó el momento en el que conoció al señor Gelatina y se sobrepuso al temor. «No está bien juzgar a las personas por cómo se ven», se dijo a sí mismo en sus pensamientos. Y entre tanta paja mental, Zyros fue llamado por el jefe de los jefes. El moreno sonrió y caminó hacia el señor Pultio; el destino había oído sus palabras y ahora le haría enfrentarse a un gladiador. O un puto esclavo, como lo había llamado él. Por otra parte, el joven revolucionario tendría la oportunidad de observar por sí mismo el poder de esa estirpe de guerreros que vivían únicamente para la diosa violencia.

La pelea acabó a los pocos segundos. El guerrero de apariencia bestial se movió como un bailarín que sigue el compás de la muerte, esquivando y atacando en una perfecta sintonía. Cogió el cabello de Zyros y colocó el acero en su cuello. Prometeo dio un paso hacia el frente y apretó los puños, pero enseguida notó las miradas de los guardias. «No te metas, mocoso», parecían decir. Ese hombre era un cretino y solía discriminar a la gente en función a cuánto oro había en sus bolsillos, pero no eran motivos para sentenciarle a muerte. Todos merecían una segunda oportunidad para demostrarse a sí mismos que podían mejorar.

—Su nombre es… Goiro, ¿verdad? —El lanista asintió con la cabeza—. Quisiera verlo combatir una vez más con un luchador algo más… experimentado. Zyros es fuerte, pero contra un gladiador jamás tendría oportunidad. Permíteme ponerlo a prueba una vez más y luego hablaremos de negocios.
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Mensaje por Goiro Hedge el Lun 30 Mar 2020 - 3:20

El semblante de Marcus Pultio no reflejaba la menor preocupación por su subordinado, hecho que inspiró aún más el asco de Goiro hacia el entorno en el que vivía. Apartó la hoja de su gladius antes de que ninguno de los acaudalados señores hiciese el menor gesto. No era jornada de coliseo, no estaba teniendo un enfrentamiento real y, por encima de todo, no pensaba acabar con la vida de un fanfarrón simplemente por haberle derrotado.

Simplemente había sido un gesto automático, realizado por alguien tan acostumbrado a ejecutarlo que llegaba a resultar aterrador. O al menos lo sería para alguien que no hubiese pasado su vida en aquel ambiente. ¿En qué le había convertido la Legión de Lancaster? ¿Acaso se había convertido en un autómata que simplemente hacía lo que le mandaban? Separar su trabajo —si es que podía llamarse así— del resto de su vida tal vez ayudase a mantenerle cuerdo, pero ¿hasta qué punto había sido buena idea?

Suspiró, dejando que el tipo huyese despavorido, y escuchó atentamente las palabras del poderoso de turno. ¿Que quería verle enfrentarse a alguien más experimentado? ¿Por qué motivo había enviado a aquel pobre infeliz a la arena, entonces? Apretó la mandíbula durante un instante, pero se esforzó por calmarse y dirigió su mirada hacia el lugar por el que en teoría emergería su próximo adversario. Había tardado poco en designarlo, pero intuía que quien le observaba desde las sombras sería su próximo oponente.

Un muchacho de piel pálida y cabellos rubios le miraba con rostro serio tras la figura de los guardianes. Asió con fuerza sus gladius una vez más, recuperando su posición en el estadio y encarando al chico. Adoptó una posición defensiva —todo lo que su forma de luchar le permitía— y señaló con una de sus espadas al desconocido.

Si Lancaster y Marcus Pultio querían espectáculo, lo tendrían. Eso y lo que fuese siempre y cuando pudiese acercarle más a su libertad. Pese a sus dudas y contradicciones, había asumido que mucha más sangre debería manchar sus filos antes de poder abandonar aquella cárcel de piedra. «Sólo es un trámite, un paso más», se decía cada vez que su conciencia volvía a la carga.
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Mensaje por Prometeo el Vie 17 Abr 2020 - 18:26

Lo repasó todo antes de que la reja de hierro se abriera ante él. Seguía las órdenes de Marcus Pultio para mantener la imagen de guardaespaldas obediente. Había conseguido infiltrarse en su escolta personal y, gracias a ello, conocía un par de secretos del hombre. Y lo más importante: tenía la oportunidad de estudiar la casa del lanista. La Armada estaba en contra de un deporte construido con una crueldad inhumana, un morbo inescrupuloso y los grilletes de la esclavitud. Prometeo había estado en una situación similar: encerrado en una Jaula de Cristal y recibiendo duras órdenes de un hombre indolente. Pero su fuerza de voluntad y el apoyo de la doctora Elizabeth le permitían estar peleando por la libertad de otros.

Observó a quien sería su contrincante y el miedo sacudió su cuerpo. Podía estar de pie como un ser humano, pero el pelaje y la morfología de su cuerpo indicaban todo lo contrario. Tragó saliva, nervioso. Y cuando la reja fue levantada, acompañada de un chirrido metálico, el joven revolucionario entró a la arena. El mundo era muy distinto desde ese lugar: los grandes muros representaban la privación de libertad, el palco donde posaba el lanista indicaba una innegable inferioridad, y las armas que debían empuñarse con fiereza suponían el olvido de una jamás buscada humanidad.

—Puedes elegir el arma que quieras —dijo uno de los guardias, haciéndole un ademán con la cabeza para que mirara la armería. Había espadas y lanzas, escudos y látigos, incluso había armas cuyos nombres desconocía y sus formas resultaban tan extravagantes como peligrosas.

—Gracias, pero no soy de los que pelean con armas —respondió con una voz seca y tajante, tosca e inexpresiva, como si no trasportara ninguna emoción.

Se acomodó la túnica blanca que llevaba como prenda y tanteó las sandalias. Perfecto, no suponían ninguna incomodidad para el artista marcial. Entonces, descendió la mirada hasta su oponente. Caminó lentamente hacia él y, tras detenerse, realizó una ligera reverencia en señal de respeto y su puño derecho golpeó suavemente la palma izquierda.

—Mi nombre es Prometeo, joven gladiador —se presentó, manteniendo la mirada—. Si no le parece inapropiado, me gustaría descubrir la fuerza de un hombre que ha vivido toda su vida encerrado.

Por supuesto, el revolucionario no se refería a la destreza con la espada ni a la fuerza bruta, sino a algo mucho más importante: la fuerza que le permitía seguir adelante. En cualquier momento la revolución se dejaría caer sobre la casa del lanista, liberando a todos los esclavos y dándoles el regalo más preciado: la libertad. Sin embargo, ¿cómo vivía un hombre que había estado bajo las órdenes de otro toda su vida una vez tuviera que decidir por su propia cuenta? No todos estaban preparados para recorrer un camino así. Había quienes quedaban ciegos por mirar demasiado tiempo la luz, y Prometeo quería saber si su oponente aguantaría el peso de la libertad.

Llevó el pie izquierdo hacia atrás y mantuvo el derecho en el frente, firme y estable. La postura le daba la estabilidad que necesitaba, fuese para esquivar o bloquear. Su mano derecha apuntaba hacia su oponente, mientras que la izquierda se había quedado rezagada. La espada del gladiador le ofrecía un gran alcance y una capacidad de corte alarmante, aunque de nada serviría si no podía sostenerla. Prometeo iría directamente a por sus bíceps, golpeando los puntos de presión indicados para disminuir su fuerza. Le demostraría que había otras formas de vencer sin cortar una cabeza ni apuñalar un corazón.

—Puede comenzar cuando quiera; estoy preparado.
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Mensaje por Goiro Hedge el Sáb 18 Abr 2020 - 2:07

¿La fuerza de quien había vivido toda su vida encerrado? Aquel hombre no sabía de lo que hablaba. ¿Qué podía saber él o cualquiera de los presentes, con excepción del resto de gladiadores, lo que suponía ser consciente de que la vida no pertenecía a quien la vivía? ¿Cómo podía imaginar lo que implicaba estar obligado a segar vida tras vida con el único fin de ver una vez más el sol iluminar la arena que esperaba a ser manchada por la sangre?

—La fuerza no está en ningún hombre —respondió el mink, que, por una vez, se dignó a abrir la boca ante los ojos de Lancaster cuando no era él quien le había obligado a darle una contestación—. La fuerza está en las palabras, porque sólo ellas sobreviven al tiempo y pueden transmitir la voluntad de ese hombre al que te refieres, así como la de otros muchos. Son las únicas que no distinguen bien o mal, rico o pobre, esclavo u hombre libre. Sólo necesitan papel, pluma y alguien dispuesto a dedicarles su escaso tiempo.

Al margen de cualquier diálogo, por breve que fuese, aquel muchacho de piel pálida no era como el fanfarrón que había bajado a la arena anteriormente. No se había precipitado y aguardaba el menor movimiento por parte del puercoespín. Una mano adelantada y una actitud, paradójicamente, tan calmada como tensa.

Goiro realizó el mismo movimiento que había realizado frente a su anterior contrincante. No obstante, cuando quiso darse cuenta una mano férrea había golpeado su brazo y le había obligado a liberar su gladius. Continuó con un nuevo tajo horizontal con el otro sable, pero la consecuencia fue, inevitablemente, la misma. ¿Qué demonios estaba sucediendo? ¿Quién era aquel chico de rostro pétreo?

En ausencia de armas de las que disponer y ante la imposibilidad de volver a usarlas, su instinto de supervivencia tomó la delantera. Giró su cuerpo al completo, usando su pierna izquierda como punto de apoyo para inclinarse hacia un lado. El talón de su pie derecho amenazó con golpear el lateral de la cabeza del desconocido.

Entonces lo escuchó. Un crujido en la estructura de madera que sostenía la lona que impedía que el sol incidiese sobre Lancaster y Marcus Pultio. Algo no marchaba bien. No, bien tal vez no fuera la palabra. No marchaba como siempre, como era habitual en las absurdas demostraciones que el propietario de la Legión de Lancaster hacía de vez en cuando para que todos apreciasen la fortaleza de sus gladiadores.

Clavó sus ojos en los de su oponente, que no se había inmutado. ¿Acaso él no había podido apreciarlo? Se le antojaba cuanto menos difícil, pero los no tampoco daban signos de haber percibido nada. Tal vez él tampoco. ¿O acaso era él quien se lo había imaginado?
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Mensaje por Prometeo el Sáb 18 Abr 2020 - 6:48

Golpeó con la fuerza suficiente el bíceps derecho de su oponente, haciéndole soltar el arma. Y repitió el mismo movimiento cuando este arremetió por segunda vez, librándose de las espadas que bien podían poner en aprietos a un artista marcial. Entonces, reparó en las palabras que habían escapado de sus bocas. Sentía un interés genuino por ese hombre, pues, en todo el tiempo que llevaba en la ciudad, jamás había oído de un gladiador que tuviese especial aprecio por las palabras. No podía explicarlo con un argumento sólido y racional, pero sentía que ese puercoespín-humanoide era diferente a los hombres que había conocido hasta ahora. ¿Acaso era su fragmento de alma que estaba reaccionando…? Últimamente tenía más preguntas que respuestas, aunque normalmente siempre era así en la ciencia.

—Es una visión interesante de ver las cosas, sin embargo, creo que está pasando por alto un detalle. Es el hombre quien, a través del deseo, plasma su fuerza en las palabras ya sean escritas o no —respondió sin abandonar la postura de combate, esperando el ataque de su oponente—. ¿Han sido las palabras las que le han permitido despertar cada mañana y luchar para volver a ver un nuevo amanecer? Si la respuesta es sí, espero pueda perdonar mi atrevimiento en dudar de su juicio.

Vio venir el ataque, mas no lo esquivó. El talón del gladiador dio de lleno en la cabeza del revolucionario, cuyo cerebro fue sacudido con violencia dentro de su cráneo. Pero aun así se mantuvo de pie sin abandonar la postura que había estado cuidando. Un combate carecía de propósito si es que no se intentaba enseñar algo al contrincante. Y con ese acto, Prometeo quería mostrarle al gladiador que la fuerza no sólo estaba en las palabras, sino dentro de cada uno. Sus palabras jamás intentaron expresar que la fuerza se concentraba únicamente en las personas, no pretendía creer en tal monopolización.

—¿Lo ve? —le preguntó, conteniendo el dolor—. Si hubiera confiado únicamente en mi fuerza física habría sido derribado por su patada, pero mi voluntad ha querido mostrarle que siempre hay más de una respuesta. Antes de retomar nuestro encuentro quisiera hacerle una pregunta —agregó enseguida. Su voz sonaba igual de inexpresiva y tosca que antes, pero guardaba una curiosidad verdadera—. Si hubiera dependido de usted y no de otra mano haber quitado las vidas que ha quitado como gladiador, ¿las habría segado?

Como aún no habían detenido el combate y tenía una fachada que proteger, el revolucionario se abalanzó sobre su oponente. De ninguna manera aplicaría fuerza letal, si no que buscaría golpearle la boca del estómago con un veloz golpe de dedos. Le causaría un leve entumecimiento que, si bien no llegaría a ser tan doloroso, le impediría respirar con normalidad durante unos breves segundos.
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Mensaje por Goiro Hedge el Miér 22 Abr 2020 - 0:27

Había dado justo en el clavo sin tan siquiera conocerle. Las palabras habían sido las únicas que habían arrojado algo de luz sobre su vida, que le habían permitido ahogar sus remordimientos y continuar hacia delante sin detenerse demasiado a contemplar el pasado. Por un momento se sintió vulnerable; como si aquel muchacho hubiese encontrado la llave de su lado oculto con una simple y educada frase. ¿Enfadado? No. El rubio no había tardado en disculparse en caso de que sus palabras hubiesen podido lastimarle. Más aún, había encajado el golpe con una sorprendente entereza. ¿Quién era?

—Esos hombres no habían hecho nada —respondió, dejando que un rotundo y radical 'no' se entreviese en su contestación. ¿Por qué querría él arrebatar a tanta gente lo más preciado que tenían? Curiosamente, la vida era algo que pasaba completamente desapercibido hasta que comenzaba a perderse. Todo el mundo daba por supuesto que siempre estaría ahí, ignorando que con cada segundo la vela se consumía lenta pero inexorablemente. Sólo quienes veían cómo se extinguía abruptamente día tras día podían contemplarla en todo su esplendor y, con ello, apreciarla.

El de la piel pálida volvió a atacar y, una vez más, no fue capaz de detenerlo. Era como si jugase en una categoría superior, como si enfrentarse a él no fuese más que un juego de niños para un adulto hecho y derecho. Su mano golpeó el abdomen del puercoespín, obligándole a inclinarse hacia delante en un desesperado intento por comenzar a respirar de nuevo. La saliva escapó de su boca justo antes de que Lancaster chasqueara la lengua en señal de desaprobación. Cayó de rodillas poco después, consciente de su derrota y seguro de que recibiría el correspondiente castigo.

—Espero que el resto de tus chicos sepan hacer algo más que él —fanfarroneó Marcus Pultio, regodeándose como un niño con su pelota nueva—. De lo contrario, cualquier acuerdo al que lleguemos no será más que una pérdida de tiempo.

—No te preocupes. No sé qué le habrá pasado para perder contra un simple guardaespaldas. Recibirá el castigo apropiado hoy mismo.

Aquello sólo podía implicar una buena tanda de azotes, y eso en el mejor de los casos. No sería la primera ni la última, pero debía reconocer que, con los buenos resultados que había estado obteniendo en el coliseo, hacía bastante tiempo que el látigo no golpeaba su espalda.

Entonces, un nuevo crujido llegó hasta los oídos del mink. Provenía de la misma zona que el anterior, pero había sonado con una intensidad algo mayor. De nuevo erguido tras recuperar el aliento, clavó sus ojos en quien había sido su contrincante y formuló la única pregunta que figuraba en su mente:

—¿Quién eres?
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Mensaje por Prometeo el Lun 27 Abr 2020 - 6:45

Una reconfortante sensación de alivio inundó su cuerpo al escuchar la respuesta del hombre que tenía en frente. Podía verse como un animal y muchos podían decir que parecía un monstruo, pero el revolucionario sabía que dentro del puercoespín había un cálido corazón, una bondadosa alma que había sido condenada a vivir en un oscuro sepulcro. Lo mismo había sucedido con él meses atrás. El señor Morello tuvo las intenciones de convertirle en una verdadera máquina de guerra, en una bestia imparable que infundiría miedo en la piratería, y le obligó a hacer cosas de las que no se sentía orgulloso. Y así como la doctora Elizabeth le ayudó a encontrar el camino correcto, él haría lo mismo con el gladiador que tenía en frente.

—¿Quién soy…? Recuerdo haberme presentado antes de intercambiar golpes —respondió, perplejo—, pero si se refiere a otra cosa… Soy alguien dispuesto a romper los grilletes invisibles que le atan a este mundo.

Había escuchado las palabras de los hombres sentados en el balcón, observando con una arrogancia inhumana el combate entre el revolucionario y el gladiador. ¿Cómo podía evitar sentirse molesto cuando su contrincante iba a recibir un duro castigo por su culpa? La superioridad física era absurda en comparación a la fuerza de las palabras, y esa verdad era algo que el lanista parecía no comprender. ¿Quería una demostración de fuerza? Prometeo podía dársela, pero sabía que de hacerlo abandonaría el camino que estaba dispuesto a seguir, así que se le ocurrió una idea mejor.

Corrió hacia su oponente y lanzó un golpe hacia su rostro, siendo lo suficientemente obvio para que un luchador hábil como el puercoespín pudiera bloquearlo o esquivarlo. Descuidó intencionalmente su guardia y un susurro escapó de su boca, un murmuro audible únicamente para él: «Golpéame con todas tus fuerzas». Si los hombres del balcón veían que el gladiador remontaba el combate de práctica, seguramente el lanista abandonaría la idea de azotarle. Daba igual cuán fuerte golpease su oponente, no haría ni el intento de bloquear o esquivar. Si quería enseñarle que había un camino distinto, debía mostrárselo para que lo viera con sus propios ojos, para que viera que el mundo no era una cuestión de matar o morir.
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Mensaje por Goiro Hedge el Miér 29 Abr 2020 - 21:38

¿Que le golpease? Goiro no entendía a aquel muchacho, pero su forma de actuar dejaba claro que su figura de escolta escondía unos secretos que se le escapaban por completo. Comenzaba a recuperar la movilidad en sus brazos. Tal vez pudiese tomar uno de sus gladius, pero desde luego se sabía incapaz de empuñarlos en condiciones. Se apartó a un lado para evitar la acometida del oponente, cuya actitud corporal había cambiado por completo. Hasta el más inexperto de los gladiadores sería capaz de apreciar aquel agujero en su defensa. ¿A qué se debía?

Alzó una vez más su pierna, golpeando su costado con una fuerza suficiente para quitárselo de encima ―o eso esperaba―, pero no para infligirle un daño real. La intriga le había llevado a hacer aquello, pues sentía una profunda curiosidad por saber a quién se estaba enfrentando. Sus respuestas eran demasiado misteriosas; incluso místicas o espirituales, por decirlo de algún modo.

―Esto se parece más a lo normal ―dijo Lancaster, henchido de orgullo al tiempo que mostraba su hilera de perfectas perlas blancas. Pultio chasqueó la lengua, pero no dijo nada más. De hecho, no habría podido hacerlo aunque hubiera querido. Un último crujido precedió al frenético transcurso de los acontecimientos.

La cobertura que protegía a los señores del sol se estremeció cuando un sujeto se descolgó lanza en mano. Goiro sabía quién era, aunque no conocía su nombre ―como el de tantos otros gladiadores―. Era una de las últimas incorporaciones de la Legión de Lancaster, pero todos en el coliseo sabían que sus días estaban contados. Había sido adquirido para enfrentarse a Mario en el próximo espectáculo. Mario no era otro que el gladiador estrella de Lancaster, con setenta y cuatro victorias indiscutibles a sus espaldas.

Goiro no pudo evitar entender el desesperado intento del delgado chico rubio. La muerte en la arena estaba asegurada, mientras que si acababa con Lancaster tal vez tuviese alguna oportunidad de seguir viviendo. Siendo honesto, la realidad era que no había modo de anular la sentencia de muerte que pendía sobre su cabeza. Si acababa con su amo y señor, las autoridades se encargarían de llevarle al más allá, junto a él.

El asombro y el miedo se reflejaron en el semblante del encubierto esclavista, que se agachó y protegió su cara con sus manos. Sin embargo, uno de los miembros de la escolta se adelantó y abatió al chico. El silencio pasó a imperar en el palco mientras Lancaster intentaba recuperar la compostura. Era innegable que había quedado en evidencia, pero siempre se las ingeniaba para salir indemne ―tanto en lo físico como en lo inmaterial, como la imagen que proyectaba al exterior― de cualquier situación.
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Mensaje por Prometeo el Mar 5 Mayo 2020 - 6:38

Unos ojos medianamente entrenados se darían cuenta del falso espectáculo que mostraban los combatientes. La patada del gladiador sacudió el costado del revolucionario, mas no ocasionó daño alguno. El homúnculo conocía sus capacidades propias y sabía cuán resistentes eran sus músculos. Si el joven puercoespín le hubiera golpeado en serio, le habría dolido una barbaridad. Aunque distinto sería todo si conservase el exoesqueleto que le protegía incluso de impactos balísticos, pero este fue la primera víctima de su enfermedad degenerativa. En cualquier caso, las buenas noticias no tardaron en llegar a sus oídos y es que el lanista empezaba a contentarse con los resultados de su esclavo.

Estaba esperando que el hombre al que servía temporalmente diera por finalizado el encuentro, sin embargo, una aterradora sorpresa se presentó a sus ojos. Un gladiador delgado y de cabellos rubios buscó sentenciar la vida de su amo en un intento de clavarle su lanza. Pero fue detenido y todos allí sabían cuál era su destino. Prometeo podía ser manipulable e ingenuo, pero conocía la maldad que se había asentado dentro de los muros. El muchacho acabaría siendo cruelmente torturado y luego moriría sin poder hacer nada para evitarlo. ¿Lo doloroso? El revolucionario era consciente de que él tampoco podía hacer nada.

Pultio se levantó hecho una furia de su lugar y las venas de su cuello reflejaron el enojo que le dominaba por dentro.

—¡¿Esta clase de hombre es la que tienes dentro de esta… casa de gladiadores?! —rugió, seguramente buscando las palabras adecuadas para no ofender directamente al lanista—. ¡Es inaceptable! Me marcho de aquí y no esperas que vuelva.

El jefe del homúnculo se adentró en la habitación contigua al balcón seguido de Lancaster, por lo que no pudo oír la conversación. Bueno, si a ese barullo podía llamársele así. Gritos inentendibles surgían desde el interior, momento que Prometeo aprovechó para dirigirse hacia el gladiador.

—Ha sido una buena pelea, gracias por la oportunidad —mencionó, inclinando la cabeza a modo de respeto por su oponente—. Espero que algún día pueda encontrar las palabras que busca fuera de estos muros. Yo era como usted… Viví encerrado toda mi vida, pero ahora tengo la oportunidad de ver el mundo con mis propios ojos. Y me gustaría que usted también la tuviera —acabó diciendo con una sonrisa genuina, ofreciéndole un apretón de manos. Quizás era la última vez que veía a una criatura como el gladiador.

A los minutos, el jefe de Prometeo volvió al balcón con una sonrisa resplandeciente en el rostro. No sabía lo que había dicho o hecho Lancaster, pero había funcionado. El señor Pultio anunció que se celebraría un festín dentro de las siguientes horas en el que algunos afortunados gladiadores participarían.
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Mensaje por Goiro Hedge el Jue 14 Mayo 2020 - 4:08

Los gritos escapaban como podían de la habitación en la que se habían refugiado Lancaster y Pultio. Goiro no le prestó la menor atención a aquello, pues sospechaba cómo terminaría todo; no era la primera vez que una exhibición de su orondo señor se torcía. Por el contrario, le interesaban mucho más las palabras que su contrincante le dirigía. ¿También había estado cautivo? ¿Sería aquello alguna argucia para ganarse su favor con algún fin oculto?

Dudó a la hora de estrechar su mano, pero no creyó identificar mentira u otras intenciones en sus ojos. Su piel por fin entró en contacto con la del otro. No recordaba haber tocado a muchas personas amistosamente a lo largo de su vida. Cuando no querían matarle, huían de su extraña condición. Lo cierto era que no les culpaba por ello. Efectivamente, el anuncio del festín no se hizo esperar. El puercoespín susurró, dirigiéndole al muchacho rubio de nuevo:

―Ojalá... Algún día, espero. ―Y se marchó, perdiéndose de nuevo en los corredores subterráneos tras recoger sus gladius.

***

La noche se había cernido sobre la ciudad, abarrotando las calles de ebrios nobles y burgueses que, en el circo del dinero, sólo respondían ante éste. No obstante, el mink era completamente ajeno a esto. Para él estaban reservadas la quietud y la triste soledad de la arena y todo lo que la rodeaba. Había llegado a apreciar ciertos aspecto de las mismas, por eso no le gustó demasiado que reclamaran su presencia para el banquete.

Como era costumbre cada vez que Lancaster sacaba a relucir su músculo como gestor de hombres y vidas, una amplia mesa de mármol obsequiaba a quienes se sentaban frente a ella con los mejores manjares. Los luchadores más aclamados del coliseo, por el contrario, permanecían estáticos junto a la pared. Una distancia de dos metros separaba a unos de otros, obligándoles a contemplar cómo los demás comían. Del mismo modo, el suculento aroma de los alimentos les incitaba a salivar y, con ello, a ocultar la creciente hambre que nacía en sus estómagos. Todos sabían que suyas serían las sobras, que aquel día comerían mejor que cualquier otro, pero debían aguantar.

No es que no les alimentasen adecuadamente. Si Lancaster quería que rindiesen en la arena debían estar bien nutridos. Hasta un imbécil como él sabía eso, pero ese detalle no implicaba que tuviesen acceso a las obras de arte comestibles que desfilaban ante sus ojos. Subsistían a base de gachas y carne de la peor calidad entre las que pasaban frente a su señor. Aun así había gente que lo pasaba peor en ese sentido; ¿debían sentirse agradecidos por aquel aspecto de la vida que llevaban?

―¿Queréis algo? ―preguntó entonces uno de los amigos de Lancaster, pues el esclavista encubierto había invitado a sus allegados más prominentes para agasajar a su potencial socio con su presencia. Se dirigía a los gladiadores sin mirarles si quiera, devorando una pata de cordero especialmente jugosa.

―No, señor. Muchas gracias ―respondieron todos al unísono, Goiro incluido.
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Mensaje por Prometeo el Dom 17 Mayo 2020 - 7:30

El palacio del señor Pultio era ostentoso y en cada entrada había al menos dos guardias bien armados con lanzas y espadas cortas. Un camino de piedra pulida encaminaba a la puerta principal del edificio, adornado por todo tipo de plantas y flores. El lugar favorito del comerciante era su piscina aromática, la cual tenía vistas a un cielo estrellado y lejano. El hombre era acompañado por tres mujeres desnudas que le acariciaban y le daban de comer en la boca. Si alguien le preguntase al homúnculo qué opinaba de ese recurrente comportamiento, respondería sumamente decepcionado: no creía que los humanos eran capaces de desperdiciar así el dinero cuando podían ayudar a otros.

Prometeo estaba de pie y con la espalda recta, vigilando una de las entradas de la habitación. Era el guardia personal del magnate Marcus Pultio, quien necesitaba protección en todo momento. Se mantuvo impávido cuando vio entrar a un joven encapuchado que no hacía sonido alguno al pisar, como si fuera una especie de felino. Se acercó al oído del hombre y este se mostró molesto, chasqueando la lengua y frunciendo el ceño. Se incorporó e inmediatamente una mujer con los senos al aire se apresuró en entregarle una toalla.

—¿Qué tan confiable es la información?

—Absolutamente confiable, mi señor. Intercepté a un mensajero del lanista y dentro de las siguientes horas hará su primer movimiento, no hay duda de ello.

—Tengo un buen trato con Lancaster, no quiero que nada lo eche a perder… Prometeo, ven aquí un momento —ordenó el hombre luego de colocarse una larga túnica blanca. Pultio ni siquiera le llegaba al pecho al revolucionario—. Hoy demostraste ser un luchador prodigio al estar a la altura de un gladiador curtido en el combate, me haces pensar que he hecho una buena inversión al contratarte. Sigue así y estoy seguro de que llegarás muy lejos. —Caminó hacia la bandeja de uvas que sostenía otra mujer al tiempo que le hacía un gesto al homúnculo para que le siguiera—. Esta noche es muy importante y te necesito en la casa de Lancaster, quiero que estés más activo que nunca. No hay problema en que asistas como mi guardia esta noche, ¿verdad?

El joven de cabellos plateados negó con la cabeza.

—Cuente conmigo, señor —se limitó a responder. Se hubiera mostrado contento ante esas palabras si hubiesen salido de otra boca, pero no le interesaba sentirse agradecido ante ese hombre.

• ────── ✾ ────── •

 Ahora más que nunca entendía el propósito del Ejército Revolucionario. Sentía una profunda decepción al ver a esos hombres consumir ingentes cantidades comida, siendo que fuera de esos muros había un montón de gente que moría por inanición. Podía aventurarse y decir que la mayoría de los hombres y mujeres que estaban ahí no eran merecedores de su posición en la sociedad. Ninguno era un científico brillante o un inventor que había solucionado la vida de cientos de miles de personas, de hecho, eran todo lo contrario: parásitos que se alimentaban de un sistema injusto sostenido únicamente por el sudor y el esfuerzo de los pobres.

A diferencia de los gladiadores que servían a modo de estatuas, mera decoración de la casa, el revolucionario podía moverse con cierta libertad, siempre y cuando estuviera cumpliendo con sus funciones básicas: mantenerse atento en todo momento. Ignoraba las miradas seductoras de las mujeres y ni siquiera bajaba la vista cuando estas se le acercaban enseñando todo lo que podían enseñar. Podían considerarle aburrido, pero consideraba que había cuestiones más importantes de las que ocuparse. Tampoco le gustaba que esas chicas tuvieran un trabajo tan denigrante. ¿Por qué el hombre no entendía que el cuerpo de la mujer no era objeto de comercialización? Poco a poco iba conociendo un mundo más y más oscuro, pero no iba a negar que había visto tanta luz como oscuridad y, en lo personal, prefería aferrarse a la esperanza y no a la desesperación.

Cuando salió al balcón una brisa le golpeó el rostro y meció sus cabellos, sintiendo esa frialdad salinizada proveniente de la costa. Esa isla era un lugar muy distinto a todos los que había conocido, comenzando por el hecho de que no conocieran la luz eléctrica. Era una sociedad atrasada tanto cultural como tecnológicamente. Quizás por casualidad, tal vez por el destino, Prometeo bajó la mirada al muro que se hallaba a unos cuarenta metros y vio una sombra escalarlo con soltura. Frunció el ceño, pensando en si las palabras del señor Pultio empezaban a tomar sentido. Su trabajo no era pensar, sino informarle de todo lo que observaba, cualquier cosa lo mínimamente sospechosa.

Se volteó con la intención de volver al salón y contarle lo que había visto, sin embargo, fue interrumpido por una chica de largos cabellos marrones y piel medianamente bronceada. Iba como el resto de las mujeres que se paseaban por el lugar, vistiendo una larga falda translúcida que mostraba su ropa interior y enseñando los senos. Un collar de oro prestado adornaba su cuello y unos largos aretes colgaban de sus orejas. Unos ojos escarlatas se posaron en el revolucionario y de sus finos labios escapó un susurro.

—Una lástima deshacerme de un chico tan guapo como tú, pero tus ojos encontraron algo que no debieron encontrar.

La supuesta esclava sacó rápidamente un puñal de sus prendas —¡¿dónde lo llevaba oculto?!— y buscó el estómago del guardia.
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Mensaje por Goiro Hedge el Lun 18 Mayo 2020 - 18:56

¿Qué palabra podía reflejar mejor lo que contemplaban los ojos de Goiro? ¿Despilfarro? ¿Amoralidad? ¿Espejismo? ¿Mentira? Había muchas que podían ser empleadas sin faltar a la verdad, como siempre, pero únicamente una era la adecuada. El puercoespín lo sabía, y era por ello que se había sumergido en su universo de vocablos casi completamente para evadirse de la situación. Tenía que permanecer alerta por si alguien le hacía motivo de su atención, pero más allá de eso no era más que un mero elemento decorativo, una estatua viviente cuyo único fin era respaldar el falso poder de Lancaster.

Lo único que rompía las despreocupadas conversaciones de la clase alta de Turvolt eran los dientes de los participantes en las mismas, que devoraban sin distinción carne, fruta o verdura. Las mujeres salían y entraban del amplio comedor, ofreciéndose como un manjar más por pura y simple obligación. A saber qué destino les aguardaría si, al igual que él, no cumplían su función adecuadamente.

A su derecha, un sujeto de piel negra y envergadura colosal se esforzaba por retener la saliva en su boca. Realizaba fugaces aspiraciones de vez en cuando para mantenerla en su lugar, desconcentrando momentáneamente al mink y obligándole a lanzar alguna que otra mirada de soslayo. Cada uno lidiaba con la situación como podía, y no sería él quien interpelase al gladiador por los rugidos de su estómago o la agónica demanda de su boca.

―En los próximos meses tendrá lugar uno de los eventos más famosos de Turvolt, mi querido amigo ―dijo de repente el esclavista―. En el Coliseo, por supuesto. Dime, ¿te gustaría asistir? Lo harías bajo las mejores condiciones, como no puede ser de otro modo, en el palco de honor junto a las grandes personalidades de nuestra querida tierra.

Pultio terminó de masticar la pata de cordero que acababa de morder. No manifestaba el menor signo de querer tragar para responder rápidamente. Se hacía valer hasta con el más ínfimo gesto, lo que revelaba que estaba acostumbrado a moverse en aquel tipo de círculos. Goiro reprimió un suspiro. Él no era el único que quería hacerse con el favor de alguien, que no dudaba en manipular a quien fuese para obtener más fama, dinero y poder. Había perdido la cuenta de los grandes nombres que se habían sentado a la mesa de Lancaster. Todos ellos habían sido agasajados y obsequiados con los mejores regalos y el más exquisito de los tratos, pero no habían vuelto a aparecer al perder su influencia o caer en desgracia. Todos y cada uno de ellos habían pasado a la historia sin pena ni gloria, pero Lancaster seguía allí para recibir al siguiente afortunado ―o desafortunado, según cómo se viese―.

Por otro lado, la escolta de Pultio ocupaba posiciones privilegiadas en la estancia, vigilando cada movimiento y a cada uno de los presentes, incluyendo a los pétreos gladiadores. Con el susto al que se habían visto sometidos durante la demostración no era de extrañar, pero el banquete continuaba sin la menor incidencia.

Entonces, un ruido sonó en un lugar lejano. Goiro lo había escuchado y estaba seguro de que el resto de los presentes también lo había hecho, pero el sonido fue despachado con un movimiento de mano del esclavista. Dos de sus hombres de confianza abandonaron la habitación, dirigiéndose a averiguar la procedencia del súbito estruendo que no había tardado en apagarse.

¿Impasibilidad? ¿Despreocupación? ¿Ceguera? ¿Ignorancia? ¿Estupidez? ¿Soberbia? ¿Prepotencia? Eran tantos los términos que el gladiador no sabía por cuál decantarse. Sin duda alguna aquella velada sería un capítulo de sus diarios digno de ser leído en el futuro, o al menos eso esperaba.
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Mensaje por Prometeo el Miér 27 Mayo 2020 - 8:24

Una sensación de agobio y preocupación, inquietud y desesperación, incluso miedo, invadió cada célula de su cuerpo artificial. Y todo pasó en cámara lenta. Sus ojos se encontraron primero con la mirada divertida de la mujer de gemas escarlatas, y luego se deslizaron hacia el puñal que buscaba impaciente su estómago. Antes de que lo hubiera sacado incluso su cuerpo había reaccionado, lanzando una inminente señal de peligro. Una especie de visión, una imagen incomprendida, pasó por su cabeza cuando la asesina retiró el arma de su escondite. Sus manos respondieron por sí solas, golpeando con velocidad y fuerza medida el delicado brazo de la mujer, desviando el cuchillo y escapando de las frías garras de la muerte.

El rostro de la asesina se desfiguró al ver que su víctima había reaccionado a su ataque sorpresa. De alguna u otra manera lo había conseguido, aunque era incapaz de asociar ninguna respuesta racional. Y ahí esa incomprendida sensación de peligro volvió a su cuerpo cuando ella atacó una vez más. Una rápida patada se encontró con su pecho, haciéndole retroceder y perdiendo momentáneamente el equilibrio. El bullicio dentro del salón era tan alto que opacaba cualquier advertencia desde el balcón, y todos estaban demasiado ocupados como para prestarle atención a un simple guardia que se divertía de una manera extraña con una esclava.

—¿Por qué no me haces un favor y te mueres? Estás interfiriendo con nuestros planes, guapo.

Su oponente rodó con una agilidad impresionante y cogió el arma, colocándose en posición de batalla. Era la primera asesina que conocía, aunque durante su entrenamiento se le enseñó algo acerca de esa clase de luchadores. Ejecuciones rápidas y silenciosas, algo en lo que había fallado ya. ¿Por qué se quedaba a pelear con alguien contra quien no tenía oportunidad alguna? Era mucho más alto, lo cual significaba un mayor alcance, y también poseía capacidades físicas superiores. Y ni siquiera entraba en la ecuación su forma híbrida o completa. No, lo que estaba haciendo ella era distraerle lo suficiente para impedir que alertase al señor Pultio de la sombra que se había infiltrado en la propiedad del lanista.

—Aún estás a tiempo de huir y abandonar este lugar, como te atrape el señor Pultio acabarás muerta… Y quién sabe cuánto te torturará antes de que encuentres un amargo final —respondió Prometeo con el ceño ligeramente fruncido, adoptando una postura defensiva.

—¿Qué…? ¿Te estás preocupando por mí? ¿En serio estás diciendo que dejarás ir al enemigo?

—No eres mi enemiga, yo ni siquiera quiero pelear.

Antes de que la mujer de los ojos escarlata pudiera responder cualquier cosa se escuchó un grito proveniente del salón, el grito de un hombre. ¿Qué estaba pasando…?
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Mensaje por Goiro Hedge el Jue 4 Jun 2020 - 4:58

Lo cierto era que el mink no tenía demasiado claro qué acababa de suceder. Se encontraba absorto en sus pensamientos cuando el grito de Lancaster había cortado el aire. El resto de asistentes al banquete lucía tan confuso como el propio puercoespín, pero el motivo de la alarma no tardó en quedar meridianamente claro. El hombre que se sentaba junto al esclavista, un sujeto al que Goiro había visto en numerosas ocasiones pero cuya identidad desconocía, había dado de bruces con el plato de porcelana sobre el que comía. La sangre manaba de algún lugar de su rostro, pero el gladiador no podía ver desde dónde exactamente.

Entonces sucedió todo. Los escoltas que habían abandonado la sala para comprobar qué sucedía volvieron a abrir las puertas con sus armas alzadas. Tras ellos accedió no menos de una docena de personas armadas que ocultaban la mayor parte de sus rostros con pañuelos negros. Del mismo modo, el resto de los guardaespaldas se unieron a la traicionera ofensiva y el encargado de liquidar a la única víctima que había por el momento, que enarbolaba una daga y se encontraba justo detrás del cadáver, retrocedió para unirse a sus compañeros.

El enfrentamiento comenzó en cuanto los encargados de la seguridad de Pultio fueron capaces de reaccionar. Abandonaron las posiciones que habían estado ocupando en silencio y se dispusieron a combatir contra los subordinados de Lancaster. Goiro sabía que aquello no podía estar orquestado por él; su modo de actuar difería completamente de aquello. Prefería adular mientras pudiese obtener beneficio y después despreciar, pero no acabar con la vida de un potencial socio, alguien que podría reportarle importantes ganancias.

Algunos gladiadores, los que habían terminado por asumir completamente su papel como siervos del esclavista, abandonaron sus posiciones para oponerse a los asaltantes. Goiro y otros muchos, por el contrario, permanecieron estáticos en su posición como si no fuesen más que estatuas decorativas. Que acabasen con la vida de todos los allí presentes era lo mejor que les podía pasar; lo sabían y era por ello que no se opondrían a que sucediese.

Una lástima que los intrusos aparentasen tener tan pocas luces como los tipos con los que pretendían acabar. Cuando quiso darse cuenta, varios miembros de la guardia de Pultio habían sido abatidos y la superioridad numérica era más que evidente. Si todos eran como el mentecato que había fanfarroneado para luego morder la arena, la muerte de su señor estaba más que asegurada. Por el contrario, si todos fuesen como el muchacho... Un momento, ¿dónde estaba el muchacho que le había derrotado sin despeinarse?

El puercoespín comenzó a otear los alrededores, ignorando por completo los gritos de los combatientes y buscando la piel pálida del chico. Vivía entre clamores como aquellos, por lo que no representaban algo a lo que tuviese que prestar atención por humana obligación. En cambio, que dos de los asaltantes se abalanzasen sobre él era algo más digno de ser atendido. Evidentemente ―y mucho más después del percance vivido durante la demostración―, no estaba permitido que los gladiadores llevasen sus armas a encuentros como aquél, que en principio se suponían pacíficos. ¿Cómo se las podría ingeniar sin sus gladius?
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Mensaje por Prometeo el Jue 4 Jun 2020 - 7:50

Una sonrisa burlesca por parte de la asesina respondió a su noble respuesta como un no rotundo. Un dolor de cabeza sucedió una extraña imagen que llegó a esta, una especie de visión que le alertaba de un agudo dolor en su pecho. Reaccionó más por instinto que otra cosa, pues ni siquiera pudo procesar lo que había pasado. La afilada punta del puñal rozó la boca de su estómago, dejándole correr un fino hilillo de sangre. Frunció el ceño, no porque le había dañado, sino por haber elegido la violencia en vez del diálogo. No lo entendía. Los humanos eran una de las pocas especies capaces de resolver sus conflictos a través de la palabra, entonces ¿por qué la gente se esmeraba tanto en usar sus puños para imponerse a los demás? No le gustaba que ese patrón se mostrase una y otra vez, no le gustaba en lo absoluto.

—¡Eres demasiado inocente, chico! Mis compañeros han llegado y es cuestión de tiempo para que matemos a ese perro de Lancaster, pero te daré la oportunidad de huir. Tampoco soy una completa hija de puta, ¿sabes?

Esa ciudad estaba inmersa en un mundo que no comprendía en lo absoluto, hombres matando hombres por diversión y crueldad en partes iguales, un sangriento juego de poder que acababa en la miseria de los más necesitados. ¿Cuál era el sentido de la palabra cuando la gente no quería escuchar? A medida que pensaba lo injusta que era toda esa situación su cuerpo comenzaba a transformarse. Sus músculos poco a poco se volvían aún más fibrosos y unas intensas llamas azules le cubrían por completo. Incluso se volvió más alto que antes, llegando a medir más de tres metros. Y la reacción de la señorita de los senos al aire fue la esperable: un rostro de horror se dibujó en ella mientras su mano temblaba casi sin poder sostener el cuchillo.

—No quiero hacerte daño, pero tampoco puedo dejar que tú y tu grupo hagan una masacre innecesaria aquí. ¿Que todos se lo merecen, dirás? Eso no nos toca decidirlo a nosotros, nadie, ni siquiera los humanos, tienen el derecho a decidir quién vive y quién muere —le mencionó con un tono formal y serio, pero al mismo tiempo cálido—. Debes haber pasado por mucho como para intentar quitarle la vida a una persona, pero ese jamás es el camino. Si nos limitamos a matarnos entre nosotros, entonces ¿qué les queda? ¿Y en qué les diferencia de las bestias que muchos de ustedes suelen despreciar? Por favor, baja el arma y huye de aquí, lo repetiré una y cien veces: no quiero hacerte daño.

La duda nació en la expresión de la mujer, pero ambos fueron interrumpidos por la presencia de un hombre que ocultaba su rostro tras una capucha negra. Dibujó un rápido trazo con su espada en busca del cuerpo de la asesina. ¿Por qué atacaba a una aliada…? Prometeo ni siquiera se lo pensó, estiró sus brazos e interceptó la trayectoria del arma con sus afiladas garras. Un rápido movimiento sucedió su defensa, golpeándole el plexo solar con el estómago y haciéndole retroceder unos cuantos metros. Ese golpe debió doler un montón y fue extraordinariamente efectivo, pues el asesino fugaz cayó desmayado.

—¿Qué está pasando aquí…? ¡Estoy de tu parte, maldito idiota! —rugió ella al borde del llanto—. Tú… ¿Quién eres? Es imposible que seas un guardaespaldas, ¡simplemente es imposible que lo seas!

No había tiempo para ponerse a charlar con ella sobre su verdadera identidad, pues en el interior de la casa del lanista estaba sucediendo una masacre. Visualizó todo por un momento con su vista de pájaro, y entonces encontró al hombre con el que luchó esa misma tarde. O puercoespín, mejor dicho. Iba desarmado y en cualquier momento sería atacado por uno de los asaltantes. No se lo pensó dos veces y tomó la espada del asesino al que acababa de derrotar, infló el pecho y entonces lo soltó todo en un único grito hacia el gladiador:

—¡Señor Goiro, aquí tiene!

Esperaba que llamase lo suficiente su atención como para darse cuenta de que acababa de lanzarle un arma. Estaban a unos diez o doce metros, así calculados al ojo. Un guerrero curtido como él podría reaccionar a algo así, seguro que lo haría. Por su parte, Prometeo no se quedó a comprobarlo puesto que debió esquivar la estocada de uno de los asaltantes. Tampoco tuvo que pelear contra él: la señorita de los senos al aire le asestó un fatídico golpe por la espalda.

—Si de verdad no quieres pelear conmigo, entonces sácame de aquí y llévame contigo. Estoy harta de esta mierda.
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Mensaje por Goiro Hedge el Vie 5 Jun 2020 - 4:46

Cuando quiso darse cuenta los tenía encima. Uno de ellos blandía una cimitarra demasiado larga para el arma que en teoría era, mientras que el otro esgrimía dos dagas y hacía gala de una movilidad mucho mayor. Goiro chasqueó la lengua, pues jamás se hubiese imaginado que su vida peligraría junto a la de todos aquellos sujetos, los que le oprimían y se valían de su cuerpo para acabar con la vida de otros y obtener macabra diversión.

El de la cimitarra realizó un tajo ascendente que el mink pudo esquivar con bastante soltura. Tal vez no tuviese sus armas, pero su figura seguía igual de acostumbrada a verse en esas lides. Se movía casi por inercia, por pura memoria muscular. El de las dagas pasó a la carga, intentando clavar una de ellas en su costado y cortar su cara con la otra. El puercoespín consiguió zafarse de aquella ofensiva también, pero pronto encontró que su espalda golpeaba con fuerza la pared frente a la que había permanecido durante toda la cena. Los asaltantes le cerraban cualquier escapatoria segura, pero aquello no era lo que más le molestaba.

Los gritos de los nobles y burgueses llegaban hasta sus oídos desde detrás de los cuerpos de quienes le asediaban. Aquello le gustaba en cierto modo. Tal vez para cualquier persona que hubiese tenido una vida más cómoda aquel pensamiento se pudiese antojar como despiadado o políticamente incorrecto, pero aquel tipo de consideraciones no entraban entre las que Goiro podía hacer. Vida o muerte, justicia o injusticia. Y la muerte de aquellos hombres representaba a sus ojos la mayor justicia que jamás podría contemplar. No ocurría lo mismo con el hecho de que su sangre se mezclase con la de ellos, con la posibilidad de que pasase a mejor vida rodeado de las personas a las que tanto había despreciado. No; tenía que hacer lo que fuese necesario para salir de allí con vida. Aún tenía mucho que escribir y aún más que leer.

Volvieron a la carga, realizando el de la cimitarra un tajo horizontal que rozó su abdomen cuando se pegó a la pared de un modo que jamás hubiera imaginado. El segundo siguió al movimiento de su compañero, tomando la iniciativa en lo que prometía ser una acometida letal. Entonces oyó su nombre. En primera instancia dudó, pues nadie se había dirigido a él jamás como señor ni nada que se le pareciese, mas cualquier atisbo de duda quedó despejado al ver cómo la espada se dirigía hacia él. La había lanzado el muchacho desde el balcón al que se podía acceder desde la sala. ¿Por qué le ayudaba? No le debía nada; jamás había perdonado su vida en la arena ―de hecho, de haberse encontrado probablemente hubiera sido él el perdonado―.

Aun así extendió una mano para aferrar el sable, pero las dagas de su contrincante se cernían sobre él. Una de ellas le provocó un profundo corte en el brazo que no había alzado, mientras que la otra describía una trayectoria horizontal en dirección al centro de su pecho. No podía hacer nada para evitarlo. Sus días llegarían a su fin en medio de la gente a la que tanto despreciaba y hacia la que tanto odio había llegado a acumular. ¡No! ¡No podía ser! ¡No había sufrido tanto y había callado en la misma medida para morir como un triste daño colateral sin nombre! ¡Cualquier cosa antes que perecer al lado de Lancaster, Pultio o cualquiera de las personas influyentes que iban cayendo poco a poco! Aun si tenía que arrastrarse, moribundo, fuera de la residencia del esclavista, lo haría, pero no caería sobre aquellas baldosas.

Aferró la espada que el chico le había lanzado, trazando un veloz corte horizontal que separó la cabeza del de la cimitarra de los hombros que la sostenían. Cuando dirigió su atención al otro comprobó que había algo raro en su rostro. Era lo mismo que se podía ver en los ojos de los gladiadores que perdían en la arena: incomprensión y velada súplica. Pero ¿qué había sucedido? Había podido notar cómo algo bramaba con furia en su interior, pero lo había achacado a la adrenalina del momento y el torbellino de emociones y pensamientos que habían asolado su mente en un instante. Sin embargo, no tardó en descubrir el motivo de tanta confusión. No había herida en su pecho; ni siquiera un leve atisbo de que el filo de la daga había alcanzado su piel. ¿Qué demonios había sucedido?

Ya tendría tiempo para cuestionarse qué había ocurrido más adelante, cuando todo acabase. Por el momento había conseguido una espada y eso le colocaba en una situación muy diferente. Dos tajos fueron suficientes para abatir al segundo intruso, que golpeó con fuerza el suelo de la estancia al caer. A su alrededor todo era un caos, aunque los gritos le habían descrito un escenario más trágico del que en realidad se daba. Los aristócratas que permanecían con vida se habían agolpado en un extremo de la sala ―Lancaster entre ellos― mientras la guarida de Pultio se enfrentaba a los asaltantes. Muchos de ellos habían caído, así como los gladiadores que, desarmados, se habían lanzado como perros en defensa del amo que los maltrataba.

«Hierba mala nunca muere», se lamentó el mink en su fuero interno al comprobar que el esclavista seguía con vida y todo apuntaba a que saldría de allí de una pieza.
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Mensaje por Prometeo el Vie 5 Jun 2020 - 9:14

Su corazón latía a un ritmo acelerado y sentía la adrenalina en su sangre, pero al mismo tiempo una tempestad de emociones que no podía comprender le invadían. Los humanos podían describirlas como furia, rabia, dolor e incluso miedo. Era un mal momento para preguntárselo, pero es que simplemente no entendía por qué había hombres matándose entre sí. Le dolía más que cualquier otra cosa que hubiera vivido, y le provocaba una profunda impotencia al no poder hacer nada para calmar las ansias de sangre de la gente que alzaba una espada vaya dios a saber por qué. ¿En serio no podía hacer nada para ayudar a todos los que estaban ahí? Resultaba penoso para alguien que tenía como objetivo cuidar de la humanidad, pero Prometeo jamás había sido de los que se echaba hacia atrás cuando el panorama se tornaba oscuro y desventajoso.

Las llamas celestes que envolvían su cuerpo parecieron responder a la impotencia que sentía y aumentaron tanto su intensidad como su tamaño, llamando la atención de todos los hombres que estaban allí cerca. Incluso la mujer que estaba a su espalda se mostró aún más sorprendida. ¿Cómo es que un hombre en llamas no se quemaba…? En esa forma había abandonado una gran parte de su humanidad, entregándose a un aspecto bestial que le dotaba de la fuerza necesaria para detener ese sangriento enfrentamiento. Los asaltantes que intentaban atacarle se detenían antes de blandir sus espadas contra él, ya fuese por miedo o precaución, ninguno se atrevía a ser el primero en intentar algo con ese… monstruo. Hasta que uno reunió el valor suficiente y lanzó una rápida estocada a la que el fénix reaccionó con una velocidad humillante.

—¿Por qué…?

Golpeó el estómago del hombre con su puño cerrado y entonces giró sobre sí mismo para darle mayor potencia a su golpe de dedos directo al pecho de este, haciéndole retroceder hacia el grupo de asaltantes que mantenían su posición, expectantes ante el enorme ser en llamas. Se había medido en la potencia de su golpe para no dejarle heridas severas, sin embargo, ¿tenía sentido preocuparse incluso por las vidas de sus oponentes? Serían asesinados por la crueldad de los hombres que yacían escondidos allá detrás. Desconocían la palabra perdón y no entendían nada de la compasión. Podían verse como humanos, pero eran demonios en las pieles de uno. No comprendían el sentido de amar ni se interesaban siquiera en buscar la razón de la verdadera justicia. Era decepcionante encontrarse con una faceta de la humanidad como esa, tan oscura y sangrienta que hacía perder la esperanza a cualquiera, pero no a él.

Alzó la mirada y no vio a enemigos ni demonios, sólo hombres desesperados que hacían lo necesario para sobrevivir. No compartía su forma de hacer las cosas ni jamás lo haría; se rehusaba a vivir como una máquina de guerra destinada a quitar vidas. Y en ese momento, más que en ningún otro, se aferró al propósito del Ejército Revolucionario: hacer un mundo mejor para que ningún hombre tuviera que matar a otro para sobrevivir. Había visto la crueldad y la injusticia de esa ciudad, no debía sorprenderle que hubiera almas tan podridas como las de esos humanos. Dio un paso firme hacia delante, y los asaltantes reaccionaron, retrocediendo con temor a ser lastimados.

—Nunca entenderé por qué hay humanos matándose los unos a los otros —susurró sin siquiera comprender por qué las lágrimas escapaban de sus ojos. Era como si pudiera sentir el dolor y la desesperación de todos los que estaban allí presentes, y era un completo caos, uno muy doloroso—. Márchense, por favor, váyanse. —Los asaltantes intercambiaron miradas, confusos—. ¡Dije que se larguen! —rugió el fénix, estallando en llamas.

Hubiera sido un milagro que todos los del grupo contrario escuchasen sus palabras, pero no fue así. Únicamente los cuatro hombres encapuchados que tenía en frente abandonaron la lucha y se largaron por donde mismo llegaron. Dirigió la mirada hacia los atemorizados nobles que se refugiaban tras los guardias que arriesgaban sus vidas por las de ellos. Cualquiera se preguntaría si merecían ser salvados, pero Prometeo se mantenía firme en su filosofía: ningún humano tenía derecho a decidir sobre la vida de otro. A pesar de que eran gentes con una moral corrompida hasta la médula, a pesar de que harían mucho más mal que bien, se abalanzó en su rescate porque mantenía viva la esperanza de que algún día encontrarían el camino correcto.

Giró sobre su propio eje y formó un vórtice de llamas que envió a volar a un trío de espadachines, quienes se golpearon contra los fríos y duros muros del edificio. Los gritos rasgaban sus oídos; el odio de un grupo hacia otro, su alma. Corrió tan rápido como pudo y esquivó un sablazo que iba a su pecho. Un golpe de cinco dedos impactó de lleno en el plexo solar del hombre, causándole un profundo dolor que acabó apagando sus sentidos y cayó desmayado. La alianza entre los gladiadores y los guardias de Pultio poco a poco fue ganando terreno hasta que no quedó un solo asaltante en pie. ¿Estaban muertos? ¿O quizás vivos? En su posición actual tampoco podía hacer demasiado, no tenía la influencia ni el poder necesario. Sin embargo, aún había cosas que él podía hacer para ayudar.

—Ha sido una batalla muy dura y está herido, señor Goiro —le mencionó tras acercarse a él—. Permítame ver su herida.

En caso de que decidiese confiar en él, centraría el calor de sus Llamas de la Inmortalidad para aliviar el dolor y cerrar poco a poco la herida que tenía en su brazo. Había heridos por todos lados, pero era muy consciente de sus límites: no podría ayudarles a todos.
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Mensaje por Goiro Hedge el Lun 8 Jun 2020 - 3:43

Lo que vieron sus ojos era algo que pensó que jamás llegaría a contemplar. Cosas como aquélla eran las que aparecían en las antiguas historias de seres mitológicos que padres y abuelos contaban a los pequeños antes de ir a dormir. Eran las propias de ensoñaciones y de un mundo más allá de la realidad donde todo podía suceder. Pero lo estaba viendo. El muchacho había hecho acto de aparición rodeado de un mar de llamas azules y, llorando, había repelido a todos y cada uno de los asaltantes que habían rehusado hacer caso a sus palabras.

Goiro no movió un dedo para socorrer a los nobles. Por un lado, porque con la aparición del guardaespaldas de Pultio cualquier intervención sobraba. Por otro, y seguramente el más importante, porque en un para nada recóndito rincón de su alma anhelaba que los intrusos triunfasen y se llevasen la vida de Lancaster y todos los que estaban allí. ¿Podía ser sano tanto odio? ¿Hasta dónde le llevarían el rencor y el desprecio que sentía hacia tantas personas que ni siquiera tenían nombre para él? Su ira no sólo iba dirigida hacia aquellas personas, sino hacia lo que representaban, hacia un sistema que premiaba al opresor y castigaba al oprimido, a un sistema que hacía oídos sordos al sufrimiento de los débiles porque era sustentado por los poderosos. Existía por y para ellos, y ese hecho tan atroz y retorcido era algo que el mink había necesitado mucho tiempo para llegar a comprender.

Cuando quiso darse cuenta el chico se dirigía hacia él y extendía una mano hacia su herida. Sorprendentemente no sintió miedo, aunque hubiese sido lo más lógico y racional viendo la situación. Una cálida sensación acunó su brazo, de forma que poco tiempo después pudo comprobar que no quedaba ni rastro del corte que había sufrido. Dejó caer la espada que continuaba asiendo con fuerza, tanta que sus nudillos habían palidecido bajo su pelaje.

―¿Qué eres? ―acertó a decir―. No, ¿quién eres? ¿Qué ha sido eso?

No podía encontrar una explicación dentro de su pequeño mundo de arena, sangre y sudor, así que no le quedaba más alternativa que, cual niño inocente, preguntarle a quien a todas luces había visto mucho más que él a lo largo de su vida. Sus dudas iban mucho más allá de sus simples cuestiones. Eran tantos pensamientos los que se agolpaban en su mente que en cierto modo se había bloqueado. ¿De dónde podía provenir algo como aquello? ¿Qué hacía alguien así como guardaespaldas de una sabandija como Pultio? ¿De dónde venía? ¿Qué le motivaba? ¿Qué había más allá de los muros?

Lo supiese o no en aquellos momentos, los acontecimientos vividos fueron el germen de la enfermedad que poco a poco consumiría su psique. Siempre había sabido en lo más profundo de su ser que el coliseo se le quedaba pequeño, que la inmensidad estaba aguardándole al otro lado, fuera de las celdas de los gladiadores.

De cualquier modo, Lancaster y los nobles no tardaron en comenzar a dar órdenes cargadas de prepotencia en cuanto se supieron a salvo. Pultio recriminaba al esclavista lo sucedido, acusándole de haberlo orquestado todo para acabar con él. Lancaster había perdido cualquier rastro de respeto y rastrera adulación, respondiendo con vehemencia e insultando sin descanso al aristócrata. A fin de cuentas él también había estado a punto de pasar a mejor vida.

Pero Goiro no escuchaba lo que pasaba más allá del muchacho. Ansiaba que saciase su sed de respuestas, pero un extraño miedo le suplicaba que no contestase, que no disipase el idealizado espejismo que había nacido con fuerza en su alma. Sólo anhelaba que, de abrir la boca, el rubio confirmase que había algo por lo que merecía la pena luchar más allá de su propia vida.
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Mensaje por Prometeo el Dom 14 Jun 2020 - 5:53

Pensó que podría aguantar más, pero ya no tenía energías para mantener esa forma. Las llamas se extinguieron poco a poco y no tardó en volver a su tamaño original. Luego de sanar las heridas del gladiador, se dejó caer pesadamente sobre el borde de una mesa. Tenía dificultades para respirar y el pecho le ardía, tenía la impresión de que algo le había drenado todas sus fuerzas. La condición médica de Prometeo le impedía realizar actividades físicas extenuantes. Cada movimiento le exigía más esfuerzo que a una persona ordinaria, y todo indicaba que a futuro sería peor. Si bien la doctora Elizabeth hacía todo lo posible para encontrar una cura, la fecha límite se acercaba más y más. Ninguno de los dos tenía la certeza de que Prometeo fuese a superar su enfermedad.

Ahora, no sabía muy bien cómo responder las preguntas del señor Goiro. Ni siquiera él estaba seguro de qué era. O peor incluso, no sabía quién era. Un homúnculo con un fragmento de alma era una respuesta demasiado vaga. Prometeo había dejado claro que era algo más que eso, algo que se asemejaba a un humano, pero al mismo tiempo lo alejaba. Tenía tantas preguntas como el gladiador, pero al menos podía responder una sola de sus inquietudes. Quizás alguien mejor que él hubiera encontrado las palabras apropiadas para despertar en el hombre un sentimiento de curiosidad y esperanza, pero los discursos no eran su fuerte.

—Yo tampoco lo sé, pero estoy seguro de que las respuestas que busca, señor Goiro, están más allá de estos muros. —Su voz sonó profunda y seria, pero al mismo tiempo amigable y esperanzadora. Se incorporó y mantuvo la espalda recta, recuperando la postura—. Creo que alguien como usted merece ver el mundo con sus propios ojos. Allá fuera puede que podamos enfrentarnos otra vez, un combate entre amigos.

Convertido en una furia, el señor Pultio reunió a su guardia y desde la entrada del recinto le ordenó a Prometeo que se marchase. No tenía reparos en insultar públicamente la casa del lanista por haber permitido que unos simples bandidos diesen tantos problemas. Pero en ese momento ninguno de los allí presentes se fijó en los soles tatuados en las muñecas de esos “simples bandidos”. Se despidió del señor Goiro haciendo una leve reverencia, y caminó con paso seguro y lento hacia la salida. Entonces alguien le detuvo.

—¿Me llevarás… contigo? Lo prometiste, chico.

—¡¿Qué esperas, Prometeo?! ¡Vámonos ya! —gritó Pultio.

En realidad, no se lo había prometido. No había asegurado ninguna cosa, pero el homúnculo entendía la situación en la que estaba esa chica. «Si investigan lo suficiente acabarán relacionándola con esta gente. No me gustaría que eso pasara», pensaba al verle. Había dicho que quería dejar de pelear, que estaba cansada y quizás era el momento para mostrarle que había un camino distinto, una forma diferente de hacer las cosas. Prometeo lo veía como la primera oportunidad de cambiarle la vida a una persona, la primera victoria de su larga cruzada contra el egoísmo y la maldad del ser humano.

—Sí, vendré por ti —le aseguró, esbozando una sonrisa incapaz de ocultar su cansancio.

Regresó a la casa del lanista al ocaso del tercer día con una bolsa pesada y repleta de monedas. Había reunido todo el oro conseguido al trabajar para el señor Pultio y negoció el precio de Vinna. «Deberías aprender a hacer negocios, muchacho, esta prostituta no vale ni un tercio de lo que me estás ofreciendo, pero acepto», mencionó Lancaster al escuchar la oferta de Prometeo. Ese hombre tampoco entendía el valor de la vida ni conocía el significado de la libertad que le había concedido a Vinna.
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